Hace poco tuve la oportunidad de asistir al estreno de la obra El Borbón rojo, escrita por Ignacio Amestoy y dirigida por su hija Ainhoa Amestoy. El estreno tuvo lugar en Madrid, en el Círculo de Bellas Artes. Es una gran obra donde se repasa, en clave artística, buena parte de la Historia de España, sobre todo la reciente, que tuvo como uno de sus principales personajes a don Juan de Borbón.
Se me ocurrió que era un buen momento para entrevistar a Ignacio Amestoy, gran dramaturgo y gran periodista.
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—Usted ha hecho muchas entrevistas. ¿Para usted cuáles son las claves de una gran entrevista?
—Una entrevista es una cacería. A veces, caza mayor, y las más, caza menor. De cualquier forma, la clave es siempre la disección del personaje y desentrañamiento de su conflicto o conflictos.
—Usted es dramaturgo y periodista, entrevistador de larga trayectoria. ¿En qué se parece una buena entrevista a una buena obra de teatro?
—En el teatro el proceso es claro: ha de haber un planteamiento, un nudo y un desenlace. En la entrevista ha de haber esa misma progresión: mostrar al entrevistado con su circunstancia, ahondar en el nudo o nudos del personaje y llegar al desvelamiento de la ocultada confesión.
—¿En qué se parece un buen periodista a un buen dramaturgo?
—En que sabe preguntar a su entrevistado, y en que los personajes también sepan preguntarse y contestarse. Dominio del diálogo. De la dialéctica.
—¿Conviene que el periodista sea algo o muy artista, o más bien todo lo contrario?
—La dialéctica, junto con la gramática y la retórica, conformaron en la Edad Media el trivium, base de las artes liberales. Un buen periodista, además de ser un buen dialéctico, ha de ser un buen retórico. Y la gramática se le supone.
—¿El periodista es un escritor, un cierto tipo de escritor?
—Un periodista, si no es escritor, es taquígrafo, arte no despreciable.
—José Luis Gutiérrez me dijo una vez que el escritor y el periodista eran “lo mismo”. ¿Está de acuerdo?
—José Luis era periodista y escritor, además de prescriptor. En él los tres términos eran lo mismo.
—¿Por qué?
—Porque para él, que era un escritor crítico, el periodismo era el Cuarto Poder, lo que debe ser.
—¿Está de acuerdo?
—Sí, aunque el periodismo, en la contemporaneidad, sea, las más de las veces, el cuarto querer y no poder.
—Francisco Umbral pensaba que el periodista era “un pequeño filósofo”, mientras que el escritor era un “filósofo”.
—También Paco era un prescriptor. El periódico y el libro condicionan. El periódico es diario, de cada día, es la inmediatez… Un libro es la eternidad. El soporte condiciona la prescripción, la reflexión, el pensamiento. Lo que en un caso tiende hacia la anécdota en el otro se torna categoría, como diría Eugenio d’Ors, al que, por cierto, Umbral consideraba maestro.
—Umbral también decía que el español leía pocos libros pero muchos periódicos. ¿Está de acuerdo?
—Ahora los pocos quioscos de periódicos que no desaparecen ya no venden diarios, pero entre las chuches y los cromos ofrecen libros. Las noticias las leemos ya en el móvil, y a veces algunos artículos y entrevistas razonables.
—¿Esto que decía Umbral ha cambiado?
—Cambia día a día. Como nosotros mismos. El ciudadano se va tornando en consumidor, a pasos agigantados.
—Umbral decía que el libro era un nivel más alto en cuanto a la lectura del público, mientras que el periódico era un nivel inferior. ¿Lo cree también?
—El problema no está en el libro o en el periódico, el problema está en el lector, lo mismo que en el teatro está en el espectador, que se nos han convertido en usuarios. La educación, primero; la cultura, después, y los algoritmos, en definitiva, hacen usuarios.
—¿Para ser escritor se necesita una vocación especial?
—Se necesita una formación y, al tiempo, un espíritu crítico, con la sociedad y con uno mismo. Aunque, de todas formas, quod natura non dat, Salmantica non præstat.
—¿Para ser periodista qué se necesita?
-—Lo mismo. Más audacia y valentía.
—¿Cómo explicaría la vocación literaria?
—Como el atisbar un continente y querer descubrirlo y aun conquistarlo. Y no cesar en la aventura. Aunque se fracase. El aparente fracaso puede ser una luz que se enciende. Nos hace conocernos y descubrir caminos insospechados.
—¿Para ser un gran periodista qué requisitos son necesarios, en su opinión?
—Pasemos al fútbol… Primero, ser un buen jugador. Segundo, estar en un buen equipo.
—¿La sociedad sigue necesitando a los periodistas?
—La democracia representativa necesita del cuarto poder.
—¿Por qué?
—La verdad nos hace libres.
—¿Qué pueden aportar los periodistas a la sociedad en el mundo de hoy y de mañana? ¿Qué aportan los dramaturgos?
—Los dos aportan lo mismo. Desde Sófocles o Pericles, en el teatro o en la democracia, lo esencial es el conflicto. Una obra de teatro sin conflicto no es teatro. Una democracia sin conflicto no es democracia; cuando Franco nos decían que no había conflictos, eran los veinticinco años de paz… Un autor de teatro o un periodista se enfrentan continuamente a conflictos. Han de buscar la verdad de una realidad, de unos personajes, en libertad. Verdad y libertad serán las claves. Lo que aportan periodistas y dramaturgos es verdad en libertad. Verdad y libertad son los fines. El problema son los medios.
—Su hija Ainhoa Amestoy está también consagrada al teatro y ha dirigido su obra, recién estrenada, El Borbón rojo. Usted me ha dicho en alguna ocasión que la vocación de su hija por el teatro surgió muy pronto, de niña. ¿Cómo fue aquello?
—Yo soy autor de teatro, y su madre, Esperanza d’Ors, es escultora. Ainhoa creció viviendo el mundo del teatro y del arte. Con ocho años asistió a una Orestiada completa, de Manuel Canseco, de más de cuatro horas, en el Templo de Debod, en los Veranos de la Villa, que yo dirigía, y al final de la función, nos preguntó a su madre y a mí: “¿Pero ya se ha acabado?”. Quería que siguiera… Narros la conoció de niña; era mi maestro, fue el suyo, y al final ella hizo su tesis doctoral sobre él. Las esculturas de Esperanza las acariciaba con un respeto sacramental. Se decidió por el teatro. Es profesora en la Complutense de teatro. Ha interpretado obras mías. Con Beatriz Carvajal interpretó Cierra bien la puerta, obra por la que me dieron el Premio Nacional de Literatura Dramática. En los Teatros del Canal recientemente montó Los cuernos de don Friolera, de Valle-Inclán, por la que fue nominada en los premios Max. Para mí ha sido un honor el que haya montado El Borbón rojo, La larga jornada del Conde de Barcelona. Ya es mi maestra.
—¿Qué es la vocación para usted?
—Un papel divino que se nos ofrece para interpretarlo en el gran teatro de la vida.
—¿Cree que la apuesta por la vocación es algo necesario en el ser humano, en la persona que la siente?
—Es la gran oportunidad que se nos ofrece en la vida. Tenemos que asumirla y prepararnos para aprovecharla al máximo. Ensayando continuamente… Recordemos la frase del autor irlandés Sean O’ Casey: “La vida es un teatro solo que algunos hemos ensayado muy poco”.
—¿De qué manera depende la felicidad de la persona que siente una vocación en seguirla, aunque a priori no pueda parecer el camino más práctico o útil?
—Recordemos los trabajos de Hércules… Doce trabajos… Que los hizo con tino. ¿Dónde está la felicidad? En que tu trabajo sea tu festejo. En los niveles que toquen dentro de la profesión que nos haya tocado. Ahí, que tu trabajo sea tu festejo.
—¿Cree que con sus obras sobre los reyes está escribiendo, o explicando la Historia a su manera?
—Una de las líneas de trabajo dramatúrgico que he desarrollado ha sido la del teatro documento: sobre el bombardeo de Guernica, sobre Pasionaria, sobre Lope de Aguirre o sobre Dionisio Ridruejo. Con las dos premisas fundamentales: Libertad y Verdad. En la tetralogía Todo por la Corona —editada por Cátedra en Letras Hispánicas—, que trata de los reinados de Alfonso XII, Alfonso XIII, Don Juan y Juan Carlos I, recorro la última historia de España, no a mi manera, sino con los hechos y las palabras de ellos, y en las cuatro obras con un personaje crítico a la manera brechtiana, que es conciencia mía y de los espectadores, Francesillo de Zúñiga, que fue bufón y cronista en el siglo XVI de Carlos V, un predecesor de Quevedo, Góngora, e incluso de Valle-Inclán. Don Francés de Zúñiga, que escribió en su día su Crónica burlesca del Emperador Carlos V, es en mis obras un elemento diacrónico y dialéctico. Por cierto que Francesillo encantó también a Paco Umbral.
—¿Por qué ha escrito Todo por la Corona?
—Me encontré con que la historia oficial de ellos era camuflaje y mentira. Busqué su verdad.
—¿Por qué le interesan los reyes?
—Los últimos reyes de España… Por ver cómo la Monarquía Hispánica ha desembocado en la monarquía democrática y parlamentaria actual, con la amenaza permanente, en estos últimos reinados, de la Tercera República, mientras se ha mantenido unido a este país de países en los últimos tiempos, al tiempo, por ejemplo, que se desintegraba el Imperio Austro-Húngaro.
—¿Por qué le interesa escribir sobre los reyes?
—El derecho divino les otorgaba el máximo poder. En España sufrimos su influjo divino incluso en los reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII, en sus monarquías democráticas pero no parlamentarias. Al morir Franco, con Juan Carlos, más que eso; el heredero del franquismo fue un monarca absoluto hasta la Constitución del 78, con la previa “restauración” de don Juan al abdicar, no cuando se corona, sino cuando Suárez convoca elecciones. En este momento, tras la forzada abdicación de Juan Carlos, Felipe VI se está ajustando a un reinado de auctoritas, no de potestas, como su padre, en ámbitos como el diplomático-económico. Un Borbón en el desierto: Juan Carlos I, el camaleón, se llama la obra del padre de Felipe VI.
—Acaba de estrenar El Borbón rojo en Madrid. Es una obra valiente por algunas cosas que dice, quizá también por su planteamiento. ¿Para ser escritor hay que ser valiente?
—Como para ser periodista. Tanto en el teatro como en el periodismo está el acceso a los medios, en muchos casos influidos, o detentados, por el poder político o económico, y ahí media el riesgo que es capaz de asumir la sociedad civil, en muchas ocasiones, como en la actualidad, muy debilitada.
—¿Para ser periodista hay que ser valiente?
—Hay que buscar, encontrar y decir la verdad. Difíciles tareas.
—¿Usted también ha sido profesor? ¿Cómo debe ser un buen profesor?
—Fui profesor en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de Navarra, tras cursar la carrera, en los 70, de Redacción Periodística. Lo dejé por la profesión, en La Actualidad Española, Diario 16 o El Mundo, retornando a la docencia como profesor titular de Literatura Dramática, en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, donde acabé siendo director. Creo que cuando más se aprende es enseñando. La vida profesional y las oposiciones te facilitan una comprensión de lo que el alumno puede necesitar para su formación, una base de conocimientos, un lenguaje teórico y práctico para poder trabajar en el oficio con un rigor imprescindible, pero todo ello hay que ubicarlo en la contemporaneidad del momento y sobre todo en el día a día. Es una enseñanza y un aprendizaje con los alumnos, que, a partir de unas bases dadas por el pasado y el presente, demandan, con la sociedad en la que viven, y vivimos, docentes y discentes, una adecuación en formas y fondos al presente más inmediato.
—¿Cómo debe ser un buen alumno, en su opinión?
—El buen alumno ha de transitar del respeto absoluto a la traición inmisericorde… sin asesinato final, claro.
—¿Cómo debe ser un buen dramaturgo?
—Respetuoso con su público, pero exigente con ese mismo público.
—¿Cómo debe ser un buen periodista?
—Tributario de la confianza de su lector.
—¿La Inteligencia Artificial es amiga o enemiga del escritor?
—Por ahora, para mí, ni amiga ni enemiga, una conocida.
—¿Es amiga o enemiga del periodista?
—Una gran amiga, pero cuidado con ella.
—¿De qué modo cree que puede ayudar la Inteligencia Artificial al que trabaja con las palabras, con las ideas, con la imaginación y con la realidad?
—La Inteligencia Artificial ya ha dejado de ser el convidado de piedra. Y pasa a ser el cocinero, el maître y el compañero de mesa. ¡Que aproveche!


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