El otro día iba caminando por las montañas, imaginando que cabras cuervos y el nene formábamos un aquelarre, abríamos la puerta al infierno, nos colábamos y cerrábamos bien para que nadie más entrara.
En mis divagares, jugando a ver una especie y apartar la mirada antes de que me viniera su nombre, vi un azor solitario. Tropecé varias veces por caminar siguiendo su vuelo, observando el modo en que salvaba espacios que a mí me hubieran llevado horas. Curioso por si lo vería lanzarse, pues tenía la mirada bien clavada en el suelo, deseé que bajara y se llevara algún pirómano. O que me dejara cabalgarlo. Cabalgar siempre, a ser posible. Ahí ya empezó la divagación per se.
Porque entre el viento de mis montes con antojo de mar, pensé en el puñetero frío que tendría que hacer allí arriba. Y de nuevo llegó el biólogo a recordarme que las aves tienen mecanismos de termorregulación distintos a los de quienes chupamos tetas —mamíferos, so pervertidos—, y que cuando el frío es un desafío la circulación se limita a órganos vitales, y a aquellos esenciales para la función que se desempeñe. En esto son muy parecidos a los tiburones y su poco idílica relación con el frío.
To’ bonicos los tiburones. Otro día, si eso, hablo más de ellos. Pero va a ser deprimente. Me desvío como una vieja del tema.
Me dio por recordar a Terry Pratchett. Él describió en varias ocasiones los cerebros de los halcones, azores, aves de presa en general, como nueces resecas, hechas solo para matar, al mando de ojos que pueden ver lo que comiste ayer, y un pico que no parece dispuesto a besar.
Me hizo gracia. Pratchett siempre es un pensamiento agradable.
Y luego me pregunté si en efecto un bichillo que pesa menos que un saco de arroz puede ser descrito de esa manera, y resultar esta descripción razonable. ¿Qué carajo pasa con los grifos, entonces? ¿Y cuál es el problema de la gente con estos bichos?
Vayamos, a pesar de mis quejas sobre la sistemática de la biología, a analizar a los grifos. No tienen nombre científico porque, bueno, no son muy reales, que digamos. Confío en que no sea un spoiler. Tranquis, que tampoco me decepcionará que haya quienes se lleven una desilusión.
No perderé el tiempo abordando el origen de los grifos, ya que lo que me interesa es desarrollar por qué son bestias absurdas cuyo único pensamiento coherente sería despedazar al tarado que les hiciera una reverencia y esperara acapararse cual garrapata a sus lomos.
Tuve un impresionante diccionario de mitología. No las mierdas baratas con dibujitos que hacen para los que dicen que leen y tienen los estantes saturados de Brandon Sanderson. Un diccionario al uso. To’ flashy. Solo que me lo robaron. Claro que yo tampoco es que… lo adquiriera con un espíritu mercantil al uso.
En fin. Grifo: mitad ave de presa, mitad león. No había suficiente con un depredador apical, era necesario fusionar dos. Como el turducken, pero desde arriba en la aburrida pirámide trófica.
Se supone que, y aquí me voy a quedar en las descripciones más recientes, con las que el lector esté familiarizado, son criaturas nobles aunque temperamentales, que reconocen la rectitud moral, tienen una serie de sentidos para ver “dentro” de las personas —no queda claro si por sonido, radiación magnética, ionizante, o el poder de la tontería— y al estilo de las Grandes Águilas de Tolkien —cuando uno vive en un país que masacra a las rapaces para que queden más faisanes a los que disparar, imagino que el fetiche con águilas es inevitable— acuden siempre en el momento preciso. Si quien los envía Zeus, Hera o Hipatia —aquí hay una metida— no queda claro ni importa.
En fin, un bicho que puede pesar fácil entre trescientos y quinientos kilos… Ah, no, que vuela, y además majestuosamente… Peeero, tiene la masa muscular de uno de los felinos más grandes del planeta —este sí es real, se lo he preguntado a la prima de Sam Altman—. ¿Por qué las avestruces no pueden levantar el vuelo del suelo por gordas y nos mofamos de los fofos dodos —existieron, lo juro—, pero un bicharraco que de águila tiene la cabeza, alas y plumas sí puede…?
No estoy fumado, lo juro. Lo sé porque esto me viene de serie.
Ahora, la parte de la cabeza de esta cosa me intriga particularmente. Mencioné al principio lo de la temperatura en las alturas y las estrategias para regularla con un propósito. La circulación se reduce si se está de caza a los ojos, áreas básicas del cerebro —como cuando ustedes miran sus móviles o el trasero de la abuela, depravados— y a los músculos que los mantienen en movimiento —la pinga no es—.
En resumen: tenemos una cosa emplumada enorme, con flujo cerebral de heroinómano, garras como —no, per déu, no diré cuchillos, originalidad—, garras como cuchillas —wink—, ojos que como mínimo emiten radiación electromagnética, un claro sobrepeso, y un carácter del copón sin ningún tipo de autocontrol, porque lo que no les hace una reverencia lleva una cicatriz, es hijo de un dios putero, o vete a saber qué requisitos piden ahora —una FP—, pues se vuelve la cena.
Y esta bicha está en escudos de armas, vainas de espadas, representa la nobleza, y es el animal favorito de algunas personas. Sí, lo he comprobado. Coño, he tenido estudiantes que literalmente han afirmado esto. También creían que África es un país. Que quién sabe, mire usted.
Y eso que no me he adentrado en el perturbado mundo en el que los grifos tienen también cabeza de león. Solo diré esto a ese respecto: los gatos domésticos son responsables de una importante reducción de la biodiversidad urbana y suburbana. Un bicho del tamaño de un poni, con el cerebro de un gato, que encima vuela, es como darle a Scar —Rey León— armas de destrucción masiva.
La idea de estos bichejos, que, repetiré, están extendidos por yacimientos, frescos, esculturas, tatuajes —¡el más alto compromiso personal con un ideal profundo!—, tiene varios miles de años de antigüedad. Me parece que habría que pararse a considerar que una especie que crea y mantiene estos mitos… pues oye, que lo mismo todavía no está cocinada del todo. Que lo mismo lo de las guerras, la capitalización de hermosas teorías físicas, las redes neuronales que quizás conduzcan muy bien la información, pero estaría por ver qué información… nunca fue una sorpresa tan grande.
La hostia que estamos en proceso de petar se ve venir a escalas espaciotemporales.
Eh, oye, gentes varias que creen en aliens, ¿puede ser este el motivo por el que no nos visitan? ¿Porque son tan avanzados y listosos que quieren mantenerse lejos del radio de acción? No sé, que ahí lo dejo.
Thoreau bendito, quién pudiera agarrar un hacha e irse contigo a lo que hace un romántico con un hacha. Absolutamente nada.
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*Ahora que esto ha acabado, antes que me se tiren al cuello los frikis, nerds, geeks o aburridos, el hipogrifo de Virgilio —no, no fue la posh de la Rowling quien los “inventó”— es la misma cosa. Solo un águila enorme con un conflicto junguiano por devorar la parte de sí misma que es un jaco. Más delirante si cabe la cosa.
**Si esto no fuera un texto sobre un tema que ni fu, pues podría haber planteado la existencia de filamentos musculares alternativos capaces de generar fuerza suficiente para levantar al grifo en el aire, sin que implicara una gran masa corporal, y discutir las posibles vías metabólicas que harían esto posible. También hubiera estado bien discutir la relación entre inteligencia y tamaño cerebral. Así como lo que es la inteligencia. Pero, oigan, que no estoy tan motivao.


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