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Juan Carlos Aragón: “La mayoría de la música que se hace en España está por debajo del Carnaval de Cádiz”

Juan Carlos Aragón: “La mayoría de la música que se hace en España está por debajo del Carnaval de Cádiz”

Si hay alguien que haya dignificado el valor de la literatura en los repertorios del Carnaval de Cádiz, ese es Juan Carlos Aragón. La calidad de sus letras es incuestionable hasta para sus detractores, que han de agarrarse a otros matices para justificar las objeciones hacia su obra. Consciente de que “el carnaval convive con la literatura de pleno derecho”, afronta cada uno de sus repertorios como una obra que perdure en el tiempo. Nadie como él sabe que esta disciplina —“un arte mayor para una chusma selecta”— no ocupa el lugar que le corresponde en la cultura española y, sin embargo, no oculta su temor a que se banalice más allá de las fronteras de Andalucía.

Inmerso en el proceso creativo de lo que será su decimoctava comparsa, hemos tenido la oportunidad de reunirnos con él para repasar su trayectoria y charlar sobre su futuro más inmediato: su participación en el Concurso Oficial de Agrupaciones del Carnaval (COAC). En comparsa, La gaditaníssima defiende a partir del próximo 5 de febrero, día de su estreno, el primer premio logrado el año pasado con Los mafiosos. La agrupación más canalla de la modalidad en los últimos cursos tuvo el descaro de ganar en el Teatro Falla con un personaje (el mafioso) que, entre otras referencias, aludía al Jurado que precisamente le concedió el triunfo.

Por si fuera poco, la chirigota ha vuelto a llamar a su puerta más de un lustro después y, según confiesa, “esta vez no me podía negar”. Lo que empezó como una broma en las redes sociales, donde el autor hizo creer que podría dejar la comparsa para regresar a la chirigota, ha terminado en una media verdad, pues finalmente hará las dos cosas. “Al final me voy a comer la mayor parte del pastel”, admite Aragón, quien creyó en un principio que su intervención en la chirigota Er Chele Vara se limitaría a poco más que la letra del repertorio. Su estreno está previsto para el lunes 28 de enero.

El poeta y profesor de filosofía enamorado del carnaval recibió antes el reconocimiento del público que el del concurso. Sus primeras chirigotas —Los Tintos de Verano, Los Guiris, Kadi City o Las ruinas romanas— no sedujeron al jurado hasta 1999, cuando Aragón por fin conseguía el primer premio de la modalidad con Los Yesterday. Desde entonces, Cádiz espera su propuesta como una bendición contra el mal de lo recurrente, lo mediocre y lo manido; todo aquello de lo que el autor se aleja cuando se sienta a escribir.

En 2001 Aragón aterrizó en la comparsa con Los condenaos, un tipo interpretado por el mítico grupo del autor Antonio Martínez Ares que dirigía Ángel Subiela. El segundo premio en el año de su debut se transformó en un primero al siguiente, con Los ángeles caídos (2002). La rivalidad entre los dos autores del momento, que se habían sucedido en los últimos triunfos, sólo duró un año más, hasta 2003, cuando Martínez Ares decidió abandonar el concurso, una ausencia que lamentó Aragón. Si el regreso de Ares se hizo esperar nada menos que trece años, el de Aragón, que se fue del Falla en 2014, sólo contuvo el aliento de los aficionados un curso. A su vuelta, Los millonarios se alzó con el primer premio, una de las victorias más evidentes en la historia del concurso.

Queda ya muy atrás la primavera, su estación inspiradora. Si en aquella época las letras fluían entre la paz y el gozo, es en estos momentos cuando se perfilan los detalles últimos del repertorio. Los miembros del grupo con el que se siente más identificado esperan con ansia el debut en el teatro. Letras “que compiten” y letras que serán degustadas después del concurso del Falla. Así son los repertorios de Juan Carlos Aragón Becerra, nacido en 1967 allá por Cádiz, la tierra por la que aún bebe los vientos. A la que en febrero, otro año más, volverá a cantar.

Comprobamos cómo los últimos éxitos no han amansado la irreverencia del poeta, que siempre aprovecha para criticar duramente el reglamento del concurso, concebido como un “código penal” según su criterio. Los otros dardos apuntan hacia la deriva que está tomando el Carnaval de Cádiz en lo que se refiere a las composiciones y la forma de interpretar los repertorios. Considera que el carnaval lleva tanto tiempo en tránsito que se ha estancado y ya no será fácil que vuelva a ser lo que era.

—Antes de hablar de la comparsa, ¿estamos más cerca de una chirigota de Juan Carlos Aragón con autoría íntegra?

—Es una gran tentación, porque lo que hago en chirigota no me dejan hacerlo en comparsa. El grupo me frena, porque la comparsa es más exigente y ellos tienen el veneno del concurso durante todo el año.

—Por cierto, cuánto te está durando este grupo…

"A finales de los 80 o principios de los 90 se creó una corriente espesa, que cantaba fuerte, a compás, despacio… y eso no era carnaval; era más Rocío"

—Sí, la base de esta comparsa se está manteniendo, y merece la pena, porque por fin conseguimos que el grupo cantara como tenía que cantar. No es ni mejor ni peor que otros grupos de Cádiz, sino que le saca un mayor rendimiento a sus capacidades. Cuando estrené este grupo el año de Los Millonarios, estrené también ese modelo de afinación. No es nuevo; es el sonido de los 70, el que llevaba Paco Alba. Es el canto de Cádiz: a contratiempo, sin meter la voz, rapidito, vocalizado, alegre… A finales de los 80 o principios de los 90 se creó una corriente espesa, que cantaba fuerte, a compás, despacio… y eso no era carnaval; era más Rocío. No tenía los quiebros del cante de los puertos, la voz de Manolo Vargas… Todo eso se había perdido. Quise demostrar que la forma genuinamente gaditana de cantar carnaval no era lo que se estaba haciendo. Se enfadan algunos porque los llamo “Los Pitingos”, pero es que sólo El Carli (Brihuega) tuvo la habilidad de hacer una variación muy personal de la melodía en determinados pasajes del repertorio y, además, conseguir que fuera más bonito.

—Pero tú sabes que esos Pitingos tienen un público amplio: los fanáticos.

—Por supuesto, pero ese público no es sólido ni tiene criterio propio, sino que se deja llevar por lo más espectacular.

—¿Crees que referirse al Carnaval de Cádiz como “cultura popular” es suficiente? Manolo Casal dijo una vez que era Cultura con mayúsculas por ser “heredero de las plumas de Rafael Alberti y Fernando Quiñones”, entre otros.

—El carnaval convive con la literatura de pleno derecho, porque comparte con ella las cuatro grandes constantes de la literatura en general y de la poesía en particular: el canto a la tierra, al amor, a la gente y un punto de intersección en el que se le canta a lo cotidiano o lo trascendente —los caprichos poéticos— con una intención literaria muy interesante.

—¿Quizás el Carnaval de Cádiz nunca ha sido incluido en ninguna categoría por su naturaleza ambigua? En realidad, se encuentra entre la literatura, la música y las artes escénicas. ¿El hecho de que sea inclasificable lo convierte en único?

"Se ha creado un un carnaval retroalimentado que lo está conduciendo, si no a su muerte, a su “chochera” permanente"

—La grandeza y el encanto del carnaval que me enamoró desde pequeño y me sigue enamorando es que es un punto de encuentro en el que conviven perfectamente todos los estilos, todos los niveles poéticos, musicales, dramáticos, cómicos… Todo cabe y todo puede valer si se hace bien. Por supuesto, los márgenes del carnaval absurdamente los estrechamos nosotros con un reglamento en el concurso que es un código penal que coarta la libertad creadora de los autores. Es el mayor peligro que corre: que se convierta en un punto de partida en lugar de un punto de encuentro. El carnaval no puede alimentarse del carnaval, como está sucediendo últimamente, hasta el punto de crearse el concepto de “metacarnaval”: un carnaval retroalimentado que lo está conduciendo, si no a su muerte, a su “chochera” permanente. Los autores y los grupos están creando y mirando al público, y el artista tiene que mirar hacia dentro, no hacia fuera. Menos mal que el público ya no se lo cree. Si al carnaval le quitas ese punto espontáneo, transgresor y dinámico, le quitas todo el encanto.

—A la hora de sacar un tipo, ¿cuándo tiene lugar esa revelación y cómo sucede la gestación de la idea?

—El proceso de fermentación de esas ideas es espontáneo e inconsciente. A mí me sale en primavera: la temperatura, la luz, no hay presión ni límites temporales, me desentiendo de todo en cuanto acaba el concurso… y entonces creo por gusto, sin someterme a ningún tipo de condicionamiento. Lo concibo como una especie de ópera dividida en actos, con un orden y un sentido. De ahí mis diferencias con el grupo, pues a veces no compartimos el criterio a la hora de escoger las piezas para cada función.

La gaditaníssima es el nombre para 2019. Se espera un repertorio muy local…

"En Cádiz, y dentro del carnaval también, hay dos corrientes enfrentadas a la hora de reivindicar el gaditanismo"

—Este año es algo básico y trascendente a la vez. En Cádiz, y dentro del carnaval también, hay dos corrientes enfrentadas a la hora de reivindicar el gaditanismo: uno es el que defiende el cerrojo en las Puertas de Tierra y otro es el que defiende una visión de Cádiz más cosmopolita y abierta. El primero pretende que el carnaval se alimente de sí mismo, lo que es muy peligroso, porque lo conduce al estancamiento; y el segundo intenta que el carnaval sobreviva alimentándose de fuera. Este no necesariamente busca que sea más comercial y se entienda el repertorio en más lugares lejos de Cádiz.

—¿Nunca te ha asaltado la tentación de cantar algo que conectara más fácil fuera de Cádiz, a sabiendas de que podría traducirse en mayores beneficios económicos?

—Siempre he tenido un enfrentamiento conceptual con respecto al término “comercial”. Comercial es lo que al público le llega directo, le emociona y le toca la fibra. Eso sale solo, nunca lo he buscado ni lo haré. Si hay alguna posibilidad de que le ponga al público, primero me tiene que poner a mí.

—Algunos dicen que muchas de tus propuestas en comparsa son demasiado complejas, tanto que a veces no se entiende del todo el contenido en una primera escucha. ¿Cómo se le convence a un purista de que cualquier disciplina, hasta el carnaval, necesita renovarse, y que las segundas escuchas son necesarias? 

—El público quiere un repertorio básico y directo, que no le compliquen la vida. Esto es lo que más me cuesta negociar con los grupos. El pasodoble de “La soledad…” (de la comparsa La banda del Capitán Veneno), uno de mis tres favoritos, no tuvo la reacción que esperábamos en el Falla por no ser tan efectista, aunque literariamente tuviera más valor. Gran parte del público asiste al teatro como a un partido de fútbol, y quiere goles. El juego bonito, vale, pero con goles. Otro ejemplo: La Guayabera se está convirtiendo en una comparsa de culto, es el disco que yo llevo en el coche. Y sin embargo en el teatro no fue recibida como esperábamos. Fue un homenaje a mi luna de miel en Cuba y a mi historia de amor ideológica, estética y musical con aquella tierra.

—¿Cuál crees que es la modalidad que más se presta a la literatura y por qué?

"La comparsa es lo más lírico que existe; surge como un refinamiento poético y musical de la chirigota, que era excesivamente básico en unos años de nivel cultural deficiente"

—La comparsa es lo más lírico que existe; surge como un refinamiento poético y musical de la chirigota, que era excesivamente básico en unos años de nivel cultural deficiente. Si el pueblo se expresa a su nivel, no se puede pedir más. Pero del pueblo también surgen voces más ilustradas en cuanto a la creación que elevan el tono musical y poético del carnaval, como hizo Paco Alba. Ahí surgió la comparsa, que abrió las puertas al delirio estético.

Una de las tesis que investigan sobre el carnaval dice que la pieza fundamental de las coplas es el cuplé. Sin embargo, parece que de un tiempo a esta parte se ha impuesto el pasodoble. ¿Estás de acuerdo?

—Sí, el pasodoble ahora mismo es la pieza estrella del concurso, salvo años de presentaciones épicas. Como regla general, si una chirigota quiere triunfar debe llevar un pasodoble cómico o lírico. Si no, que se lo pregunten a El Selu o a este que escribió Los Yesterday (precisamente quien habla). Sólo con el cuplé no ganas.

—¿Y qué ocurre con el cuplé de la comparsa? ¿Es cierto eso de que hay menor interés por parte del autor? En tu caso, los últimos cuplés son muy chirigoteros.

—El cuplé es mucho más difícil de interpretar que el pasodoble, porque no se canta, se cuenta. Son ocho o nueve versos en los que tienes que mantener al público expectante desde el primer golpe de sílaba hasta el último, y el texto no importa tanto como la interpretación. El cuplé hay que aprenderlo en la calle. Un cuplé es como un chiste: si el mejor chiste del mundo lo cuenta un patoso se convierte en horrible, y viceversa. Hace falta mucho arte para el cuplé, y la comparsa lo tiene más difícil.

—¿Dónde están los límites del humor en carnaval? Si de literatura hablamos, “Érase un hombre a una nariz pegado” suena más ofensivo que reírse de la barbilla de Andrea Janeiro, ¿no?

Quevedo era ofensivo, y ese era el encanto de Quevedo. Si no lo hubiera sido, no habría pasado a la historia de la literatura. Este público de los ofendidos… En fin, me voy a callar, porque si sigo te levanto un pasodoble de La gaditaníssima (risas).

—En la misma línea, ¿dónde se ubica la frontera entre la crítica y la demagogia? Por ejemplo, están los pasodobles dedicados a sucesos escabrosos y mediáticos (La Manada, Marta del Castillo, etc.) que tú has criticado por buscar “la lágrima y/o el aplauso fácil”. Sin embargo, también hay pasodobles de crítica política que son demasiado evidentes y facilones.

" El concurso del Falla es un altavoz tremendo, y nosotros tenemos una responsabilidad social"

—Claro. Por ello, si quiere ser vanguardia, el carnaval debe anticiparse a lo que todavía no está sobre la mesa. Cantarle a la violencia de género cuando no existía una ley sí era heroico. Pero resulta que hace muchos años ya existe una ley, y ahora hay otro tipo de injusticias que están veladas y nadie se atreve a decirlas. Esa es la función del comparsista: adelantarse. Estamos para decir lo que se dice en los bares y no en ningún foro importante. El concurso del Falla es un altavoz tremendo, y nosotros tenemos una responsabilidad social, aunque lamentablemente no tanto como para cambiar el voto.

—¿Quién es responsable de que el Carnaval de Cádiz no trascienda como debe más allá de las fronteras de Andalucía?

—Podría trascender más, es cierto. La mayoría de la música que se hace en España está por debajo del Carnaval de Cádiz. Siempre pongo como ejemplo el éxito de Araka La Kana en Uruguay, después del primer premio en el Falla. Salimos de Andalucía, la acogida es magnífica y el Carnaval “de Champions” (el puntero) triunfa. El problema es que los cachés son muy altos para que a todos les salga rentable. El margen de ganancia del productor es mínimo. Para exportarlo hay que hacerlo con todas las garantías. No obstante, el carnaval no es carne de macrofestivales, sino de teatros con aforo no superior a 500 personas, es una cosa más cálida. Y no para que vayan muchos grupos, sino uno o dos como mucho. Y esto implica subir el precio de la entrada, claro.

—Es curioso que en Cádiz tú o Martínez Ares seáis un icono social y más allá de Despeñaperros casi seáis unos desconocidos. ¿No sería mejor un poco de equilibrio? Que en Cádiz no fuerais estrellas y que en el resto de España fuerais una referencia que sirviera para conocer por fin esta fiesta…

"Que nunca se pierda la identidad del Carnaval de Cádiz, como ya le pasó al flamenco, que empezó a perderse cuando evolucionó a partir de Camarón"

—Eso ya me da más miedo. Soy un purista del carnaval, por más que tenga un concepto muy abierto sobre el mismo. Temo que el carnaval se prostituya y en el momento en que vea abiertas las puertas del mercado deje de ser carnaval para convertirse en algo que no es nada. Ha sucedido con algunas agrupaciones que han pretendido llegar más lejos de la cuenta por la vía rápida y han hecho algo sin ninguna identidad. Que nunca se pierda la identidad del Carnaval de Cádiz, como ya le pasó al flamenco. No se puede hacer flamenco a partir de Camarón porque Camarón es una renovación a partir de la fuente original. Si haces el flamenco a partir de Camarón, la raíz queda tan lejos que al final se pierde y deja de ser flamenco. Es el mismo miedo que yo tengo con respecto al carnaval.

—Por último, ¿cuál es tu particular visión del carnaval en la actualidad, en lo que se refiere a la calidad del contenido de los repertorios? ¿Hacia qué ha evolucionado? ¿Se ha mejorado en algo?

—El carnaval está evolucionando pero no se sabe hacia dónde. Antes respondía que “en épocas de tránsito no se puede hacer balance” y había que esperar a que el tránsito desembocara en algún lugar concreto. El problema es que seguimos en tránsito, lo que significa que el carnaval está dando vueltas sin encontrar un rumbo fijo, estancados. Últimamente lo estoy viendo girar sobre sus propios pasos. Es peligroso, porque se está retroalimentando en busca de una salida original que lo haga hablar de evolución. Pero evolución tiene que ser sinónimo de progreso, que no es lo mismo que cambiar las cosas de sitio.

—Ese “carnaval en las manos del pueblo” de Los peregrinos en 2016 fue una utopía…

—Es uno de los pasodobles que me da más corte recordar, porque fue un espejismo. Duró lo mismo que la República Independiente de Cataluña. Dejó de tener sentido en el pleno organizado 24 horas antes de cantarlo en el Falla.

—Siempre has sido muy crítico con el COAC. ¿Cómo querrías que fuera el concurso?

—Un reloj de 45 minutos donde cada uno hiciera lo que le diera la gana. El tiempo es sabio y dejaría las cosas en su sitio. Esto se corresponde con la frase de El Gómez (José Manuel Gómez), que es la mejor definición del carnaval que he escuchado: “El carnaval será lo que nosotros queramos que sea”.

—Muchísimas gracias, Juan Carlos.

—Gracias a ti.