Ilia Topuria ha perdido sus cinturones de campeón de eso que ahora se llama artes marciales mixtas. En realidad, ha debido retirarse por las heridas sufridas ante Justin Gaethje, un bicharraco de Arizona con el suficiente arrojo y falta de miedo como para enfrentarse al luchador español y someterse a un persistente intercambio de guantazos digno de cualquier película de Chuck Norris. No sé si habrán visto otros espectáculos de este calado, aunque sea en un resumen, pero, para que se hagan una idea, las bofetadas suenan como cuando éramos pequeños, usábamos las puertas de los garajes de improvisadas porterías y aquellos balones Mikasa impactaban contra la chapa con un estruendo que asustaba a la señora que vivía en el 1ºA.
Quien más, quien menos ha presenciado algún reparto de cachetes en su vida. En mis años de BUP era corriente que dos que no se soportaban o habían reñido se citaran después de clase para “aclarar conceptos”, pero en cuanto uno de los dos se tambaleaba, caía o exhibía una ceja abierta teñida de bermellón, todos dábamos por finalizado el lance y les separábamos para que la cosa no fuera a mayores. Visto desde los pudorosos ojos de la sociedad actual, seguro que nuestra actitud tenía poco pase, pero les conmino a ver un asalto de este deporte y observar cómo, pese a tener menos posibilidades de supervivencia que Robinson Crusoe en una isla remota, los puñetazos siguen cayendo sobre el rostro del contendiente que yace sobre la lona hasta que el árbitro se asegura de que no puede continuar. Todo, por supuesto, entre bramidos del público que jalea la zapatilla hasta el fin. Y ahí caben multitudes de calificativos: salvaje, extremo, desnortado, doloroso, inclemente y, según dicen los que lo practican, noble.
Topuria siempre me ha parecido un atleta total, experto y consciente de los engranajes que debe mover para que su deporte genere la cantidad (ingente) de dinero que paga su bolsa. Aun así, en esta ocasión me viene un halo similar a lo que ocurría en esa obra maestra del cine palomitero que fue Rocky III. El personaje de Sylvester Stallone pasaba su periodo de aprendizaje y entrenamiento haciendo malabarismos entre apariciones televisivas, lucrativos anuncios y presentaciones públicas. Mientras, Mr. T le daba al saco hasta arrancarlo de cuajo de su gancho y sudaba tanto como los cincuentones que pretendemos estar desnudables cada verano. Si han visto la cinta, saben que el potro italiano cae sin remedio ante el que más tarde fue miembro del Equipo A.
Quién soy yo para saber si antes del combate debe celebrar cenas o comidas con amigos importantes. Lo habrá hecho diez veces y en todas arrasó con su contrincante. No sé si ha confiado en exceso o ha sido sorprendido. Es muy posible que ahora surjan los que siempre están agazapados esperando la debacle para arreciar como una tormenta de verano, aseverando que el plan de pelea no fue el correcto. Quizá convenga señalar que al final de la segunda ronda, Ilia tiene en el suelo a su némesis y sólo la campana lo salva de un final bien distinto. Y también destacaría que si yo me subiera a ese coliseo del siglo XXI que es el octógono, me pasaría las presentaciones buscando la puerta de salida para escapar, como un cristiano en Roma tratando de evitar a tigres o gladiadores.
Perder forma parte del juego y esta vez ha salido cruz. Antes de pensar en si la vida da revancha, que la da, convendrá recuperarse de una embestida tan lesiva. Aquí es donde, a colación del presente mundial, me vienen a la cabeza las piruetas futboleras cuando un rival les rasca un poco la pantorrilla. Ilia no dejó de mirar de frente a esa máquina de golpear que se le acercaba una y otra vez. En la segunda entrega de las hazañas de Balboa, el boxeador de Filadelfia abandonaba el cuadrilátero sujetado por los brazos de su querida Adrian y su inseparable Paulie, casi como lo hizo Topuria del estrado levantado en la Casa Blanca. Llegará el momento del desquite, de la aceptación y de las decisiones, sean las que sean. Por ahora, lo único cierto es que para subirse a ese ring, para afrontar eso que a mí me parece tan temible sin saber si saldrás consciente o por tu propio pie, hay que tener unas agallas duras y resistentes, tanto como aquellos balones Mikasa de mi juventud. No puedo verlos ni en foto. Tiemblo.


Siempre divertido y entretenido Don Alfonso. Muy grande!!