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Encerrados y perplejos

Vernos las caras

Salgo a la calle muy temprano el primer día tras el enmascaramiento. En el recorrido escaso que separa mi casa de la panadería me cruzo con unas pocas personas que caminan cabizbajas con el rostro liberado ya de las ataduras profilácticas a las que nos ha venido obligando la pandemia. Percibo en ellos algo de duda o de desvalimiento, como si se adentraran sin brújula ni mapa en un territorio ignoto donde el peligro más insospechado puede aguardar a la vuelta de la esquina, y me pregunto si no se traslucirá en mis pupilas algo semejante, ahora que el aire aún frío de la mañana penetra sin filtros en mis fosas nasales y los pulmones van recibiendo el suministro fresco con una mezcla de alivio y estupor. Mientras la panadera entra y sale del obrador para recoger y colocar las barras y las hogazas recién horneadas, la cristalera me muestra, como si de una pantalla de cine se tratara, la actitud prudente de la gente que pasea por las calles, titubeante y sigilosa como si se sintieran en la clandestinidad o temieran que alguien los reprenda. Ni ellos ni yo hacemos nada malo, porque la ley nos ampara desde anoche, pero flota algo raro en el ambiente y no acierto a saber de qué se trata. En una esquina se detienen dos hombres que, según deduzco, llevan un tiempo sin tener noticias uno del otro y acaban de encontrarse por sorpresa. Sus facciones denotan algo parecido a la extrañeza y sólo tras llevarse la mano a los bolsillos y enfundarse la preceptiva mascarilla comienzan a charlar con la familiaridad de dos viejos conocidos que se quieren bien. Hace unos días, alguien me comentó que había leído no sé dónde un artículo que hablaba de lo que nos costará adaptarnos a cosas que, aun siendo bien antiguas, se nos antojarán absolutamente novedosas. El mero hecho de que alguien nos tienda la mano —vuelve a hacerse después de mucho tiempo, también se dan abrazos, y algún beso esporádico si la confianza es extrema— provoca una sacudida eléctrica en el subconsciente y despierta la duda de si se debe corresponder o aún procede ofrecer el codo. La visión de nuestros rostros, que fue tan natural como la propia respiración, desvela el enigma reciente y sobrevenido de nuestra propia apariencia y nos recuerda que seguimos siendo algo más que unos ojos huidizos en las aceras por las que paseamos al lado de un enemigo invisible. Me decía aquella persona, al referirse al reportaje en el que se especificaba lo que nos aguardaría en los nuevos tiempos, que las mascarillas inducen en quien observa la convicción de que el rostro humano es simétrico y, por extensión, perfecto, y que al despojarnos de ellas se pone en evidencia nuestra fealdad. Me ha ocurrido alguna vez con ciertas amistades o con algunos compañeros de trabajo: en las escasas ocasiones en que las circunstancias les permitían desenmascararse, me descubrí sorprendido al contemplar facciones que no recordaba o que mi mente había idealizado cuando se veía obligada a reconstruirlas —a imaginarlas— a partir de su frente y sus ojos. y en las que apreciaba ahora matices que no recordaba. Supongo que algo similar les habrá ocurrido a quienes se han visto cara a cara conmigo, desposeído yo de cualquier camuflaje facial, con mi nariz y mi boca y mi barbilla a la vista después de meses de ocultamiento. Leo por ahí declaraciones de gente que se resiste a prescindir de la mascarilla y puede que tal decisión no tenga que ver tanto con el riesgo de contagio como con el temor a reanudar una exposición de la que sólo ahora adquirimos plena conciencia. Como si de pronto nos violentara eso de vernos las caras, acaso porque en ellas se traslucen —la mirada es el espejo del alma, dicen— las trampas y las medias verdades que los ojos, por avezados que estén, siempre desmienten.

Más que una naturalista

"Emilia Pardo Bazán fue en realidad una escritora valiente y decidida que no se dejó atrapar por las convenciones ni por el qué dirán"

Se está produciendo en estos últimos años, por fortuna, un redescubrimiento o reivindicación, o ambas cosas a la vez, de Emilia Pardo Bazán, una escritora que fue mucho más que la autora de Los pazos de Ulloa —aunque si sólo hubiese sido eso tendríamos igualmente motivos de sobra para honrarla— y sobre cuya obra se vierte una nueva luz en este centenario de su muerte. Recibo una reedición de La sirena negra que Nocturna Ediciones ha llevado a cabo con sus habituales delicadeza y esmero y también cae en mis manos un volumen en el que, bajo el título Cuentos fantásticos, la editorial Eolas ha reunido veinte relatos que aglutinan las diferentes perspectivas desde las que la intelectual gallega se aproximó a un género que siempre resulta sospechoso para cualquier canon que aspire a coquetear con la ortodoxia. Cada uno de esos libros da buena cuenta de la amplitud de intereses de Pardo Bazán —curtida como estaba en la lectura de Maupassant, Poe o E. T. A. Hoffman— y la ausencia de prejuicios con que se lanzaba a una escritura virtuosa y, a la vez, carente de cualquier solemnidad impostada. Si La sirena negra trasluce el desconcierto que la asolaba en sus últimos años, al sentirse exiliada en una época que dejaba de pertenecerle, sus historias sobre la presencia de lo sobrenatural en los asuntos consuetudinarios destilan la frescura que emana del atrevimiento y se leen con la fruición y el gozo que deparan los textos en los que se advierte la huella de la satisfacción. Todas sus prosas demuestran que aquélla a quienes los manuales de literatura tienden a presentar, sin más, como una representante aventajada del naturalismo español, fue en realidad una escritora valiente y decidida que no se dejó atrapar por las convenciones ni por el qué dirán y construyó a lo largo de sus seis décadas de vida una obra que merece plenamente la atención que desde hace poco, y esperemos que para siempre, se le está deparando.

Desescaladas prolíficas

"Los tiempos posteriores al confinamiento están resultando especialmente benéficos para algunos amigos que no paran de asomar por los escaparates de las librerías"

Los tiempos posteriores al confinamiento están resultando especialmente benéficos para algunos amigos que, tras el enclaustramiento forzado de 2020, no paran de asomar por los escaparates de las librerías, bien con obras pergeñadas en aquellos meses ominosos o bien con títulos que ya tenían listos entonces y cuyo lanzamiento se vio postergado por los avatares pandémicos. Uno de ellos es Miguel Munárriz, que desde el otoño hasta ahora ha puesto a circular nada menos que tres antologías en torno a la obra literaria de Luis Eduardo Aute, la joven poesía asturiana y los textos que él mismo ha venido publicando en Zenda a lo largo de estos años. Algo similar ocurre con Luis García Jambrina, que retomó las andanzas de Fernando de Rojas en El manuscrito de barro antes de unirse a Manuel Menchón en La doble muerte de Unamuno y anuncia ahora una reedición revisada y ampliada de Muertos S. A., su primer y aclamado libro de cuentos. El último caso es el de Manuel Rico, que me envía ahora El raro vicio de escribir la vida (Huso), un volumen de título inequívoco en el que se recopilan textos escritos entre 2007 y 2014 y que no nació en el confinamiento, sino a consecuencia de él, porque la urgencia de llenar las horas muertas desembocó en una ordenación del material acumulado y en ese proceso aparecieron textos antiguos que daban buena cuenta de algunas obsesiones perpetuas que cobraban nueva vigencia. Algo similar ocurre en Cuaderno de historia (Pre-Textos), su último poemario, que también él mismo me hizo llegar hace unos meses y hunde sus raíces en 2009 para aproximarse con atinada cautela hacia un presente que sólo admite sombrías perspectivas de futuro. Sus versos sintetizan ese afán de Rico por ejemplificar cómo la peripecia personal influye en la colectiva y viceversa, una obviedad que es preciso recordar porque no siempre se asume y cuya muestra más acabada acaso se encuentre en la última estrofa de «Encierro y soledad», el poema más reciente del libro, con una datación y un indisimulado guiño a Eliot que nos remiten a la primavera del primer año de la peste: «Mas llegaron las lluvias y el mes más cruel / siguió acumulando soledades / y señales nocturnas, y las flores / soñaron reinventarse pero tú estabas solo y encerrado / y perplejo.»

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