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Karra Elejalde: «Unamuno era una mosca cojonera»

Karra Elejalde: «Unamuno era una mosca cojonera»

En su maletín de trabajo conserva intacta la honestidad. Su mirada dura y amigable te traspasa cuando te sientas frente a él. El compromiso inunda la conversación a los pocos minutos de comenzar. Durante la charla se muestra sincero, divertido, socarrón e inteligente; es duro y tierno al tiempo, férreo en sus convicciones y dúctil en su profesión.

Ha protagonizado algunas de las películas más emblemáticas del cine español de los años 90 y en la actualidad acumula éxitos en su haber. Comenzó haciendo teatro y compaginándolo con otra de sus pasiones, la música, pero enseguida el cine se abrió paso en su particular universo. Es actor, director y guionista, su nombre es sinónimo indiscutible de talento. Ama la poesía, interpretó a Cristóbal Colón en También la lluvia y consiguió su segundo Goya por su trabajo en Ocho apellidos vascos. Recibió recientemente el Premio Honorífico Avilés Acción 2019 por su trayectoria, y aunque su nombre suene en todas las quinielas para los Premios Goya de la Academia de cine español, este tipo de reconocimientos no le quita el sueño.

Estos días no descansa Karra Elejalde debido a la promoción de Mientras dure la guerra, película de Alejandro Amenábar que protagoniza. Como el rector, filósofo y escritor al que da vida, Elejalde no deja títere con cabeza en esta conversación, mientras defiende con ardor a su personaje.

Carlos Elejalde, Karra, interpreta a don Miguel de Unamuno en esta producción. Trabaja con precisión de cirujano la contradicción vital del pensador, creando un personaje poliédrico, coherente, apasionado y nivolesco, consumido por las cuestiones que envolvieron su existencia.

Zenda se encuentra con él en la azotea del hotel donde ha realizado las últimas entrevistas del día. En una luminosa tarde del recién estrenado otoño, Zenda charla con Karra Elejalde sobre Unamuno, el poder de la palabra y su trabajo. La conversación, como la vida, promete ser apasionante.

—¿Por qué decidió aceptar el papel que interpreta en Mientras dure la guerra?

"Para nada hubiera apoyado él, de primeras, un alzamiento que se pareciera lo más mínimo a lo que estaba haciendo Mussolini en Italia o Hitler en Alemania. Él era republicano"

—Porque soy actor, es mi profesión, y además era una golosina. La verdad es que lo aceptas a la vez que te da un poquito de vértigo. Es un personaje particular, un personaje lleno de matices, un hombre de una personalidad que no está en mi edad. No es de mi carácter. Es una personalidad contradictoria y sabes que cuando tengas que llevar a cabo este trabajo vas a tener que jugar, hilar muy fino. Es un personaje que hemos intentado que esté lleno de matices, precisamente para que se entienda mejor esa supuesta —y lo digo entre comillas— volatilidad que tenía. Sé que a muchos les puede resultar precisamente… (Elejalde cambia la voz) “Bueno, ¡este tío está loco!”. Estamos hablando de un tío que daba unos bandazos del copón y dice que había, pues sí, había cierta coherencia en lo que decía. Cuando te metes en materia y te das cuenta de que Franco puso la bandera monárquica a los cinco meses de empezada la contienda, y él murió a los siete, te das cuenta de que él (Unamuno) durante los primeros cuatro o cinco meses apoyó el alzamiento porque él pensaba que era la República, militares de la República que estaban intentando… A su entender, y al entender de muchos, la República no funcionaba bien y él pensaba que había unos militares con un poquito más de seso y un poquito más de juicio que iban a poner un poco de orden, que iban a sanearla un poco. Para nada hubiera apoyado él, de primeras, un alzamiento que se pareciera lo más mínimo a lo que estaba haciendo Mussolini en Italia o Hitler en Alemania. Él era republicano. El rey lo desterró porque era ostensiblemente republicano. Comprende —después de apoyar el alzamiento y que toda la intelectualidad española y de izquierdas dijera: “¿Qué le pasa a este tío?”— que de repente viera que el caudillo le da un siroco y pone ahí la bandera borbónica para tener más adeptos, más monárquicos adeptos a su alzamiento. Por tanto, a priori parece que este hombre sólo daba bandazos, pero había mucho de coherencia en él, cuando dice: «¿Cómo he firmado ese manifiesto?». Porque de alguna manera está casi chantajeado, es decir: “Firmas este manifiesto porque tienes dos amigos en la cárcel, que lo mismo los fusilamos”. Esto es lo que él piensa. Le sucedió, pobre, como le sucedió al pobre jefe de los indios de México. Creo que era Moctezuma el que dijo: “Mira, lo tenemos cogido, y cuando nos llenéis esto de oro, os lo damos”. Y no se lo dieron, lo mataron. Se quedó un poco así también. Es muy fácil juzgar. La historia hay que verla después, y en Unamuno había mucho de coherencia. ¿Aceptas el papel? Aceptas el papel con mucha ilusión: es un protagonista y está lleno de dificultad. Y porque eres un poco sado, porque había una parte de mí que tenía tanto miedo como ganas. Es como cuando, de niño, recuerdo que veía películas de terror y cuando me daba miedo me tapaba los ojos para no verlo, pero la curiosidad hacía que los abriera un poco para semiasustarme, ¿no? También es verdad que al principio piensas que va a ser todo… y no, el primer día no haces toda la película, haces un cachito.

—Cuéntenos el proceso.

—Toda empresa si la vas diseccionando en cachitos es más digerible. Y así fue. Con Amenábar he hecho muchas pruebas: ensayos, pruebas de maquillaje (que no han sido una, ni dos), pruebas de cámara, pruebas de vestuario,… Vas moviéndote y haciendo, y dice Amenábar: “Oye, eso que has hecho me gusta mucho. Eso le viene muy bien a Unamuno”. Poco a poco vas viendo lo que es grano y lo que es paja. Yo siempre de los personajes, cuando son protagonistas, preparo un par de folios y los contrasto con el director. En esos folios lo que suelo hacer mayormente es adjetivar. Los directores muchas veces te hablan de verbos: “la coges (…), la matas (…), la pegas (…), vas (…), corres (…), andas (…), subes (…), arrancas (…), te vas (…)”. Bueno, eso lo puede hacer cualquiera. Lo difícil es saber, señor director, con qué ira cojo, con qué sensación la mato, con qué urgencia me piro, en qué estado me quedo después de hacerlo. Adjetíveme usted eso. Esas cosas son las que ayudan, y en eso Amenábar es maravilloso. Amenábar en lo tocante a matizar es maravilloso. No es un director de estos…

—¿Cómo es Amenábar como director?

"Alejandro no te atiborra de conceptos, con muy poquitas palabras te ubica claramente"

—Hay directores que te atiborran  —¡yo soy de esos, cuidao!, me autoinculpo— con conceptos con los que a veces no consigues el efecto deseado. Amenábar te dice: “Tira, mira, de todo lo que has escrito, estoy de acuerdo con todo, pero yo quiero hacer hincapié en esto”. Entonces, de 150 adjetivos, te quedas con 14.  Y poco a poco vas viendo. Él simplemente te va diciendo: “No, ¡más seco todavía!”. Cuando la mujer de Castro, el alcalde de Salamanca, que lo habían fusilado, viene a decirme “tío, échame una mano”, yo le decía: “Alejandro…”. Y él: “No, frío, frío, frío”. Alejandro no te atiborra de conceptos, con muy poquitas palabras te ubica claramente, y a mí me ha sabido adjetivar. Eso es muy interesante. En un principio, la primera semana y media, uno piensa que en cada escena el actor tiene que dar todos los matices del personaje. Y al final el ser humano en cada secuencia puede dar tres, cuatro… Cuando vi por dónde me llevaba hice un análisis de todo el guion, y un día le llame y le dije: “Alejandro: estoy de acuerdo en que todo esto es neutro, neutro, neutro… aquí tal, aquí tal”, y dice: “Sí, perfectamente. Esa es la lectura”. Y digo: “Vale, de acuerdo. Ahora ya te he entendido”. A partir de ese día las anotaciones de Alejandro fueron menos y ya con una mirada nos servía para entendernos. Siempre, en todas las películas, la primera semana el director da muchas indicaciones, y una vez que el actor va entendiendo por dónde va el director, la tercera y cuarta semana, las últimas semanas, ya no hace falta que te digan nada, porque el director ya ve que le estás dando el personaje que él quiere.

—Esta producción dibuja el fresco de las dos Españas del último siglo. ¿Qué pinceladas cree que esta película puede aportar a la historia que conocemos?

"En lo tocante a lo territorial todavía no hemos llegado a una solución que sea un poco del gusto de todos, y es porque uno acaba pensando que los españoles somos gente muy anclada o muy enrocada"

—No sé si es un fresco, un acrílico, una acuarela o un óleo. Muchas veces nos hacéis preguntas que son más para el director que para el actor. El actor es una herramienta en manos del director y a veces al actor le preguntáis: “Oye, ¿qué habéis pretendido?” Y yo no “he pretendido”. El que pretende aquí es el director. Dejándome de frescos y acuarelas, lo que creo es que es una película muy interesante, para que, sobre todo los jóvenes (yo ignoraba muchas cosas de la Guerra civil) sepan qué, cómo y quiénes hemos sido. Porque esta película otra cosa no tendrá, pero rigor histórico todo. Alejandro ha sido muy honesto y ante la duda de si esto se dijo o no se dijo, prefiere no ponerlo. Esto tiene una base histórica bastante contundente, dejando claro que hay cosas que son noveladas o ficción, como toda película. Pero lo importante es que la gente se tiene que hacer una visión de qué, cómo y quiénes hemos sido. Y de ahí hacer un acto de contrición, hacer una reflexión: quién, cómo queremos acabar siendo. El otro día dije una cosa que es un error enorme, y alguien se ha enfadado: que «en 83 años no se ha movido nada”. Pregúntaselo a cualquier mujer que hoy puede votar. Del mismo modo que también al amparo de la crisis muchísimos trabajadores han perdido gran cantidad de derechos ganados a torta limpia en las manifestaciones. Pero, en lo tocante a lo que es lo territorial, si ves la película, el problema de Euskadi y de Cataluña ya hace 83 años era un problema y a día de hoy lo sigue siendo. Eso es lo que quise decir, que me sirva esta entrevista para explicarme. En lo territorial Euskadi o Cataluña para aquellos falangistas o requetés de entonces eran el cáncer y la «anti-España», y Unamuno decía: “Otro tanto pueden decir ellos de nosotros”: Sin unos y otros España será ciega, coja y manca. Un hombre que empieza ultranacionalista y acaba siendo españolista, o cuanto menos no secesionista, bilbaíno.

Creo que es muy importante que toda vez que yo creo que Amenábar ha sido… Si te quieres desmarcar de la historia y hacer tu película, no gastas dinero, ni tiempo, ni broncas en asesores históricos, asesores militares…Alejandro no ha arrimado el ascua a su sardina. Es muy importante que hagamos esa reflexión. Yo reconozco que sí han cambiado muchas cosas. Entre otras, había una república y a día de hoy hay una democracia, monarquía parlamentaria y democrática. En lo tocante a lo territorial todavía no hemos llegado a una solución que sea un poco del gusto de todos, y es porque uno acaba pensando que los españoles somos gente muy anclada o muy enrocada. Es como si fuéramos todavía caballeros quijotescos del siglo XV. ¡No! Y no entendiéramos que para sentarse a dialogar y a pactar, si tú vas de negro y yo voy de blanco, pues al final si hay una conclusión será no sé qué gris. No sé de qué gama del gris, pero tendrá que ser un gris. ¡Contaminémonos! Haré yo dejación de lo mío, tú harás dejación… No, no, no. Aquí en España nos sentamos a pactar y nadie hace dejación de lo suyo, y seguimos igual. 83 años después seguimos sin —y ahora sí me reivindico en lo que digo— haber dado una solución al problema vasco y catalán. No sé si será un problema. Para algunos lo será, para otros no. Sigue siendo una especie de grano que no acaba de… Ante eso, en la película puedes hacer una especie de panfleto rojo, que es lo que muchos… Mira, en este mundo de la paradoja de Unamuno —en el que llevo sumergido meses— lo que me parece más paradójico es que los que peor han puesto la película son los que no la han visto. Dice mucho de esta España de la que te hablo. Sabemos hasta cómo va a ser una película antes de verla. Eso es que no estamos acostumbrados, se nos llena la boca de democracia. En los primeros años de la democracia me daba asco oír a los periódicos que decían “En democracia… en democracia…”. Yo pensaba: “Pobres, cómo se nota que sois jóvenes”. Ya no decimos eso de “en democracia”, que lo decían los de izquierdas y los de derechas, más los de izquierdas. Cada uno está anclado y enrocado y seguirá habiendo dos Españas hasta que no sepamos depurar esas cosas. El espíritu de esta película no es crear chispas, es lo contrario. Es una película que intenta que de una vez aprendamos a convivir pensando distinto y entendiendo que somos diversos y que también en lo ideológico somos diversos, y en lo geográfico y en lo idiomático, y en muchas cosas. Y que eso no puede darnos una mala vida. Tenemos que empezar a saber convivir y transigir.

—Y de esa diversidad deberíamos presumir, además.

"Ojalá hubiéramos sabido colonizar con la razón y no con la fuerza"

—¡Es esto, joder! Hemos sido un país colonizador, pues sí. Si hemos sido un país colonizador, ojalá hubiéramos sabido colonizar con la razón y no con la fuerza, ¿sabes lo que te quiero decir? Por favor, entendámonos con el dialogo, con la argumentación, seduzcámonos, persuadámonos, convenzámonos, pero desde el diálogo. Si cada uno se mantiene en la suya, aquí no vamos a avanzar nunca. No sé por qué en esto los españoles somos bastante tozudetes. Te agradezco esta pregunta, porque no tengo redes y me la suda lo que pongan, pero sé que dije: “En 83 años…”. Son frases sacadas de contexto. Me refería a lo territorial. No hay mejor modo, además, de ejercer la democracia. Si la democracia sirve para que seamos más justos, ¿cómo somos más justos? ¿O carne o pescado? Si siete quieren carne, vamos a comer carne todos. Yo llevo toda la vida viviendo democracias de otros, y partidos, y gobiernos que yo no he votado, y no me quejo ni cojo una pistola. Si democracia es eso, dar el gusto a la mayoría, deberíamos saber qué quiere la gente. Por tanto, tener miedo a preguntar me parece antidemócrata. Me parece tener miedo al ejercicio de la democracia. Preguntemos a ver qué quiere la gente. Luego ya veremos si tenemos un problema, si lo que quiere la gente choca o no con la Constitución, porque lo mismo preguntamos y resulta que la gente no quiere eso. Tener miedo a preguntar me parece estúpido. Yo estoy a favor de un referéndum, de que la gente decida qué quiere, porque me parece democrático. Luego, de lo que hablo es de que habrá mil vías para negociar (como se ha hecho siempre) cómo se pude gestionar eso. Eso es ser demócrata. Cerrar los ojos a eso no es lo que a mí me parece el modo más demócrata de proceder. A mí.

El director Alejandro Amenábar hablaba en Zenda sobre la labor detectivesca que emprendió a la hora de preparar el guion de esta película. ¿Hasta dónde tuvo que escarbar Karra Elejalde para llegar al personaje de Unamuno?

"Otra paradoja, que fuera tan católico, con el rebote que tenía con Dios"

—Lo primero es que pensé es que tenía que leerme a todo Unamuno. Leí Niebla y más cosas. Con unas cosas estoy de acuerdo y con otras no. Yo no tengo que estar de acuerdo, no tengo que juzgar el personaje, tengo que empaparme de él y no ser yo, hacer dejación de quien yo soy y encarnar a esta otra persona. La verdad es que acabas contaminándote, como Millán, como… ¡todos! Nos acabamos contaminando y empatizando y buscando la razón de ser, y hasta qué grado este hombre era un veleta o no. Me pareció más interesante ver qué decía la gente de él. Yo puedo pensar que estoy emitiendo rosa y estoy emitiendo marrón. Puedo tener una ilusión o un interés por emitir algo, pero no sé si lo estoy consiguiendo. Lo que para mí era infalible era lo tocante a verlo desde fuera, al físico… Nunca en un libro ha dicho: “Soy gruñón, soy áspero, orgulloso, pagado de mí mismo…”. Me ha servido muchísimo más no lo que el emitiese, sino cómo le veían los demás. Y luego el que más se ha documentado es aquel que ha tenido que escribir un guion sobre esta persona. Tenía el apoyo del director de cara a documentarme. Me sirvió mucho también la carta que le escribió a un chileno hablándole de si es practicante o si no lo es. Ahí entendí lo que era el «unamunismo», la labor personal que consideraba Unamuno que todo ser humano culto debe hacer, que es preguntarse quiénes somos, de donde venimos, qué hacemos aquí, para dónde vamos.

Otra paradoja, que fuera tan católico, con el rebote que tenía con Dios. Abominaba del hecho de morir, era un vitalista, odiaba… Se le muere un niño con 5 años, se muere su mujer, Concha, su amor, le llamaba hijo, pero era su mujer, la que le cuidaba, le aguantaba… En la carta empieza educado y acaba a más, como siempre, rompiendo y rasgando, y termina diciendo que la labor del ser humano es saber nuestra condición, saber por qué se muere la gente, por qué se muere su hijo de cinco años. Esto era un pulso con Dios. Él no quería morir, y que este hombre que le ha inventado le dijera “coño, ¿qué tengo que hacer?”. Si la batalla fuera personal, si la lucha de cada uno desde su estrato sociocultural fuera ese pulso con Dios entre todos, conseguiríamos escarbar algo y saber algo. Eso le tenía envenenado. Cuando decía “yo soy unamunista”, estas salidas de tono, él pensaba que el ser humano era lo que era por procedimiento de ensayo y error, y por ser precisamente humanos tenemos todo el derecho a equivocarnos. Pero él vivía con tal pasión la vida que a él le daba igual: se daba de hostias con una pared, caía al suelo y seguía pegando al siguiente muro. Tiene una frase que dice mucho: “Para clavar un clavo hay que dar cien golpes en una herradura”. ¡Cien golpes fallidos! Él era un investigador y se sentía solo. Así que cuando alguien le decía “oye, sabio, que el año pasado casi te dan el Nobel, ¿tú que…?” ¡Y a ti que te importa! ¿Por qué no buscas tú por tu lado? El pobre chileno se llevó un rapapolvo de la hostia por preguntar a los demás en lugar de hacer por sí mismo, que es lo que tenía que haber hecho.

Unamuno era una mosca cojonera. Quería alentar a la gente, porque en realidad se sentía solo. Necesitaba saber, tenía una ansiosa e imperativa necesidad de desentrañar el puto misterio de la vida. Y veía que la gente iba en rebaño a la universidad y así curaban sus inquietudes. Él era más listo que eso, no las curaba así. Entonces optó por pensar que la línea personal de él solo, no; pero la de cada uno con cada uno… Era un hombre que no abogaba por el individualismo, pero pensaba que el rebaño no era la solución. El rebaño siempre tiene un líder y él no creía en líderes ni en gaitas. Creía que cada uno es un elemento y cada uno tendrá una pregunta que hacerle a Dios. Él tenía las suyas, tú pregúntale las que quieras. Era muy particular. Todas estas cosas —el guion, la historia, cosas que te cuentan, por ejemplo el maestro papirofléxico sobre una degeneración que tenía en sus manos— van aportando al personaje. No tengo por menos que hablar de Nacho Díaz, que me hace el trabajo de parecerme un poco a él. Cuando te ves con ese trabajo hecho, vestido por Sonia Grande y tan bien dirigido por Alejandro, la verdad es que la gente piensa que el trabajo lo has hecho tú solo, y un trabajo de estos, si le quitas todo esto, no hubiera llegado ni a menos de la mitad. Le tengo que agradecer a toda la gente que ha colaborado conmigo, que me ha ayudado a crear este personaje y que —esté bien o mal hecho el personaje, lo mismo reparto el oro que la mierda— está hecho por todos.

—¿Cuánto de Unamuno se lleva consigo?

"Él tenía mucha inquietud. En la vida sufre mucho más el listo que el tonto."

—Algo. Hay personajes que te dan. Prefiero que los personajes se parezcan lo menos posible a mí. Si soy menos yo me parece que hago más. Cuando me dan estos personajes, a veces tienes que quitarte piel, músculos, tendones, quedarte en un esqueleto y a ese esqueleto ponerle la piel de otro, el respirar de otro, el acento de otro, los tendones de otro. Sí que es verdad que cuando te metes tan profundamente en personajes tan particulares no los tienes que juzgar: si eres el malo, el asesino, el violador, no puedes todo el rato ir con la cara de malo, asesino, violador. El ser humano es poliédrico, nadie es todo el día tonto o bobo o simple o enjundioso o colérico o bondadoso. No. Somos poliédricos. Somos muchas cosas. Y él también lo era. Acabas intentando no perdonar, no justificar, sobre todo no juzgar. Y cuando te dicen que era un tío que daba unos bandazos, ves la historia y dices: “No, este tío era coherente consigo mismo y con su manera de pensar”. Coherente en su confusión. Coherente en su modo de entender la vida, coherente en sus pugnas con Dios, coherente en muchísimas cosas. Lo que pasa es que vivir de este modo y tan intensamente la vida, tan a tope, cuando te equivocas parece que estás dando bandazos o que eres un veleta o no tienes las cosas claras. Él tenía mucha inquietud. En la vida sufre mucho más el listo que el tonto. Los Einstein, los Unamuno sufren mucho más ante las cosas que no entienden de la vida. Los que no nos preocupamos por eso y vamos viviendo la vida somos más felices. Creo que fue un hombre rodeado de necesidad de saber que hizo muchísimas preguntas y obtuvo muy pocas respuestas. Y se dio muchas hostias. Una vida así no es sinónimo de felicidad.

—Decía Unamuno en uno de sus discursos (“El poder de la palabra”): “La palabra es lo vivo. La palabra es en el principio”. ¿Qué papel tiene la palabra su trabajo como actor?

"Hay gente que se pasa la vida mirando atrás. Mirar para atrás es saber que nos hemos perdido. Miro para adelante para ver qué vamos a encontrar"

 —Toda. El “venceréis pero no convenceréis” es el lema de la película, y es palabra. Decían lo mismo los primeros católicos: el verbo se hizo carne. Al nombrarlo lo creas. Lo primero fue la palabra. Lo primero fue follar para nacer y en el momento del nacimiento: la primera palabra fue un lloro. La palabra en la vida de Unamuno lo es todo. Era maestro en usar la palabra, y además era filósofo. Ese fue su defecto, ser a la vez literato y filósofo. El que es filosofo piensa y se devana los sesos, el que es escritor lo que piensa lo escribe. El que solo piensa, lo piensa. No todos los filósofos escriben. Él pensaba, sufría y lo escribía, y al escribirlo puedes gustar a unos y no gustar a otros.

¿Qué parte de él me llevo? También soy muy individual, muy particular. También creo que lo que somos lo hemos sido por procedimiento de ensayo y error. Lo que pasa es que yo no soy tan existencialista… Diría que soy un determinista. Soy bastante fatalista, pero no en lo negativo. Fatalismo de fatum. Creo que vamos a 45.000 kilómetros por hora en el universo, producto de una explosión, que se llama el big bang, eso es nuestro origen. Lo consustancial es dejarse llevar por la explosión. El que se deja llevar por la explosión es el valiente, el romántico, el generoso, el que progresa. A medida que seguimos explotando sigue abriéndose el infinito. Eso es progresar en sintonía, en consustancialidad con lo que somos en origen. Si somos carbono, si somos cesio, si somos cloro, si somos cadmio, si somos éter… Eso somos. En contrapartida, toda cosa que explota tiene una anti-explosión, que son esas personas que se dejarían las uñas en el útero materno para no nacer. Los llamo los quemacopérnicos, quemagalileos, terraplanistas. Estos de “yo no aborto, y tú tampoco”, que tienen miedo de su padre si creen en Dios. Si Dios es tu padre, no te puede querer mal. Temor de Dios: “No aborto pero tú tampoco”. “Yo no bebo, no delinco, pero tú tampoco…”. Es decir, los cobardes. Ante el big bang, lo consustancial es dejarse llevar por la explosión: es valiente, romántico, progresista, generoso y confiado. Lo contrario es lo contrario.

Yo ya no hablo de fascistas, comunistas, rojos, izquierdistas, de derechas… Hablo sólo de valientes y cobardes. Yo miro para adelante. Hay gente que se pasa la vida mirando atrás. Mirar para atrás es saber que nos hemos perdido. Miro para adelante para ver qué vamos a encontrar. Cada uno es de su madre y de su padre. Sé positivamente que cada uno de nosotros somos esclavos de nuestra genética, de nuestro carácter, sé que hasta la ideología (el abuelo siempre hablaba de los putos rojos, porque mi abuelo era un nacional que lo fusilaron los rojos, o el tío que a su abuelo lo fusilaron los nacionales…)… La izquierda y la derecha, abuelos aparte… Te haces mayor y empiezas a ver lo que puede ser justo o injusto. El miedo es perdonable. Deberíamos hablar (a la hora de hablar de ideologías y de modos de arreglar el mundo) desde ahí: desde el miedo, desde el valor, desde ahí. Al final establezco paralelismos, y es el verbo y es la palabra… Me parece que es más honesto decir “eres un miedoso” que “eres un facha”.

—Empezó usted trabajando en teatro y más tarde se pasó al cine, donde lleva 30 años trabajando. ¿Han dejado de ponerle las tablas?

"El teatro es el taller, el engrasarte, el cine es un ejercicio de interpretación muy importante, muy interesante"

—No. La última obra que hice fue El nombre de la rosa. Justo antes de Ocho apellidos vascos, estaba haciendo El nombre de la rosa, un espectáculo. Hacía el personaje de Baskerville, que hace Sean Connery en la película. Dos años antes, para el teatro Arriaga y a las órdenes del gran Ramon Barea, estábamos haciendo un espectáculo —con Toni Acosta, el difunto, mi gran amigo y gran actor Aitor Mazo, y otros grandes actores—, una obra de Howard Zinn que se llamaba Emma, la mujer más peligrosa de América. Era una mujer anarquista, revolucionaria, una mujer que fumaba e iba a los bares, cuando fumar e ir a los bares era poco más que ser una puta. Una mujer muy particular y con un par de ovarios. No, no lo acabaré de dejar del todo. Lo que pasa es que sí que es verdad que a raíz de Ocho apellidos vascos te salen muchas pelis. Si bien es cierto, y voy a hablar con sinceridad, que el teatro es el taller, el engrasarte, el cine es un ejercicio de interpretación muy importante, muy interesante. El cine es un ejercicio de saber llevar el raccord o la progresión dramática en desorden. Hay actores a los que se les da bien y a otros mal. El cine económicamente sale mejor. El teatro nutre más como actor, en los trabajos que se hacen sobre los personajes hay más trabajo de mesa. Tenemos dos meses para la pedagogía. En cine llegas y tienes que dar, no tienes tiempo. Una semana perdida son 400.000 euros. No te puedes permitir el lujo de perder un día porque alguien se haya atascado. En el cine hay que ser resolutivo. Son dos maneras distintas de trabajar y ambas dos me dan muchísimo respeto. No he abandonado el teatro. Me encanta y quiero volver a hacer pronto. El cine ayuda más a que no tengas telarañas en el frigorífico. Lo nuestro es pan para hoy y hambre para mañana. Siempre es así.

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Se acaba el tiempo de la entrevista y Karra Elejalde debe atender otros compromisos de promoción. Su mirada se ha encendido cada vez que ha hablado de las palabras en su trabajo, y, aunque haya abandonado ya la azotea que nos ha alojado, permanece esa luz, esa animosidad que ha inundado el espacio.

En esta tarde luminosa y socrática Carlos Elejalde Garay ha hilado fino, se ha desdoblado. Ha aparcado momentáneamente a Karra para enseñarnos su propia piel, mostrándose como es: ideas, músculos y tendones.

En esta tarde luminosa, en la que el actor no ha respondido a todas mis preguntas pero ha dado respuesta a muchas que no llegué a plantear, nos despedimos del hombre lúcido, poliédrico, coherente. Del hombre que sostiene la palabra como un eterno interrogante y que mira la vida de frente, con valentía y con pasión. Nos despedimos de Karra Elejalde, de sus preguntas que son respuestas y perpetúan, sus palabras que son, también, un pulso encendido e inagotable.

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