Inicio > Creación > Adelantos editoriales > La semilla de la bruja, de Margaret Atwood

La semilla de la bruja, de Margaret Atwood

La semilla de la bruja, de Margaret Atwood

El poder de las palabras de Margaret Atwood (Ottawa, 1939) nos invita a no olvidar y a creer en la magia de la vida cotidiana. El 11 de enero llegó a las librerías La semilla de la bruja, una relectura de La tempestad de Shakespeare, por una de las mejores novelistas de nuestro tiempo. Ofrecemos un adelanto del libro.

 

Prólogo

Proyección

Miércoles, 13 de marzo de 2013

Las luces de la sala se atenúan. El público calla.

EN LA ENORME PANTALLA PLANA: Letras amarillas irregulares sobre fondo negro.

LA TEMPESTAD de William Shakespeare por los Actores del Correccional Fletcher

EN PANTALLA: Un cartel escrito a mano, sujeto por el presentador, que lleva una capa corta de terciopelo púrpura. En la otra mano, una pluma.

CARTEL: UNA SÚBITA TEMPESTAD

PRESENTADOR: Lo que van a ver es una tormenta en alta mar: el viento aúlla, los marineros chillan, los pasajeros los maldicen, porque la situación empeora, van a oír gritos, igual que en una pe-e-e-sadilla, pero no todo es lo que parece, no digo más.

Sonríe.

Ahora vamos a empezar la obra.

Hace un gesto con la pluma. Corte a: rayos y truenos en una nube en forma de embudo, imagen del canal Tornado. Imagen de archivo de las olas en el océano. Imagen de archivo de la lluvia. Sonido del aullido del viento.

La cámara hace un zoom sobre un barquito de vela de juguete que se balancea sobre una cortina de ducha de plástico azul con peces, debajo unas manos causan las olas.

Primer plano del contramaestre con un gorro de punto negro. Le echan agua desde fuera de plano. Está empapado.

CONTRAMAESTRE: ¡Virad deprisa o nos vamos a pique!
¡Moveos, moveos!
¡Virad, virad! ¡Cuidado, cuidado!
¡Hagámoslo,
vale más que os apliquéis,
bracead las velas,
combatid la tormenta,
a menos que queráis nadar con los peces!

VOCES EN OFF: ¡Nos ahogaremos!

CONTRAMAESTRE: ¡Quitaos de en medio! ¡No es momento para juegos! Le echan un cubo de agua en la cara.

VOCES EN OFF: ¡Escuchadnos! ¡Escuchadnos! ¿Es que no sabéis que somos de sangre real?

CONTRAMAESTRE: ¡Cuidado, cuidado! ¡Eso a las olas no les importa! El viento ruge, diluvia, no os quedéis mirando ahí plantados.

VOCES EN OFF: ¡Estáis borracho!

CONTRAMAESTRE: ¡Sois idiotas!

VOCES EN OFF: ¡Estamos perdidos! V

OCES EN OFF: ¡Nos hundimos!

Primer plano de Ariel con un gorro de baño azul y unas gafas de esquí iridiscentes, maquillaje azul en la parte inferior de la cara. Lleva un impermeable de plástico translúcido con mariquitas, abejas y mariposas estampadas. Detrás de su hombro izquierdo se ve una sombra extraña. Se ríe sin ruido, señala hacia arriba con la mano derecha que está enfundada en un guante de goma azul. Resplandor de rayos, ruido de truenos.

VOCES EN OFF: ¡Recemos!

CONTRAMAESTRE: ¿Qué decís?

VOCES EN OFF: ¡Nos hundimos! ¡Nos ahogaremos! ¡No volveremos a ver al rey! ¡Saltad por la borda, nadad a la orilla!

Ariel echa la cabeza atrás y se ríe encantado. En cada una de las manos con guantes de goma azul sostiene una linterna muy potente que emite destellos.

La pantalla se queda en negro.

UNA VOZ DEL PÚBLICO: ¿Qué?

OTRA VOZ: Se ha ido la luz.

OTRA VOZ: Será por la ventisca. Se habrá caído un poste en alguna parte.

Oscuridad total. Ruidos confusos en la sala de al lado. Gritos. Se oyen disparos.

UNA VOZ DEL PÚBLICO: ¿Qué sucede?

VOCES FUERA DE LA SALA: ¡Cerrad las puertas, cerrad las puertas!

UNA VOZ DEL PÚBLICO: ¿Quién está al mando aquí?

Tres disparos más.

UNA VOZ DENTRO DE LA SALA: ¡Que nadie se mueva! ¡Quietos! ¡Bajad la cabeza! Quedaos donde estáis.

 

1

Negro reverso

Orilla del mar Lunes,

7 de enero de 2013

Felix se cepilla los dientes. Luego cepilla los otros dientes, los postizos, y se los mete en la boca. A pesar de la capa de adhesivo rosa que les ha aplicado, no encajan demasiado bien; tal vez se le esté encogiendo la boca. Sonríe: es la ilusión de una sonrisa. Fingimiento, falsificación, pero ¿quién se va a dar cuenta?

En otra época habría llamado a su dentista para concertar una cita y habría ocupado el lujoso sillón de imitación de cuero, ante el rostro preocupado que olería a colutorio de menta y las manos hábiles que blandirían instrumentos brillantes. «Ah, sí, ya veo. No es preocupante, se lo arreglaremos.» Igual que llevar el coche a la revisión. Incluso le habría dejado escuchar música con los auriculares y tomar una píldora para atontarse.

Pero ahora no puede permitirse esos ajustes profesionales. Su seguro médico es barato, así que está a merced de sus poco fiables dientes. También es mala suerte, eso sí que sería el broche de oro: un cataclismo dental. «La fiezta ha tedminado. Loz actodez…» Si eso ocurriera, su humillación sería total; al pensarlo se le ruborizan hasta los pulmones. Si las palabras no son perfectas, si el timbre no es exacto y la modulación no está ajustada con delicadeza, el hechizo se rompe. La gente empieza a moverse en la butaca, tose y se va a casa en el descanso. Es como la muerte.

—U-o-a-e-ii —le dice al espejo manchado de pasta de dientes que hay encima del fregadero de la cocina. Frunce el ceño, saca la mandíbula. Luego sonríe: la sonrisa de un chimpancé acorralado, con una parte de rabia, una parte de amenaza y una parte de desá- nimo.

Qué bajo ha caído. Qué humillación. En qué poco se ha quedado. Sobreviviendo a duras penas, malviviendo en un cuchitril, ignorado en un lugar olvidado; mientras Tony, ese mierdecilla pomposo que es pura pose, se codea con los grandes y traga champán y engulle caviar y lenguas de alondra y cochinillo, y asiste a galas y disfruta de la adoración de su camarilla, sus lacayos, sus aduladores…

Que en otro tiempo adulaban a Felix.

Escuece. Pica. Despierta sus ansias de venganza. ¡Ojalá…!

Basta.

—La espalda recta —ordena a su gris reflejo—. Mete el estó- mago. —Sabe, sin mirar, que está echando barriga. Tal vez debería comprarse una faja.

¡Da igual! ¡A apretarse el cinturón! Hay trabajo que hacer, tramas que tramar, timos que timar, ¡villanos a los que engañar!

—El perro de Roque no tiene rabo. Tres tristes tigres comen trigo en un trigal. El arzobispo de Constantinopla se quiere desarzobispoconstantinoplizar.

Ya lo ves. Ni una sílaba equivocada.

Aún puede hacerlo. Lo conseguirá, pese a todos los obstáculos. Los encandilará, aunque no disfrute con el espectáculo. Los dejará maravillados, cuando diga a sus actores:

—¡Hagamos magia!

Y que se la trague ese cabrón taimado y retorcido de Tony.

Sinopsis de La semilla de la bruja, de Margaret Atwood

Es un lunes cualquiera de enero, y Felix pasa el control de seguridad para acceder al centro correccional de Fletcher. Los guardias lo miran con simpatía y benevolencia; para ellos este hombre solo es el señor Duke, un cincuentón que en sus ratos libres se dedica a organizar funciones de teatro con los reclusos. El autor elegido siempre es Shakespeare, y este año el profesor les propone La tempestad. Felix accede sin problemas al recinto de la cárcel, llevando consigo algo muy peligroso pero imposible de detectar a través de un escáner: son las palabras, aún vivas, robustas, sonoras, de una obra donde la venganza viaja a través del tiempo y se instala en el presente. Ensayo tras ensayo, con nuevos trajes y nuevas voces, los chicos de Fletcher, que quizá nunca antes habían oído hablar de Shakespeare, convierten la obra en algo muy personal. Ahí se encuentran con sus fantasmas y con algo de sí mismos que no sabían, pero hay más. Felix, ese profesor terco y a veces aburrido, el día del estreno de la obra también podrá vengarse de quien le arruinó en el pasado.

—————————————

Autor: Margaret Atwood. Título: La semilla de la bruja. Editorial: Lumen. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro