Cuando terminé de leer Lluvia de frailes en la selva, de Evelio Rosero (Bogotá, 1958), comenté esa misma tarde el argumento con uno de mis hijos. Enseguida lo relacionó con lo que había leído en Historias de América. La seducción y el caos (Mondadori, 1992), de Francisco Ortiz Chaparro, concretamente con el capítulo dedicado a «Lope de Aguirre, la ira ¿de Dios?». Allí se describe no solo el carácter excéntrico y siniestro del conquistador, sino su aventura por el Amazonas. Así lo retrataba el cronista Francisco Vázquez:
«casi de cincuenta años, muy pequeño de cuerpo y poca persona; mal agestado, la cara pequeña y chupada; los ojos que si miraban de hito le estaban bullendo en el casco, especial cuando estaba enojado […] Fue un gran sufridor de trabajos, especialmente del sueño […] Era naturalmente enemigo de los buenos y virtuosos[…] Era amigo y compañero de los bajos e infames hombres […] Fue siempre cauteloso, vario y fementido, engañador […] Era vicioso, lujurioso, glotón […] y no le sabían otro nombre sino Aguirre el Loco…»
Así descrito, Aguirre se parece, calcado, a los militares de la novela de Rosero, e incluso a alguno de sus frailes: «eran barbudos trepados en sus equinos que asaban indios y los freían, los empalaban y desollaban, los reventaban y crucificaban en nombre de Dios».
Estos dos fragmentos enmarcan el sustrato humano de esta sátira tragicómica, grotesca e hiperbólica sobre la conquista de América. Un grupo de frailes aterriza en territorio de los indios Uao con la misión de convertirlos y evitar que las fuerzas militares los exterminen. Los acompañan cuatro guías laicos y cuatro monjas novatas, alguna de ellas lujuriosa.
Mi hijo no solo aportó el dato de Aguirre: propuso ver esa misma noche Aguirre, la cólera de Dios (1972), de Werner Herzog, con Klaus Kinski. La vimos. La película me ofreció el escenario selvático de la novela y me permitió imaginar mejor a aquellos monjes temibles a los que el narrador abastece con una desorbitada riqueza léxica, nutrida de hipérboles explícitas y gráficas. Desde el comienzo se nos presenta a Mardoqueo Vanín, el fraile que comanda la expedición: «cuando se puso de pie por un instante para rascarse la joroba dio la sensación de tener no solo el tamaño de una jirafa…». Su boca «parecía bostezar para siempre y no resultaba muy distinta del hocico de un perro: abierta era verdaderamente horripilante, peor que la peluda y resbalosa boca de la Muerte, tan semejante al sexo de mujer, pero con dientes». Y más adelante: «le gustaba comer la tripa de la vaca, que llaman chunchullo, y la solía tragar a dentelladas en su celda, para que no lo vieran eyacular mientras comía…».
La semántica de la lujuria y el erotismo, más o menos encubierto, atraviesa los trece capítulos y vuelve sabrosa la prosa. El lector puede llegar a preguntarse si quienes han ido a evangelizar son verdaderamente frailes o goliardos. Ningún monje de los que conozco se comporta como los que retrata Rosero, pero se trata de ficción, y en la ficción —como decía Rulfo— se utilizan mentiras para decir verdades. Y aquí bullen religiosos borrachos y lujuriosos, como nuevos goliardos, capaces de servir de material a un nuevo Carl Orff para recrear sus Carmina Burana.
El elemento erótico no abandona al lector en ningún momento: «la gran mayoría de las pupilas de la Madagascar eran indias, y muy tiernas, casi niñas, perfectamente adiestradas por las veteranas en las artes de la cama…». O bien: «los frailes se trastornaban […] ninguna de las monjas usaba el hábito ni se cubría la cabeza». O esta otra: «mientras tanto, a más de un niño le acariciaba las nalgas y las mejillas, a más de un niño le palpaba el prepucio como si lo sopesara». Ni siquiera los guías se libran. Luis de Cartagena «estaba loco de amor por la figura de la renca y retraída madre Púrpura, que no por renca dejaba de ser divina o santa o puta, digna de tumbarla y treparle por encima y bombearla hasta que san Juan agache el dedo, se decía, y observaba complacido en su entrepierna su afamado trasto que se hinchaba. “Hola, Juan”, le dijo, y se echó a reír». Hasta casi el final la carga erótica alimenta la narración. Entonces aparece Nena, que se arroja sobre la monja Dídima «como si sedienta estuviera y empezó a lamerla como si la venerara…».
La novela de Rosero es original, sobre todo, por literaria. Expresa la lujuria y la crueldad humanas a través de unos frailes que fueron a la selva para ayudar, unas monjas ingenuas y una mujer, Nena, que podría pasar por una Brunilda desaforada. Frente a ellos, el grupo de soldados comandados por el general Agrícola: «hombres disminuidos pero ansiosos por descubrir lo que querían: indios para matar, indias para violar, y todo el oro». De nada sirvió que los franciscanos intentaran contener «el vandalismo de los conquistadores». El soldado Esturión terminó empujándolos, junto a algunos indios, a unas barracas. «Y aunque cerraron las puertas olieron durante tres días con sus noches la carne asada […] oyeron el chillido de infierno de los cerdos y sobre todo el lamento de las mujeres forzadas […] donde ellos oraban a gritos para no oírlas, para no oírlas nunca más, pues no solo las profanaban, sino que las inmolaban. Al forzarlas los invasores gritaban que el manjar de las mujeres del derrotado siempre sabe mejor».
Rosero realiza un verdadero alarde literario con esta lluvia. El lenguaje y la riqueza expresiva son deslumbrantes y constituye el recurso más sobresaliente y el que permite seguir leyendo a pesar de tanta crueldad, mofa y barbarie.
Al terminar la novela pensé también en Ramón J. Sender y en La aventura equinoccial de Lope de Aguirre. Allí se presenta una «primera conquista» visceral; aquí, una «segunda conquista» más satírica, en la que frailes y monjas llegan para evangelizar y salvar a los indios de los militares. Todo se convierte en una parodia del colonialismo religioso, escrita con un lenguaje colorista que mezcla misticismo y lujuria. La selva, como siempre, actúa como devoradora que dificulta cualquier empresa de aculturación, sea social, religiosa o política.
Evelio Rosero, con esta singular lluvia de frailes, no narra otra conquista: la desnuda y la vuelve a consumar con nuevas palabras, obligándonos a reconocer que nunca acabó. Solo cambió de hábitos.
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Autor: Evelio Rosero. Título: Lluvia de frailes en la selva. Editorial: Alfaguara. Venta: Todostuslibros.


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