La parcela 446 del ejido jalisciensce La Estanzuela, en el municipio de Teuchitlán, fue la sede de uno de los crímenes colectivos más atroces del México contemporáneo. Ahí, con la connivencia de las autoridades mexicanas, como escribe la periodista mexicana Sandra Romandía, la violencia se normalizó hasta volverse paisaje. En ese lugar de atmósfera rulfiana, el clima de impunidad se consolidó no solo por la ausencia del Estado, sino por su cercanía silenciosa con quienes tomaron por la fuerza el control del territorio. Y el horror que durante años permitieron las autoridades de los distintos gobiernos mexicanos, desde alcaldes hasta presidentes, es el espejo de un sistema que, a día de hoy, permite que el infierno funcione con permisos oficiales, entre promesas de progreso y fiestas patronales. Cuenta el escritor Enrique Serna, glosando el excelente reportaje de Sandra Romandía que se ha publicado en forma de libro bajo el título de Los testigos del horror: La verdad que se quiso ocultar en el rancho Izaguirre, publicado por Grijalbo, que en aquel espacio infernal no sólo era monstruoso lo que sucedía: esclavitud, antropofagia forzada, ejecuciones cotidianas de reclutas, asesinato de niños para extraerles órganos, trituración y quema de cadáveres, etcétera, sino lo que pasaba en los balnearios de los alrededores, donde la gente celebraba fiestas, cumpleaños, bodas, mientras veía a corta distancia el humo de la barbacoa humana. “Muchos vecinos sabían lo que pasaba en el rancho”, apunta Serna, “pero durante más de una década se hicieron de la vista gorda. Recurrir a la autoridad coludida con el hampa significaba un suicidio, declaran algunos testigos, pero ¿quedarse callados no lo era también? El fatalismo rulfiano sigue vigente, no sólo en su tierra, sino en todo México. Para contar bien a los desaparecidos, las estadísticas deberían incluir bajo ese rubro a millones de seres vivos, pero inertes, que se han resignado a vivir como almas en pena”. Y es que las prácticas y formas de ingreso en ese infierno dejarían temblando al propio Dante. De entrada, observa Serna, a los reclutas del rancho Izaguirre se les prohibía bajo pena de muerte mirar el cielo. “Era el primer paso para rebajarlos a la categoría de reptiles. Un antiguo mando de la Policía Federal entrevistado por Romandía explica el objetivo de la tortura: “¿Cómo crear al sicario perfecto que corta a la gente en pedazos y come carne humana? ¿Cómo hacer de un niño esa máquina de matar? Destruyendo su humanidad. Para obligarlo a cometer los actos más aberrantes tienen que llenarlo de amargura”. Ese quiebre del alma, como lo llama Romandía, insensibiliza por completo al sicario en ciernes, al grado de convertirlo en autómata”. Otro rasgo que caracterizaba el infernal rancho era el “examen profesional” de los reclutas, que se convertía en una ceremonia llamada “fumarse al muerto”, que según los testimonios recogidos por Romandía consistía en aspirar el último aliento de un moribundo previamente sometido a tortura. Serna recuerda otra versión de ese tipo de ritos iniciáticos descrita por el periodista Ricardo Raphael en su libro Hijo de la guerra (Seix Barral), donde el grupo criminal los Zetas primero incineraban al muerto y luego se fumaban sus cenizas mezclándolas con tabaco, marihuana y coca. “Por lo visto”, expone Serna, “cada tribu de psicópatas se fuma a sus víctimas de distinta manera, pero las bocanadas de sufrimiento ajeno tienen el mismo efecto envilecedor”. En efecto, como dice Serna, todas las advertencias que escuchamos los mexicanos sobre los riesgos de despertar al México bronco se han quedado cortas ante la magnitud, la duración y los tintes macabros de la pesadilla que Romandía ha podido registrar sobre lo sucedido en el macabro rancho Izaguirre, y como bien apunta, todas esas almas quebradas por su descenso a ese infierno y las desmoronadas por el miedo, exigen a gritos que en México despierte un movimiento de resistencia civil ajeno a la rebatiña ideológica que lo está contaminando todo aún más entre los mexicanos, pues “solo así podremos acabar con los pactos de impunidad que ayer combatió desde la oposición y hoy defiende con uñas y dientes la presidenta Sheinbaum“. Mientras esto no ocurra, el país seguirá siendo la sede de horrores como el del Rancho Izaguirre. Y las nubes de muerte seguirán formando parte de su paisaje.


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