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Fuga disociativa

En 1926 Teresa Neele desaparece; al día siguiente se encuentra su coche. El principal sospechoso: su marido. Once días después, la hallaron en el balneario Hydropathic de Harrogate; allí se dedicó a jugar al billar con los residentes y a tocar el piano. Hasta el mismo Arthur Conan Doyle contrató a una vidente para localizarla, pero el nombre que aparecía en el carnet de conducir del coche encontrado no es otro que el de Agatha Mary Clarissa Miller, Agatha Christie (el apellido de su primer marido). Un año después, en 1927, nuestra autora, destrozada por su divorcio inesperado a instancias de su marido, por el fallecimiento de su madre y por no poder hacer frente a las deudas, apenas con aliento para seguir escribiendo, decide, en febrero de ese mismo año, poner rumbo desde Inglaterra a las Islas Canarias. Con ella zarpan su hija de siete años, Rosalind, su secretaria, Carlo, y el manuscrito inacabado de El misterio del tren azul. Allí las recibió el agente que se encargaría de transportarlas a su destino, el Hotel Taoro (Tenerife). La escritora pretendía recuperar su salud. Casi un mes después, abandonó el Hotel Taoro para poner rumbo al siguiente destino, Gran Canaria, llevándose consigo a sus dos acompañantes y un manuscrito a medio terminar.

"Encontramos en las palabras de los personajes suspense, humor, drama y vulnerabilidad en diálogos fluidos"

Hundida, desolada, desesperada, desdichada se encontraba en su habitación del Hotel Taoro… Quien llama a la puerta es el talentoso periodista, novelista y dramaturgo grancanario Benito Pérez Galdós. La acción de la obra se sitúa a finales de los años veinte del siglo XX; por ello, el encuentro parece imposible, puesto que Galdós ya había fallecido en 1920 y Christie visitó la isla años después. Imposible en la vida real, por las fechas, porque seguramente Galdós se encontraría en su siempre querida Gran Canaria, pero no imposible en la ficción, tal como consigue Juan Carlos Rubio de una forma hábil e inteligente, combinando los hechos, la evocación de espacios reales y el juego metaliterario en el que el lector puede conocer a estos dos grandes escritores. Rubio nos presenta un Galdós amable, juguetón, cuya vitalidad intenta contagiar a la escritora británica; la ayuda a escribir esa novela inconclusa. ¡Y vaya si la ayudó! El misterio del tren azul se publicó en el año 1928 y vendió siete mil copias.

El volumen que nos ocupa se compone de un prólogo a cargo de Juan Meseguer, el texto dramático concebido como escena única y dos epílogos.

El ritmo ágil, con unos diálogos por momentos tiernos e irónicos, cargados de sentido del humor e inteligencia, conduce a que la tensión dramática no decaiga. Sirva de ejemplo la manera en que Galdós intenta ayudar a escribir una obra de Agatha, o el juego metaliterario establecido entre los dos escritores (el análisis psicológico de personajes propio de Galdós frente al misterio y el suspense de Christie). Las alusiones al oficio de escritor (págs. 63 y 81), a la vida profesional y personal de Galdós (breves citas a las amistades femeninas del autor, como Sisita y diversas actrices; su ceguera, su ausencia del Premio Nobel y su faceta como dramaturgo y novelista) enriquecen un texto que también alude a la cerrazón británica de creerse el ombligo del mundo: «¿Cómo es posible que no conociera a Galdós?». Asimismo, se permite expresar con humor las costumbres de los ingleses (p. 36, p. 39).

Encontramos en las palabras de los personajes suspense, humor, drama y vulnerabilidad en diálogos fluidos en los que Rubio hace uso de figuras literarias tales como onomatopeyas, oxímoron, aliteración, hipérbole e hipérbaton.

"Entre los aciertos en la escritura de Juan Carlos Rubio cabe destacar las distintas miradas sobre los personajes"

Entre los aciertos en la escritura de Juan Carlos Rubio cabe destacar las distintas miradas sobre los personajes: Agatha, narradora del texto teatral y personaje (como escritora y como mujer); Galdós, escritor realista tanto en la vida como en su oficio, refleja además su compromiso político (verán en sus palabras nuestra actualidad política). Destaca también la habilidad para encajar en el diálogo teatral escritores como Tagore, Shakespeare y Tomás Morales, así como al personaje de ficción Hércules Poirot. Igualmente sobresale la capacidad para relacionar la defensa de la mujer que hizo Galdós en sus obras y en su vida con el personaje de Agatha (p. 58). Asimismo, resulta especialmente lograda la destreza con la que aconseja y anuncia a su amiga escritora su futuro, una auténtica «catáfora temporal». Aunque la investigación y la crítica especializadas hace tiempo que vienen repitiendo que don Benito nunca renegó de su tierra, es de agradecer que en este diálogo, de forma humorística, se contribuya a combatir tal infundio.

Por todo lo dicho anteriormente, no solo disfrutaremos de una lectura amena, sino que las palabras construidas por el autor cordobés nos invitan a profundizar en algunos aspectos de la época y vida de estos dos grandes escritores.

La complicidad de los personajes (Galdós parece por momentos el terapeuta de la escritora británica; no en vano muchos de sus compatriotas venían a las islas a curar sus enfermedades), su sinceridad, la inteligencia en la conversación junto a la sensibilidad de Rubio para crear atmósferas en las que el lector queda felizmente atrapado nos conduce a este interrogante: ¿no desearían ustedes tocar ahora en la puerta de esa habitación y encontrarse con Benito y Agatha, los seres vulnerables, y con Galdós y Christie, los escritores? Diríamos que sí.

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Autor: Juan Carlos Rubio. Título: Querida Agatha Christie. Editorial: Antígona. Venta: Todostuslibros.

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