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Génesis

Todos los veranos, y es algo de agradecer, distintos medios —también Zenda, ahora con la estupenda selección de Gómez Escribano—tienen el buen detalle de proponer listados de libros con que ocupar el tiempo de asueto, siempre mayor en esta época. La cosa suele apuntar a la novela negra, o policíaca, que se presta particularmente a la lectura en la tumbona playera, bajo el árbol serrano o como introito a la imprescindible siesta —quien esto escribe contribuyó igualmente sugiriendo en esta misma página una tripleta de novelas de espionaje; género que, reuniendo todas las ventajas del noir, a nuestro entender pica un punto más alto en cuanto a la capacidad de concitar misterio e intriga—.

Pues bien, quisiéramos ahora proponer al lector que busca tan literarias emociones un cierto cambio: existen libros sin detectives alcoholizados ni espías sinuosos, donde no hay asesinos que descubrir ni conspiraciones por desentrañar… y, sin embargo, plantean misterios —los más profundos, por cierto— y rebosan intriga, pero intriga de la buena. Son los libros de ciencia.

"Claro está, hay libros de ciencia arduos y con lenguaje especializado que no ofrecen una lectura relajada, pero esos son de científicos para científicos. Aquí nos referimos al ensayo divulgativo"

Ahí está, por ejemplo, la cosmología. ¿Habrá argumento con mayor capacidad de seducir al lector que la historia del Universo? Una novela de comienzo explosivo —perdón por el chiste—; trama grandiosa donde la realidad se crea y se expande, con guionistas de lujo —Hiparco, Copérnico, Newton, Einstein…—; multitud de subtramas a cuál más inquietante —ahora nos gusta la de la materia y energía oscuras— y final incierto, aunque el segundo principio de la termodinámica tiene todas las papeletas para terminar cargando con el crimen. O el relato de las tecnologías de la información, una obra coral con muchos protagonistas anónimos —los ingenieros somos gente modesta— donde se mueve el dinero a lo grande y hay espías por todas partes; con capítulos de títulos tan seductores como microelectrónica, computación, Internet, telefonía móvil, inteligencia artificial… O, para los que gustan de la novela realista —subgénero literatura de terror—, ahí están los libros sobre ecología, cambio climático, calentamiento global…

Y así podríamos seguir. Claro está, hay libros de ciencia arduos y con lenguaje especializado que no ofrecen una lectura relajada, pero esos son de científicos para científicos. Aquí nos referimos al ensayo divulgativo. Si bien en épocas pretéritas se consideraba frívolo al investigador que dedicaba su tiempo a esos menesteres, afortunadamente hoy las cosas han cambiado. Desde luego, no todos son Feynman —divulgar es un arte que, además de buena pluma, requiere una habilidad especial— aunque la nunca vista cantidad y calidad de obras científicas que encontramos en los expositores de las librerías convencionales nos habla del interés por parte del público no especializado y de su subsiguiente reflejo en la oferta editorial. Drakontos, la colección en la que se encuadra el libro que aquí traemos —dirigida por José Manuel Sánchez Ron, uno de los mejores divulgadores de la ciencia españoles— es un excelente ejemplo por la variedad de títulos y temáticas a lo largo de sus muchos años en el mercado.

"Y lo que Wilson quiere contarnos ahora es precisamente qué reemplazó a los dioses; qué fuerzas nos han hecho humanos"

Con Génesis, de Edward O. Wilson, la editorial Crítica pone en nuestras manos una muestra como pocas de erudición y maestría divulgativa. Completa, o prologa, otros ensayos del autor anteriormente aparecidos en España, como La conquista social de la tierra y El sentido de la existencia humana en un texto conciso —del tamaño de un relato corto— y a la vez extraordinariamente claro y riguroso, centrado en el origen evolutivo de las sociedades. Y aquí volvemos al punto donde arrancamos esta nota: ¿puede haber novela más interesante que la que cuente cómo los humanos hemos llegado a serlo?

En el prólogo se plantean las tres cuestiones fundamentales sobre la condición humana: qué somos, qué nos creó y qué queremos llegar a ser. Las dos primeras han sido a lo largo del tiempo pasto exclusivo de sacerdotes y filósofos… hasta Darwin. Desde entonces, la ciencia se ha hecho cargo. Y lo que Wilson quiere contarnos ahora es precisamente qué reemplazó a los dioses; qué fuerzas —naturales— nos han hecho humanos.

"¿Qué proceso evolutivo produjo el incremento del interés del grupo a expensas del sacrificio de algunos de sus componentes?"

Tras un primer capítulo donde se precisan algunos conceptos que hacen a la comprensión de los mecanismos de la evolución por selección natural, se presentan las seis grandes “transiciones” o saltos evolutivos de la historia biológica en nuestro planeta, el primero de los cuales —y el menos conocido— es la aparición misma de la vida. Sigue la invención de las células complejas o eucariotas —»invención» puede sonar extraño en este contexto pero, en efecto, la evolución inventa estos recursos en su proceso de desarrollo, como es el caso del sexo, tercera de las transiciones, para hacer más eficiente el intercambio de material genético—. La cuarta es la aparición de organismos multicelulares, con las células ya especializadas. La quinta, la que interesa a este libro, es el origen de las sociedades. De la última, la aparición del lenguaje, Wilson aquí no se ocupa, pero sí lo hizo en las obras citadas anteriormente.

En el centro del debate sobre la aparición de sistemas organizados socialmente en el mundo animal está la siguiente pregunta: ¿cómo pudo surgir el altruismo por selección natural? En principio, los individuos, cualquiera que sea la especie a la que pertenezcan, están —estamos— programados genéticamente para atender exclusivamente a nuestro beneficio egoísta. ¿Qué proceso evolutivo produjo el incremento del interés del grupo a expensas del sacrificio de algunos de sus componentes? El autor describe distintos ejemplos de especies cuyos miembros colaboran para la búsqueda de alimento o la defensa común; unas circunstancias relativamente fáciles de encontrar en el panorama biológico.

"Todas las especies eusociales, en un momento evolutivo, han pasado por la fase de concentrar en un lugar a la descendencia"

Pero hay especies que dan un paso más allá de estas pautas de colaboración, implantando la división del trabajo y separando por castas a sus individuos, de manera que una parte se ocupa exclusivamente de la reproducción y otra —no reproductora— de sustentar las necesidades de la colonia. Este superior estatus evolutivo, que se conoce con el nombre de eusocialidad, es tan inusual que solo se ha observado en 17 líneas de seres vivos —homo sapiens aparte; casi todas insectos— a lo largo de toda la historia biológica de la Tierra.

El punto de partida para llegar a esas formas extremas de socialidad —cuya imagen característica todos tenemos presente: la complejidad organizativa de un hormiguero— es, según Wilson, el nido. Todas las especies eusociales, en un momento evolutivo, han pasado por la fase de concentrar en un lugar a la descendencia; primero, como protección; después, para hacer más eficiente la alimentación y cuidado de las crías.

El texto no da respuesta concluyente, porque la ciencia todavía no la tiene, a la pregunta definitiva: si la eusocialidad otorga una clara ventaja evolutiva para las especies que la practican, ¿por qué es tan poco común en la naturaleza? La mayor dificultad para producir cambios genéticos por selección de grupo y un mejor estudio de los procesos que ésta involucra puede ser la pista a seguir.

Lo dicho, una verdadera novela, elegantemente escrita, con su pizca de intriga y final abierto. Continuará, seguro.

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Autor: Edward O. Wilson. Traductor: Pedro Pacheco González. Título: Génesis: El origen de las sociedades. Editorial: Crítica. Venta: Todos tus libros, AmazonFnac y Casa del Libro.

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