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La guerra de siempre

La rutina implacable que nos arrastra cada día viene escoltada por el tedio y el hastío que, en innumerables ocasiones, nos atraviesa como un rayo invisible. Vivimos constantemente con una lista kilométrica de asuntos pendientes por hacer colgada del cuello, como un yugo que nos obliga a agachar la cabeza y centrar nuestra atención en asuntos absolutamente banales. Las notificaciones de los teléfonos reclaman nuestra atención cada pocos minutos, creando la necesidad de cogerlo y mirar su pantalla por puro hábito y dependencia. El trabajo ya no se limita a su horario laboral, sino que se extiende a las veinticuatro horas del día, al tener que estar atento al grupo de WhatsApp de la oficina. Conozco, incluso, a gente que no es capaz de levantar la mirada del smartphone para responder al que tienen delante, provocando un silencio vacío de absoluta indiferencia que bien podría saldarse con un buen tortazo en la oreja.

Si nos descuidamos, los árboles, el cielo y las personas que nos quieren corren el riesgo de sumirse en una escala de grises, mientras que todo el color se lo adjudican las pantallas de retina, Full HD, 4K y la madre que las parió.

"Aunque sea un proceso de apariencia desagradable, privarse de todo durante unas semanas tiene un carácter sanador que nos hace volver a conectar con la realidad"

Maldita la gracia cada vez que me notifican que debo pasar varios meses lejos de casa, navegando entre cuatro chapas oxidadas, con el ruido de los motores clavado en los tímpanos y el olor a combustible impregnado en el uniforme. Saberse aislado y privado del 5G, ese éter artificial sin el que casi nos cuesta respirar, puede llegar a provocar cierta ansiedad durante los primeros días. Pero, como el alpinista que hace noche en el campamento base, a medida que paso el tiempo rodeado únicamente de mar, experimento cómo los pulmones se van ensanchando. La mirada vuelve sola a su posición original y se va limpiando, adquiriendo así el azul que lo rodea todo el tono que le corresponde por naturaleza. Las gaviotas me sorprenden en su dominio del cielo con esas piruetas, como si nunca hubiesen estado ahí y fuese la primera vez que las observo. Que las descubro de verdad. Estamos haciendo cosas continuamente, estamos convencidos de que el secreto de la vida consiste en la acción cuando, en realidad, todo parece tomar su verdadera forma en los silencios. El perfil de los continentes difuminados en el horizonte, como fabricados del mismo material intangible del que están hechos los sueños, me recuerda lo lejos que me encuentro de mis seres queridos, y es entonces cuando la certeza me cae encima como un yunque al recordar las muestras de cariño que he pasado por alto al centrar mi atención en el timeline del Instagram, en aquel tweet o en el meme del ganador de Eurovisión con la nariz manchada.

Aunque sea un proceso de apariencia desagradable, privarse de todo durante unas semanas tiene un carácter sanador que nos hace volver a conectar con la realidad. Y para ello, siempre es recomendable acompañarse de buenas lecturas que faciliten este largo camino al interior.

"Admiro a Carrère, sí. Y lo admiro porque es capaz de separarse del corsé de los géneros y la ficción para desnudarse sin tapujos"

En esta aventura al continente africano me he vuelto a llevar en la mochila de combate a uno de los autores que ya ha compartido conmigo más de un camarote. Enmanuel Carrère nos vuelve a regalar con Yoga (Anagrama, 2021) una de las narrativas más honestas del panorama editorial. En los primeros capítulos experimentaremos el retiro espiritual de diez días al que se somete el autor, mientras descubriremos algunos conceptos sobre las bases más elementales del yoga descritas sin tapujos ni argucias, con una claridad y una sencillez difíciles de encontrar en el mundo del misticismo. Seremos testigos de la profunda depresión con tendencias suicidas que lo llevó a ser hospitalizado durante varios meses, del terrorismo islamista o del drama de los refugiados. Admiro a Carrère, sí. Y lo admiro porque es capaz de separarse del corsé de los géneros y la ficción para desnudarse sin tapujos ante sus lectores. A día de hoy, no concibo mejor definición de lo que debería ser la literatura.

Como también admiro la obra de Alejandro Céspedes: cruda, descarnada e incluso oscura, pero de una lucidez encomiable. En su último poemario, La infección de lo humano (Huerga y Fierro editores, 2021), vamos a seguir disfrutando de la senda que abrió con El aliento del Klai, un libro inspirado en el documental Los niños de Leningradsky, que trata sobre la indiferencia de la sociedad con los niños de entre 8 y 14 años que sobreviven abandonados como vagabundos en la estación de metro de Moscú, adictos a esnifar un pegamento al que llaman Klai. Una obra desgarradora que se complementa con esta última, La infección de lo humano, un poemario que analiza el papel de la humanidad a lo largo de la historia y las miserias que siempre han acompañado al hombre creador de esta sociedad sucia y estratificada que compartimos cada día, basada en leyes de papel, apoyada en dioses que murieron hace mucho tiempo y con preferencia siempre por el brillo de la falsa moneda, más que por el de la propia vida.

Los que leéis mis artículos desde hace años sabéis que me considero un analfabeto poéticamente hablando, ya que no he leído ni la mitad de poesía que de narrativa a lo largo de la vida. Pero es que este autor, además de ser uno de los cuatro o cinco poetas más reconocidos de nuestro país, es un filósofo que transmite sabiduría de pensamiento, madurez y clarividencia en cada uno de sus versos. A Alejandro Céspedes hay que leerle sí o sí, independientemente de los gustos narrativos que pueda tener cada uno, ya que su literatura transciende a todos los géneros.

"Víctor del Árbol vuelve a elaborar una trama pausada pero estimulante, con unos personajes que son de carne, piel y huesos"

El hijo del padre ha sido otra de las lecturas que me han colmado de emoción en este viaje por el Mediterráneo. Que Víctor del Árbol sea uno de mis referentes tampoco es nada nuevo, solo tenéis que daros un paseo por mis redes sociales o leer este artículo que escribí hace ya algún tiempo para saber que me entusiasma la narrativa de este autor, e incluso que puedo llegar a envidiarla con esos celos saludables que nos brindamos muchas veces los escritores. En esta última novela, Víctor vuelve a elaborar una trama pausada pero estimulante, con unos personajes que son de carne, piel y huesos, y donde una de las protagonistas será la pregunta «¿qué es lo que destruye a un hombre?». Una novela robusta, bien tratada, con algunos giros argumentales que hacen temblar los dientes y que reafirma a Víctor del Árbol como una de las mejores voces narrativas en español de la última década.

Y si hay un souvenir, un recuerdo que guarde para toda la vida en la memoria de este viaje, será haber descubierto a Mircea Cărtărescu, uno de los autores rumanos más reconocidos en el mundo y al que incluso comparan con Kafka, Borges, Cortázar o Kundera. Para empezar, la edición de la editorial Impedimenta es una pasada. Ojalá este tipo de ediciones tan cuidadas sirvan de refulgente para que el relato, ese formato tan olvidado en el sector editorial, siga ganando terreno y esté cada vez más presente en las estanterías de las librerías. El Ruletista (Impedimenta, 2010) cuenta la historia de un muerto de hambre que hace fortuna a cambio de jugarse la vida constantemente en la ruleta rusa. Una lectura profunda, una metáfora entre el oficio de la escritura y el cañón de una pistola en las sienes, un relato que a todo escritor le gustaría escribir. Traducido y trabajado de una manera magistral por Marian Ochoa de Eribe, El Ruletista será una de esas lecturas a las que volveré una y otra vez para seguir disfrutando y aprendiendo de la buena literatura.

Me despido de vosotros con un verso de mi paisano Juan José Téllez, uno de los poetas que más ha trabajado por el mundo de la cultura en la provincia de Cádiz en los últimos años, además de cosechar un gran reconocimiento gracias a su amplio bagaje editorial y profesional. Con su último poemario, Los amores sucios (Aguilar, 2021), rompe un silencio poético de diez años en el que puede respirarse el lastre del paso del tiempo, la vejez, la pesadumbre de la soledad y la melancolía de aquellos amores que se fueron y nunca volverán.

Dejemos que la vida cumpla con su trabajo
y, al pairo de los años, como una nave rota,
detenga su deriva, corrija su viaje
y lleve tu corazón a donde tu corazón te lleve.

Después de esta navegación, solo me queda disfrutar de unos días de permiso en familia, junto a los míos, viendo la verdad de los ojos y la mentira de las pantallas. Aprender y poner en práctica todo lo que me ha enseñado el silencio y estos escritores, que comparten su experiencia sobre la vida a través de los libros.

Ser fuerte y hacer todo lo que esté en mi mano por atrasar la indiferencia y la apatía que me volverá a someter con el paso de los días.

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