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El terror mortal del viejo Abrahams

El terror mortal del viejo Abrahams

A mediados de junio de 1903, Holmes ya no pensaba en otra cosa que no fuera retirarse a Fulworth y dedicarse por completo a sus nuevos proyectos. Tenía la esperanza de que cada caso que investigaba fuera el último, pero siempre se producía una llamada intempestiva en el 221B de Baker Street que le hacía modificar sus planes. Esta vez se trataba de un caso insólito que no podía rechazar por varios motivos: el viejo y adinerado Abrahams había sido en su día un buen amigo de su padre, a quien Holmes no había vuelto a ver desde que se cruzaron aquellas dos decisivas cartas. En una ocasión, el viejo Abrahams le prestó algún dinero, y el detective siempre contó con su acertado consejo, aunque a cambio le exigía discreción y que su persona estuviera rodeada del más discreto anonimato, debido a la rareza de sus actividades económicas.

Aquella mañana que estuvo junto a Holmes y Watson en la sala de estar les contó, después de un largo y helado silencio en el que solo se oía el crepitar del fuego de la chimenea, que todos sus antepasados habían sufrido de catalepsia. El que más le impresionó fue el caso de su abuelo, quien llegó a sacarse los ojos, con las uñas, en el interior del ataúd. En este momento, el viejo Abrahams tenía una edad provecta y no quería, bajo ningún concepto, que esa maldición familiar tuviera una continuidad en su persona.

"Aceptaban ese caso insólito solamente por caridad y por el terror que el viejo Abrahams tenía a ese mal"

Creía tenerlo todo previsto, un féretro con la consabida campanilla en el exterior para alertar con su cristalino sonido de que seguía vivo (sistema que se utilizó bastante en la época victoriana y que solo sirvió para hacer ricos a quienes lo patentaron), unas cuantas herramientas que le habían sido recomendadas por un amigo carpintero, varios cabos de vela que, en principio no pensaba utilizar porque mermarían su oxígeno, fósforos, una cápsula de cianuro (que no utilizaría, bajo pretexto alguno, por ser creyente), una pistola cargada que no quería ni pensar el efecto que podía producir en un recinto tan pequeño, y los servicios de tres criados que durante una semana se turnarían al pie de la tumba para escuchar cualquier ruido sospechoso. En una palabra, había hecho todo lo posible para tratar de evitar lo inevitable.

«Querido amigo Abrahams, ¿qué podemos hacer Watson y yo ante ese detallado despliegue de medios?». Entonces, el anciano sacó un poder del bolsillo de su levita que autorizaba a cualquiera de los dos para inspeccionar cada día su cadáver. Holmes y Watson se observaron el uno al otro con estupor, y fue Watson el que habló: «Abrahams, usted se habrá informado bien, y sabrá que ese estado al que usted alude puede durar desde un día hasta una semana. Incluso se han dado casos en que se ha prolongado durante años. No puede pedirnos a Holmes y a mí que revisemos su cuerpo durante toda nuestra vida». «Tiene razón, Watson. He fijado diez días para el examen, y les entregó para ello este poder notarial y una orden judicial que les autoriza a la observación diaria, y, por fin, un testamento en el que les declaro herederos de todos mis bienes».

Holmes y Watson, al observarse de reojo, vieron las lágrimas del viejo Abrahams deslizarse por sus mejillas, y ambos bajaron la cabeza. Aceptaban ese caso insólito solamente por caridad y por el terror que el viejo Abrahams tenía a ese mal. La única condición era que mantuviera un pañuelo tapándole los ojos. Ya había un compromiso.

"El tercer día se había arrancado un ojo, y esto les pareció que se trataba de un mensaje directo"

Al día siguiente de morir el viejo, los dos amigos acudieron a Highgate (cementerio situado en el norte de Londres, a unas seis millas del centro) y le preguntaron al criado de guardia, quien movió la cabeza en sentido negativo. No obstante, ellos quisieron seguir el protocolo establecido y procedieron a la primera apertura del féretro. Su sorpresa fue mayúscula al observar que había desaparecido el pañuelo que le ocultaba los ojos, aunque los tenía bien cerrados, pero el pañuelo descansaba aprisionado entre los dedos de su mano derecha.

El segundo día tenía los ojos abiertos con una enorme expresión de terror, y había consumido un cabo de vela. Ni que decir tiene que el criado no había oído la campanilla y el examen del doctor Watson fue concluyentemente negativo. El tercer día se había arrancado un ojo, y esto les pareció que se trataba de un mensaje directo. Así fueron trascurriendo los diez días que ambos amigos soportaron como una penitencia atroz. En la sala de estar de Baker Street reinaba siempre un profundo silencio. Por fin, el décimo día se personó en sus habitaciones el criado que hacía las noches y les dijo que había escuchado un disparo. Holmes y Watson cogieron un coche hasta Highgate y corrieron hasta la tumba del viejo Abrahams. El féretro estaba vacío, y en su interior descansaba solitario el testamento. Se ha preguntado a los holmesólogos más eruditos, y todos están de acuerdo en que éste se puede considerar un caso fallido, y el más raro en la carrera de Holmes y Watson. El viejo Abrahams fue encontrado muerto, con los pies ensangrentados, en su casa de Mayfair.

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