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La última pipa

Sir Thomas Bradford jugaba el primer viernes de cada mes una partida de ajedrez, en el Club Diógenes, con Sherlock Holmes. El detective solía ganarle con cierta facilidad, pero de vez en cuando bajaba la guardia para no desmoralizar a su oponente.

No obstante, Holmes había apreciado que la mente de su amigo sir Thomas cada vez estaba más lúcida y despejada, pero no quiso hacer ningún comentario al respecto por varios motivos: el primero y fundamental era que en el Club no se podía hablar en voz alta y sir Thomas tenía un vozarrón que ya le había acarreado entre los socios más de un disgusto, y seguía siendo miembro del club gracias al apoyo del hermano del detective.

"El detective se imaginó que algo importante tenía que ocurrir, puesto que todos sabían, porque Mycroft se había encargado de divulgarlo, que Holmes no aceptaba ya más casos"

Unos días antes de partir para Fulworth, Holmes se encontraba muy atareado preparando las cosas para su traslado inminente cuando la señora Hudson le anunció la visita de sir Thomas. El detective se imaginó que algo importante tenía que ocurrir, puesto que todos sabían, porque Mycroft se había encargado de divulgarlo, que Holmes no aceptaba ya más casos, salvo que se tratara de un asunto especial por su rareza.

Sir Thomas penetró en la sala de estar y lo primero que hizo fue pedirle disculpas a Holmes por su intromisión, sabiendo lo atareado que estaba, pero el visitante traía consigo un asunto de vida o muerte. Watson, con mucha habilidad, argumentó que tenía que atender a un paciente y desapareció de la escena. Las disculpas de sir Thomas fueron tan educadas y comedidas que Holmes tomó asiento en uno de los sillones que había frente a la chimenea a la vez que invitaba a sir Thomas para que utilizara el otro sillón, cosa que el aludido hizo de inmediato.

—No necesito decirle, amigo Holmes, que lo que tengo que comunicarle es sumamente confidencial.

Holmes abrió las manos en señal de conformidad y de inmediato eligió una de sus pipas y la preparó y encendió muy despacio para transmitir una pequeña dosis de cordialidad y tranquilidad a su visitante y amigo, a la vez que lo invitaba a hablar.

—Verá, Holmes: últimamente, por diversos asuntos relacionados con la familia de mi mujer, he padecido un serio deterioro en mi estado de ánimo, y mi médico personal me aconsejó que fumara, bajo su estricto control, unas pequeñas dosis de opio mezcladas con una hierba que él mismo cultivaba en el jardín de su casa de campo. Creo que usted habrá notado que me defiendo bastante mejor en mis jugadas de ajedrez. En una palabra, que mis sentidos se han agudizado bastante después de mi inesperada crisis.

"Holmes hizo un gesto de asentimiento y, por tercera vez, volvió a repetir el amistoso gesto de sus manos invitándole a continuar"

Holmes asintió con la cabeza y, de nuevo, con un elegante y abierto gesto de la mano que sustentaba la pipa, movida con suma habilidad, le invitó a seguir hablando.

—Lo raro de todo este asunto es que a los tres o cuatro días de seguir las instrucciones de mi médico, y cuando me daba mi paseo de la mañana, surgió de la nada —más bien se materializó en mi camino— un individuo que me acompañó en mi paseo con la mayor cordialidad. Al cabo de unos días llegué a compartir con él una serie de confidencias que nunca tuve con cualquiera de los miembros de mi familia, y de día en día fui mejorando en mi estado de salud hasta encontrarme totalmente recuperado. Pasado un mes acudí de nuevo a la consulta de sir… y me dijo que estaba francamente bien, pero que mi amigo y confidente desaparecería en cuanto yo decidiera fumarme la última pipa.

Holmes hizo un gesto de asentimiento y, por tercera vez, volvió a repetir el amistoso gesto de sus manos invitándole a continuar.

—Amigo Holmes, este hombre que surgió de la nada me ha ayudado mucho: mis relaciones con mi esposa y mis hijos son inmejorables y no quiero eliminar fríamente a la persona que me ha llevado a sobreponerme de mi dolencia mental. Lo quiero como si fuera un hermano, y opino que sería muy cruel fumarme esa última pipa que lo desvanecerá para siempre. Sería como un asesinato a sangre fría, y no me parece justo.

"Al día siguiente se fumó la última pipa y la figura de su amigo se fue desvaneciendo día tras día hasta desaparecer por completo"

—Sir Thomas —intervino Holmes—, conozco esa sustancia que mezcla usted con el opio, y le aseguro que en tratamientos cortos no es peligrosa, sino todo lo contrario.

—Pero es tan real la presencia de mi acompañante y tan sabios sus consejos que pienso que si me fumo esa última pipa cometeré un acto impropio de nuestra amistad.

—Me veo obligado a aconsejarle, sir Thomas, que lo elimine cuanto antes. En caso contrario, él lo hará con usted. Poco a poco ira ganando terreno. Así actúa la droga.

El visitante le dio efusivamente la mano al detective, y con paso lento y ademanes tristes abandonó la habitación. Al día siguiente se fumó la última pipa y la figura de su amigo se fue desvaneciendo día tras día hasta desaparecer por completo. Pero sir Thomas creyó estar en eterna deuda con él, mandó que se colocara en su casa de campo una lápida conmemorativa, y todos los días rezaba unos minutos por su alma.

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