Inicio > Libros > No ficción > Guía para viajar al centro del horror

Guía para viajar al centro del horror

Guía para viajar al centro del horror

Desde niña me ha interesado el crimen. Al principio, supongo que solo porque me hacía sospechar la perversidad y la crueldad que el ser humano puede ejercer sobre un semejante. En lugar de chicles o gominolas acostumbraba a gastarme la propina de los sábados comprando El Caso, y tal vez por ello siempre relaciono la maldad y la vileza más profunda con el blanco, el negro y el rojo de las ásperas páginas de aquel diario tremebundo que el quiosquero Juan me entregaba sin plantearse si era la lectura más edificante para una cría de once años, mientras pronunciaba siempre la misma frase sentenciosa, casi como una contraseña: “El Caso, el único periódico que dice toda la verdad”.

Sentía una mezcla de asco y fascinación por las imágenes, nada pixeladas, de las víctimas que aparecían retratadas en la escena del crimen de la portada. Por entonces, el respeto a la memoria de los asesinados y sus familiares ni estaba ni se le esperaba. Más allá del inexorable y aparatoso charco de sangre que la muerte dejaba a su paso, a mí me llamaba la atención esa quietud de los muertos, las posturas imposibles en que quedaban tendidos sus cuerpos, como si la ausencia de vida los convirtiera en objetos dotados de una gestualidad, de un lenguaje propio y, desde luego, bien macabro. Pero sobre todo me atraía el vocabulario que utilizaban los reporteros en la redacción de sus crónicas. Cuántas palabras terribles, de brutal resonancia, aprendí en aquel tiempo. “Descerrajar”, “a bocajarro”, “degollada”… Me sorprendía que aparecían imágenes de barrios como el mío, con portales y habitaciones similares. Esas cosas pasaban en escenarios que me resultaban familiares, y los asesinatos me parecían de alguna forma una ruptura del orden lógico del mundo, una puerta que solo cruzaban unos cuantos hombres y mujeres, los que no temían dejar atrás, cerrada con llave para siempre, la vida normal.

"Me fascinan los true crime, las novelas o documentales que abordan en detalle cada aspecto relacionado con el asesinato cometido"

Con el paso de los años  mi afición por el mundo del crimen se ha convertido en una cuestión menos morbosa, más relacionada con su posible explicación social, antropológica. Creo firmemente que cada sociedad, cada época, mata de una manera determinada por distintos factores que no dependen solo de un trastorno mental o una falta de empatía por parte de los ejecutores del delito. Me fascinan los true crime, las novelas o documentales que abordan en detalle cada aspecto relacionado con el asesinato cometido: desde el lugar que se convirtió en escenario del mismo al análisis de la población que lo habitaba, las circunstancias personales del delincuente y de la víctima… Un caso paradigmático, difícilmente superable, es A sangre fría, de Truman Capote, que se acercó con toda la curiosidad del escritor y todo el afán documental del reportero al cruel asesinato de la familia Clutter en la Kansas de finales de los años cincuenta del siglo XX. A partir de esta obra inaugural, quedó claro que el crimen es en realidad el último fotograma de una película, con unos personajes ubicados en un espacio y un tiempo, que actúan guiados por unos determinados impulsos o  motivos. Todo ese argumento que permanece oculto, que solo aflora con la muerte a tiros o el estrangulamiento de alguien, es lo que más me interesa recuperar y procesar como lectora o espectadora.

Quizás por todo ello he disfrutado tanto con esta obra recientemente editada por Siruela y titulada Mapas del crimen: Regreso a los lugares del delito, del doctor Drew Gray. En ella nos encontramos inmersos en un siniestro paseo guiado por diferentes enclaves situados en Europa (sobre todo se detiene en el caso de Inglaterra), Estados Unidos y Australia en los que durante el siglo XIX y principios del XX se cometieron diversos crímenes famosos. Me parece muy interesante el tramo temporal investigado porque nos permite acercarnos a un momento muy concreto de la historia de la ciencia forense, que echaba a andar por entonces y cuyos avances resultaban valiosísimos para la incipiente institución de la policía que debía determinar la identidad de los culpables de muchos asesinatos crudelísimos. De forma amena se reconstruyen decenas de historias, en las que casi siempre por deseo de lucro, crimen pasional o desequilibrio mental, un criminal acaba con la vida de una o varias víctimas. Se revisan los principales métodos empleados, como la herida de arma blanca, los golpes o el envenenamiento, y se rastrean las peripecias de aquellos primeros científicos y detectives que promovieron la fotografía de la escena del crimen, la recogida de objetos y sustancias en la misma, o que descubrieron la importancia de la huella dactilar como prueba delatora, así como de la autopsia en tanto procedimiento que ofrecía información muy valiosa si sabía leerse la carne callada de los muertos.

"El libro aborda, por supuesto, el mayor enigma criminal de todos los tiempos, la identidad del misterioso Jack el Destripador"

La edición es un cuidado y sombrío catálogo rojo y negro, plagado de documentos e imágenes pertenecientes a los diarios de la época. Incluye escalofriantes retratos de las víctimas, las curiosas viñetas que reconstruían los terribles sucesos para un público ávido de sucedidos macabros en plena época victoriana y que me hizo recordar el cómic que reconstruía con todo detalle el asesinato de los Urquijo, publicado por la revista Interviú en los primeros años ochenta. El libro aborda, por supuesto, el mayor enigma criminal de todos los tiempos, la identidad del misterioso Jack el Destripador, asesino de prostitutas en Whitechapel, a quien nunca se llegó a atrapar. A mí me ha hecho pensar en la fascinación que ejerce sobre el ser humano la figura del asesino, alguien que un día se pone por montera cualquier escrúpulo moral y mata por celos, avaricia o simple placer. Además, muchas de las historias brindan detalles y argumentos jugosos. Abundan las curiosidades, como el hecho de que escritores de la talla de Melville o Dickens asistieran a una ejecución pública, que inspiró a este último la figura de Hortense, la asesina de Casa desolada, o el nacimiento del merchandising relacionado con crímenes, como la venta de pedazos de la soga con que se ahorcó a un británico que mató a su pareja. Si al respetable lector de la presente reseña le interesa la vertiente más oscura y siniestra del ser humano, esa pulsión que le lleva a matar a miembros de su propia especie a veces solo porque sí; si, en contrapartida, despierta su curiosidad las investigaciones relacionadas con los crímenes a fin de sancionar esas conductas, se lo recomiendo fervorosamente. Es verdad que he echado en falta un mayor aliento narrativo, que se deja de lado en aras del afán metodológico que guía al autor, interesado en que su ensayo incluya un acopio de datos rigurosos más vinculados a la ciencia que a la literatura. Personalmente, hubiera querido saber más de alguna de las historias consignadas, conocer detalles concretos de algunos de los maleantes o de los asesinados, pero el formato del libro como manual de consulta, que en ocasiones incluye planos urbanos, cuadros sinópticos, fotografías de las escenas del crimen y una breve relación de lo sucedido en cada caso, no se presta a esa fórmula. No es una lectura para todos los estómagos pero, en definitiva, creo que se ofrece información que confirma esa sospecha de que cada crimen es reflejo muchas veces de la sociedad donde se produce, de un conglomerado de prejuicios y creencias que con frecuencia culpabiliza a determinadas minorías y acaba convirtiendo en víctimas propiciatorias a colectivos tan desprotegidos como el de las prostitutas, por ejemplo.

————————

Autor: Dr. Drew Gray. Título: Mapas del crimen: Regreso a los lugares del delito. Editorial: Siruela. Venta: Todostuslibros y Amazon.

4.9/5 (14 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)