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La calle, un cuento de Eduardo Kahane

‘Two Human Beings (The Lonely Ones)’, Edvard Munch.

Hoy traemos uno de esos relatos duros, que nos muestran la realidad de tantas vidas. En la Escuela de Imaginadores nos apasionan los géneros de lo insólito, los que más retan la imaginación, pero también sentimos devoción por aquellos que saben radiografiar la vida con la lente realista y cuya mirada siempre nos arroja algo nuevo. Y esto es justo lo que hace «La calle», de Eduardo Kahane.

El imaginador Eduardo Kahane (Montevideo, Uruguay, 1944) es autor de los poemarios Contratiempos (Ediciones Vitruvio) y Los lugares y las sombras (Olé Libros). Titulado por la Universidad Hebrea de Jerusalén en Sociología y Antropología Social, ha ejercido de intérprete en organismos internacionales, fue profesor del curso para intérpretes del Polytechnic of Central London y primer director del curso de interpretación de lenguas de la Universidad de Salamanca. No dejen pasar esta lectura, porque «La calle» nos sumerge en el lumpen del centro de Montevideo y nos trae reminiscencias de la mejor literatura latinoamericana.

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La calle

La vida no fue clemente con Carlos, como si se hubiera ensañado con él. Su mejor época fue cuando dejó la calle y las malas juntas y se consiguió una changa como repartidor en el almacén de don Gregorio, en una esquina de la calle Reconquista frente al río. No tenía alma de ratero. El conventillo de la calle Guaraní tampoco fue buena escuela, ni los gritos de los niños tras una pelota y de los vecinos siempre a la gresca. Pero allí habían recalado sus padres, a tiro de piedra del muelle en que desembarcaron de Catania y al calor de paisanos con quienes, por lo menos, podían entenderse en siciliano.

En el almacén se sentía libre. Ayudaba canturreando a don Gregorio a mover los cajones de frutas y verduras, y además hacía el reparto a domicilio. Nada le gustaba más que salir a ese damero impreso en su memoria, de calles que empezaban en el río y terminaban en el puerto. Ya no tenía que esconderse de nadie. Ahora iba ligero, con un canasto lleno de vituallas sobre el hombro, silbando y a pleno sol. Era un muchacho robusto, de espaldas anchas, un mechón lacio, rebelde y negro le caía sobre la frente y reía con todos los dientes. Para el varoncito de don Gregorio, Darío, Carlos era una fiesta. Lo metía en el canasto como una vianda y lo llevaba por su itinerario de callejas, perros sueltos, zaguanes oscuros, escaleras y cocinas que olían diferente a la de su madre.

Sí, seguramente aquellos fueron sus mejores tiempos. Don Gregorio era un hombre estricto, pero justo. Le marcaba el camino, sin ambages ni levantar la voz, tan distinto de las estridencias del conventillo y de sus compinches, capaces de robar a sus madres un reloj de pulsera o un juego de cubiertos, recuerdos de familia, para empeñarlos en el Monte de Piedad y pagarse unas copas. Le fue gustando eso de amanecer sin resaca, sin que la luz de la mañana le estalle en las pupilas, iluminando en cambio, las dos cuadras hasta el almacén. Al llegar, sabía que encontraría a don Gregorio detrás del mostrador, erguido como un baluarte, con el orden de las cosas que envolvía a Carlos, en el que se sentía más ligero, más seguro y por una vez libre.

Se metió en el equipo de fútbol del barrio, El Hacha, que los domingos tenía partido en los potreros del final de Ciudadela, frente al Dique Mauá y el río. De pantalón corto y con una boina sucia encasquetada hasta las cejas, Carlos jugaba en un terreno recio y pedregoso que pasaba por cancha. Don Gregorio, entre distraído y paternal, paseaba a la familia por la rambla que bordeaba el campo de fútbol con el pequeño Darío bien sujeto, de la mano, no fuera a escapársele a la carrera al encuentro de Carlos en medio del partido, como sucedió una vez. Al encuentro de Carlos fue muchas veces, de Carlos jugador de fútbol, de Carlos Tarzán, dándose golpes en el pecho, AAAIOAOAA AAAIOAOAA, de Carlos rey de las pulseadas, héroe con don Gregorio, desafiando a gritos y a palo limpio a las ratas que infestaban la bodega. Era como de la familia.

Pero no era la familia. Cuando don Gregorio decidió vender el almacén Carlos se quedó huérfano por segunda vez. La primera fue de unos padres que no estuvieron para él, que en realidad no estuvieron ni para sí mismos. Rotos de añoranza, por la pobreza, la falta de oficio y sin una lengua que ayudara. Un círculo difícil de quebrar. El mundo de Carlos quedó vacío, sin rutas para el reparto, sin reloj que ordene el hacer y el tiempo, sin el sonoro «Buenos días, Carlos» de las comadres en el almacén, alejado de la torre de don Gregorio vigilando los límites, marcando el rumbo como un barco, proveyendo como un patriarca. Era el duelo. Volvió al conventillo con el rabo y los ojos caídos. Buscaba changas. A veces conseguía alguna en la estiba, descargando camiones, recadero de algún puesto del Mercado del Puerto y cuando no había otra, iba de canillita, se colgaba un cartón de linotipo del cuello y pregonaba el «Acción, Plata, Diariooo» por el Mercado del Puerto.

Pasaba las horas sentado en una piedra de la escollera, con las rodillas apretadas contra la barbilla y la vista perdida más allá del horizonte, quién sabe dónde, o en una mesa de boliche, pisando serrín, con el entendimiento ahogado en grappa. Los compinches de otro tiempo, amigos de las malas artes lo buscaban.

—¿Por qué no venís? ¿De qué tenés miedo?

—No. Yo ya no estoy en esa…

—Pero ¿de qué la vas? ¿De trabajador honesto? Está bien, vos si querés probá, pero con ese verso te vas a hundir en la miseria… ¿Vos te vistes la trucha que tenés?

Carlos no quería volver a las andadas. Dejó de jugar los domingos con El Hacha. No tenía ganas, ni fuerzas. Le daba vueltas a la cabeza, se preguntaba por qué don Gregorio no se lo llevó con él y se respondía a sí mismo: «Pero si don Gregorio está ya mayor y no quiere trabajar. Y bueno, me podría haber llevado de hijo. No seas imbécil, ¡Qué hijo ni qué nada! Él tiene un hijo, pero no sos vos… ¿No te das cuenta?». Se daba cuenta, pero no quería darse cuenta. Aquello quemaba como una grappa y se iba desvaneciendo después con otra y otra más. Empezó a rondar la noche del bajo, a buscar alivio en los boliches de coperas y marineros, por los quilombos clandestinos pegados al puerto, y se detenía a conversar con las mujeres que hacían la calle, o se paraban en un umbral sombrío, venidas del interior, brasileñas, sirvientas sin trabajo, huérfanas, caídas en desgracia, como él, que no tenía ni para pagarse una noche de consuelo. Las chicas buscaban clientes, no conversación, así que Carlos, con su lengua media beoda, seguía su ronda. Hasta que tropezó con Violeta.

Estaba paradita sobre el escalón blanco de un portal, bajando por la calle Ituzaingó, cerca del río. Carlos se detuvo y se quedó mirándola, su cuerpo menudo, la falda ancha sin tacones. Un fular rojo le envolvía el cuello. ¿Será una puta? —dudó.

—¿Venís? —Sin moverse, Carlos seguía mirándola—. ¿Querés pasar un rato conmigo? ¿Qué mirás, ricura, tengo monos en la cara? —E insistió—: ¿Vamos?

—No, no. Pasaba por aquí. Solo te estaba mirando.

—¡Mirá, nene, a mirar se va a la feria! Si no vas a comprar, despejá que me jodés el negocio.

—No sabía qué hacías aquí, es que no parecés, o sea que no parece que…

—Decilo. Sí. Que sea una puta. Mirá, sí, soy una puta. Pero dale, empezá a despejar.

Carlos no se lo creyó del todo, pero siguió andando. Un par de noches después, entonado por unas grappas, se encontró bajando por la calle Ituzaingó. Y la vio en la esquina de Reconquista.

—¿Vos otra vez? ¿No serás un poco pesado?

Y así fue varias noches hasta que quedaron en verse una tarde. Violeta era del interior, de un pueblito de Cerro Largo donde no había nada, ni gente, ni diversión, ni trabajo. Menuda, llevaba unas faldas anchas que se hacía copiando las que veía en revistas y seguía dos radionovelas. Alguien le dijo que en la capital podría tenerlo todo y se lo creyó. Durante un tiempo estuvo de empleada con cama en una casa, en Carrasco, pero sin horarios, ni sábados ni domingos, y con un patrón que en cuanto veía la oportunidad se le echaba encima. Se fue para limpiar casas por horas, pero no le daba ni para pagarse el cuarto. Y se echó a la calle.

Anduvieron horas por la rambla de piedra. El aire fresco junto al río fue despejando las nubes. Carlos se sintió escuchado. Alguien quería mojarse en agua pasada y se encontró contando una historia, que no había merecido el oído de nadie y que no empezaba en la Catania de sus padres, ni en el conventillo, sino en el almacén, con don Gregorio y ese niño Darío que abría grandes los ojos al verlo y lo escuchaba anonadado. Cuando empezó en el almacén creyó que estaba saliendo del agujero, pero se fue agitando con su propio relato, con su mal fario, «a ver, quién carajo me va a decir a mi qué es lo que no hice bien, ¿cómo se hace para salir del agujero si naciste en él…?  Ya sé que don Gregorio no es mi viejo, pero podía haber hecho algo, en vez de dejarme tirado», y se ahogó en un grito ronco que dolía oír, mitad llanto mitad rabia, mientras pateaba una lata.

Esa tarde acabaron en el cuartito de Violeta, al fondo de un patio cuadrado, sin plantas y sin luces, al que asomaban muchas puertas. Lo primero que vio Carlos al entrar en la minúscula habitación fue un aguamanil con pies de hierro junto a la cama sin hacer, y un armario abierto donde chillaban los colores de unos vestidos, lo único que no era pardo y desconchado en aquel tugurio. Otro conventillo.

—Vas a ver como encontrás una changa. Tené paciencia. —La Violeta de la rambla, abrigada en su cuartito se iba pareciendo cada vez menos a la que encontró en la esquina aquella noche, menos arisca, más conversadora.

El cuartito olía a kerosén, a humedad y miseria. Tenía algo de guarida, de crisálida oscura. Carlos empezó a quedarse algunas noches, se sentía bien allí y terminó trayendo sus pocos bártulos. En uno de sus raros días sobrios le prometió a Violeta que la sacaría de la calle si encontraba una changa regular, pero no la conseguía ni podría conseguirla en el estado en que se presentaba, desaliñado, arrastrando las palabras y con tufo a grappa hasta en la ropa. Violeta le soltaba unos pesos «para tus gastos» —le decía— que al principio Carlos rechazaba, pero terminó pidiéndoselos, por las buenas las primeras veces, y a golpes cuando estaba borracho, que era casi siempre. No la sacó de la calle, sino al contrario, empezó a vivir de la calle de Violeta y a montarle escenas de celos, y a pegarle por puta y arrastrada.

Volvió a ver a sus compinches de otros tiempos para ver si por allí había algo. Salió con ellos alguna noche, pero le dijeron que no volviera. Llegaba en un estado que no les servía ni de campana, flaco, arrastrando las chanclas —«es que se me hinchan las piernas», se justificaba—, amarillo, los ojos en blanco y sin fuerzas.

Solo Violeta lo visitó en el Hospital Maciel. Se sentaba junto a él, entre el olor a lejía que le picaba los ojos y las muchas camas y gemidos de aquella enorme sala, le aflojaba la bata sudada, le alcanzaba el vaso de agua si lo pedía, lo ayudaba a erguirse para beber y se quedaba mirándolo, por si despertaba y la reconocía. Una tarde, Carlos entreabrió los ojos y balbuceó el nombre de don Gregorio, que si iba a venir… Violeta no sabía dónde buscarlo. Al día siguiente encontró la cama de Carlos vacía, por la noche había terminado de irse.

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