Si me río estoy mintiendo. A más fuerte la risa, más honda la mentira. Me río mucho. Miento mucho. Todo el tiempo.
Este gato me recuerda a mi Vin. Y me quedo inmóvil, como atrapado en otro sitio. Él quiere acercarse. Pero no le doy pie. No se lo doy a nadie. Ni siquiera a los animales. No tengo nada que ofrecerle. Falsas esperanzas. Falsedad. Como la que me dejó sin mi familia.
Sigo caminando. Las olas me llaman. Pero tampoco a ellas las quiero cerca.
El faro busca blanquearme el alma, pero no me encuentra. Su luz me golpea, una y otra vez, por horas, cada día. Tres segundos, negrura. Ocho segundos, rayo largo, amnesia. Negrura. Falso horizonte.
Lo miro y me encuentro revisitándome. Revisando los pensamientos que sé que hubiera tenido, y extrañar que no lleguen, como el que ve el hueco, no como quien necesita.
El faro, con el mar, negro, inmenso, bello a pesar de que yo no sepa verlo —así de hermoso es el mar— me hubiera parecido mil cosas, inspirado historias. Esa espada clavada en la roca, con su luz clara, con el oscilar que quiere similar a la orbita la tierra en torno al sol, y no puede.
Allá arriba por la tarde se acumulan las gaviotas. Escucho a la primera y miro alrededor, de pronto en otro sitio. Busco a mi niño, a mi Vin, porque suenan a gato. Suenan a él, cuando todo energía contenida corría por el apartamento y empujaba esas cosas impostadas, como si con sus manitas rosadas pudiera apartarlas, como yo hubiera querido hacer. Y dejarnos solo a los cuatro. Pero él no pudo. Ella no quiso. Todo son fallos, como falla la poesía al reparar en que estas gaviotas despedazan a una paloma en segundos.
Las veo con el viento que llega del sur. Qué torpes sobre los vencejos. Y aquí también echo en falta. En el pasado las hubiera —escribo como me sale de la pinga— contado en un segundo, sin mirar dos veces, hubiera —habría, tan español, tan sieso— identificado los patrones geométricos que inconscientes describen sobre el cielo, hubiera —¿no es ese error más suave al oído?— encontrado las reglas de asociación entre ellas. Ahora solo las miro. Cierro mi cerebro. Él no quiere la clausura. Siempre fue el más fuerte. Pero le impongo una imagen y lo mato. Hasta que se regenere, el cabrón. Pero puedo seguir matándolo con la misma imagen. Ya no hay física en mí. Me niego a la biología. No me interesan las historias, ni siquiera las que invento. Solo la poesía se adueña de mí, cuando estoy menos enfebrecido, en las horas más tempranas de la mañana.
Porque me quedé mongo, bruto, tonto. Porque elijo quedarme así.
Siempre me gustó lo ácido. Últimamente no parezco encontrar nada lo bastante amargo. ¿Es esto una señal de mis quimiorreceptores o de mi cerebro? ¿Me piden que coma almendras amargas? ¿Cianuro? ¿Estricnina? Pienso en lo amargo y me saliva la boca. Esto es alarmante. Nuestra sensibilidad a la amargura tiene una explicación evolutiva simple. Amargo, veneno. ¿Por qué necesito sentir lo amargo en la boca? No estoy embarazada, eso seguro. Panza plana, genitales masculinos, rodillas cortadas… Qué raro. Tampoco me suicidaría con veneno. Qué forma tan absurda y dolorosa de espichar. Así que… ¿hay algo poético en que mi cuerpo me pida cosas amargas? No es una deficiencia vitamínica por no comer cadáveres, digo carne. Mi conclusión es que mi cerebro es una drama queen, y quiere que lo que saboreo se parezca a lo que supuestamente siento.
Salvo que no siento amargura. Y no conozco el sabor de la tristeza. ¿Tofu frío? Si es así, maridaje perfecto.
Estoy por coger un camino, escucho que dice alguien con acento cubano. Y pienso que yo ya cogí ese camino, y que no se lo aconsejo. Pero no todo el mundo acaba incapaz de volar, con el dolor metido en los pulmones y los ojos sedientos de lunas que nunca existirán. El camino en que ya no existe el tiempo, en el que dejas que se quemen todos tus dones. Aunque pueda parecer que los usas, solo les das espacio para que corran un poco y no jodan. Pero ya. Te quedaste en eso. Ese es el camino. Incapaz de que te importe todo un carajo, sin medios para que te importe.
Me alegra ver gestos en mí mismo de ella. Expresiones faciales, verbales, acciones, contextos. Luego lo odio. Luego me odio. Luego me pregunto… no, y suspiro. Sin más. No hay más.
Cuando lees el diario de una loca y sus palabras te parecen tuyas, y te enamoras de la locura que ya te posee y destruye, no has encontrado verdad alguna. No has transcendido. Has llegado al final del camino. Y este, al contrario que en Finisterre, no guarda olas salvajes y promesas igual de hermosas. Este solo tiene silencio. Cuando la leo a ella me saco de esta pantomima en la que finjo. En la que mis palabras salen de una boca que no poseo, y mis ojos siempre están en otra parte. Cuando la leo a ella me aparezco junto a otra ella, y entonces, aunque ya tengo de nuevo mi boca, y mis ojos no van a ningún otro sitio, puesto que al fin han llegado donde solo pueden estar, me deshago en mil heridas, y me vuelvo un líquido rojo, que sería sangre, que ojalá fuera sangre, pero que ya se ha oxidado y no recuerda más que el sabor de la sal.


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