Steppenwolf, considerada una de las bandas precursoras del heavy metal, ha sido una formación intermitente que, en periodos de más o menos años, viene prolongando su actividad desde finales de los 60 —primera década prodigiosa de la segunda mitad del siglo XX— hasta nuestros días. Ciertamente, cuando se dio a conocer, en las postrimerías del Flower Power —Steppenwolf, el nombre del quinteto, también fue el título de su primer álbum, puesto a la venta en enero del 68— ya habían pasado unos meses del Festival de Monterrey, máxima expresión de aquella exaltación de la paz y del amor que fue el sueño hippie, celebrado en junio del 67. Pero su espíritu aún inspiraba al underground californiano y empezaba a irradiar a la Costa Este estadounidense y, por ende, a todas las sociedades occidentales.
Meses después de aquel primer álbum, Steppenwolf, la formación —nacida al otro lado de las cataratas del Niágara con el nombre de Sparrow— alcanzó la gloria del rock cuando Dennis Hopper incluyó “Born To Be Wild”, su tema señero, en la banda sonora de Easy Rider (1969). Y fue así como un grupo inspirado en el universo de uno de los grandes pacifistas de las letras germanas se convirtió en autor del himno de la gente más belicosa de toda la escena contracultural: los motoristas californianos.
Ya de antiguo, probablemente desde ese renovado interés que debió de despertar su obra tras la muerte del escritor en 1962, Herman Hesse era uno de los autores favoritos en la escena underground. Muy probablemente, el único premio Nobel (1946) leído en los círculos contraculturales con la misma avidez que se leía a Jack Kerouac, Carlos Castaneda o Aldous Huxley entre los nuevos inadaptados, protagonistas indiscutibles de aquel verano del Flower Power. Basta un apunte argumental de El lobo estepario para comprender el interés que el Nobel —por definición uno de esos autores “edificantes”, que les decían quienes pretendían dirigir las lecturas de los jóvenes; y, por definición también, uno de esos autores denostados por quienes buscábamos las lecturas escritas a la contra—: Harry Haller, el protagonista de Hesse, es un tipo que oscila entre el hombre y el lobo. En el segundo caso, es un ser salvaje e instintivo, solitario, como los lobos de las estepas expulsados de la manada, que preferirían la muerte a ser mínimamente gregarios. A lo largo de la narración —articulada en torno a las anotaciones apócrifas de su protagonista— “solo para locos” se anuncian, Harry explora esos conflictos internos y su crisis existencial, sumergiéndose en un mundo de alucinaciones, símbolos y reflexiones sobre la soledad y la búsqueda de sentido.
“Los jóvenes creados por Hesse como una emanación de sí mismo, de más está decirlo casi, aparecen desgarrados y confundidos de entrada en una situación que lleva a la búsqueda de una armonía total hacia la paz y conciliación deseadas”, escribe Rodolfo E. Modern en la introducción a mi edición de El lobo estepario, fechada en el Madrid de 1978. No hay duda de su acierto, como lo hizo John Kay con el nombre de su banda y el primer álbum de ésta. Desde finales de los 60 hasta la posmodernidad, llegada con los albores de los años 80, el tiempo que pasó fue un terreno abonado a las lecturas de Herman Hesse, porque sus novelas nos hablaban de asuntos como la búsqueda interior, la espiritualidad y el deseo de encontrar un significado más profundo a todas las cosas. Inquietudes, todas ellas, muy presentes en esa época de cambios sociales que en toda la sociedad occidental sucedió al sueño californiano. Esas chicas de las que habla Joaquín Sabina en sus canciones, a las que un gurú les comía la cabeza, eran ciertas. Recuerdo a varios compañeros de mi adolescencia —cuando yo aún era algo sociable— que, recién alcanzaban la juventud —la mayoría de edad— se iban a meditar a Katmandú y de una u otra manera acababan perdidos por los caminos de Asia. Muchos nunca volvieron a Madrid, y no pocos de los que regresaron venían con la sarna. Eso sí, antes de partir, todos habían leído Siddhartha (1922), otra de las novelas más celebradas de Hesse, cuyas páginas narran el viaje espiritual de un joven llamado Siddhartha —como Siddhartha Gautama, el Buda histórico, aunque no es él— en su búsqueda de la iluminación. A lo largo de la historia, Siddhartha explora diferentes caminos y experiencias para encontrar su propia comprensión del significado de la vida, como el Despierto, aunque, insisto, no es él.
Y es ahora, con ese medio siglo que me contempla desde entonces, cuando un estío postrero se me antoja como la última pieza que leí de Herman Hesse. Novela corta, expresionista, de apenas sesenta páginas en mi edición. Su pie de imprenta de Seix Barral está fechado en 1983 y lleva por título El último verano de Klingsor. Fue publicada en 1920, doce meses después de que el autor la escribiese en la Casa Canuzzi, actual museo del escritor, donde Klingsor aún da nombre a uno de los balcones. Fue una residencia del Nobel en Montagnola, en el cantón suizo del Tesino.
Hace medio siglo que no leo a Herman Hesse. Tanto buen rollito acabó por cansarme. Me pareció tan ingenuo como aquellos freaks que, en los veranos de los años 70, tras leer Siddhartha, partían a perderse por los caminos de Asia —Turquía, Nepal, India, Ceilán (hoy Sri Lanka), Afganistán incluso…— y se quedaban allí, pudriéndose en una sórdida prisión, y si volvían a Madrid —el auténtico paraíso terrenal— lo hacían con la sarna.
Sin embargo, El último verano de Klingsor, este estío del 26, ya en la canícula, me viene a la cabeza. Ya en la senectud, me intereso enormemente por la literatura concebida como una puesta en abismo —esas imágenes que reproducen en su escena otra imagen idéntica, a una escala inferior, y así sucesivamente hasta donde alcance la vista, escribía en uno de los artículos anteriores— y El último verano de Klingsor, al estar compuesto por una serie de apócrifos —una capa de ficción añadida a lo que ya era ficticio— se me antoja como esas imágenes entrañan otra idéntica.
El último verano de Klingsor —desde su edición príncipe—, precedido por otras dos novelas cortas —Alma de niño y Klein y Wagner—, es uno de los textos más graves y desesperados de Herman Hesse. De entrada, la nota preliminar es una suerte de obituario del tal Klingsor, un pintor —el propio Hesse fue un artista consumado— que habría de morir al final del otoño que sucedió a su verano postrero. Un estío que al principio, leemos en esa noticia preliminar, se presentaba excitante y animado. Pero Klingsor, un tipo apasionado, ha hecho de la creación artística una auténtica entrega —si no es entrega absoluta, la creación, cualquier tipo de creación, es otra cosa—, y Klingsor, que aún es joven —cuarenta y dos años cuenta cuando acaba en el hoyo— aún cree en la lucidez de la ebriedad, como aquellos lectores de Siddhartha, Demian (1919) y El lobo estepario. De modo que, cuando nuestro artista no trabaja, todo son fiestas, alcohol y relaciones intensas. La lucidez, como el placer, está en esos excesos de los que se nutre su actividad creadora. Pero esas licencias y disipaciones también son las que están agotando su cuerpo y su mente. Klingsor es consciente que semejante mecánica le está matando. Pero, como los fumadores de opio desahuciados, que comprenden, cuando están sobrios y la realidad les aburre, que su afán es letal pero no quieren dejar de gozar de sus terribles delicias, tampoco quiere renunciar a esos placeres.
Medio siglo después imagino El último verano de Klingsor como el último verano de los ingenuos. Sin embargo, miro a mi alrededor y constato que aún quedan unos cuantos.


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