En una época en la que la vieja relojería del mundo ha sido sustituida por la tiranía del cronómetro digital, y en la que toda avería se resuelve ya no con arreglo, sino con descarte y reemplazo, un libro titulado Taller de relojería suena casi anacrónico. Alejandro Céspedes se sale de la órbita poética pautada y se encierra en este libro, editado por Averso, para pensar el mecanismo del daño en este bucle histórico que no deja de repetirse bajo nombres distintos.
En la primera parte, «El relojero del mundo», retoma la premisa de Francis Ponge —que concebía al poeta como un mecánico-relojero capaz de arreglar el mundo—, para abordar el daño histórico acumulado y rescatar del tiempo las piezas que parecen haberse quedado enganchadas en la mecánica de la catástrofe. El pasado y el futuro hacen oscilar las manecillas del reloj de un lado al otro, entremezclando ensoñación y memoria como si ambas fueran lo mismo. El presente, en cambio, como el cristal de la esfera, oculta la maquinaria cotidiana y refleja lo que queda del hombre cuando se hace añicos. La violencia, la repetición del desastre y el espectáculo mediático forman parte de un sistema que desgasta sus piezas y distorsiona una realidad cada vez menos reconocible. La escenografía del horror no se centra en la tragedia sino en la obscenidad de su exhibición: la guerra como circo, la destrucción en los escaparates del daño «en cada telediario, / varias veces al día». Un reality show que no logra saciar la perversión humana, sino que la intensifica, sostenido bajo la mirada del «ojo incalculable de la muerte», única beneficiaria de este espectáculo grotesco de aniquilación. Y, sin embargo, Céspedes consigue levantar un paisaje simbólico de una belleza extraordinaria. Quizás sea verdad que la poesía —cuando lo es—, funciona como bálsamo o placebo ante la barbarie. Resulta especialmente lúcida su visión del fin del mundo y la premonición de sus únicos supervivientes.
En la segunda parte, «El relojero del ser», el poeta desplaza el foco del daño hacia el interior. Como el fenómeno neuropatológico de los cuerpos de Lewy, la memoria revela su mal funcionamiento, su deriva y su incapacidad para componer una imagen estable del yo. El miedo a padecer de Alzheimer, demencia o Parkinson, hace del sujeto un mecanismo susceptible a la avería, sin posibilidad de reparación, como un juguete de cuerda atascado que insiste en continuar en movimiento frente al obstáculo. El cuerpo expuesto como superficie de tiempo con sus «formas inexactas», resistiendo una «vida ontológicamente despreciable». El sentido trágico de la vida que formulara Unamuno, se desplaza aquí hacia una dimensión sistémica y mecánica. Un fallo persistente que convierte al hombre en un animal indeciso, parafraseando a Valéry, y resquebraja el único fragmento que cree poseer: su memoria. Una memoria intervenida por la conciencia selectiva. Recordar lo que conviene según las circunstancias o perderse entre el desorden de las sombras frondosas de los árboles talados o caídos. ¿Qué queda entonces del hombre cuando se oxida hasta el recuerdo de lo que es sin nada que rellene su carcasa? Incluso la existencia de la naturaleza cobra sentido al perecer, nutre la tierra con sus restos cumpliendo con el pacto del ciclo vital. No así los despojos humanos escondidos en urnas o en cajones de madera. La muerte no logra siquiera acabar con el deseo de exhibición.
Lo más potente de Taller de relojería es su lucidez desbordante y la forma en que Alejandro Céspedes se consolida una vez más como poeta referencial: su capacidad para construir un universo de imágenes y símbolos propios que permanecen en la conciencia del lector como un sistema de resonancias visuales desde el que se interrogan los enigmas de la existencia. El libro es un campo sembrado de metáforas que estallan en los ojos como granadas de racimo. Refulgen, brillan y conmocionan sin estridencias, como ocurren las cosas verdaderas.
Al cerrar el libro, el mundo seguirá funcionando igual de mal, pero lo hará bajo una mirada diferente, más luminosa y caleidoscópica. Y eso ya es, en sí mismo, un mecanismo de lectura que funciona con precisión de reloj suizo.
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Autor: Alejandro Céspedes. Título: Taller de relojería. Editorial: Averso. Venta: Todos tus libros.


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