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La pirámide del fango, de Andrea Camilleri

La pirámide del fango, de Andrea Camilleri

Montalbano no está dispuesto a mirar hacia otro lado y, fiel a su carácter, no cejará hasta llegar al fondo de la cuestión; sin embargo, hay algo que no encaja: ¿por qué la víctima se arrastró para morir dentro de un tubo de canalización del agua? Con esta pregunta arranca la nueva entrega de Andrea Camilleri, La pirámide del fango. Zenda te ofrece un fragmento de este libro.

 

El restallido del trueno fue tan fuerte que Montalbano no sólo se despertó de golpe y porrazo con un buen susto en el cuerpo, sino que además por poco se cayó de la cama del gran respingo que dio.

Hacía más de una semana que llovía a cántaros, sin un minuto de tregua. Se habían abierto las cataratas y no parecía que tuvieran intención de cerrarse nunca más.

Y no sólo llovía en Vigàta, sino en toda Italia. En el norte, había habido desbordamientos e inundaciones que habían provocado daños incalculables y obligado a desalojar unos cuantos pueblos. Pero en el sur la cosa tampoco era ninguna broma: torrentes que parecían muertos desde hacía siglos habían vuelto a la vida espoleados por una especie de ansia de revancha, y en su estallido habían arrasado casas y terrenos de cultivo.

La noche anterior, el comisario había visto por televisión a un experto que aseguraba que toda Italia corría peligro de un desastre geológico gigantesco, porque nunca había habido un gobierno que se preocupara seriamente del mantenimiento del territorio.

En resumen, era como si el propietario de una casa no se hubiera molestado nunca en arreglar el tejado deteriorado o los cimientos en mal estado, y luego se hiciera cruces y se quejara si un día la casa acababa desmoronándose.

—Tal vez sea precisamente el fin que nos merecemos —comentó Montalbano con amargura.

Encendió la luz y miró el reloj. Las seis y cinco. Demasiado temprano para levantarse.

Se quedó en la cama con los ojos cerrados, escuchando el sonido del mar. En calma o enfurecido, siempre le resultaba placentero. De pronto, se dio cuenta de que había dejado de llover. Se levantó y fue a abrir los postigos.

Aquel trueno había sido como la traca final de unos fuegos artificiales, que precisamente se dispara para marcar su conclusión. De hecho, ya no caía ni una gota del cielo, y las nubes que se acercaban por levante, ligeras y blanquecinas, no tardarían en reemplazar a las otras, negras y pesadas. Volvió a acostarse, relajado.

No iba a ser un mal día, de esos que lo ponían de un humor de perros. Entonces se acordó de que se había despertado en medio de un sueño.

Caminaba por una galería oscura como boca de lobo y la lámpara de queroseno que llevaba en la mano derecha daba poca luz. Sabía que, a apenas unos pasos por detrás de él, renqueaba un hombre al que conocía, aunque no sabía cómo se llamaba. En un momento dado, ese individuo había dicho:

—No puedo seguir tu ritmo, estoy perdiendo demasiada sangre por la herida.

Y él había contestado:

—No podemos ir más despacio, la galería podría hundirse de un momento a otro.

El aliento del hombre que lo seguía se había tornado cada vez más pesado y fatigoso, y poco después había oído un lamento y el ruido de un cuerpo que caía al suelo. Montalbano se había dado la vuelta y había desandado sus pasos. El hombre yacía boca abajo y entre los omoplatos le sobresalía el mango de un cuchillo grande de cocina. Se había dado cuenta al instante de que el pobre desgraciado estaba muerto. Y, en ese preciso momento, una fuerte ráfaga había apagado la lámpara y, acto seguido, la galería se había venido abajo con un estruendo digno de un terremoto.

El sueño era el revoltijo resultante de un exceso de pulpitos hervidos y de una noticia que había visto en televisión sobre un centenar de muertos en una mina china.

Aun así, el hombre del cuchillo entre los omoplatos ¿de dónde salía?

Se esforzó por recordar y luego decidió que la cosa no tenía ninguna importancia.

Poquito a poco, se abandonó de nuevo al sueño.

Y entonces sonó el teléfono. Miró el reloj, apenas había dormido diez minutos.

Mala señal que lo llamaran a esa hora de la mañana.

Se levantó y fue a contestar.

—¿Diga? —¿Birtì?

—No soy…

—¡Se ha inundado todo, Birtì!

—Oiga, que…

—¡Birtì, en la despensa, que teníamos cien quesos frescos, hay dos metros de agua!

—Mire…

—Y en el almacén ni te cuento, Birtì.

—¡Coño! ¿Quiere hacer el favor de escucharme? —aulló el comisario como si fuera un lobo.

—Pero si no es…

—¡No, no soy Birtino! Hace media hora que intento decírselo. ¡Se ha equivocado!

—Entonces, si no es Birtino, ¿con quién estoy hablando?

—¡Con su hermano gemelo!

Colgó el auricular de malos modos y volvió a acostarse entre maldiciones. Unos segundos después, el aparato sonó otra vez. Saltó de la cama rugiendo como un león, descolgó de un zarpazo y, con voz de loco, dijo:

—¡Idos a tomar por culo tú, Birtino y los cien quesos frescos!

Colgó y arrancó la clavija de la pared, pero le había entrado tal arrebato de nerviosismo que la única forma de quitárselo de encima era con una buena ducha.

Iba camino al baño cuando oyó una musiquilla extraña que salía de algún rincón del dormitorio.

¿Qué podía ser? Entonces se dio cuenta de que era su mó­ vil, que utilizaba de uvas a peras. Contestó.

Era Fazio.

—¿Qué pasa? —preguntó con hosquedad.

—Perdone, dottore, he probado a llamarlo al fijo, pero me ha contestado alguien que… Será que me he equivocado.

Había mandado a tomar por culo a Fazio.

—Seguro que te has equivocado, sí, porque yo tenía la línea desconectada.

Soltó el embuste con voz autoritaria y segura.

—Ya. Por eso lo molesto llamándolo al móvil. Ha habido un asesinato. No, si ya lo veía venir.

—¿Dónde?

—En el término de Pizzutello.

No lo había oído en la vida.

—¿Y eso dónde cae?

—Es demasiado complicado, dottore. Acabo de enviarle a Gallo con un coche. Yo estoy llegando. ¡Ah, póngase botas de agua, parece que aquello está hecho un pantano!

—Muy bien. Nos vemos allí.

Apagó el móvil y volvió a conectar la clavija del fijo. Apenas tuvo tiempo de llegar al baño cuando sonó de nuevo. Si volvían a preguntar por Birtino, pediría la dirección e iría a coserlos a todos a tiros. Incluidos los cien quesos frescos.

—Dottori, no me diga que lo he despertado —dijo Catarella con ansiedad.

—No, llevo ya un rato en pie. Dime.

—Dottori, que quería avisarlo de que el coche patrulla de Gallo no quiere arrancar y no hay más unidades en todo el parque móvil de unidades con disponibilidad de disposición en tanto en cuanto están indisponibles por ser inamovibles.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que también están averiadas.

—¿Y entonces?

—Entonces Fazio me ha dado la ordinación de ir a recogerlo yo con mi coche.

Ay. Catarella no era precisamente un as del volante. Claro que no había elección.

—¿Y tú sabes dónde está el muerto?

—Sigurísimo, dottori. Y, además, por siguridad me llevo también el naviaguador parlante.

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Sinopsis de La pirámide del fango, de Andrea Camilleri

Profundamente afectado por la muerte del joven François, y mientras intenta asimilar lo que esta pérdida significa para Livia y para él, Salvo Montalbano tiene que sobreponerse al cansancio y al desánimo antes de enfrentarse a un caso ligado a esa lacra que, por desgracia, tanto abunda en el mundo de hoy: la corrupción política en las adjudicaciones de obra pública. Como si el tiempo y el paisaje reflejaran ese estado de ánimo del comisario, una lluvia pertinaz y copiosa cae sobre Vigàta e inunda sus calles y sus campos. En un solar abandonado, que el agua ha transformado en un lodazal, el cadáver del joven contable Giugiù Nicotra aparece con un disparo en la espalda. La investigación del asesinato exige todo el ingenio de Montalbano y sus ayudantes, y a medida que el comisario va aclarando el enigma, surge otro tipo de fango, el de los favores, las contratas amañadas y las concesiones fraudulentas.

Autor: Andrea Camilleri. Título: La pirámide del fango. Editorial: Salamandra. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro