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La estética surrealista de la insurrección

La estética surrealista de la insurrección

Resulta estimulante encontrar una antología que no se mueva por intereses ajenos a «los valores literarios» que proponía Azorín en su ensayo homónimo. Sobre todo, en estos tiempos en que figurar en una antología podría equivaler a ser invitado a la «casita» de la poesía más por fama o amistad que por obra. Pero ¿cuáles deberían ser esos valores? ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Con qué autoridad se establece el canon? La llama ebria: Antología de mujeres poetas del surrealismo, coeditada por Bartleby y La Torre Magnética, no solo rescata a una nómina imprescindible de uno de los movimientos artísticos más brillantes del siglo XX, sino que revela los engranajes de la invisibilización.

Un antólogo de poesía se enfrenta casi siempre al dilema de la selección, más aún cuando los autores campan cercanos a su círculo. Las susceptibilidades egoicas pueden causar estragos en la difusión de una obra a la que algunos no han sido invitados: surgen asperezas, reproches y recelos que al final podrían desembocar en desprestigio. En cambio, cuando todos o casi todos los poetas seleccionados hace tiempo que crían malvas, la labor fluye con menos detonantes. Si continuamos con este campo semántico no minado, sino florido, y teniendo en cuenta la etimología de la palabra «antología» —del griego anthología, una recolección de flores—, antologar sería algo así como componer un ramo con voces escogidas.

"En La llama ebria, la revisión feminista del canon aporta un soplo de aire fresco precisamente porque no obedece a una lógica de cuotas, sino a una auténtica reconsideración crítica del valor literario de estas autoras"

Lurdes Martínez, coordinadora y prologuista de La llama ebria —además de poeta y figura activa del surrealismo español contemporáneo—, no se conforma con armar un ramo para un florero, sino que aspira a ese campo abierto y sin cercas donde aún germinan las simientes. Con un criterio crítico y sobradamente documentado, constata la resistencia de las obras en el tiempo, concediendo a las poetas antologadas el lugar que merecen más allá de su grado de permanencia o distanciamiento respecto del movimiento. Para aquellos lectores acostumbrados a saltarse los preliminares, merece mucho la pena detenerse en el prólogo, una suerte de ensayo breve, lúcido e iluminador, que incita a ampliar la lectura de estas voces y a seguir el eco de otras que aguardan a ser rescatadas. Las razones —muy bien argumentadas— de que aún continúen en la sombra no remiten a una participación secundaria en el grupo, como han querido sugerir algunas lecturas reduccionistas, sino más bien a las inercias de canonización que durante décadas las mantuvieron en el limbo de las musas.

En La llama ebria, la revisión feminista del canon aporta un soplo de aire fresco precisamente porque no obedece a una lógica de cuotas, sino a una auténtica reconsideración crítica del valor literario de estas autoras y de su papel decisivo en la fundación del surrealismo como estética revolucionaria. También es notable la defensa que hace del surrealismo como una actitud combativa, incómoda para cualquier oficialidad institucional y resistente a toda instrumentalización académica que lo reduzca a consigna, etiqueta o expediente de género.

"La selección de las diecinueve poetas se organiza con una lógica histórica sólida, siguiendo la cronología de los acontecimientos más relevantes posteriores a la fundación del movimiento"

Lurdes Martínez dedica una parte sustancial del prólogo a profundizar en los aspectos sociopolíticos que fueron resquebrajando al grupo durante y después de los conflictos bélicos del siglo XX hasta casi hacerlo saltar por los aires. La necesidad de alzar la voz contra los estragos del fascismo precipitó el paso a la acción y abrió una grieta entre quienes defendían la autonomía estética de la poesía y quienes creían necesario convertirla en un arma de combate. El surrealismo surgió como un acto de protesta contra el pensamiento racionalista, utilitario y moralmente vigilado y acabó enfrentándose a su paradoja mayor: convertir la liberación del sueño, del deseo y del inconsciente en una forma de intervención política.

La selección de las diecinueve poetas se organiza con una lógica histórica sólida, siguiendo la cronología de los acontecimientos más relevantes posteriores a la fundación del movimiento. Tras la publicación del Manifiesto del surrealismo de Breton en 1924, se instala una nueva manera de relacionarse con el mundo: subversiva, desobediente, provocadora. La poesía se convierte en otro medio de liberación del espíritu mediante un lenguaje espontáneo y automático que irrumpe desde el inconsciente. Se exaltan el deseo, el erotismo, la imagen hermética, lo onírico, la metáfora y lo maravilloso. En manos de las surrealistas, lo femenino deja de ser mero objeto de culto para convertirse en la fuerza creadora de una mitología propia e insurrecta. Valentine Penrose, Gisèle Prassinos, Alice Rahon, Claude Cahun, Mary Low, Ithell Colquhoun e Irène Hamoir son las elegidas en este primer brote.

"A finales de los años cincuenta y, con mayor intensidad, en la década siguiente, el surrealismo reactiva su espíritu antitotalitario y anticapitalista en un clima histórico que desemboca en el Mayo francés"

Los conflictos bélicos y la agitación política previa a la Segunda Guerra Mundial marcan un hito en el futuro del surrealismo al obligar al movimiento a confrontar la violencia histórica, el exilio y la acción clandestina. En este territorio de resistencia destaca Laurence Iché, vinculada a La Main à plume, el grupo que mantuvo encendida la llama surrealista en el París ocupado, mientras Breton y buena parte del núcleo histórico permanecían en el exilio. Más adelante, en la posguerra, Joyce Mansour, Unica Zürn e Isabel Meyrelles prolongarán la fuerza hermética del movimiento desde el cuerpo, reinventando el mito con una imaginación feroz.

A finales de los años cincuenta y, con mayor intensidad, en la década siguiente, el surrealismo reactiva su espíritu antitotalitario y anticapitalista en un clima histórico que desemboca en el Mayo francés. La muerte de Breton en 1966 y el intento fallido de disolución del grupo parisino no logran apagar la llama; lejos de ello, favorecen un efecto de expansión internacional. Marianne Van Hirtum, Annie Le Brun y Penelope Rosemont encarnan esta continuidad ensalzando la belleza, con todo su resplandor y autonomía, como forma de insurrección.

En las décadas posteriores, el surrealismo goza de una expansión decisiva con la creación de «centros de acción» tanto en Europa como en el continente americano. Alena Nádvorníková en Praga, Carmen Bruna y Silvia Guiard en Argentina, Aase Berg en Suecia y Beatriz Hausner en Canadá continúan reforzando el movimiento ya emancipadas del eje parisino. La imagen surrealista se impregna de la herencia simbólica de los nuevos territorios: lo mítico, lo animal y lo biológico se incorporan a la acción colectiva como un imaginario de resistencia que aún pervive en nuestros días.

"El mundo percibido como extensión de la propia carne: una prosopopeya somática que provoca una reacción allí donde ocurren el gozo y la herida"

La traducción de los poemas, firmada por los poetas Eugenio Castro y Jesús García Rodríguez —vinculados al Grupo Surrealista de Madrid—, es exquisita. Ambos abordan los textos desde el nervio vivo del surrealismo y logran preservar el fulgor, la extrañeza y la respiración original de los poemas. Merece una mención especial Eugenio Castro, cuya vida no alcanzó, desafortunadamente, a ver el libro editado. Se agradece, además, la disposición de la versión original a pie de página, una elección habitual en las ediciones bilingües de Bartleby que favorece el diálogo entre el texto traducido y el original.

La represión es un detonante verbal poderosísimo que actúa dentro y fuera de las fronteras del cuerpo. El mundo percibido como extensión de la propia carne: una prosopopeya somática que provoca una reacción allí donde ocurren el gozo y la herida. Mientras Eros y Tánatos sigan disputándose el cuerpo, habrá surrealismo más allá de cualquier lugar cerrado con puertas. Ya sabemos que ambas deidades son irreductibles. Esta antología también lo es; una provocación deliciosa y la primera de mujeres poetas surrealistas publicada en España. Un acontecimiento editorial para celebrar.

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Autor: Lurdes Martínez (ed.). Título: La llama ebria (Antología de mujeres poetas del surrealismo). Traducción: Eugenio Castro y Jesús García Rodríguez. Editorial: Bartleby y La Torre Magnética. Venta: Todos tus libros.

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