En la antigua Grecia, la promanteia era el privilegio que se otorgaba a determinados ciudadanos de algunas polis, benefactores y dignatarios, para tener acceso prioritario a la Pitia, la pitonisa del Oráculo de Delfos. Se trataba del derecho a saltarse las largas colas que se formaban, en la ladera del Parnaso, para preguntar primero a la profetisa. Tras más de dos milenios, la promanteia sigue vigente en las filas prioritarias de abordaje a medios de transporte, en el acceso a las salas VIP, y muy especialmente en el universo de las suscripciones prémium. La promanteia algorítmica opera sin tapujos en los planes de mejora que nos ofrecen las empresas tecnológicas cuando, previo pago, nos venden mejoras en los modelos de computación disponibles, límites de uso de datos más altos, y acceso anticipado a funciones avanzadas.
Carissa Véliz ha destapado en Profecía (Debate, 2026) el negocio de la predicción. Lo fue en Delfos y lo sigue siendo ahora. Pero no solo eso. Para empezar, ha revisado de forma crítica la historia de la adivinación. Véliz presenta el oráculo de Delfos, la astrología medieval, las ciencias sociales del siglo XIX, la ciencia del siglo XX y la inteligencia artificial contemporánea, como variaciones de un mismo relato de la profecía. El denominador común es el ejercicio del poder disfrazado de conocimiento, gracias al acto deliberado de provocar que la gente confunda las predicciones con hechos. Argumenta, con contundencia, cómo nos hemos humillado ante el nuevo ónfalo de la inteligencia artificial, y sucumbido a los augurios de los loros estocásticos que chorrean palabras y simulan el juicio, mientras los potentados de las multinacionales amasan pingües fortunas. Y tanto poder e influencia que nuestros dirigentes políticos se postran, impúdicos, ante ellos.
Porque hoy no hace falta peregrinar a lejanas montañas sagradas donde nos aturdan, nos alerta Véliz. La nueva Pitia es de silicio, la llevan en su bolsillo, y su efluvio son las notificaciones, el scroll infinito, la sugerencia algorítmica que parece adivinar el deseo cuando en realidad lo está provocando. Funciona como el etileno de Delfos: con dosis bajas y continuas que no buscan desmayarnos, sino mantenernos en un trance leve, suficientemente lúcidos para seguir mirando (y comprando de vez en cuando, claro), pero demasiado anestesiados como para preguntarnos por qué seguimos ahí, acogotados, renunciando a vivir. Todo ello tras habernos robado nuestros datos personales, por cierto, como la propia Véliz diseccionó antes en Privacidad es poder (Debate, 2021).
Y a medida que la IA se integra en cada dispositivo, en cada tarea en la que permea (o se hibrida, nos dicen), los mercaderes ocupan nuestro templo, nuestro ser. Nadie advierte que se droga con cada consulta. Porque somos nosotros los que tenemos grietas. Nuestro sistema de atención y recompensa, el mismo al que evolutivamente le fue muy bien poseer mecanismos de predicción para la supervivencia, ahora es fácil de fisurar, cuando mediante la sabiduría de la neurociencia y la tecnología se sabe como penetrar en las rendijas del cerebro humano. Cada cesión es una concesión.
También reclama Véliz una filosofía de la predicción. Sin entrar en tecnicismos, ha sabido conectar lo antiguo con lo actual, como cuando recupera a Luciano para recordar el vínculo entre predicción y poder, ¡y cómo proliferan los estafadores cuando se trata de jugar a las conjeturas, a las probabilidades! En este sentido, sobre las máquinas, asevera Véliz (p.144):
“Los chatbots están ideados para ser impostores. Desde el momento en que suenan como seres humanos sin serlo, son manipuladores por sistema, pues están diseñados para pasar por lo que no son: seres empáticos.”
Hay entre líneas una alusión continua a la ética, y a la necesidad de activar e implicar al lector en su propio futuro. Véliz encandila con su bella prosa, actualiza y explota al máximo la tradición clásica del exemplum, y suministra herramientas tras cada breve historia. Su relato hilvanado es cautivador, otro infinito en un junco, bien surtido de anécdotas históricas pero también personales, algo que se ha vuelto ya imprescindible en el ensayo, en aras de distinguir los textos humanos de los artificiales. Su magia es la del cuento que nos torna niños, que nos devuelve la imaginación y el protagonismo.
Profecía es eficaz para alertarnos y desnudar a los tecnomagnates, pero tiene un coste: difumina la diferencia categorial entre la predicción como acto social-performativo y la predicción científica. La ciencia no siempre es probabilística y su determinismo puede funcionar en algunos nichos más allá del caos o la cuántica. Cuando Mario Bunge insistía en el materialismo emergentista, en distinguir niveles ontológicos estratificados —físico, químico, biológico, social, tecnológico— lo hacía porque cada uno exhibe regularidades nomológicas de naturaleza distinta. No todo son las profecías autocumplidas del mundo social o de la técnica, estratos que muy bien destila Véliz.
La ciencia posee un poder predictivo que no está al alcance de otras formas de conocimiento. Parte del éxito de los profetas tecnocráticos es que nos hacen confundir tecnología con ciencia. Porque la predicción del próximo eclipse total de sol, o de la precesión del perihelio de Mercurio por la relatividad general, o de la muerte de alguien ante una dilatada falta de oxígeno, o de que sucederá una reacción química en un contexto termodinámico dado, o la simple caída de un objeto abandonado a la acción de la gravedad, no son actos de habla que ordenan al mundo obedecer un deseo personal o social: son éxitos representacionales y predictivos de las teorías científicas, independientes de que alguien desee o no que el universo se comporte así. Ahí no hay Trasilo leyendo el lenguaje corporal de Tiberio, ni distorsión de la realidad o juegos psicológicos por parte de adivinos al borde del abismo, ni políticos manipulando las redes sociales: hay un cálculo que se cumple precisamente, que acierta y no le debe nada a quien lo predice.
Pero no me hagan caso: el soslayo a la especificidad de la predicción científica es la única crítica que puedo hacer a Véliz. Y Profecía no va de eso. Como Harriet Tubman, Véliz está intentando devolver la libertad a las personas y hacerlas partícipes de la sociedad. Profecía logra algo que muy pocos ensayos consiguen: convertir la genealogía histórica del vaticinio en una herramienta de lucidez, aprendizaje y gozo intelectual. Véliz, en vez de pronunciar un auspicio, nos explica el mecanismo de la tráquea de grulla escondida en la pared del santuario tecnológico. Nos anima y enseña a vivir contra la manipulación. Su nobleza radica en no olvidarse de la gente, ser didáctica y preocuparse por los demás. Por fortuna, aún existen académicos que no se recluyen en sus torres de marfil, que creen en la universitas. Profecía se consolida como una obra imprescindible de la filosofía pública contemporánea, un tejido donde convergen la epistemología del enunciado predictivo y la ética de la responsabilidad. Urge a la acción ante la pérdida de nuestra soberanía existencial.
Tu porvenir no es un territorio neutral a la espera de ser descubierto, ni un mapa en disputa para aquellos a los que vendes tu tiempo. Como rezaba en el pronaos de Delfos, conócete a ti mismo. Y al desconectarte del Parnaso digital, comprenderás que el verdadero desafío consiste en resistir a la inevitabilidad del cálculo de la pitia de silicio; en confiar, como el protagonista de Gattaca, en ese 1%, que eres tú mismo, el libre albedrío, la anomalía, el outlier. Y señala luego, por el bien común, a los estafadores que sostienen los hilos que simulan destinos, a aquellos que comercian con la promanteia. Yo acuso.
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Autora: Carissa Véliz. Título: Profecía. Editorial: Debate. Venta: Todos tus libros.


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