Imagen de portada: El beso de Judas, de Luca Giordano (Mueso del Prado)
Un gran pesimista sobre la condición humana, Nicolás de Chamfort, aunque atribuyéndoselo a un misántropo cuyo nombre —decía— no quería revelar, afirmaba que sólo la inutilidad del primer diluvio impedía a Dios enviar un segundo. Al fin, hay que entender el sentimiento trágico de un hombre que, tras conseguir ser elegido miembro de la Academia Francesa, en siete años la Revolución trastoca el mundo y termina encarcelándolo y llevándolo a la muerte por oponerse al Terror, en uno de los ejercicios más habituales de defensa de la libertad de toda revolución amparada en el bien común y la voluntad general, y ejecutados por el capricho particular de sus enloquecidos profetas (como cuando el lamentable Rousseau escribía que “cualquiera que rehúse obedecer a la voluntad general, será obligado a ello por todo el cuerpo [social]; lo cual no significa otra cosa, sino que se le obligará a ser libre”).
El inmortal Schopenhauer, cuando quería regañar a su perrete Butz, lo abroncaba con el insulto que tenía por más humillante, y lo llamaba “hombre”. Sí, ese genio corrosivo que se permitió en el prólogo de su El mundo como voluntad y representación advertir a los lectores que lo más probable era que no fueran a entender nada de su tratado, porque no estaban a su altura intelectual, y que, no siempre que el choque entre una cabeza y un libro sonaba a hueco, la culpa era del libro.
Nietzsche, en Humano, demasiado humano y en su correspondencia privada se jactaba de “conocer demasiado a los hombres” y afirmaba que el hombre es el animal más cruel; y en El Anticristo aseguraba que la humanidad no representa ningún tipo de evolución hacia algo mejor, más fuerte o superior. Ese Nietzsche que, ya en sus tiempos finales, cuando seguramente mandaba ya más en él el sentimiento que el raciocinio, se abrazaba al cuello de un caballo de tiro que caminaba azotado por su cochero, o que afirmaba que los monos son demasiado buenos como para que el hombre pudiera descender de ellos.
Y para terminar de cerrar una magnífica tríada, Cioran, que, a diferencia de Schopenhauer, al que le quedaba la compasión, y de Nietzsche, que creía en la posibilidad de que el hombre podría elevarse desde su pequeñez contemporánea, lleva la misantropía mucho más lejos afirmando que la humanidad no es sino un accidente desafortunado, como cuando sentencia en Del inconveniente de haber nacido que, precisamente, no haber nacido era la mejor de las opciones, pero no estaba ya al alcance de nadie, o como cuando en Silogismos de la amargura reconoce que cada vez que alguien le hablaba del Hombre, sentía ganas de estrangularlo. La genialidad de Cioran es, primero, que su lucidez le hace, simplemente, constatar su desesperanza sonriendo amargamente sin intentar convencerte de nada; segundo, su inteligentísimo sentido del humor; y, tercero y definitivamente, que, además, ejerció sistemáticamente la higiene intelectual de despreciarse a sí mismo tanto como a la especie.
El pecado profiláctico de odiar a la Humanidad, no obstante, se ve redimido por la capacidad de querer en particular a alguno de sus miembros. Y no me refiero a uno de esos tres o cuatro de entre decenas de millones, sino a cualquiera de aquéllos que han tenido la desgracia —o la suerte, quién podría saberlo— de haber nacido y de haberlo hecho cerca de uno. Odiar a la Humanidad como especie no es contradictorio con sentir apego por uno de los nuestros, porque el ser humano como categoría es capaz de las mayores atrocidades, pero solamente es capaz de las mayores bondades y heroicidades como individuo. Y los nuestros merecen nuestro compromiso por el mero hecho de estar ahí, en esos momentos en los que la vida parece que da la razón a nuestros lúcidos pesimistas, porque, incluso para los más fuertes de nosotros, a veces puede hacer mucho frío si no tienes a alguien con quien compartir la suerte y la desgracia, aunque en ocasiones seamos débiles y tengamos la tentación de preferir el frío desde el primer momento a perder, en un mísero y vengativo instante de nuestro camino, todo el calor ganado a pulso a la intemperie.
Los nuestros son nuestra excusa existencial para no perder la cabeza y asaltar el parlamento con un fusil y un par de mochilas llenas de cargadores, llegar a una manifa o a una rave con un cinturón de explosivos y abrirse el abrigo con carcajadas de loco, o asesinar sin piedad ni remordimientos a ése que va a cenar al restaurante en bermudas y permite a sus vástagos sodomizar los oídos del resto de comensales con carreritas y grititos de roedor perseguido.
Nuestra propia lucidez introspectiva y los nuestros son el último refugio de nuestra cordura frente a la sensación íntima de nuestra propia levedad e insignificancia existencial. De ahí que la traición o la deslealtad rompan el orden de nuestro pequeño universo y nos recuerden que somos seres expuestos al frío, a la desesperanza y a la desolación.
Judas traiciona a Jesucristo de una forma consciente y voluntaria, porque sabe que su acto va a tener lugar. El traidor no resulta sorprendido por los acontecimientos, sino que va a conciencia hacia ellos: es un acto de maldad valiente, puro de cálculo y voluntad. Pedro, sin embargo, le falla: su deslealtad es producto de una situación que le sobrepasa, no planifica nada, no obtiene nada a cambio; simplemente no sostiene la lealtad cuando se vuelve costosa: un acto de cobardía sobrevenido que lo descalifica definitivamente para la nuestridad.
¿Dónde estuviste en los malos tiempos? A los hombres no los pierden sólo los enemigos, sino, lo que es peor —mucho peor—, los amigos que no están cuando hace falta. Y, con todo, al final, lo verdaderamente dantesco ya no es ni siquiera que hayas fallado, sino que después pretendas estar como si nada hubiera pasado. Como si estuvieras convencido de que el tiempo difumina los actos y el ser humano siempre fuera tan miope como para olvidar gratuitamente. Como si echases el resto a que el olvido borre el pasado. Como si el olvido y el perdón llegasen por puro cansancio. Pues no, afortunadamente hay quien no olvida, hay quien no perdona.
No hay nada peor —nada— que la deslealtad para con los tuyos; traición o fallo, aunque ahora ya no sepa cuál de ambos es peor, o si uno puede ser realmente peor que el otro. Me gustaría tener respuestas, si no fuera porque, al final, uno descubre que no merece la pena hacerse preguntas, pero sólo cuando ya se las ha hecho todas: qué más da. Qué más da las razones del desleal, qué más da el miedo o la debilidad del fallante, qué más da si la vida le cogió rehenes o si el apuñalamiento le es consustancial… Me gustaría poder elevarme sobre un púlpito y hablar en nombre de cualquier dios que reparta certezas al mundo, y dictar condenas y absoluciones. Pero no… ahora sólo me salen las condenas. A veces, uno trata de pensar si quizás yo mismo no estuve para otros y, en ese caso, mi propia indignidad me inhabilite para la ira justa… Ojalá pudiera estar seguro de algo, aunque dentro de mí alguien quiere gritar que todavía no sé fallar.
Dante Alighieri, en su monumental Divina comedia, reservó el círculo más profundo del Infierno, el Noveno, para los traidores: allí, en las fauces heladas de Cocito, Satanás mastica eternamente a los traidores. Qué imagen más magnífica.
Cuando Michael Corleone, en El Padrino II, mira —lúcido y sereno— a su hermano Fredo y lo clava en el paredón de los insectos cazados con su célebre frase (“Sé que fuiste tú, Fredo. Me rompiste el corazón”), se materializa la devastación que produce la traición cuando proviene de un ser querido, de la propia sangre. Michael, sin duda con dolor, decide actuar como cree y como vive, porque en sus hombros descansa la responsabilidad por los nuestros que no fallan.
En El gran Gatsby, el protagonista construye su vida en torno a una red de relaciones que luego se revelan falsas y superficiales: cuando hay fiestas, Gatsby está rodeado; cuando muere, prácticamente nadie acude a su funeral. Como diría un castizo, hay más miserables que botellines.
En un mundo buenista hasta el sopor y blandito hasta la náusea, que predica el perdón y el olvido como bálsamos universales, que comprende al lobo y acusa al perro pastor, que ve sospechoso al que se defiende, me permito disentir. Uno no está ya para la debilidad o la piedad. Hay heridas que no deben cicatrizar con el tiempo, afrentas que deben grabarse a hierro y fuego en la memoria, y que, lejos de desvanecerse, deben fortalecerse con cada recuerdo. La deslealtad, en su esencia más pura y devastadora, no merece ni el perdón ni el olvido. No se trata sólo de alimentar el rencor, sino de reconocer la realidad de los hechos, de honrar la memoria de lo que fue y de quienes fuimos antes, durante y después de que el puñal se nos clavara en la espalda. Reivindico ese sentimiento de hostilidad profunda y persistente originado por la ofensa, reivindico la ira legítima por lo sufrido y reivindico la fiereza de la respuesta. Es un acto de justicia personal, una afirmación de la propia dignidad frente a la vileza ajena, y también un acto de justicia para con los nuestros que no ceden. La memoria, en estos casos, no es una carga, sino una promesa para la confianza, un escudo contra los traidores, una advertencia para el futuro. Sobre todo, una advertencia para el futuro.
Todos los Audax, Ditalcos y Minuros del mundo merecen que Roma no pague traidores. ¿Qué ganó de verdad Efialtes condenando a muerte a los suyos, sino su inmortalidad muriendo? ¿Valió la pena la recompensa al que fue compañero y amigo, Robert Ford, asesino por la espalda de Jesse James? ¿No escupirá de su boca Satanás a Marco Junio Bruto de puro asco? Pero no hace falta echar mano de la Historia, la Literatura o el Cine: basta abrir la puerta de casa y salir a la calle para oler el hedor repugnante a humanidad.
La lealtad es una construcción frágil. Tu segundo te hará la cama; tu socio falseará las cuentas; tu amigo de la infancia dejará de hablarte por sectarismo; tu viejo compañero de armas y correrías de ayer, hoy mirará para otro lado; aquél al que has hecho mil favores no estará si necesitas uno; cuando te jubiles o dejes tu puesto, no volverá a sonar el teléfono… Un día, la vida querrá partirte la cara y tendrás que pelear solo; pedirás un brazo y te darán una espalda; verás venir la tormenta del mal tiempo a lo lejos y detrás no tendrás sino cobardes que corren a refugiarse; la amistad eterna dura un cuarto de hora y siempre habrá una excusa para su caducidad; la sala comienza a vaciarse cuando todavía suenan los últimos aplausos… Sí, no hay soledad más oscura y silente que la que llega cuando se han apagado los aplausos.
Entonces, es el momento de no olvidar. Hay que apretar los dientes y los puños hasta hacerte sangre, y recordar, y no permitirnos la debilidad de transigir, y no ceder al cansancio de la guerra permanente: nos lo debemos. Qué verán los desleales en su espejo… Qué podrá quedar en pie en el corazón de los traidores… Cómo pueden sobrevivir a la vergüenza… Cómo permanecer tras la excusa que, irremediablemente, suena… a excusa.
Al desleal sólo le vale tu muerte —física o civil—. Tu supervivencia es su condena: sólo puede confiar en el olvido para fingir que no ha sido un cobarde, que no es un mierda —que se sabe, en el fondo, despreciado por todos—. Casi merece la pena todo, sólo por ver al traidor suplicando en su fuero interno encontrarte por casualidad en algún punto del resto del camino y mirarte con esos ojos de perrillo asustado, suplicando en silencio tu perdón para poder sobrevivir a su vergüenza. Tu victoria es poderlo mirar y, con esa lucidez de los tiros pegados y las heridas de guerra, sonreír muy tenuemente, casi como si no recordaras: él sí que lo entenderá, y, además, el karma tarde o temprano hará su trabajo.
Tú, que ahora lees mis renglones o te juramentas con el Universo para rendir tributo a la amistad. Tú, que caminaste a mi lado y al que llamé hermano. Tú, para bien o para mal, la próxima vez que nos encontremos, recuerda que yo sé dónde estuviste en los tiempos malos.


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