No hay mejor momento que este, la primavera, para meternos en faena y empezar a cultivar un huerto en condiciones. Una huerta no es simplemente enterrar una semilla; es ensayar un diálogo con lo que no tiene voz. Para que el milagro no se pierda en el bostezo de un terreno baldío conviene seguir este decálogo de lo elemental:
2. El alfabeto del suelo. El suelo es un texto que hay que escribir con compost y humus (no confundir con el rico hummus, que es otra cosa bien distinta que casa estupendamente con el tabulé). Una tierra apretada es un silencio; una tierra porosa y negra es una composición llena de vida. Por eso hay que alimentar al suelo, no a la planta, para que la raíz crezca sana sin miedo a lo desconocido.
3. La coreografía del tiempo. Plantar todo de golpe y porrazo es como arrojar una baraja al aire. Mejor sembrar hoy un poco y en quince días otro tanto, para que la cosecha sea luego una cadencia continua y no como un estruendo que estalla. La siembra escalonada es siempre más productiva, y respetar los calendarios de siembras locales (no es lo mismo plantar en Mojácar que en Calamocha) lo más adecuado.
4. La diplomacia del agua. Regar no es inundar, es tratar de convencer a la tierra de que se mantenga húmeda el mayor tiempo posible. En tiempos en que el agua incluso escasea donde parecía siempre garantizada, debe llegar como una caricia al pie del tallo. Las caricias siempre son más efectivas cuando la alondra anuncia el alba o a la hora en que el ruiseñor canta por la noche, evitando siempre la evaporación del mediodía. Tan malo es el encharcamiento como la falta de humedad, por eso el riego por goteo es la mejor inversión.
5. El juego de las afinidades. Hay plantas que se aman y otras que se ignoran con pura elegancia vegetal. Poner al tomate cerca de la albahaca, dejando que los rodeen los tagetes con sus colores exhuberantes, es siempre buena idea; son como esos amantes que mejoran su aspecto (y su sabor) sólo con mirarse. La huerta es un club social donde las buenas compañías deciden la salud del grupo. Las malas la arruinan.
6. El nomadismo de la semilla. Nunca dejaremos que una planta se aburra en el mismo sitio dos años seguidos. La rotación de cultivos es el viaje necesario para que la tierra olvide. Si el año pasado hubo raíces, este año que haya hojas; de ese modo se evita que el suelo se agote de nutrientes específicos. Además, se rompe el ciclo de plagas y enfermedades que se quedan en la tierra. Si el año pasado planté tomates, que este año haya coles en su lugar.
7. El jardín de los intrusos necesarios. Una huerta perfecta es un desorden vigilado. Se debe dejar sitio para las flores y las aromáticas, ya que son los faros que guían a las abejas y los centinelas que confunden a plagas como los pulgones. Un huerto sin flores es como una frase sin adjetivos: funciona, pero no tiene alma. Con ellas, la llegada de polinizadores e insectos beneficiosos está garantizada.
8. El abrigo del mantillo. No debemos dejar la tierra a la intemperie, que le da frío y se le escapa el agua. Hay que cubrirla con amor pero sobre todo con paja, con restos de siega, con hojas recolectadas en el otoño, como quien le pone una manta a un niño que duerme. El mulching es el secreto que mantiene la vida en la penumbra tibia de la superficie en los largos días de verano y en las frías noches de invierno. El acolchado protege la microbiología del suelo, tan importante como la famosa microbiota de nuestra tripas con la que nos bombardean con publicidad a diario.
9. La liturgia del acero. Mantener las herramientas limpias y afiladas es imprescindible. Una tijera que no corta bien o no ha sido desinfectada antes de su uso es una falta de ortografía en el tallo. Es la puerta de entrada a todas las enfermedades. El mantenimiento de nuestras herramientas básicas es la señal de respeto que le debemos a lo verde, ya que por un rato, nos permiten ejercer de pequeños dioses.
10. La metafísica de la espera. Por último, sentémonos a mirar. La huerta crece mientras nosotros no la vemos, en ese tiempo que no pertenece a los relojes de pulsera. Debemos observar el color de las hojas, los bichos que aparecen y la textura de la tierra como quien lee una carta esperada. La huerta es una escuela de paciencia en la que uno no sólo cultiva hortalizas; uno se cultiva a sí mismo mientras espera que el tomate se vuelva rojo.
Como dijo Montaigne: «Quiero […] que la muerte me encuentre plantando mis coles, pero despreocupado de ella, y aún más de mi jardín imperfecto». Nunca se logra el jardín ni el huerto perfecto, pero con suerte quizás se logre vivir con serenidad.


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