Hay libros que llegan con una doble geografía. Una es la que estudian; otra, la que hace posible su aparición. Gabriela Mistral y Poema de Chile: Cartografía mítica e invención poética de la patria, de Driss Ouldelhaj, pertenece a esa clase de obras. Su asunto es uno de los textos más enigmáticos, tardíos y fértiles de Gabriela Mistral: Poema de Chile. Pero su lugar de enunciación añade una resonancia inesperada: un hispanista marroquí, desde una institución cultural vinculada al diálogo de civilizaciones, vuelve la mirada hacia la gran poeta chilena para pensar con ella la patria, la memoria, la lengua y la pertenencia.
El objeto de estudio no podía ser más propicio. Poema de Chile, publicado póstumamente en 1967 por Doris Dana, ocupa un lugar singular dentro de la obra mistraliana. No responde al formato convencional del poemario cerrado, sino a la forma de una travesía. Una mujer muerta, o fantasmal, regresa a Chile y recorre el país acompañada por un niño indígena y por la figura ambigua de un ciervo o huemul. El viaje avanza entre desiertos, valles, cordilleras, mares, árboles, animales, hierbas, pueblos, voces populares y memorias enterradas. Es una geografía, sí, pero también una resurrección.
Ouldelhaj entiende que en esa estructura hay mucho más que una evocación nostálgica. Su hipótesis de fondo es que Poema de Chile inventa poéticamente una patria. No la patria oficial, monumental, masculina, urbana y centralista, sino otra: materna, mestiza, campesina, indígena, doliente, errante. Una patria que no nace del discurso del Estado, sino de una voz que vuelve desde la muerte para nombrar lo que había sido excluido. En esta lectura, Mistral no canta simplemente un territorio; lo reorganiza moral y simbólicamente.
El libro posee una arquitectura académica muy visible. Su primer tramo expone el marco teórico: Roman Jakobson, Itamar Even-Zohar y María Josep Cuenca sirven como apoyos para leer Poema de Chile desde la comunicación poética, el sistema literario y la gramática textual. A partir de ahí, Ouldelhaj aborda la obra mistraliana como un complejo acto de comunicación. ¿Quién habla? ¿A quién se dirige? ¿Desde qué lugar? ¿Con qué código? ¿Qué contexto cultural sostiene ese mensaje? ¿Qué idea de Chile se desprende de esa organización verbal?
La pregunta por la voz resulta especialmente fecunda. El estudio distingue entre la autora y las figuras que hablan dentro del poema. En el centro está la Mama, personaje fantasmal y materno, que concentra resonancias autobiográficas de Gabriela Mistral, pero que no se reduce a ella. La Mama enseña, recuerda, guía, pregunta y se despide. A su lado, el niño cumple una función decisiva: no es solo receptor, sino activador del poema. Sus preguntas permiten que la voz materna despliegue el saber del mundo. Así, el viejo oficio de Mistral como maestra reaparece transformado en procedimiento poético.
Uno de los aciertos del libro es mostrar que Poema de Chile trabaja con una triple energía: lírica, narrativa y dramática. Hay canto, pero también viaje; hay descripción, pero también diálogo; hay memoria personal, pero también proyecto colectivo. El poema no avanza solo por acumulación de imágenes, sino por escenas, intercambios, preguntas, llamados, vocativos. La nación se va componiendo como conversación entre una muerta que sabe y un niño que aprende, entre la experiencia y la inocencia, entre el más allá y la tierra.
El aparato analítico de Ouldelhaj es minucioso, a veces incluso abrumador. La atención a la deixis, los vocativos, la función conativa, la repetición, la anáfora, la antítesis o la comparación convierte algunos pasajes en una lectura de alta densidad filológica. Ese será quizá el punto que más distancia pueda imponer al lector no especializado. No estamos ante un ensayo de divulgación ligera, sino ante una investigación de largo aliento. Ahora bien, esa misma densidad permite ver algo que a menudo se pierde cuando Mistral es reducida a emblema escolar, maternal o sentimental: su extraordinaria conciencia formal.
La Mistral que emerge de estas páginas no es una poeta ingenua ni una cantora espontánea de la tierra natal. Es una escritora que organiza voces, tensiones, símbolos y perspectivas. Una poeta que convierte la geografía en mito y el mito en discusión sobre la nación. El desierto, la cordillera, el mar, los animales, los árboles y las hierbas no son simple decorado: participan en la reconstrucción de un país deseado. La patria mistraliana no se posee; se recorre. No se proclama; se escucha. No se impone desde el centro; aparece en los márgenes.
Especialmente interesante es la lectura de Poema de Chile como réplica a los discursos hegemónicos de la nación. Frente a una idea de Chile asociada al progreso, la urbanidad, el patriarcado y la homogeneización, Mistral propone otra imagen: la mujer, el niño, el indígena, el campo, la muerte y la memoria relegada. Ouldelhaj lee esa inversión como una forma de resistencia estética. El poema sería, así, una patria alternativa: una nación imaginada desde quienes no ocupaban el centro del relato oficial.
Esa interpretación da al libro su mayor actualidad. Leer hoy Poema de Chile no significa solamente regresar a una obra póstuma de la primera Nobel latinoamericana. Significa preguntarse qué voces fabrican una nación y cuáles quedan fuera de su relato. Significa reconocer que la poesía puede intervenir en el imaginario político sin convertirse en propaganda. Y significa, también, aceptar que toda patria verdadera es una construcción afectiva: una suma de paisajes, pérdidas, nombres, muertos, niños, acentos, plantas, animales y caminos.
La edición tiene además un valor simbólico que merece destacarse. Que un centro cultural marroquí publique en Chile un estudio de esta naturaleza confirma la vitalidad de un hispanismo transnacional, atento no solo a la lengua como herencia, sino a la lengua como espacio compartido. Mistral, que fue viajera, diplomática, educadora y extranjera tantas veces, parece una autora especialmente propicia para ese puente.
Gabriela Mistral y Poema de Chile es, en suma, un libro riguroso, ambicioso y por momentos exigente, que devuelve a la obra póstuma de Mistral su condición de texto mayor. Su mérito está en recordarnos que Poema de Chile no es únicamente una despedida ni una elegía de la distancia. Es una cartografía moral. Una invención de la patria desde la intemperie. Una conversación entre la tierra y el fantasma. Y, acaso, una de las formas más hondas que encontró Gabriela Mistral para regresar a Chile sin dejar de pertenecer al mundo.


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