Etgar Keret es una de las voces más destacadas de la literatura israelí. Nació en 1967 en Ramat Gan, Israel, y alcanzó la fama en los años 90 como un maestro del cuento, además de sus guiones para cine y televisión y cuentos para niños. Decenas de películas y cortometrajes se han producido basándose en sus relatos. Sus textos se publican en los periódicos The New York Times, Le Monde o El País, entre otros.
Sus libros se han traducido a decenas de idiomas, y en España están publicados por la editorial Siruela, que acaba de publicar su último libro de relatos: El Blues del Fin del Mundo.
Hablamos con Keret sobre su último libro, sobre leer y escribir en tiempos dominados por la tecnología y sobre la pérdida del control individual.
***
—¿Es Keret un escritor con su rutina diaria o prefiere aislarse una temporada para trabajar?
—Escribo todos los días, pero a diferencia de otros escritores que conozco, no tengo una rutina determinada, no tengo horario fijo y no me dedico a un sólo proyecto. De repente me siento y escribo otro párrafo de un cuento, al rato un texto sobre mi madre, luego empiezo un nuevo cuento. No tengo la obligación de escribir diariamente, pero lo hago. La escritura para mí no es sólo para poder publicar libros, es mi proceso de averiguación.
Por ejemplo, hace poco estaba sentado en una cafetería universitaria y en una mesa de la terraza había un pajarito comiendo migas y se acercó un gato acechando. Vi esa escena de reojo mientras hacía otras cosas, escribí un breve poema en las notas de mi móvil y al terminar, me levanté y ahuyenté el gato. Es como si tuviera que escribir el poema para comprender que no quería que el gato se comiera al pájaro. Utilizo la escritura para entender qué es lo que quiero, cuál es mi conflicto como personaje y como lo soluciono. El cuento es mi manera de acomodar la realidad de forma orgánica y fluida.
El primer cuento de este nuevo libro se titula “Un mundo sin palos selfi”, y en él me di cuenta de que siempre mis cuentos, los que tienen un componente ateo, suceden en iglesias, nunca en una sinagoga. Es decir que cuando yo, como un judío ateo, quiero cuestionar la existencia de Dios, tengo el valor de hacerlo en palabras, pero no para hacerlo con mi Dios. Eso revela que el cuento puede interesar al lector o no, pero en primer lugar dice algo sobre mí.
—¿Dónde encuentra la inspiración para condensar tanto en tan pocas páginas, en el cuento?
—Para mí, el mundo ha perdido su capacidad de contar cuentos. Veamos por ejemplo al presidente de EEUU como protagonista de nuestro relato: el protagonista tiene un deseo y el relato narra los intentos de conseguir eso que quiere. En realidad lo que sucede es que un día su deseo es Groenlandia, otro día secuestrar al presidente de Venezuela; un día quiere eliminar a Irán, otro día quiere firmar un acuerdo con Irán. Si eso fuera una película diríamos que es muy mala porque las motivaciones del protagonista van cambiando y eso no siempre era así.
A lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial, cuando le preguntaban a Winston Churchill qué es lo más importante, siempre hablaba de Hitler y de Alemania, había un objetivo claro. Creo que Trump no es una excepción, creo que fue elegido por ser así, porque vivimos en un mundo sin relato, en el cual reaccionamos a lo que sucede alrededor sin ningún contexto.
Nuestra vida actual es así, estamos viendo todo el tiempo escenas sueltas y no conocemos el contexto, pero reaccionamos como si la escena fuera parte de nuestras vidas.
Muchos le gritan a alguien o lo boicotean sin saber nada de su vida, sólo lo hacen como reacción a lo sucedido en un momento determinado. Así que el mundo no sólo ha perdido el cuento, ha perdido su ética, porque todas las buenas acciones que uno hace a lo largo de la vida son invisibles si alguien sólo ve un video de unos segundos con algo que no le gusta. En un mundo así, somos siempre pasivos, sólo podemos elegir cómo queremos contarnos a nosotros mismos el cuento. Si ya dejamos de contarnos cosas y pasamos a pensar y a hacer sólo lo que nos dicen, ya hemos perdido nuestro individualismo.
—Tras escribir muchos cuentos, ¿en qué momento decide publicar una novela?
—Creo que he publicado siete libros de cuentos. Me gusta escribir, pero no me gusta leerlos, así que no suelo editar y pensar en las publicaciones sobre la marcha. Normalmente fijo una fecha aleatoria, suele ser cada siete años, en la cual voy a mandar a la editorial el manuscrito, y ya me organizo para poder entregarlo ese día.
Siempre tengo muchos más cuentos que los que se publican, así que los voy revisando y empiezo a distribuirlos y elegir unos de los cuales puedo crear como una constelación, ahí me pongo a buscar una holística armonía.
—Este libro tiene un notable hilo tecnológico futurista. ¿Es un tema que le preocupa? ¿Está la IA también poniendo en riesgo la supervivencia del escritor?
—El dibujo de la portada en hebreo es una ardilla comiendo una pila. Esa es la tensión entre lo natural y lo tecnológico, pues la pila es algo positivo, la ardilla es un animal simpático, pero si están juntos, eso no es bueno ni para la ardilla ni para la pila.
Este es un tema dominante en el libro, ese matrimonio no tan exitoso entre nosotros y la tecnología. Hay que aclarar que entiendo la tecnología, estudié matemáticas, y aunque no me gusta la IA, la he estudiado y uso otros elementos tecnológicos. Mi crítica no se dirige hacia la tecnología, sino a cómo la utilizamos de manera ciega.
Si tú quieres contar algo o confesar algo, puedes elegir a quién se lo cuentas. Sin embargo, si publicas algo en Facebook, ya no puedes saber quién lo va a leer. Eso lo aprendí por el camino duro, escribiendo sobre mi padre que falleció de cáncer, pues al ser activista de izquierdas, recibía comentarios de personas que se alegraban de que mi padre hubiera muerto de esta forma. Mi post llegaba a esa gente, pero por el algoritmo, mi tío, por ejemplo, no lo leía. El hecho de no elegir a quién nos dirigimos es una de las cosas que deshacen el mundo, y ese es el tema de este libro.
De alguna manera, nos hemos convertido de adultos responsables a niños pequeños: alguien más toma las decisiones por nosotros. Nos dicen a dónde ir, dónde comer. Estamos llegando a sitios que no hemos elegido nosotros, las redes sociales lo han elegido, o los que las controlan.
—¿Por qué se ha decantado siempre por los relatos breves?
—Cuando publiqué mi primer libro en el año 1992, Tuberías (Siruela, 2016), era joven y arrogante, y algunos me preguntaban cuándo escribiré una novela. Yo les decía un poco de broma que el mundo ya se está alejando de la novela, que la gente tiene cada vez más déficit de atención y que yo seguiré escribiendo cuentos y cuando ustedes ya no sean capaces de leer novelas, aquí estaré esperando. Ahora vemos que eso es aún más cierto de lo que yo pensaba.
Lo que no podemos hacer ahora es seguir según los esquemas que antes nos servían. Por ejemplo, yo de joven iba mucho al cine y no me interesaba el teatro. Recientemente descubrí que me gusta más ir al teatro y ya no al cine, pues en el teatro hay algo real, de mi propio aquí y ahora. El teatro es arriesgado, no hay IA, son personas en el escenario, y siento que el público aún tiene respeto hacia los actores y no usan sus móviles como hacen en el cine. Lo mismo con la escritura, yo que he trabajado también en películas, ahora mismo ya no quiero hacerlo. Mi tendencia actual es más minimalista, no trabajar con un equipo de producción, no depender de otros, sino escribir mis relatos.
Yo sigo escribiendo cuentos, quizá mi próximo libro será en siete años, pero quién sabe: ¿existirá el mundo en siete años? También por eso empecé hace unos años mi newsletter “Alphabet Soup”, para llegar a mis lectores en el presente, pues lo que escribo ahora quizá no será relevante en siete años.
—¿Se imagina a sus lectores mientras escribe? ¿Son israelíes o de otros países?
—Cuando escribo me imagino a un lector o lectora de forma arquetípica, no parece israelí, parece medio marciano. Pero por supuesto hay relatos que se leen diferente en Israel y en otros países. A veces la realidad cambia la lectura, eso ha sucedido en dos aspectos con el relato Perro por perro, en el cual, un árabe atropella al perro de dos niños colonos, y ellos, a modo de venganza quieren quemar a un “perro árabe”, como dicen ellos, y mientras escribía no sabía cuál iba a ser el final, pero decidí que al final deciden no matar al perro. Poco tiempo después de la publicación del libro, unos colonos en un ataque en Cisjordania pegaron a un perro, casi a muerte, y lo grabaron y lo subieron a redes. Cuando lo vi, por un momento me arrepentí de publicar este cuento, pensando que no había entendido la realidad.
Por otro lado, con este mismo cuento quería que los niños vieran al perro de forma humanizada, así que no le di un nombre típico de perro sino de persona, y elegí el nombre Smadja, que es el apellido de Oren Smadja, un judoka israelí que obtuvo medalla olímpica en los años 90, cosa poco habitual en Israel. Los niños llaman así al perro porque se daba vueltas como un judoka. Poco después de la publicación, el hijo de Oren Smadja murió en una operación militar en Gaza. En un evento de firmas del libro una mujer se acercó con lágrimas, y me dijo que su marido estaba con Smadja cuando murió, y que cómo me atrevía a llamar así al perro. Cuando yo escribí tenía al padre en mente, y mis lectores tenían ahora al hijo: eso lo cambia todo.
—¿Cuál es el rol del escritor hoy en día?
—Los cuentos tienen un rol importante. Ahora mismo los cuentos son utilizados para hacer que la gente haga lo que uno quiere. El estatus que antes tenían los escritores ya no existe, creemos que estamos en el mismo orden social pero ya no. Por ejemplo, Walt Whitman logró atrapar el espíritu de los EE. UU. de una época, F. Scott Fitzgerald hizo lo mismo en otra época. Cada estadounidense que los leía podía reconocerse en los textos, podía identificarse. Hoy ese tipo de obra literaria es imposible porque ya no tenemos suficientes cosas en común. Yo no puedo escribir un cuento que va a emocionar en Israel tanto a uno que apoya a Netanyahu como a uno de izquierdas, como a un ultraortodoxo, porque casi no tienen nada en común.
Otro síntoma de ese fenómeno es el hecho de que ya nos cuesta colocar eventos en orden cronológico. Antes había una sensación de causalidad, había una relación entre los sucesos y el mundo ha perdido eso. Ya no distinguimos entre el mundo real y el mundo digital. Si te pregunto cuándo fue la primera vez que comiste pizza es posible que te acuerdes, quizá en unas vacaciones en Italia con la familia; pero si te pregunto cuándo viste el primer capítulo de Breaking Bad, no lo vas a saber, sólo estabas viendo una pantalla.
—¿Y cuál sería el contexto de Israel?
—Creo que en estos tiempos hay un problema global, más allá de lo que estamos viviendo en Israel, se está reduciendo y aplanando el diálogo con la realidad. Veo alienación y radicalización en muchas sociedades, pero probablemente en Israel lo vemos más concentrado, por lo cual es más intenso.
En el caso del conflicto israelí-palestino, cada bando narra su historia llena de sufrimiento y como víctima de mucha injusticia. Así como en una clase si hay un niño gracioso y llega otro gracioso, se van a odiar porque compiten por el mismo puesto. Los israelíes y los palestinos suelen contar las historias de su sufrimiento ignorando por completo el sufrimiento del otro.
Una vez un poeta palestino me preguntó: “¿Por qué los judíos insisten en ese número de 6 millones de asesinados en la Shoá? si el número real de 60 mil también es muy alto…”. Me preguntaba por qué alguien iba a dudar del número de los 6 millones pero es esa la razón, ahí los judíos eran las víctimas y los palestinos quieren minimizarlo.
Por otro lado, a partir del 7 de octubre se han formado nuevas clases en la sociedad israelí basadas en el sufrimiento. Están los que fueron desalojados de sus hogares, luego están los supervivientes, los familiares de los asesinados, los heridos, los que fueron secuestrados, los que su casa fue derribada por un misil. Eso generó esas nuevas clases según quién ha sufrido más y cuánta empatía genera.
Por ejemplo, en la publicidad se suele poner a gente como George Clooney, porque el público quiere ser como ellos, guapos y exitosos. Hoy en día en Israel hay personas que volvieron del cautiverio de Hamás y salen en campañas publicitarias. Ellos no son como Clooney, es un nuevo tipo de fama, basado en que esta gente ha sufrido, algunos fueron torturados y eso los convierte en una especie de nuevos héroes. Como escritor tengo un problema con eso, pues se han mezclado las palabras víctima y héroe, y las palabras tienen mucho peso.
—¿Cómo le ayuda el humor contra el sufrimiento que le rodea? ¿Cree que es una de las mejores formas que tiene el ser humano de evadirse?
—El humor es esencial en la condición humana, te permite reflexionar sobre una situación. Para hacer un chiste hay que comprender dónde te encuentras, y estás ofreciendo una narración alternativa, que quizá no es realista, pero es tuya y eso da mucha libertad. El humor es el arma de los débiles, porque si no podemos cambiar la realidad podemos contar un chiste sobre ella, y eso nos permite protestar y mantener nuestra dignidad.





Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: