En este libro habla una mujer que fue muchas mujeres: por su condición de actriz (decenas de personajes inolvidables) y por su capacidad, como se comprueba a medida que uno pasa las páginas, para inventarse vidas, es decir, para habitar las muchas luces y las muchas sombras que la fueron atravesando en forma de relaciones humanas, de experiencias al límite, de viajes o de inquietudes espirituales. La ayudan en esta tarea de exponerse al público lector María Iborra Forqué, su hija (es ella quien nos cuenta, en una primera persona intensa y dulce, las vicisitudes de su madre), y Antonio Álamo, uno de los mejores novelistas, cuentistas y dramaturgos de su generación, que es quien le da forma literaria y quien la estructura en cinco actos, como si fuera una obra de teatro. También se ayuda ella misma, Verónica Forqué, porque durante buena parte de su vida escribió diarios, decenas de cuadernos milagrosamente conservados, que han servido para ponerle palabras a sus momentos biográficos.
En este libro se cuentan muchas historias que nos ayudan a comprender una etapa larga y prodigiosa del cine y del teatro de nuestro país (y no sólo). También pasan actores y otros personajes muy conocidos. En este sentido, puede leerse como un resumen (maravilloso, por cierto) de los hitos fundamentales que en estos ámbitos de la cultura se produjeron durante esos años. Prodigioso, además, el modo en que se analizan ciertos argumentos de esas películas y libretos y se relacionan con Verónica Forqué, con sus padres o con algunas de las otras personas que se asoman a estas páginas. Podría poner decenas de ejemplos, pero me quedo con uno que se relata en el Acto II, titulado “Predestinadas”, en el que se cuenta que los dos primeros papeles que su padre, José María Forqué, le dio a su hija (Madrid, Costa Fleming y El segundo poder) acaban con ella, en la primera, sepultada debajo de unos escombros y, en la segunda, torturada, violada y quemada viva. Más allá de psicoanálisis simplificadores, puede entenderse como una prueba, como un ritual iniciático (otra cosa es que padre e hija fueran conscientes de eso), que, una vez superado, la cualificaba a una para la gran tarea de ser quien era, es decir, de merecerse construir un yo profesional e íntimo. Que es, como certificamos a medida que avanzan los capítulos, lo que Verónica Forqué hizo: hacerse fuerte en su deseo de ser actriz (pocas han sumado tantos premios importantes como ella), de ser madre, de ser independiente y de ser profunda.
También se cuentan sueños, amistades, viajes, anécdotas, listas de cosas. Un festín de historias que conmueven y que dibujan a una Verónica Forqué muy cercana, muy apetecible como ser humano. Algunas se conocen (al fin y al cabo, era un personaje público con muchos focos sobre ella), pero otras no tanto o no tan en detalle. Ejemplar, para entenderla y para acompañarla en algunos de sus complejos y ricos procesos espirituales, es saber de su devoción por Sai Baba, un santo de la India que ella visitaba de vez en cuando en aquel lejano país y cuyas enseñanzas y circunstancias se cuentan por extenso en el capítulo 28. Muy hermosa y emotiva es también la forma en que la hija y coautora de este libro dialoga con su madre a través de las palabras que extrae de sus películas, como se extracta en la página 124. O las tiradas del I Ching o los versos de Khalil Gibran que hablan de una Verónica Forqué entregada al misterio, aunque sin perder contacto con la realidad. Quizás al final de su vida, zarandeada por borrascas internas y externas, lo hizo, perder el contacto de la realidad (cierta gira teatral accidentada, cierta participación en un programa televisivo, ciertos excesos con alguna sustancia, cierta separación sentimental, ciertos odiadores profesionales y despiadados tironeando de los flecos de su alma, de todo lo cual se da cuenta en este libro), pero eso no puede pesar en el conjunto de una existencia entregada a la alegría y a las luces. Al menos eso es lo que un lector no prejuiciado, como es mi caso (no la conocí personalmente y apenas sabía nada de ella como persona antes de leer estas páginas), concluye al cerrar esta biografía. Y la certeza de que hubiera sido fabuloso haber tenido un par de charlas con ella, una mujer que, además de ser, como se dijo al principio, muchas mujeres, fue también un buen motivo para sonreír, para pensar y para sentirse parte de lo mejor.
Termino con mi historia preferida del libro. Se narra en el Acto I, titulado “Sedienta”. Verónica Forqué está con su hermano un día que nieva. Ambos, fascinados, cogen una maleta de cartón y salen rápidamente a llenarla de nieve. Así, cuando llegue el verano, podrán refrescarse y jugar con ella. La maleta, claro, se echa a perder cuando la nieve se derrite. Toda la vida es eso (no hablo de la de Verónica Forqué sino de la de todos nosotros): nieve que se derrite dentro de una maleta, nieve que no se deja seducir por la imaginación, por el deseo, por otro tiempo, por la ingenuidad. Y ganas (no hablo de todos nosotros sino de Verónica Forqué) de que alguna vez suceda, de que alguna vez la nieve, por fin, acceda a no derretirse. Este libro maravilloso es exactamente eso: el milagro de la nieve (la vida de Verónica Forqué) que no se derretirá gracias a una hija y a un escritor que han sabido ponerla con tanto amor dentro de esta maleta hecha de palabras y páginas y más páginas (copos y más copos) de verdad a flor de piel.
—————————————
Autor: Antonio Álamo y María Iborra Forqué. Título: No soy Verónica Forqué. Editorial: Vergara. Venta: Todostuslibros.




Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: