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Esa noche

Quince escritores, reunidos por Sergio del Molino, cuentan Historias del Camino en este Año Jacobeo. Este nuevo libro gratuito de Zenda —el quinto en colaboración con Iberdrola—, que lleva por subtítulo Ficciones y verdades en torno al Camino de Santiago, incluye relatos de Rosa BelmonteRamón del CastilloLuis Mateo DíezPedro FeijooAnder Izagirre, Manuel Jabois, José María Merino, Olga Merino, Susana Pedreira, Noemí Sabugal, Karina Sainz Borgo, Cristina Sánchez-Andrade, Ana Iris Simón, Andrés Trapiello e Isabel Vázquez. 

El libro, que no estará a la venta en librerías, está editado y prologado por Sergio del Molino, coordinado por Leandro Pérez y Miguel Munárriz y la ilustración de la portada es de Ana Bustelo. La versión electrónica de Historias del Camino podrá descargarse de forma gratuita en Zenda desde hoy. A lo largo de los próximos días, además, en Zenda iremos publicando los diferentes relatos que pueblan el libro.

Hoy es el turno de Manuel Jabois y de su relato, titulado «Esa noche».

***

Esa noche

Esa noche tardamos en dormirnos. Hacía frío a pesar de ser diciembre. Habíamos cenado mucho y ahora teníamos hambre. Los cantos de los pájaros ahí fuera nos sumergían en un silencio de película de terror. Pasamos media noche susurrando hasta que Marisa nos pidió que bajásemos un poco la voz. No queríamos que nadie nos escuchase, ni que supiesen que estábamos allí. Marisa era la jefa del grupo. Nadie recuerda quién la nombró, ni siquiera si alguien la nombró. Simplemente, un día empezó a sugerir, otro día a recomendar y finalmente a mandar. No sin cierto disgusto, pero ocurre así: siempre ganan los que quieren obedecer, los que quieren obedecer le doblan el pulso a los que no quieren mandar.

Esa noche el albergue estaba lleno. Había terminado la pandemia, eso entendíamos por las conversaciones entre los peregrinos; las que entendíamos, porque sólo sabíamos español, y las que podíamos escuchar claramente, porque a veces las palabras llegaban con interferencias. ¿Cuánto tiempo llevábamos aquí? ¿Cuánto tiempo más seguiríamos oyendo los pasos, los resoplidos, las quejas y las ambiciones de las personas que persiguen a Dios físicamente, que recorren kilómetros para encontrarse mentalmente con el cuerpo de uno de sus discípulos?

Esa noche hizo aún más frío. Me gustó y me dolió al mismo tiempo ver a Marta. Tenía la sensación de que hacía días que no la veía. Llegaría ese momento: el momento en que la dejaría de ver para siempre. Pero aún la vi, casi espectralmente. Todo nuestro tiempo transcurre en el ‘aún’. Me miró y sonrió («la que liamos») y luego creo que lloró porque tenía frío. El frío no era normal, pero no era normal porque el frío éramos nosotros. Para que lo soportase mejor le dije que el frío es elegante. Los tres cuartos, las bufandas atadas al cuello como una soga o caídas hasta la cintura, como el pelo de las cantaoras. Los botines, incluso. Hasta los labios cortados tienen encanto. Y los ojos un poco enrojecidos. El escalofrío tan tierno, en soledad, mientras esperas a sacar dinero del cajero. Casi todo es belleza en el frío, le dije. Los paisajes nevados del interior de Galicia. Recemunde, en Pobra de Brollón, bajo una gran manta blanca inacabable, como si aquello fuera el cielo. No se entiende un amor en Nueva York sin nieve, como no se entiende matar sin guantes de cuero negro, bien ajustados a los dedos, ya sea para empuñar una pistola o quebrar un cuello. Es el cine quien nos educa, le dije a Marta. La literatura. Piensa en una temperatura bajo cero, la que tú quieras, y un salón con chimenea mientras los lobos restriegan el hocico contra la ventana, como avisando. Aquel psicópata del libro que leímos en el instituto que al salir de cualquier pub agitaba un billete de cien dólares delante de un mendigo, y se lo volvía a meter en el bolsillo, casi impasible. Las medias de lana de la prima pequeña, y la abuela pasando la tarde delante de una estufa como si estuviese echada en el solarium. Los gorritos de lana. Y esos guantes tan elegantes, esos guantes a los que se les descapullan los dedos para coger el móvil y contestar un correo cualquiera, el primero que se te venga a la cabeza.

Esa noche no nos aburrimos; en realidad, nunca nos aburríamos. Dormíamos casi todo el tiempo, cada vez más horas. Hablábamos cada vez menos. Nos gustaba ver a través de la grieta el mundo del que nos despedíamos, que nos parecía ya un mundo amable y cálido en el que depositar impunemente cualquier esperanza. De allí veníamos, y cuanto más nos separábamos de él más amor y agradecimiento sentíamos por haber podido vivir ahí. Escuché a lo lejos a un grupo de peregrinos que hablaba del accidente de uno de ellos, hace muchos años. Era un señor que probaba una máquina de cortar piedras y se llevó por delante su propio pulgar, poniendo al resto de gente perdida de sangre, y lo recogió con la otra mano mientras se quejaba: «Todo son prisas, todo son prisas, ¡andamos a correr!». Intenté reírme, aún pude.

Esa noche empezó cuando fuimos de acampada a la playa con el botellón a cuestas a pasar una noche de finales de verano, y uno se puso a buscar cigarros por la arena, porque la gente se había quedado sin tabaco. Así, encendiendo el mechero, fue acercándose a la orilla hasta que se presentó, mortalmente silenciosa, una planeadora. Los hombres habían creído que la luz era la señal convenida. El chico fue a ellos y les pidió un cigarro. «Estaba buscando colillas por la arena», explicó. No le contestó nadie. Uno de ellos sacó un rubio de la cajetilla y se lo pasó sin decir nada. Como llegaron, marcharon, sumergiéndose sin luces en la oscuridad. Luego fuimos a Santiago por la A9. Marisa conducía. Dicen que fue la única que se salvó. Eso pasa mucho también: los que quieren ser conducidos pagan el precio de dejarse conducir.

Esa noche éramos cinco. Era verano. En aquella época aún hacía calor en verano. En aquella época, si hubiésemos querido hacer el Camino, lo hubiésemos hecho de Tui a Santiago. Todavía las cosas funcionaban de atrás adelante: se iba del verano al invierno, de Tui a Santiago, de la noche al día, de la vida a la muerte. Pero nosotros no queríamos hacer el Camino, sino acabar la noche en Santiago. Tampoco recuerdo en qué punto pasó. Creo que fue cerca de Porriño, creo que fue cerca de un albergue. Eso desciframos. Sé que cada vez recordaré menos y que recordaré ya en solitario, sin ellos.

Los primeros días de esa noche aún podía escribir. Luego supe que los primeros días eran esa noche, y que nos habíamos quedado dentro de ella. Raúl Peleteiro, Martina Sánchez, Marisa Blanco, Carlitos Segade, Alejandro Recho (Janito, yo). Nuestros nombres los decían algunos de los que iban a ver al apóstol, los que perseguían físicamente a Dios; nuestros nombres estuvieron en todas partes después del accidente. ¿Se salvó Marisa? Quién lo sabe. Yo la sentía con nosotros. Quizá era un coma. Quizá se quedase ahí siempre. Tenemos o teníamos, ya no lo sé, dieciocho años. A partir de cierta edad, escribí por última vez, empezaré yo a recibir los golpes, y desde entonces preferiré el papel de víctima al de agresor; elegiré el dolor de la traición al remordimiento del pecado y la mala conciencia. No tuve hasta ahora ataques de ansiedad, escribí, pero he llorado durante años sin sentido noches enteras. Es el dolor del mundo que me hoza el corazón, como si la tristeza de las cosas se me hubiese colado dentro.

Esa noche es en 1987. Nos dejan flores pero nada florece. Oigo pasos desde entonces y nunca sé si son los nuestros, marchando, o los de quienes llegan.

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VV.AA. Título: Historias del Camino. Editorial: Zenda. Descarga: Fnac y Kobo (gratis).

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