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Marcos Giralt Torrente: “La cultura sigue considerándose un lujo prescindible”

Marcos Giralt Torrente: “La cultura sigue considerándose un lujo prescindible”

Conocí a Marcos Giralt Torrente en la entrega del premio Francisco Umbral al mejor libro del año 2025. Allí me quedé con la sensación de que efectivamente aquella obra, Los ilusionistas, era un muy buen libro. Pude hablar con el autor en aquel acto y le pregunté si querría que lo entrevistase. Poco tiempo después he podido hacerlo, para Zenda.

Marcos Giralt Torrente, de 58 años, tiene ya una sólida carrera literaria, y ha ganado premios tan importantes como el Herralde, por la novela París (1999), el Premio Nacional de Narrativa y el Premio Strega Europeo por Tiempo de vida (2010), o el citado Premio Francisco Umbral y el Premio de la Crítica (2026) por su reciente Los ilusionistas. Este último libro también ha quedado finalista del Premio Aena.

En la presente entrevista profundiza en su obra, y creo que gracias a ella se le conoce mejor como escritor. También explica en buena medida por qué escribe y el tipo de autor que es, si es que cada auténtico escritor no constituye en sí mismo un universo y una literatura. Si algo queda claro leyendo a Giralt Torrente es que se trata de un auténtico escritor.

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—Su último libro, Los ilusionistas, ha recibido los premios Francisco Umbral y de la Crítica y ha quedado finalista del Premio Aena. ¿A qué cree que se debe ese casi triplete?

—Eso tendría que preguntárselo a los jurados de cada premio… En cualquier caso, lo que parece claro es que les ha gustado el libro y que, sin demérito de otros publicados el mismo año, han considerado que el mío reunía una serie de cualidades por las cuales merecía destacarse.

—¿Qué opina de la polémica que ha rodeado al premio Aena?

"Me ha parecido desmesurada. En la insistencia, en el tono y en algunos de los argumentos esgrimidos"

—Me ha parecido desmesurada. En la insistencia, en el tono y en algunos de los argumentos esgrimidos. Pero, como no estoy a sueldo de Aena y no tengo por qué defender las decisiones de su consejo de administración, me limitaré a señalarle una paradoja. En diversos artículos se ha puesto de ejemplo el premio Goncourt valorando que, a diferencia del premio Aena, este sólo concede un euro al ganador… Pues bien: casi ninguno de los medios que los han publicado ha tenido a bien dar la noticia del premio de la Crítica, que ni tan siquiera otorga a su ganador un solo euro. Parece que en este país sí es necesario sacar la chequera para ciertas cosas.

—¿Por qué le llama tanto la atención el género autobiográfico?

—En sí mismo, el género autobiográfico no me llama la atención más que otros géneros. Ni como lector ni como escritor. Por otra parte, eso que usted llama “género autobiográfico” engloba géneros muy distintos. Yo tengo dos libros que podrían acogerse bajo esa etiqueta en un sentido amplio, Tiempo de vida y Los ilusionistas. Es cierto que el material que los alimenta es autobiográfico… Sin embargo, están escritos como novelas, y así los considero. Ninguno de los dos nació de un impulso meramente autobiográfico, sino de la conciencia de que las historias que cuento en ellos tenían potencial novelístico.

—¿Por qué el título, Los ilusionistas?

—Porque los personajes protagonistas comparten una manera peculiar de estar en el mundo, una cierta incapacidad para pactar con los aspectos más áridos de la realidad y la preferencia por ensayar caminos alternativos basados en la negación de esa misma realidad.

—¿Se puede considerar Los ilusionistas unas memorias? ¿Memorias familiares tal vez?

"¿Acaso son memorias los libros de Annie Ernaux o de Emanuel Carrère? Podríamos llamarlos relatos reales, pero no memorias"

—No, no lo son. ¿Acaso son memorias los libros de Annie Ernaux o de Emanuel Carrère? Podríamos llamarlos relatos reales, pero no memorias. Igual pasa con Los ilusionistas. En las memorias se resume una vida o una parte de ella; están narradas desde un presente estático extemporáneo de los hechos narrados. En cambio, el tipo de narraciones a la que pertenece Los ilusionistas no compendian una vida ni una serie de acontecimientos determinantes de esta, sino que representan un conflicto determinado narrado desde un presente móvil, que es el de la propia narración. La palabra clave, la que le da su dimensión novelística, es “representación”.

—Su familia es una familia de artistas. ¿Por qué cree que lo es?

—Supongo que por la misma razón que hay familias de abogados, de médicos o de feriantes… Por un cierto contagio ambiental, por el afán imitativo que hay detrás de muchas vocaciones….

—¿Cómo condiciona la vida el pertenecer a una familia de artistas?

—Todas las familias condicionan. Da igual a qué se dediquen.

—He leído que siempre le preocupó el tema económico, y el problema aparece en su libro repetidas veces. ¿Qué ha supuesto este problema para usted, si lo puedo preguntar, como escritor?

"A día de hoy, con 58 años y varios libros publicados, sigo sin poder vivir de la literatura"

—A día de hoy, con 58 años y varios libros publicados, sigo sin poder vivir de la literatura. Hubo una larguísima época en la que ni siquiera podía permitirme pagar la cuota de autónomos. Por eso difícilmente tendré una pensión. Por fortuna, haber sido consciente desde niño de que los oficios artísticos con frecuencia ocasionan a quienes los practican descalabros económicos y vitales, ha hecho que no lo viva con amargura.

—¿Por qué es más difícil obtener ingresos dedicándose a actividades artísticas?

—Por muchas razones. Una de ellas que la cultura sigue considerándose un lujo prescindible. Todavía en muchos foros de internet abundan los energúmenos que consideran a los actores o a los escritores caraduras que pretenden vivir del cuento.

—A veces se dice que ser escritor es una forma de vivir. Ser artista también lo es. ¿En qué sentido lo define a usted o a sus familiares de Los ilusionistas?

—Soy contrario a esa visión romántica… Es cierta solamente en el sentido de que son formas de vida que no están ligadas a un trabajo fijo y que conllevan, por tanto, mayor libertad y un alto grado de inseguridad económica.

—Me acuerdo que Fernando Sánchez Dragó decía que ser escritor es una “forma de ser”. ¿Está de acuerdo, respecto a sí mismo y según su experiencia con otros escritores?

—Me resulta difícil encontrar, más allá de lo anterior, rasgos comunes a todos los escritores. Creo que se diferencian tanto entre sí como el resto de los mortales. Quizá lo más evidente es que viven encerrados en una extraña paradoja: necesitan apartarse de la vida para escribir sobre ella.

—Yo noto en su libro un gran cuidado en la escritura, en el estilo, en el vocabulario, por ejemplo. ¿Cuida mucho esos aspectos del trabajo literario?

—Cuido mucho el lenguaje, sí. Para mí el estilo es una parte esencial de la escritura. Pero no soy un estilista, en el sentido de que no me confío únicamente al estilo. Creo que hay que hallar el equilibrio entre historia y estilo.

—¿Qué es un buen escritor para usted?

—Alguien que mediante la escritura me descubre territorios morales insólitos y me suscita preguntas frente a las cuales se abre un abanico de respuestas a veces contradictorias, y que lo hace, por lo demás, de una forma que entraña algún tipo de apuesta estética.

—¿Qué es un gran escritor para usted?

—Quien logra todo lo anterior, y además abre caminos no explorados que convierten en imitadores o meros epígonos a quienes traten de seguirlos.

—¿Cuál es la cualidad más importante en un escritor, a su juicio?

—La capacidad de observación.

—¿Cree que Los ilusionistas es su mejor libro?

—Ninguno de mis libros está escrito por compromiso, para salir del paso o por obligación. Todos me han llevado su tiempo y todos están estrechamente ligados a mis preocupaciones vitales del momento. Los ilusionistas es uno más.

—¿Por qué ha sido tan reconocida su obra?

—Lo del reconocimiento es relativo. Tengo premios importantes en mi haber y por lo general recibo reseñas positivas, pero ayer mismo en el periódico donde he escrito toda mi vida salía un reportaje sobre la literatura española del siglo XXI, y entre los más de cincuenta nombres citados, su autor no encontraba espacio para mencionarme. ¿Se trata de un olvido o es que su autor desdeña legítimamente mi obra? ¿Por qué están los autores que sí cita? Si escrutamos cualquier trayectoria, abundan tanto los olvidos como las exageraciones.

—¿Qué piensa de los premios literarios en general?

—Que con las librerías inundadas de novedades garantizan, al menos, una cierta visibilidad.

—En Los ilusionistas me llamó mucho la atención que incluyera fragmentos de cartas de su abuelo Gonzalo Torrente Ballester y de su primera mujer. ¿Ya estaban publicados?

—No, no estaban publicados. Y no los cito literalmente: los versioneo.

—¿Por qué los incluyó?

—Porque aportaban a la historia que quería contar.

—¿Ha tenido algún problema entre sus familiares por contar ciertos hechos de la historia de su familia?

—Digamos que ha habido silencios significativos.

—Me impresionó mucho la historia de su tío Gonzalo Torrente Malvido, que era un estupendo escritor, pero del que también dice que tuvo una vida de delincuente. ¿Qué pensaba de este tío particular cuando eras niño o adolescente?

—Como cuento en Los ilusionistas, lo admiraba y en cierto modo era mi tío favorito. ¿Quién es más ladrón, quien roba un banco, o el director de la sucursal que coloca productos financieros dudosos a sus clientes?

—En general, las historias de su libro están contadas con gran autenticidad y mucho cuidado literario. ¿Cree que finalmente es esto lo que le da a Los ilusionistas la calidad que tiene?

—También, o a eso aspiro, que afronto conflictos complejos, nada estereotipados, reveladores de la condición humana.

—¿Qué le importaba sobre todo al escribir este libro?

—Lo mismo que con los otros: que el resultado estuviera a la altura de mi exigencia.

—¿Cree que los libros corren el peligro de desaparecer?

—Siempre habrá gente que quiera que le cuenten historias.

—¿Y los escritores?

—Siempre habrá quien quiera contar esas historias.

—Los libros tendrán que transformarse para sobrevivir?

—Si no se acaba prematuramente por culpa de los Trump, Netanyahu y Putin de este mundo, la historia es larga. Mutarán.

—¿Internet y otras nuevas tecnologías favorecen la creación literaria o la perjudican?

—Nos facilitan mucho, pero también nos cuartean la cabeza, dinamitan nuestra atención y capacidad de concentración.

—¿Qué opina de la Inteligencia Artificial en relación con la literatura?

—Me preocupa en muchos otros aspectos, pero no en el de la creación. La verdadera creación siempre entraña una ruptura, salirse de lo convencional, de lo previsible, y la IA, al menos por ahora, parece basarse en la combinatoria de modelos preexistentes.

—¿Qué le diría  a un joven de hoy que quiere ser escritor? ¿Lo animaría o trataría de disuadirlo?

—Ni lo uno ni lo otro. Lo emplazaría a dilucidar si es una vocación real antes de dar el paso y le prevendría de las tremendas dificultades que entraña. La vocación artística es una apuesta que en la mayoría de los casos se pierde.

—¿Por qué cree que se hizo escritor?

—Porque me gustaba leer. Y porque apreciaba fallas, huecos, en la realidad circundante y tuve la infatuación de pensar que podría repararlos mediante la escritura.

—¿Qué es lo que cuida más en la escritura de un libro?

—Si cuidase más unos aspectos que otros, los libros saldrían desequilibrados, descompensados, y eso es algo que intento evitar.

—¿Qué busca como lector cuando lee un libro?

—Que me haga pensar.

—¿Cree que es el tipo de escritor que quería ser?

—Sí. Detesto a esos artistas narcisistas que anteponen su vocación a cualquier otro aspecto de la vida. Yo me tomo las cosas con calma y, si tengo que elegir, prefiero la vida.

—En su familia ha habido algunos escritores. ¿Qué aprendió de ellos?

—Me descubrieron libros y me dieron consejos valiosos.

—¿Qué aprendió de otros escritores?

—A escribir. Los escritores aprendemos a escribir leyendo y desechando mucho.

—¿Cree que le sirvió su experiencia familiar para convertirse en un escritor reconocido o consagrado?

—No.

—En su familia ha habido escritores, pintores, fotógrafos… ¿El arte literario se diferencia mucho de otras artes?

—Todas las artes nacen, creo, de una disconformidad con la realidad y del deseo de restaurar en ella un cierto orden. Pero cada una tiene sus peculiaridades. La pintura, por ejemplo, es más directa, se aprehende de un vistazo, mientras que la escritura se desenvuelve en el tiempo.

—¿En qué medida el éxito literario depende de la suerte?

—Primero deberíamos preguntarnos qué es exactamente el éxito. ¿Ganar un millón de euros o escribir libros de los que uno pueda sentirse orgulloso? Si se refiere al éxito social, no sé cuantificarlo, pero, como en cualquier otro asunto, influye la suerte.

—¿En qué medida ese éxito depende del trabajo?

—Si habla de un éxito íntimo, realmente comprometido y exigente, mucho. Si habla del éxito mundano, no sé qué decirle. Veo tanto producto ligero, superficial, que sin embargo obtiene un éxito arrollador…

—¿Qué es la vocación literaria para usted?

—Una de las herramientas de las que me he servido para navegar por este océano al que llamamos vida.

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