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La llamada de… Alicia Kopf

La llamada de… Alicia Kopf

Foto de portada: Aniol Resclosa

Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo para muchos más confuso: la literatura.

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El primer seudónimo de Imma Ávalos no fue Alicia Kopf, sino otro que adoptó durante un concurso interescolar de redacción celebrado en su ciudad natal: Girona. El profesorado había convocado a los estudiantes mejor dotados en el arte narrativo, adolescentes de todos los centros educativos abarrotaron el salón de actos, había tantas hormonas en el ambiente que parecía que se iba a celebrar antes una justa medieval que un certamen literario. Los aspirantes habían presentado sus trabajos bajo lema y plica, y ahora tocaba levantarse y desvelar su identidad. Los alumnos de los colegios privados habían elegido sobrenombres tipo “Son Goku”, “Luke Skywalker” o “El Príncipe Valiente”, mientras que los de los institutos públicos habían sido más mundanos, como de hecho se demostró cuando Imma Ávalos —la alumna de quien todos decían que acabaría siendo pintora o escritora— desveló a voz en grito su alias: “Pastanaga negra” (“Zanahoria negra”). Años después, aquella misma chica, ya convertida en universitaria, se puso un seudónimo algo más serio, Alicia Kopf, y se lanzó al asalto de galerías de arte y librerías.

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No han sido pocos los escritores que han enmendado los errores nominativos de sus padres mediante la adopción de un seudónimo. Emil Cioran firmaba como E. M. Cioran porque le parecía más melódico. No le gustaba el nombre de Émile porque, a su entender, tenía una resonancia demasiado cálida para la severidad con la que quería revestir su obra, y lo redujo a una simple inicial a la que, además, añadió una eme. Los lectores creían que esa letra correspondía a Michel o Mihai, pero lo cierto es que no provenía de ningún nombre, sino de un intento de emular a su admirado E. M. Forster. En cuanto a François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, existen varias teorías sobre el origen de su nom de plume, siendo la más admitida que se trata del anagrama de Arouet L(e) J(eune), es decir, Arouet, el joven, con la trampa de convertir la u en una uve y la jota en una i.

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Cuenta la leyenda que el oficial que inscribió a José de Sousa en el Registro Civil se había tomado una copa de más y que, cuando anotó el nombre del recién nacido, le añadió el mote con el que los vecinos solían burlarse de su familia: los Saramago. El jaramago es ese hierbajo de flores amarillas que en primavera cubre los campos y los arcenes de las carreteras, y también es la planta con la que antaño se alimentaban los pobres. Por suerte, hoy es uno de los apellidos más importantes de la literatura europea, y todo gracias a un oficinista que empinaba el codo. Ahora bien, para apodos memorables, ninguno como el adjudicado a Aristocles por su profesor de gimnasia: Platón, que se puede traducir como “el de espalda ancha”.

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También hubo escritores que abreviaron su nombre para ocultar el trabalenguas con el que fueron bautizados, como Jovellanos, que en verdad se llamaba Baltasar Melchor Gaspar María de Jove Llanos y Ramírez: como Valle-Inclán, que era Ramón José Simón Valle Peña; y, sobre todo, como Salman Rushdie, cuyo apellido de origen cachemir resultaba tan difícil de pronunciar que su propio padre lo sustituyó por el de Averroes, filósofo andalusí cuyo nombre en árabe fue Abu I-Walid Muhuammad ibn Ahmad ibn Rushd.

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Y por último, están los escritores de nombres épicos. Ahí tenemos a Anna Ajmátova, cuyo padre le prohibió asociar el apellido familiar a una ocupación tan indigna como la poesía, motivo por el cual adoptó el apellido tártaro de su abuela, Ajmátova, quien decía descender del conquistador mongol Gengis Khan. Una ambición menos genealógica, aunque igual de grandilocuente, animó a los padres de Arthur Conan Doyle, que pusieron a su hijo ese nombre para ligarlo por siempre a las leyendas artúricas, y también a los de Roald Dahl, que quisieron homenajear con el bautismo de su hijo a Roald Amundsen, explorador noruego cuya conquista del Polo Sur precisamente rememoró Alicia Kopf en su novela Germà de gel / Hermano de hielo.

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La última novela de Alicia Kopf es Memòria d’Eco (L’Altra).

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