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Andrés Trapiello: “El éxito está sobrevalorado”

Andrés Trapiello: “El éxito está sobrevalorado”

Andrés Trapiello acaba de publicar su nuevo diario, De todo tiene (Ediciones del Arrabal), perteneciente a su Salón de pasos perdidos, que ya cuenta con 25 tomos, una verdadera fiesta para los amantes del género, para los amantes de la buena literatura.

En esta larga entrevista Trapiello desgrana las características, los porqués y los cómos, si así se puede decir, de su diario y de su proceder como escritor, de lo que escribe y de sus razones íntimas como literato, no sólo como diarista.

De todo tiene es un libro excelente que no defraudará a sus lectores, pero forma parte de esa obra magna que es Salón de pasos perdidos, grande en cantidad y en calidad, pero seguramente escrito en voz baja, con la voz de los poetas, que finalmente es lo que quiere ser Andrés Trapiello en estos libros suyos.

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—¿Por qué dice que sus diarios son una novela?

—A diferencia de un diario, una crónica, una autobiografía o unas memorias, en el Salón de pasos perdidos todo procura estar ordenado con una finalidad, con un propósito. O sea, con un sentido. Las novelas tienen sentido y se ordenan. A eso le llamamos argumento. El argumento de la vida que en estos libros míos se cuenta trata de ajustar la idea que tiene uno del mundo a la trama y a los personajes que aparecen en ellos. Y ni siquiera hablaría de argumento, sino de trama. En los argumentos siempre hay algo mecánico y artificial. Y para lograr una trama con sentido, el escritor cambia, fabula, pone el énfasis en tal o cual aspecto, corrige… Unas veces respeta la realidad y otras no, ateniéndose, eso sí, a la verdad literaria de los hechos que se narran.

—Lleva 25 tomos publicados de su Salón de pasos perdidos. ¿Qué le sugiere esa cifra?

—Que el tiempo pasaba muy despacio hace cuarenta años y ahora se ha acelerado. No habrá otros veinticinco.

—¿Se sorprende a sí mismo de haber publicado ya 25 tomos de los diarios?

—Sí. Mucha gente se ha quedado en el camino. En estos años hemos visto desaparecer a muchas personas queridas. Y siempre sorprende que la vida sea breve y larga. Es lo mismo que les deseo yo a los lectores de esos libros, que empiezan ahora a leerlos: un camino largo y corto. O sea, que dure todo cuanto sea posible y que no les cause fatiga o enojo.

—¿La vida da para tanto?

—El balance de la vida es siempre positivo. Una vida corriente es maravillosa, porque sólo tenemos eso: el existir. No siempre depende de nosotros, claro, que sea una vida feliz, pero a poco que veamos la posibilidad de cumplirla, no debe desaprovecharse.

—¿La propia vida da para tanto?

"Todas las vidas están llenas de mil pequeños acontecimientos. Extraordinarios a pesar de su apariencia"

—Todas las vidas están llenas de mil pequeños acontecimientos. Extraordinarios a pesar de su apariencia. La normalidad que a veces confundimos con el aburrimiento la querrían a menudo millones de criaturas más desafortunadas. Cuántas veces deseamos llevar una vida tranquila y apartada, o sea, gris, y no podemos o no nos dejan. Es lo primero que desean aquellos que se han librado de una catástrofe: una vida corriente.

—¿Percibe cambios en estos tomos conforme pasa el tiempo?

—Deberían decirlo quienes los han leído. Unos lectores me aseguran que los hay, otros que no. Pero seguro que los habrá. Miriam, mi mujer, que está escribiendo un ensayo sobre su propia vida en esos libros del Salón de pasos perdidos, los ha releído todos con ese objeto. Y dice que sí, en el tono tal vez. Antes se ve que era uno más tímido y, por ello mismo, la forma algo feroz a veces. Mis hijos me dicen que era más impaciente e intransigente. Puede ser. El fondo, sin embargo, dice ella que es parecido. Nunca me ha llamado la atención releer nada mío, como no fuera para corregirlo.

—¿Nota una especie de evolución?

—En algunas cosas, igual sí, pero no tantas. Desde que le expulsaron a uno del PCE hace más de cincuenta años, y desde que yo mismo me di de baja del arte moderno, hace casi otros cincuenta, caídas del caballo no ha habido ninguna. Me he visto comprometido en algunas ocasiones, no desde luego contra mi voluntad, pero sí contra mi naturaleza. De no haber mediado algunas circunstancias, jamás habría echado un discurso en una concentración multitudinaria.

—¿Dónde lo hizo?

—Lo he hecho en dos ocasiones: una en la plaza de Colón y otra en la de Cibeles. Para decir en público y en alto lo mismo que pensaba en privado y hablando entre amigos. O sea, que bien. El principal estorbo que cualquiera encontrará en su crecimiento intelectual, personal, espiritual es ese precisamente: decir en público cosas diferentes de las que sostiene en privado. La hipocresía, por cobardía o por cinismo, acaba siempre cobrándoselo con creces: es un óxido venenoso que ataca la propia dignidad. Y de ahí a echarse a perder uno mismo sólo hay un paso.

—¿Qué destacaría de estos libros, como si fuera otra persona, a un lector que se acerca a ellos?

—Me gustaría pensar que sería la naturalidad con la que me propuse escribirlos. Escribir como se habla, y hablar como se piensa.

—¿Qué ofrece de nuevo esta nueva entrega, De todo tiene?

—Más allá de que nadie se baña dos veces en el mismo río, nada nuevo. Son las cosas de siempre. Lo que nos sucede a todos los que llevamos una vida corriente sin haber perdido el humor.

—¿Qué ofrece, digamos, “de viejo”, o ya  conocido, De todo tiene?

"La literatura es algo que no tiene fin, y la vida tampoco. Si yo tuviera que escribir de mí, no daría ni para una cuartilla"

—Realmente en la literatura todo es viejo. Los temas son tres, el amor, la muerte y el tiempo, y los arquetipos no más de veinte: don Quijote, Hamlet, Celestina, Otelo, Aquiles, Ulises… Todos les damos nueva vida reconociéndolos en la realidad, vestidos con otros disfraces: el mendigo con el que nos cruzamos a diario, el amigo que se ha pasado media vida como Ulises dilatando su regreso, la muchacha que todo lo ha aventurado al amor de su Lancelot… La literatura es algo que no tiene fin, y la vida tampoco. Si yo tuviera que escribir de mí, no daría ni para una cuartilla. En cambio, no tendríamos bastante con diez vidas para descubrir en los otros la literatura universal que encarnan.

—¿Por qué cree que estos diarios gustan a los que les gustan?

—Habría que preguntárselo a ellos.

—¿Por qué se escribe un diario?

—Unas veces porque he llegado tarde, otras porque me he ido demasiado pronto y a menudo por no haber sabido vivir el presente, lo que en francés se conoce como l’esprit de l’escalier. Es un modo de restituir a la vida un poco de lo mucho que nos ha dado, y a ser posible sin desmerecerla.

—Son libros que se pueden leer de principio a fin, o abriéndolos por aquí y por allá, al azar. ¿Está de acuerdo?

—No, deben ser leídos de principio a fin. Como cualquier novela. Cada uno de ellos ha sido compuesto casi musicalmente, pensando en movimientos y melodías. El montaje es tan importante como el rodaje. Tienen su propio ritmo, sus modulaciones. Cada episodio responde al contexto. A menudo, para subrayar tal o cual efecto, en el montaje final he cambiado los fragmentos de sitio. No da lo mismo leer, por ejemplo, un episodio cómico detrás de uno trágico, o al revés. Si en edición diferente los libros dicen cosa distinta, decía Juan Ramón, leer un libro como estos aleatoriamente no sólo es desordenarlo sino que puede llegar a destruir su sentido. Ahora bien, cada uno de estos veinticinco tomos puede ser leído sin seguir la secuencia. Eso sí. Y es lo que recomiendo a quienes empiezan a leer la serie: comenzar por el último y seguir por el primero, o por el que tengan más a mano. En esto se parecen a los «paisajes infinitos» del siglo XVIII.

—El libro está publicado por Ediciones del Arrabal, y la edición es preciosa, muy cuidada en todos sus detalles. ¿Podría decir algo sobre esta edición?

—En realidad me he ocupado tipográficamente de todos los tomos del Salón de pasos perdidos, con la ayuda de Alfonso Meléndez en Pretextos, y ahora en el Arrabal. Para mí ese aspecto es importante, por lo que decía antes de Juan Ramón. Cada libro dice lo suyo vestido de una u otra manera. No se trata de hacer libros lujosos, ni llamativos. Claro que a esto hay que darle la importancia justa.

—¿Por qué?

"Cuando alguien me dice que un libro que yo he cuidado es muy bonito siempre tengo el temor de que me he pasado un poco"

—La mayor parte de los libros que nos han cambiado la vida estaban en ediciones baratas y feas. Y yo no vería, por ejemplo, Soledades, de Antonio Machado, que se editó pobremente en un librito pequeño y pajizo, en una edición como las que se hacían algunos poetas catalanes de su tiempo. Incluso las de Juan Ramón fueron siempre sencillas y modestas. O las de Unamuno. La elegancia es lo último que debería notarse. Así que cuando alguien me dice que un libro que yo he cuidado “es muy bonito” siempre tengo el temor de que me he pasado un poco. Debiera gustar por su aspecto, pero la gente no debiera saber por qué.

—Tengo entendido que es una editorial familiar. ¿Por qué fundaron la editorial?

—Para hacer viable el proyecto del Salón de pasos perdidos. Fue una idea de nuestro hijo Rafael, secundada por Guillermo, el menor. La pandemia les trajo inseguridad. Los dos son autónomos. Uno es fotógrafo y el otro arquitecto, trabajadores por cuenta propia. El esfuerzo de escribirlos es enorme y el retorno económico para el autor es muy pequeño, conforme al sistema de librerías y distribuidores, exactamente el 10% del PVP. En este sistema el autor de unos libros de escasa venta como estos trabaja a pérdidas y el editor poco más o menos. Así que hemos concebido un sistema híbrido de ventas por internet y en librerías. Parte de la edición se vende, pues, directamente a los lectores, y otra a los libreros, suprimiendo la distribución.

—¿Cómo va la editorial?

—Tal y como Rafael dijo que sucedería. Tiene una gran ascendencia sobre nosotros. Además de fotógrafo fue un hombre de números y reglas de cálculo, y la clave, puesto que ninguno de nosotros somos editores ni pretendemos serlo, está en dos puntos: agotar la edición en uno o dos meses, y no reeditar. Y hasta ahora así ha sido. Cierto que hay lectores que se han quedado sin su ejemplar, y han de buscarlo en el mercado de segunda mano, muy especulado. Pero no podríamos hacer otra cosa si queremos seguir cada uno con nuestras vidas, en mi caso escribiendo otros libros.

—¿Es difícil para un escritor ser editor también, o se compaginan bien ambas actividades?

"Yo he sido siempre un editor sobrevenido y aficionado. Nada serio. Siempre ha habido alguien que ha hecho por mí el trabajo de editor"

—Yo he sido siempre un editor sobrevenido y aficionado. Nada serio. Siempre ha habido alguien que ha hecho por mí el trabajo de editor. Primero fue Valentín Zapatero, en Trieste. Después Miguel Ángel del Arco y ahora su hija Ana, en La Veleta, de la editorial Comares de Granada. Jamás he visto un número. Nunca he hecho un escandallo ni pagado una factura ni reclamado un cobro, ni me he ocupado de distribuciones y devoluciones. Esos amigos han sido enormemente generosos conmigo. Me han dejado elegir los libros que quería editar, elegir los papeles, ocuparme de la tipografía y de las portadas, y desentenderme de los libros en cuanto se publicaban. En Ediciones del Arrabal el trabajo de editores lo hacen Miriam, mi mujer, y Rafael, ambos con una paciencia infinita, que yo no tendría.

—¿Por qué un escritor se convierte en editor de sí mismo?

—Juan Ramón, que ha sido modelo de tantas cosas, aunque cuidó la edición de varios libros suyos, algunos muy bien hechos, sólo se editó dos libros: Belleza y Poesía. En 1923, creo. Hicieron constar este pie que más que una marca mercantil era una declaración amorosa: «Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, de Jiménez Editores, de su sola y propia obra, Madrid». Pensaban editar los libros de él y las traducciones de Tagore que hacía ella y que habían tenido un gran éxito. Luego Juan Ramón editó sus propias revistas unipersonales, preciosas, que distribuía personalmente llevándolas a la librería de Cuesta, y en mano a las casas de una o dos docenas de personas. Esto es posible cuando lo que escribes es minoritario. No habría podido hacerlo con Platero y yo, que vendía miles de ejemplares cada año. No obstante, también cuidó él de esas ediciones. Hay escritores a los que les da un poco igual todo eso de la edición, y yo también lo entiendo.

—¿Cuál ha sido su caso?

—A mí me ha gustado intervenir. Y los editores me han solido dejar entrometerme. Emili Rosales, mi editor en Destino, me lo ha consentido también, porque un libro como Las armas y las letras o El Rastro no serían los mismos sin los cientos de imágenes que llevan o la traducción del Quijote sin ese papel tan agradable, la encuadernación en tela y los márgenes tan generosos. Además, es algo que me divierte hacer. La tipografía me ayuda a mantener la cabeza despejada, tiene mucho de un trabajo manual, de ebanista, encajando las cosas, buscando ordenarlas. He pasado miles de horas con Alfonso haciendo libros, catálogos, felices, unas veces como ebanistas y muchas como dos zapateros remendones. Eso me ha gustado mucho. Es una de las cosas que ha dado sentido a mi vida.

—Me parece un escritor muy literario, y no sé si le molestará que diga esto. ¿Le gusta o le molesta?

—Supongo que con eso se quiere decir que soy un escritor minoritario. Tal y como yo lo veo, esto tiene más ventajas que inconvenientes. La naturaleza de lo que escribo y mi propio carácter se avienen mal con lo mayoritario. Soy escritor de rincón, y bastante solitario. De esquina creo que no lo he sido. Perder el anonimato sería en mi caso una catástrofe, personal y literariamente hablando. Probablemente los libros del Salón de pasos perdidos serían otra cosa, y no sé si mejor. Con los libros que he escrito no se puede aspirar a otra cosa. Ahora, me habría gustado haber escrito un libro que hubiera conmovido a millones de lectores, tal como les ocurrió a escritores que he admirado mucho, de Dickens, Tolstoi o Galdós a Baroja.

—¿Cómo hubiera sido eso?

"Hay amargados y elitistas que creen que el éxito entraña necesariamente la mediocridad y ramplonería"

—Tener esa capacidad de tocar la tecla de la sensibilidad de tu tiempo. Ha sido un deseo infantil, lo sé. Como aspirar a que los niños pequeños vengan corriendo de lejos en cuanto te ven. Pero esa felicidad de ver su alegría en sus rostros es maravillosa. Lo de hacer felices a muchos lectores inteligentes debe ser algo de lo más gratificante. Hay amargados y elitistas que creen que el éxito entraña necesariamente la mediocridad y ramplonería, y que el éxito sólo es posible si lleva una dosis de vulgaridad. Es posible. Pero lo maravilloso de la gran literatura es que la leen apasionadamente un lector cultivado y otro que no lo es. Algo que sólo logran los muy grandes, como Chaplin.

—¿Por qué es un escritor muy literario?

—De serlo, no sabría decir por qué. Siempre he creído que me interesan cosas muy poco literarias, corrientes, encontradas en la calle, en el Rastro, en la vida familiar, en los viajes que hace todo el mundo, en los libros viejos y deslucidos, en los amigos. Uno de mis libros se titula precisamente así, Clásicos de traje gris. Que yo soy bastante gris no ofrece duda. Además siempre he desconfiado de los escritores en cuanto he visto reunidos a más de tres. Me aburren mucho, como seguramente se aburren ellos conmigo. Lo de «la vida literaria» es un gran oxímoron, porque o es vida o es literaria. En cambio, he mantenido grandes y largas conversaciones con taxistas, electricistas, fontaneros y desconocidos, en un banco, en un tren, en una cola…

—También sus diarios me parecen muy literarios, y no porque haya mucha o poca vida literaria, comentarios de libros, etc., sino por razones más amplias o profundas. ¿Está de acuerdo?

—Deberías ser tú quien te respondieras, y a mí me gustaría oírte.

—Creo que lo que les hace literarios sobre todo es su tono, y finalmente la personalidad de quien los escribe. También su cultura. ¿Estaría de acuerdo?

—En lo del tono sí, vamos de acuerdo. Pero no sólo para estos libros. El tono lo es todo. Hay que dar con esa tecla desde el principio, o estás vendido. Empiezas demasiado alto, y a los dos o tres minutos no llegas y vas a lanzar un gallo. Empiezas demasiado bajo, y lo mismo, al rato te ahogas. El tono ha de ser hospitalario, como el de una conversación más o menos íntima. La lectura es uno de los actos más íntimos que tiene el ser humano. Ha de hacerse a solas, de modo que el escritor sabe que se dirige a una sola persona.

—¿Cómo, en qué sentido?

"Un escritor acaba sintiendo que sus lectores son un poco como él mismo, y escribiendo para sí mismo está escribiendo para ellos"

—No puede pensar en multitudes. Ha de pensar en un solo lector, y escribir para él. Les sucede también a quienes dan clases o han de hablar en público. Se fijan en alguien de su auditorio, o en dos o tres, y es a esos a los que habla. Creo que es algo que no sólo me sucede a mí, estoy convencido de que los escritores piensan, cuando tienen alguna dificultad: “¿Esto cómo lo habría resuelto Stendhal, cómo habría salido Baroja de este aprieto?”. Y acabas escribiendo ese párrafo para Stendhal o Baroja, sometiéndolo a su magisterio. Por eso decía que un escritor acaba sintiendo que sus lectores son un poco como él mismo, y escribiendo para sí mismo está escribiendo para ellos.

—¿Podría explicarlo un poco más?

—Estoy convencido de que los lectores de Cervantes somos un poco como él, y arrastramos, como él la suya, unas vidas un poco descacharradas, igual que los amantes de Mozart tienen su mismo fondo jovial. Eso es lo maravilloso de gentes como ellos, que nos mejoran, que sacan de nosotros lo mejor que ellos tenían. Un lector acaba siendo un poco una criatura del autor. En estos últimos tiempos se ha adulado mucho a los lectores, con eso de que un libro no se acaba de escribir hasta que no lo lee alguien. En esto hay bastante demagogia y palabrería. Lo que está probado es que quien nos completa y mejora como personas y como lectores es el escritor, más que al revés.

—¿Qué cree que le dan sus diarios al lector de hoy?

—Lo mismo de antes. Habría que preguntárselo a ellos. Sí sé lo que yo querría darles: algo de compañía, unas cuantas risas y, con algo de suerte, un poco de poesía.

—¿Cree que le dan algo que no encuentra en muchos otros libros?

—Eso no se podría decir de ningún libro. Hay tantos donde surtirse que sería tonto querer ejercer el monopolio de nada.

—En la era de los móviles y la inteligencia artificial, ¿cree que desaparecerá la literatura?

—No es probable. Como decía Stendhal, siempre habrá unos happy few. Siempre habrá un puñado de personas felices que sólo encontrarán consuelo y fuerzas para seguir viviendo en los libros, y siempre habrá un puñado de personas desdichadas que los escriban.

—¿Desaparecerán los libros en papel? ¿Cree que el soporte es importante?

"Unos inventos caducan y otros no. Unos se adaptan, como el barro —ya no hay botijos, pero siguen existiendo cazuelas de Pereruela—, o la máquina de escribir, traspasada al ordenador"

—El papel es imbatible, como el lápiz de mina de carbono. Cuando yo era niño se llenó el espacio de cosmonautas y muchos aseguraron con mucha seriedad que en el año dos mil la población mundial se alimentaría como ellos, a base de pastillas. Por cierto, en aquellos años los americanos invirtieron millones de dólares en un bolígrafo a cuya tinta no le afectara la falta de gravedad de las cápsulas espaciales, y pudiera escribir. No lo consiguieron. Los rusos dieron con la solución: un lápiz de mina de carbono. Unos inventos caducan y otros no. Unosnos se adaptan, como el barro —ya no hay botijos, pero siguen existiendo cazuelas de Pereruela— o la máquina de escribir, traspasada al ordenador, y otros, como la máquina de vapor, desaparecen.

—¿Cómo será la literatura del futuro? ¿Se atreve a decir algo sobre esto?

—Preferiría no hacerlo. De profeta es muy difícil no hacer una brutta figura.

—En algún lugar ha afirmado que si pudiera hacer un best seller lo haría. ¿Hay una fatalidad, digamos, en el escritor que es uno, y en el tipo de escritor que no es?

—Seguramente. Uno es el escritor que es de una manera fatal. Puedes educarte el gusto, formarte y cultivarte, pero el arte es principalmente instinto, y con ese nacemos. Únicamente cabe despejar tu vida de impedimentos para que el instinto campee libremente. Y ayudar a descubrir su instinto a quien lo tenga, favorecerlo. Esto tiene que ver con la igualdad y la distribución equitativa de recursos. Pero el escritor, el artista en general, es un salvaje y camina a menudo a ciegas. Hay que procurar no darse contra un muro, pero sin la libertad que garantiza el instinto no se llega muy lejos. En la controversia entre cultura y naturaleza hay que saber qué se le da a cada cosa. Sin naturaleza no hay arte, y sin cultura no hay libertad, de modo que ahí nos tienes toda la vida, llevando la vida adelante con esas dos riendas, una en cada mano. El ideal, la naturalidad del arte, ha de estar garantizada y defendida en un medio propicio.

—¿El escritor cumple un destino, su propio destino?

"Por lo general el destino no pasa de ser la búsqueda del destino. Acabar siendo el que fuiste en origen"

—Ese destino existe también a medias. Es uno mismo quien lo va buscando. Por lo general el destino no pasa de ser la búsqueda del destino. Acabar siendo el que fuiste en origen. El largo plazo es deseable para las obras humanas, políticas, de ingeniería, de planificación, científicas… Pero el arte y la literatura están hechas fuera del tiempo y siempre estarán fuera del tiempo. Por eso algunas pocas resisten el paso del tiempo, que lo devora todo. De mí diría aquello del pintor Gutiérrez Solana, que veía todas sus obras «a medio conseguir». Eso mismo me pasa a mí, las obras a medio conseguir y con el destino a medias.

—Sus diarios, en efecto, parecen todo lo contrario a lo que se espera de un best seller. ¿Por qué empezó a escribirlos?

—Yo quería escribir una novela, pero no sabía cómo. Una novela como las que me gustaban, las del XIX. Eso es dificilísimo. Pero me hice un razonamiento elemental y algo pedestre: las novelas tratan de vidas, y yo tengo una vida. Y así empezó todo. Nunca aspiré a que una vida como la mía fuera un best seller, ni se me habría ocurrido la petulancia de largársela a un lector amante, como yo, de las grandes novelas del XIX. Con el tiempo fui viendo que, puestos uno al lado del otro esos tomos, el resultado empezaba a parecerse a una novela del siglo XX, y con eso me conformé, por lo mismo que los que nos gusta Mozart y Beethoven nos conformamos con los compositores del siglo XX. Tampoco es cosa de flagelarse.

—¿Cree que ya escribirá siempre estos libros?

—Mientras tenga curiosidad y fuerzas, supongo que sí.

—¿Le hubiera gustado conocer a Cervantes? ¿Por qué?

—Realmente. Ahora, teniendo en cuenta lo solicitado que estaría ya por todos los cervantistas, no estoy muy seguro de que Cervantes quisiera conocer a más pelmas. A poco que se pareciera a sus personajes y a su manera de ver las cosas, sería la persona de la que uno querría ser amigo: sin ínfulas, jovial, epicúreo y estoico a la vez, compasivo, discreto…

—¿Qué le diría a Cervantes?

—«¿Me admite vuesa merced en su compañía?». Algo así. Se supone que nos encontraríamos camino de una venta. Hay que acercarse a Cervantes a oírle decir a él, no a decirle nada.

—¿Qué le diría a Galdós si pudiera hablar con él?.

—Poco más o menos lo mismo: «Y dígame, don Benito, en qué puedo servirle».

—¿Qué le diría a Antonio Machado?

—Suponiendo que hubiéramos coincidido en una de las tabernas de Segovia, a las afueras de la ciudad, junto al Eresma, adonde solía estar bebiendo al caer la tarde, hasta la madrugada, en invierno, él solo, sin compañía, suponiendo eso, le diría: «Permítame que le invite a otro vaso de vino, don Antonio».

—¿Qué importancia tiene el lector Andrés Trapiello en el escritor Andrés Trapiello?

"Los contagios, con la edad, son menores, se hace uno más resistente a lo bueno y a lo malo"

—Como le ocurre a cualquier escritor, bastante. De joven, decisiva. Luego menos. Los contagios, con la edad, son menores, se hace uno más resistente, a lo bueno y a lo malo. A partir de cierta edad se las tiene uno que ver con lo que ha adquirido. Y queda poco espacio para hacerse trampas.

—¿Y en la persona?

—La lectura es de los pocos momentos de felicidad asegurada que le quedan a un escritor, a poco bien que elija los libros o a poca suerte que tenga escogiéndolos. Yo tengo una gran nostalgia de mis años de lector, aquellos en los que me tiraba todo el día leyendo, hasta bien entrada la noche, y a veces hasta la madrugada, cosido a las obras completas de Balzac, Dickens, Tolstoi, Stendhal, Galdós…

—¿Cómo era aquello?

—Cuando me gustaba un escritor me lo leía todo de él, sus correspondencias, sus artículos, sus carnets de notas. También con autores que dejaron de interesarme después, Céline, Proust, Clarín, Faulkner, Flaubert… Quizá el mayor sacrificio que le haya impuesto a uno su vocación de escritor ha sido la renuncia a leer tanto como querría. Igual la palabra “sacrificio” es excesiva, porque la escritura no está en la misma categoría que la lectura. La lectura puede ser placentera. La escritura está más allá del goce, es un deber que sólo produce una pequeña satisfacción cuando se ha cumplido, ni antes ni durante.

—Usted escribe sus diarios y luego vuelve a ellos años después para revisarlos y publicarlos. ¿Podría explicar un poco este proceso?

"Yo no he tenido nunca esa visión panorámica. Hay escritores que tienen esa seguridad, como hay jugadores de tenis que leen perfectamente el partido en los primeros juegos"

—Es la única manera que conozco de dotar de sentido al proyecto. El tiempo te ayuda a colocar las cosas en el lugar adecuado, el que tú has buscado, a veces sin encontrarlo. Me habría gustado haber tenido esa visión literaria desde las primeras anotaciones, como un Napoleón que, en lo alto de una colina, ve perfectamente la batalla que quiere dar. Yo no he tenido nunca esa visión panorámica. Hay escritores que tienen esa seguridad, como hay jugadores de tenis que leen perfectamente el partido en los primeros juegos, y saben cómo atacar o defenderse.

—¿Cómo lo hace usted entonces?

—Yo avanzo zigzagueante, con muchos tropiezos. Soy escritor de escaramuzas y guerrillas. La mayor parte de las cosas que he anotado, al cabo de los años, cuando me las encuentro para pasarlas a limpio no tienen el menor interés. Ahí es cuando adviertes tus grandes limitaciones. No he logrado dar por terminado ninguno de los tomos sin haberlo corregido antes cinco o seis veces, lo que en libros que suelen tener quinientas páginas puede llegar a resultar desesperante. Pero es lo que hay. No queda otra. Labor de galeote. De joven pensaba que cuando llegara a la edad que tengo ahora lo escribiría todo de corrido, a la prima. Qué ingenuo. No soy capaz de escribir así ni los artículos. Estos a veces menos aún.

—He leído que normalmente, en esa segunda fase de la escritura de los diarios, añade mucho material a lo que ya había escrito originalmente. ¿Por qué cree que añade tanto?

—Es lo único que tiene interés para mí. Si se limitara a transcribir notas de quince años atrás, la tarea resultaría aún más penosa. Así que me divierte introducir cosas del presente, que llaman mi atención. Por eso es exacto afirmar que cada uno de los tomos del Salón de pasos perdidos se corresponde al año en que se escribió en un 40%, y en un 60% al año en que lo corregí para publicarlo. A los ortodoxos que me reprochaban no atenerme a lo escrito en origen, al presente de entonces, les decía: «Cierto, pero tenéis un 60% que se corresponde con el presente de ahora». Creo que tampoco eso les convencía.

—¿Tiene muchos problemas con los lectores que se ven aludidos en estos diarios?

—En general no: creo que la mayor parte de los lectores de este Salón de pasos perdidos no pertenecen a mi gremio. No son escritores, ni críticos, ni profesores, ni académicos. Y si lo son, probablemente comparten mis opiniones sobre las personas de las que me ocupo. Procuro encontrar de la mayoría de las gentes con las que me relaciono su mejor perfil.

—¿Cómo lo hace?

"Soy como uno de aquellos fotógrafos minuteros de mi infancia, y trato de sacar bien a la gente, también a aquellos cuyos retratos parecen menos favorecedores"

—Soy como uno de aquellos fotógrafos minuteros de mi infancia, y trato de sacar bien a la gente, también a aquellos cuyos retratos parecen menos favorecedores; estos en la realidad son mucho peor de como aparecen en esos libros. Como por otro lado casi nadie aparece por su nombre, ni siquiera por sus siglas, todo es menos grave. Ahora, si se dice, por ejemplo: «Estuve con X, que es muy mal escritor» o «una mala persona» no sé por qué hay veinte personas que se postulan, y creen que te estás refiriendo a ellas. Y al revés, puedes decir «me encontré con X, que escribió un libro maravilloso», y no hay nadie que se dé por aludido. Es muy extraño.

—Sus diarios parecen muy sinceros. ¿Los considera muy sinceros?

—Decía Stendhal: «Cuando miento me aburro». Soy un escritor realista, me cuesta más inventarme las cosas que copiarlas. Tengo esas limitaciones como escritor. Y me parece mejor aclararlas que cargar las tintas, encontrar de ellas el lado cómico que el tenebroso. Esta es una decisión moral previa.

—¿Para usted qué es la autenticidad?

—La ausencia de retórica. No llamar nunca corcel al caballo.

—¿Quiere ser auténtico?

—Ese es el plan, y si no me da para un caballo, en burro o a pie. También se llega. Se tarda más, pero también se ven más cosas.

—¿Cómo se le ocurrió el título general del diario, Salón de pasos perdidos?

—¡Viendo de cerca mi vida! Parece que estoy siempre de paso. Eso sí, en una casa vieja, grande y ventilada y, por lo general, a la intemperie.

—¿Tenía razón Galdós cuando decía en Fortunata y Jacinta que “por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela”, como cita al frente de estos libros?

—Galdós es uno de los escritores con mayor sagacidad sicológica. Es también el que mejor ha escuchado a sus personajes. Nunca se ha impuesto a ellos. Sabía que la gente, en cuando se la escucha, está deseando contar su vida. Lo vemos en los trenes. A mí me han contado historias en los trenes desconocidos que seguramente no se las han contado a personas cercanas. Y las vidas, contadas de esa manera son grandes novelas. La realidad está llena de ellas. Y es raro encontrar una vida que no tenga su misterio. No hay vidas buenas o malas, sino bien o mal contadas.

—¿Usted es muy consciente de llevar esa novela consigo siempre?

"Jamás me miro a los ojos en un espejo. Me da vergüenza"

—La mía seguramente es la menos interesante y, conociéndola, tampoco me llama la atención. Ahora, la de esa persona que pasa a mi lado, o que espera, o a la que he conocido casualmente, me intriga mucho. A menudo son vidas cuyo valor ignoran sus propios dueños, como esos campesinos que ignoran que debajo de su casa modesta hay un filón de plata o una mina de mineral valioso.

—¿Su actitud al escribir estos libros es de novelista, o más bien al vivirlos es la de personaje de novela?

—Me gustaría pensar que es la del poeta que busca lo recóndito y hermoso de las cosas y las personas.

—¿Se siente en estos libros personaje de sí mismo?

—No, jamás me he sentido así. Y cuando me miro al espejo soy de los que sólo me fijo de nariz para abajo, cuando me afeito. Jamás me miro a los ojos en un espejo. Me da vergüenza, me tengo muy visto y no me digo nada nuevo.

—Usted cultiva muchos otros géneros, como la novela, el ensayo, la poesía, el artículo… ¿Le gusta más este género del diario que otros géneros?

—Cada página tiene su afán, pero supongo que todas participan del espíritu de su autor, sus sueños, sus defectos, sus tics… A menudo me resulta difícil distinguir entre esos géneros. Son un poco todo lo mismo. Aprendí de Unamuno que no hay que darle muchas vueltas a eso, que son disquisiciones académicas.

—¿En qué medida el género es importante para tener éxito con un libro?

"La poesía no ha muerto, pero si el mundo que la necesitaba. El éxito está ligado a la novela y al cine, y el teatro subsiste sólo porque está subvencionado"

—Igual: también cada época tiene sus géneros preferidos. El siglo XVI, la poesía, que incluía el teatro; el XIX, la novela; el XX, el ensayo y el cine. Y sin embargo del XVI es el Lazarillo y Montaigne, que valen lo que cien poetas malos; del XIX son Leopardi y Emily Dickinson; y del XX, escritores sin género como Azorín. El XXI es el siglo que ha prescindido de la poesía. La poesía no ha muerto, pero sí el mundo que la necesitaba. El éxito está ligado a la novela y al cine, y el teatro subsiste sólo porque está subvencionado, como la ópera. Cada escritor hace lo que puede y los medios de comunicación han hecho posible que alguien pueda ser famoso sin ninguna obra que lo respalde, los famosos influyentes. Pueden ser unos necios o un sabio.

—¿En qué medida es importante el tema para el éxito de un libro?

—El éxito está sobrevalorado. Yo no conozco la fórmula para tenerlo, pero viendo a muchos que sí lo tienen he advertido que no les ha costado mucho llegar a eso. Al éxito le sucede lo que a los perfumes. Huelen diferente en cada persona. A unos los destruye y otros, como Tolstoi, consiguen sobrevivir.

—¿El tema de Salón de pasos perdidos es la vida, en su sentido más amplio?

—Sí, ese es el propósito. Con una regla de oro: ni presumir ni quejarse.

—¿Es un buen tema?

—Es solo el marco. Lo demás lo tiene que poner cada uno. El escritor lo suyo y el lector también.

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