Inicio > Libros > Narrativa > Harpman: una memoria en busca de testigos

Harpman: una memoria en busca de testigos

Harpman: una memoria en busca de testigos

Cuando no han pasado ni diez años de su muerte en 2012, la memoria de Jacqueline Harpman, novelista y psicoanalista belga, amenaza ya con extinguirse: para el mundo hispanohablante es prácticamente desconocida. Y eso a pesar de sus veintinueve títulos publicados y de los reconocimientos que recibió en vida, entre los que se incluye el prestigioso Premio Médicis en 1996. Como le ocurre a la protagonista de la novela que nos ocupa, el legado de Harpman, al borde de la desaparición, necesita urgentemente testigos. La publicación de Yo que nunca supe de los hombres en la colección Alianza Literaturas, con traducción de Alicia Martorell, viene a llenar este vacío.

Originalmente publicada por la editorial francesa Stock en 1995, en la escritura de esta novela resuena el hermetismo de Clarice Lispector, la crudeza de Agota Kristof y la profundidad psicológica de Kafka. Su argumento distópico, que entrelaza los destinos de un grupo de mujeres de manera semejante a como hiciera Margaret Atwood en El cuento de la criada, sirve en cambio a la inteligencia psicoanalítica de Harpman para escrutar los límites de la naturaleza humana en un escenario de extremo despojo, donde la acción es necesariamente secundaria.

"Nadie gana en esta novela. No hay enemigos, tampoco los hombres, que jamás conoceremos excepto en la forma de mudos captores o cadáveres"

«Mi memoria empieza con la ira», afirma la protagonista de la novela, «la pequeña» —si alguien le dio un nombre alguna vez, se perdió para siempre en el olvido—, la única que no guarda ningún recuerdo previo a su aislamiento en una jaula bajo tierra con treinta y nueve mujeres mayores que ella. Las otras, en cambio, sí comentan habitualmente con nostalgia, como si fuera la única manera de seguir vivas, el mundo que conocieron: sus amores, sus familias y sus placeres; asuntos que la pequeña jamás podrá llegar a comprender. Ninguna de ellas recuerda cómo llegaron allí. A ráfagas, algunas evocan la separación forzosa de sus maridos e hijos; algunos disturbios y, después, la tortura física por parte de sus captores. Pero desde que la pequeña alcanza a recordar, los tres guardias que rotan turno para vigilarlas jamás las han tocado. Tampoco les han dirigido la palabra. Entre los centinelas y sus presas solo media el estruendo del látigo que blanden cuando su conducta se desvía: si no comen cuando tienen que comer, si no duermen cuando es hora de dormir, si se tocan o, incluso, si intentan recurrir al suicidio, faltando a su aparente obligación de vivir carentes de esperanza y de morir, de manera natural, sin volver a ver la luz del sol.

Un día, sin embargo, una alarma interrumpe a los guardias en el momento en el que están abriendo la puerta de la jaula para alimentar a las mujeres y, súbitamente, desaparecen del lugar. La única que se atreve a cruzar la puerta es la pequeña, que de inmediato inspecciona el búnker y encuentra las escaleras para salir a la superficie, seguida por las demás. Pero lo que les espera en el exterior, tras largas décadas de cautiverio, es una tierra yerma sin rastro de seres humanos vivos, un planeta sin pasado ni futuro que por momentos no parece ser siquiera el suyo.

Nadie gana en esta novela. No hay enemigos, tampoco los hombres, que jamás conoceremos excepto en la forma de mudos captores o cadáveres, y sobre los que la protagonista se interroga con ternura, erotismo y curiosidad antropológica. Lo que hay, por encima de todo, es un instinto de supervivencia que, en la extrema pobreza, se obstina en recrear y enriquecer el mundo. Absolutamente abandonadas a su suerte, las mujeres reinventan lo más antiguo y elemental de la humanidad en torno a un fuego, a un canto, a la construcción de un hogar o al duelo por alguien a quien se ha amado de verdad.

"La novela de Jacqueline Harpman podría ser leída como una inversión de Matriarcadia, la célebre utopía de Charlotte Perkins Gilman"

En muchos aspectos, la novela de Jacqueline Harpman podría ser leída como una inversión de Matriarcadia, la célebre utopía de Charlotte Perkins Gilman. Así como en el país de las mujeres todo es abundancia, sus habitantes han devenido partogenéticas y han renunciado al amor hasta el punto de conformarse con los tres primeros hombres que las visitan, en Yo que nunca supe de los hombres las mujeres, lógicamente, se aman entre ellas; reproducen la vida en un territorio que les es hostil —«Este país me pertenece a mí. Seré su única propietaria y todo lo que hay en él será mi hacienda», clama la pequeña cuando está a punto de quedarse sola— y la infertilidad, encarnada hasta el extremo por la protagonista, será la metáfora que todo lo desertifique.

La esterilidad y la desecación, por cierto, son elementos cercanos a la experiencia de Jacqueline Harpman como escritora. Nacida en 1929 en Etterbeek, un municipio de Bruselas, emigró con su familia a Casablanca cuando ella tenía diez años y la sombra del nazismo se extendía sobre Europa. Su padre era judío y parte de su familia sería condenada a campos de concentración nazis. En Casablanca, sin embargo, Harpman pudo crecer al margen del horror antisemita. Y lo que fue crucial: se encontró, en los pasillos de la biblioteca municipal, con las dos grandes pasiones que la acompañarían toda la vida: la literatura francesa y el psicoanálisis. «A los catorce años descubrí a Freud» —cuenta— «y tuve la completa convicción de que me convertiría en novelista y psicoanalista» 1.

Y así fue, por ese mismo orden. En 1945, terminada la guerra, la familia volvió a Bélgica. Harpman completó sus estudios de secundaria y, después, inició la carrera de Medicina en la Universidad Libre de Bruselas. Pero al poco tiempo, en 1950, una tuberculosis grave la obligaría a internarse veintiún meses en un sanatorio. De aquel escenario doliente brotaría su escritura. El primer texto que escribió durante su ingreso, Les jeux dangereux (Los juegos peligrosos) quedó inédito.

"Y de repente, como un destello, regresaría a ella la inspiración para su siguiente novela"

Los siguientes, gracias a la confianza del editor René Julliard, verían la luz en París. Brève Arcadie (1959), L’apparition des esprits (1960) y Les Bons Sauvages (1966) tuvieron un gran recibimiento de la crítica. Por el primero le otorgarían el premio Rossel, uno de los más prestigiosos de Bélgica. Entre medias, murió Julliard. Y después, como si alguien la hubiera enterrado bajo tierra durante veinte largos años —más o menos, el tiempo que pasan las mujeres de su novela en el sótano—, Jacqueline Harpman dejó de escribir. Sobrevino el desierto. En su lugar, se consagró al psicoanálisis. «Me dije a mí misma que solo podía dedicarme seriamente a una cosa. Y creo que tuve un verdadero período de esterilidad. Charles Spaak me dijo que hay años en los que no estamos en buena forma. Yo no he estado en buena forma durante veinte años». 2

Tuvo que cumplir los 58; tuvo que estar de vacaciones con unos amigos, inmersa en una conversación anodina, y distraerse con un quinteto de Schumann que sonaba en la radio. Y de repente, como un destello, regresaría a ella la inspiración para su siguiente novela, la cuarta en casi treinta años, a la que sucederían, así como las presas seguirían el instinto de la pequeña, veinticinco títulos más. Ya no dejaría de escribir hasta su lecho de muerte. Cuando en 1992, en una entrevista, la romanista René Andrianne le preguntó sobre cuál era el propósito de su escritura, la respuesta de Jacqueline Harpman la decepcionó profundamente: «Escribo simplemente para divertirme, para darme placer. Disfruto del idioma y de las palabras. Eso es lo mío. Adoro el lenguaje y quisiera poder servirle. Me gustaría ser más modesta, pero el centro de mis preocupaciones es ese: la escritura de la lengua.»

*******

1 Le Carnet et les instants, n.º 71, enero-febrero 1992, p. 12, comentarios recogidos por L. De Maeschalt; citado en René Adrianne, “Interview critique de Jacqueline Harpman”, Textyles n.º 9, 1992.

2 René Adrianne, “Interview critique de Jacqueline Harpman”, Textyles n.º 9, 1992, pág. 207.

BIO: Jacqueline Harpman (1929-2012) fue una novelista y psicoanalista belga de origen judío. Su obra fue galardonada con el Premio Médicis. La experiencia del antisemitismo que sufrió inspiró el escenario postapocalíptico de esta novela, que indaga sobre la dignidad y la dificultad de permanecer humanos frente al sufrimiento, en un relato conmovedor, fantástico y terrible.

——————————

Autor: Jacqueline Harpman. Título: Yo que nunca supe de los hombres. Editorial: Alianza. Venta: Todostuslibros y Amazon 

5/5 (4 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest
0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios