Inicio > Firmas > Ayer fue miércoles toda la mañana > Luisgé Martín: “Soy partidario de la inmortalidad”

Luisgé Martín: “Soy partidario de la inmortalidad”

Luisgé Martín: “Soy partidario de la inmortalidad”

Luisgé Martín (Madrid, 1962) es uno de los autores más relevantes del panorama literario actual. Ha publicado, entre otras novelas y por citar sólo las últimas, La mujer de sombraLa misma ciudad, La vida equivocada y la autobiografía sentimental donde cuenta lo que le supuso asumir su identidad sexual, El amor del revésAhora vuelve con el ensayo El mundo feliz: Una apología de la vida falsa (Anagrama, colección Argumentos) para provocarnos de nuevo (lo ha hecho en cada una de sus novelas, publicadas en la misma editorial), para revolvernos el intelecto y las tripas con afirmaciones radicales sobre temas importantes y controvertidos que nos atañen como seres humanos: la felicidad, la libertad, el heroísmo, el suicidio, la igualdad, la bondad… Temas que están en el ámbito de la filosofía y del pensamiento en autores como Cioran, Camus, Hobbes y Rousseau, y que, sin estar alineados, tras la lectura de este libro pueden llevarnos al deseo de encontrar otros sistemas: el de Aldous Huxley y su novela de anticipación científica, Un mundo feliz, y en Matrix; ambas opciones son las que, resuelto el dilema que trató Cioran en Del inconveniente de haber nacido, el autor querría vivir felizmente en ellas.

Es este un libro escrito con alevosía, en el que su autor no elude en ningún momento lo escabroso, sino que se sumerge en sus profundidades para cuestionar el mundo con frases tan desoladoramente pesimistas como la que arranca este ensayo y repite varias veces a lo largo de él: “La vida es, en su esencia, un sumidero de mierda o un acto ridículo”. A partir de aquí, en El mundo feliz de Luisgé Martín se va formando una hipótesis no apta para mentes pacatas y convencionales.

Después de leer este libro hemos elegido hablar con su autor a través de la pantalla líquida del ordenador —y empleo esta palabra pensando en la sociedad líquida descrita por Zygmunt Baumann como una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido—; para hablar con su autor, decía, en una especie de chat cuyo resultado podría generar una entrevista al uso, o bien una conversación en el tiempo —aún no podemos saber lo que dará de sí— recordando a Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy en su Enemigos públicos (Anagrama), libro que Luisgé Martín me recomendó entonces. Ambos escritores se intercambiaron correos electrónicos entre enero y julio de 2008 para poner de relieve las relaciones entre la vida y la escritura, la política, la educación, la religión… con la aspereza que puede surgir entre un novelista “misántropo, depresivo y asqueado de las polémicas mediáticas, y “un filósofo bon vivant, erudito y coqueto” que se hizo popular en los años setenta como integrante de los nuevos filósofos franceses, junto a André Glucksmann y Alain Finkielkraut.

Nada que ver esta entrevista con aquel libro, que si traigo a colación es por la manera de abordar una charla sobre temas que pueden resultar controvertidos. Ellos con la finalidad de publicarlo en un libro, nosotros también, pero en una revista, en la web literaria Zenda.

Subvertiré en esta conversación la máxima periodística de tratar de usted al entrevistado, siquiera sea porque si no nos tuteáramos estaríamos ocultando que nuestras vidas contienen rasgos comunes en el tiempo y en el espacio, puesto que yo también he asistido a algunas de “esas cenas socráticas y a veces simplemente bárbaras (…) en las que soportamos su cólera de Aquiles”, como Martín se encarga de citar en las páginas finales de los agradecimientos.

Yo comparto buena parte de las tesis de esta apología de la vida falsa, que se puede vivir en Matrix o en el mundo feliz de Huxley, aunque con ciertos matices que me hacen ser más comedido o más cobarde a la hora de plasmarlos, tal vez porque aún mantengo algunas dosis de buenismo social, pero en mi yo más profundo no albergo ninguna fe en que el ser humano logre salvarse, y mucho menos salvar este planeta de acabar abocado al abismo de una desaparición cada vez más cercana.

—Bien, Luisgé, antes de plantearte la primera cuestión quiero preguntarte si quieres añadir algo (conociéndote, seguro que sí), porque empezar sin más a preguntarte tras esta larga introducción no sería muy educado.

"La mayor parte de las personas son mediocres, no tienen talento, no aportan nada de enjundia al mundo en el que viven"

—Pues para empezar bondadosamente, tengo que advertir que la mayor parte del tiempo yo mantengo encendida la suspensión de la incredulidad respecto a la vida y no pienso en nada de lo que expongo en el libro. Es decir, me comporto como una persona razonablemente satisfecha y vivo con alegría. Lo que me irrita sobremanera es el pensamiento positivo de nuestro tiempo: «si tú quieres, tú puedes»; «el esfuerzo tiene recompensa»; «la felicidad está al alcance de tu voluntad», etcétera. Es pensamiento casi pornográfico, que no toma en cuenta ninguno de los problemas del ser humano y que educa en la irresponsabilidad de creer que Jauja existe. La mayor parte de las personas son mediocres, no tienen talento, no aportan nada de enjundia al mundo en el que viven. Aunque quieran, no podrán, el esfuerzo no les servirá de nada y la infelicidad la tendrán garantizada. No creo que haya que insistir en ello, decírselo a la cara, pero hacer lo contrario es terriblemente obsceno.   

— «Gracias a la vida que me ha dado tanto”, que cantaba Violeta Parra, por supuesto, pero no a los discursos buenistas de autoayuda que se ceban en tanto ingenuo. Luego intentaremos entrar en los mundos de Huxley y de Matrix, pero ahora me gustaría recordar a Aristóteles. Según él, para “conseguir” la felicidad había que currársela, porque más que un estado concreto, la felicidad es un estilo de vida basado en cultivar la virtud. O sea, el bien platónico, la ética, etc. Por otra parte, es muy saludable que te comportes como una persona razonablemente satisfecha, lo que recuerda la actitud de Cioran sobre el suicidio. Se cuenta que alguien le echó en cara que escribiera tanto sobre ello y que no practicara con el ejemplo, a lo que parece que respondió que sólo era un recurso teórico y que no tenía ningún interés en abandonar este mundo.

—Yo intento dejar muy claro en El mundo feliz que hay una diferencia esencial entre el pesimismo, que a veces puede ser desolador, y la tristeza. El pesimismo no provoca depresión, por ejemplo, sino, a veces, justo lo contrario, una especie de prisa por disfrutar. La tristeza, en cambio, anula las ganas de vivir. Por eso reivindico el papel (sobre todo literariamente) del cenizo, del destructor, del que pone en duda no sólo las ideas superficiales, sino las creencias hondas. El mundo feliz pretende hurgar en la raíz de lo que somos o, mejor dicho, de lo que no somos. Yo tampoco tengo entre mis planes más próximos el suicidio, aunque me parece una postura razonable. Y respecto a la felicidad (que es una de las palabras más manoseadas del lenguaje, y que a pesar de eso sigue siendo una palabra bonita), mi uso es más epidérmico. Eres feliz si tienes afanes y no tienes deudas; si conservas las ganas de hacer cosas y no hay nada importante que te perturbe o te paralice. La felicidad la mayoría de las veces es muy pequeña: el calor del sol, el vino, la compañía de gente a la que uno quiere, la despreocupación… En ello no hay componendas éticas. Estoy convencido (y de ello hablo también en El mundo feliz) de que se puede ser feliz siendo inmoral. De hecho, creo que esa es una de nuestras grandes perplejidades, pues derrumba todos nuestros ideales de justicia.

Tengo una somera información sobre el transhumanismo que mencionas como una de las soluciones para un futuro cercano. Tal vez pudiera ser una manera para no caer en el catastrofismo del final de los humanos el que los dispositivos electrónicos nos sustituyan por modelos más inteligentes. Si hay algo de polémico en tu libro, que lo hay, y mucho, esto de «la unión del hombre con la máquina, la mezcla de la carne y el plástico es como haber convertido la ficción de la ciencia en realidad inmediata.

"El ciclo de confianza en el ser humano que abrió la Ilustración ha acabado"

—Yo creo que esa idea ya no es tan polémica, cada vez estamos más abiertos a ella. Es un hecho que los implantes, los órganos fabricados en impresoras 3D y los auxilios corporales tecnológicos están a la vuelta de la esquina y sólo tienen ventajas. Cuando a un tetrapléjico le implantan un dispositivo que le permite volver a caminar, o a un ciego otro que le reaviva la vista, no hay ni siquiera dudas morales. Quien las tenga estará a la altura de los Testigos de Jehová que no permiten transfusiones de sangre porque contaminan el cuerpo de Dios, y eso, afortunadamente, es una especie en extinción, y desde luego intelectualmente desdeñable. Habrá, sí, quien vea demoniaco que la tecnología se use para mejorar características no vitales. Volver a caminar es un acto necesario, pero correr más rápido no. Pero ¿y qué? ¿Por qué no puedo yo querer ser más veloz? Toda esta transformación traerá sin duda dilemas éticos importantes. Ya se ha fantaseado mucho sobre algunos: ¿es ético que un hombre manipule su propia memoria e inserte en ella recuerdos falsos o elimine otros dolorosos? ¿Será la longevidad o incluso el fin de la muerte algo provechoso? Yo no veo por qué no. Cada vez soy más incapaz de entender las razones metafísicas de los objetores. Somos lo suficientemente insignificantes como para que todo eso sea menos que una partícula de arena en un desierto. La tecnología sólo puede mejorarnos. Estamos tan abajo que no hay riesgo. 

Eso me recuerda a Desafío total, el filme basado en la novela de Philip K. Dick interpretado por Arnold Schwarzenegger. La acción transcurre en el año 2084; el protagonista vive atormentado por una pesadilla recurrente que le transporta a Marte y decide acudir al laboratorio Rekall (Recordar), una empresa de vacaciones virtuales para materializar su sueño gracias a un potente alucinógeno… De momento yo me conformaría con poder celebrar un día la aprobación de una ley que regule el derecho a la eutanasia.

—Claro, es que cuando hablamos de política real, de derechos individuales, estas cosas de la imaginación del futuro nos quedan lejanísimas. Yo soy bastante partidario de la inmortalidad (y no entiendo cómo hay tanta gente a la que le da pereza la idea), pero mientras llega soy un irritado defensor de la muerte digna, de la posibilidad de que cada cual elija cuándo morir y a qué llama vida. A veces me parece terrible andar hablando de futuros prodigiosos o de dilemas morales cuando todavía quedan por el mundo (y cada vez más cerca) personas que defienden la ley divina, que, por supuesto, coincide con su propia ley.

Desde que hemos empezado a conversar han pasado muchas cosas. Por de pronto el tiempo, pero en este tiempo tú has viajado a Dubai, se ha celebrado el macroconcierto Ánimo, animal, en honor a Luis Eduardo Aute, que me has recordado cuando dices «hablando de futuros prodigiosos”, la canción La belleza: “Y me hablaron de futuros fraternales, solidarios…”. ¿Vuelven a estar vigentes estas letras, como la de Rosas en el mar?, ¿este presente político nos está acercando a gran velocidad a un futuro en el que la palabra, y lo que encierra el término de cultura, de verdad… dejará de tener valor? ¿Es El mundo feliz una manera de exponer la perplejidad que sientes ante el mundo real?

"Ser uno mismo es una ilusión, un engaño"

—Aute dice en esa canción: «Reivindico el espejismo / de intentar ser uno mismo», versos que podrían perfectamente haber estado en el encabezamiento de El mundo feliz. Ser uno mismo es una ilusión, un engaño, pero sólo en ese engaño podemos encontrar algún chispazo de paz. El presente político es desolador, no cabe duda. Produce vergüenza, pero también impotencia, ver que estamos repitiendo errores históricos recientísimos y que la humanidad, como especie, no ha aprendido nada. Yo empecé a concebir y a escribir este ensayo antes de Trump y de Bolsonaro y de Salvini y de Vox, pero todo lo que ha pasado luego no hace sino reforzar esa idea de que no tenemos ningún arreglo, de que el ciclo de confianza en el ser humano que abrió la Ilustración ha acabado, y que la única posibilidad de arreglo no es ya la educación, sino la ciborgización. Dejemos de decir que somos grandes, porque somos una verdadera porquería. Pongámonos cuanto antes implantes cerebrales e inventemos medicamentos que, al mismo tiempo que mantienen el espejismo de que somos nosotros mismos, bloqueen nuestros instintos más humanos. Como dice Escohotado, las máquinas sólo pueden mejorarnos.

—Cioran pensó algo parecido, pero con mucho menos interés a la hora de imaginarnos en un futuro manipulado: “La condición humana es una estafa, burlémosla haciéndonos vegetales”. ¿Tú crees que es concebible un pensamiento que se ve a sí mismo como una empresa ridícula?

—Qué gran frase. Qué sentido del humor corrosivo y destructivo tenía Cioran. Su grandeza es su capacidad para socavarlo todo, para descubrir las trampas que hay detrás de cualquier justificación humana. Sí, yo creo, como él, que la condición humana es una estafa. Y que ya que es una estafa debemos intentar hacer algo que al menos ponga bajo control sus efectos más dañinos, como el dolor. A la condición humana hay que aplicarle los mismos remedios que a la cirugía: anestesia siempre que se pueda. Podría parecer paradójico hablar de un pensamiento que se cree a sí mismo ridículo, porque en esa ridiculez estaría su misma desacreditación, pero yo creo que es el único camino de la filosofía moderna. No nos va quedando mucho espacio, con los descubrimientos de la ciencia, para seguir siendo campanudos y solemnes.

—Dices en tu libro: “Un reloj de pulsera de mil dólares se exhibe en la calle con fanfarronería; uno de cincuenta mil se esconde discretamente”, y yo te añado: salvo que seas Cristiano Ronaldo, que exhibe en su muñeca con delectación uno de dos millones de euros…

"No creo que la igualdad sea la base de la felicidad"

—Yo te lo discutiría: lo exhibe en la televisión, entre guardaespaldas, pero no en la calle. Es más, Cristiano Ronaldo ya no sabe lo que es la calle. Al ser un personaje de fama global, ni siquiera puede irse a los confines de Asia y de Oceanía para perderse en el anonimato. En el caso de Cristiano ya no es sólo el dinero, sino la propia identidad la que se ha vuelto asustadiza, paranoide y anormal. Me resultan fascinantes los contratos de confidencialidad que hace firmar a todos sus colaboradores para que no cuenten lo que ven dentro de casa en su intimidad. Algún día le veremos derrumbarse justamente por ese exceso de gloria y de dinero improductivos emocionalmente. Cristiano Ronaldo (justamente él) compensa con relojes de dos millones y con exhibiciones de soberbia la peor de las carencias: la del amor transparente.

—Dices que las grandes obras transformadoras de la humanidad no han cambiado tu vida en lo sustancial, que sólo han servido “para alumbrar caminos que a la hora de la verdad no conducen a ninguna parte”. Yo suelo tener un resorte que me avisa en forma de poema, y esta frase que subrayo me ha recordado estos versos de Ángel González, cuando, habiendo hecho el poeta un repaso de su vida desde orígenes remotos dice que él es sólo “lo que queda, podrido, entre los restos; / esto que veis aquí, / tan sólo esto: / un escombro tenaz, que se resiste / a su ruina, que lucha contra el viento, / que avanza por caminos que no llevan / a ningún sitio. El éxito / de todos los fracasos. La enloquecida / fuerza del desaliento…”. ¿La poesía puede ser también un recurso cálido —o un nuevo engaño— para abrigarse de las desavenencias de la vida?

—La poesía está en el centro mismo de la experiencia mística y mitológica de la condición humana. Y ese canto tan conmovedor al fracaso, a los despojos en que nos vamos convirtiendo, es justamente eso. El arte se parece bastante a la autocompasión. Hay una frase de Nietzsche que no cito en El mundo feliz pero que debería haber citado: «Tenemos arte para no morir por la verdad». El arte nos consuela, nos adormece, nos permite creer que algo incomprensible nos aparta de la paz. Pero no hay nada. Ni incomprensible ni comprensible. Dicho todo esto, a mí el arte me sigue consolando, aunque sepa que me hipnotiza. Y Ángel González es uno de los grandes hipnotizadores.

—Llegados a este punto de la Historia, con falta de liderazgo y aumento de ideas ultraconservadoras en el mundo, más 200 países que se tapan la nariz para firmar algo decente que acabe con el desaguisado medioambiental, te dejo esta frase demoledora para preguntarte qué hacer, no a la manera de Lenin, sino a la de Luisgé: «Si la libertad total se traduce en desigualdad y la igualdad dogmática conduce a la pérdida de la libertad nunca será posible alcanzar la igualdad”.

"La igualdad nunca me ha parecido un valor supremo"

—La igualdad nunca me ha parecido un valor supremo. No creo que la igualdad sea la base de la felicidad. En El mundo feliz explico que a mi juicio lo importante es erradicar la pobreza, conseguir que todo el mundo tenga vivienda, energía, educación y comida suficiente. Yo he vivido en entornos humildes, y mi propia familia ha sido humilde, y no encuentro que esas limitaciones menguaran mi felicidad o aumentaran mi infelicidad. Por otro lado, hay igualdades que están al alcance de lo posible, y en las que sí que hay que insistir: la igualdad ante la ley, por ejemplo. Incluso la meramente formal ya es un éxito, pero se puede conseguir la real con un tratamiento eficaz de la justicia. Por último, yo diría que la igualdad dogmática no sólo supone la pérdida de la libertad (o de la ilusión de libertad, tanto da), sino que además no consigue el fin de la igualdad. No ha habido en toda la historia de la humanidad ninguna sociedad igualitaria que no haya sido fugaz.

***

Hay muchas más preguntas que suscita El mundo feliz de Luisgé y, sobre todo habría muchas respuestas que nos hubiera dado el autor con las que seguir reflexionando. La búsqueda de la felicidad es una aspiración humana que se mantiene a lo largo de los siglos. Sin embargo, como dijo Gracián, “todos los mortales andan en busca de la felicidad, señal de que ninguno la tiene”, pero hay que seguir intentándolo sin ser pacatos en el empeño. Bertrand Russell escribió que la cautela en el amor es tal vez la más mortal de la verdadera felicidad.

Lo dejo aquí haciendo constar mi temor al magma que se está gestando en las cloacas del Estado, el olvido de la virtud, el ínfimo tono del diálogo político, el creciente aumento de la mentira institucional y ese tufo infame del sálvese quien pueda que hace que Europa pertenezca cada día menos a los ciudadanos demócratas.

Cito para terminar dos inquietantes preguntas que plantea El mundo feliz:

¿Habría que corregir las estructuras sociales corruptas o corregir al ser humano?

¿Nos queda la libertad de soñar despiertos, con o sin la influencia de drogas?