Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo para muchos más confuso: la literatura.
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Luis Sagasti no se habría hecho escritor si su abuelo Serafín no le hubiera regalado los doce tomos de la enciclopedia juvenil Lo sé todo (Larousse, 1959). El abuelo Serafín, abogado comprometido con la libertad, a quien el mismísimo Raúl Alfonsín nombró presidente de la comisión que habría de investigar las desapariciones en la región pampeana de Bahía Blanca durante la dictadura militar, ese abuelo Serafín, decimos, regaló a su nieto una enciclopedia cuyos artículos no estaban ordenados alfabéticamente, sino distribuidos del modo más aleatorio que uno pueda imaginar. A efectos prácticos, esto significa que, si la primera entrada hablaba del confucianismo, la segunda lo hacía sobre la alimentación del oso panda, la tercera sobre la conquista del Oeste, la cuarta sobre la musculatura del cuerpo humano y así hasta la última de las páginas de un libro tan misceláneo como en verdad azaroso. El niño que fue Sagasti leía aquellos textos —y contemplaba las ilustraciones que los acompañaban— convencido de que su orden disparatado era realmente el orden del mundo, y hoy, cuando se sienta a escribir un libro de relatos, por ejemplo La realidad absoluta (Eterna Cadencia), resulta que arranca un cuento hablando de Martin Heidegger y lo termina contando, cuando no la historia de los querubines que se comieron a un ermitaño, sí la del compositor que se apostaba en una esquina de la Sexta Avenida disfrazado de vikingo. Y así construye sus narraciones Luis Sagasti: uniendo con hilos invisibles —y a menudo viscosos— realidades que a los demás nos parecen del todo distantes.
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La madre de Luis Sagasti devoraba novelas de Corín Tellado; el padre, historietas de aventuras y ejemplares de la Pinacoteca de los genios (Codex, 1965). Una familia de clase y gustos medios, pues, que confiaba tanto en la cultura como ascensor social (y moral) que no dudó en educar a sus hijos en el arte de leer en la cama. De hecho, desde que inculcaron aquella costumbre al pequeño Luis hasta que decidió que algún día él mismo sería escritor, pasaron por su cama —en este orden— Julio Verne, Emilio Salgari, Agatha Christie, Henry Miller, Graham Greene, Jorge Luis Borges, Franz Kafka y tantos otros narradores de quienes todavía hoy guarda un grato recuerdo. Tan grato que, cuando le pedimos que resuma su infancia en una única imagen, evoca las ocasiones en que, siendo todavía un niño, se quedaba dormido con un libro abierto sobre el pecho.
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Ahora bien, hay otra imagen que asalta la memoria de Luis Sagasti cuando trata de vincular su juventud con la cultura: la de sus inicios como ilustrador. La afición le vino cuando un día, en el colegio, tal vez durante una de esas clases de matemáticas que tanto disfrutaba, vio a un compañero, si no recuerda mal de nombre José Manuel, dibujando una historieta en el cuaderno de ejercicios. Sagasti observó los garabatos de su amigo y al instante pensó: “Yo también puedo hacer eso”. Y fue así como cogió un libro de la biblioteca, concretamente la Odisea de Homero, y se lanzó a dibujar cíclopes, sirenas y al más astuto de los marinos. Cuando terminó, guardó aquellos bocetos en una caja de latón y, tras marcar el lugar en un mapa del tesoro confeccionado para la ocasión, la enterró en el jardín de la casa de sus abuelos. A partir de entonces, cada vez que dibujaba una nueva historieta, desenterraba el cofre, guardaba las hojas dentro y volvía a meterlo en el agujero. No recuerda en la actualidad qué ocurrió con aquella caja; es posible que siga escondida en el mismo sitio y que alguien levante algún día un edificio encima.
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Luis Sagasti acaba de publicar La realidad absoluta (Eterna Cadencia).


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