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Contra las asechanzas, quemar como pastillas garcilasos

Contra las asechanzas, quemar como pastillas garcilasos

Es de bien nacid@s ser agradecid@s.

Eso dice un refrán español que me enseñaron mis padres y la sociedad cuando era pequeña. Hoy está en desuso. Pero en el fondo de mi alma, sigo considerando ingrata y maleducada a la persona reacia a dar las gracias cuando la situación lo requiere. Por ello quiero empezar por mí misma.

He dedicado al tema de Chaves Nogales muchas horas de mi vida. También me he dedicado a otras actividades muy interesantes (para mí al menos), pero esta faceta es la que ahora viene a colación. En mi trabajo he dado las gracias explícitas a los archiveros que me han atendido, a los administrativos que me proporcionaban documentos cumpliendo con su cometido, a los que me hacían las fotocopias, a los libreros que me vendían, a los periódicos que me facilitaban textos, a los entrevistados, a los que escribían sobre mi trabajo, a los anónimos que respondían a mis mails buscando información, a las personas que me ayudaban en las traducciones… En ocasiones me parecía que me pasaba; recordaba que de pequeña, en Badajoz, se decía “esta persona es más cumplida que un portugués”, así que, a veces, casi he temido pasar, no por portuguesa, sino por cumplida.

"He dado a Linares una completa información que le ha permitido acceder a textos y fuentes que a veces ha utilizado sin mi permiso (bendita internet, que conservas los mails)."

Esto viene a propósito de las veces que le he dado a Abelardo Linares las gracias por su ayuda en mi investigación. Están recogidas en todas  mis publicaciones en las que él ha tenido algo que ver… Menos en la última. Tras su artículo de esta semana en este mismo medio acabo de reconstruir los hechos. En la edición de la Obra Periodística en tres tomos de 2013, en efecto, no hay agradecimientos. ¿Cuál fue la causa? Las prisas, la improvisación, los presupuestos… En esta edición se me permitió una introducción restringida a pocas páginas, incluso en la portada no aparezco como autora de la edición, cosa que debería haber sido respetada por esencial. Se me dijeron dos cosas: que la familia de Chaves quería una portada limpia, donde sólo apareciera el nombre del periodista, y que la dedicatoria sería la de su hija Pilar, dedicatoria que yo conocí con el libro ya en la calle, como la misma edición. Si tenemos en cuenta que la edición es de tres tomos y casi tres mil páginas de obra del periodista, recogida en archivos y hemerotecas variadas (ver página XXXI de la Introducción), a lo mejor no hubiera sobrado mi explicación final, donde se fijaba y agradecía en su caso la procedencia de los textos, que no se publicó. Podría haber sentido que se me quería hacer invisible, pero ni se me ocurrió.

Bueno, pues no fui la única perjudicada. También se afectó Abelardo Linares. Y ello le lleva a mantener una actitud que no voy a calificar. No voy a rebatir nada. He dado a Linares una completa información que le ha permitido acceder a textos y fuentes que a veces ha utilizado sin mi permiso (bendita internet, que conservas los mails). He proporcionado información a Linares y a otras muchas personas, jóvenes investigadores, periodistas, alumnos ya discípulos, a los que ayudo en lo que me solicitan, y gente corriente, que me dan las gracias por haberles puesto al alcance el trabajo del periodista sevillano. Biennacidos todos que me llenan de satisfacción. Porque nada de todo esto va en contra de lo que decíamos al principio y que no me importa repetir para que cale: “Ser agradecidos es de biennacidos”.

"Quiero concluir toda esta polémica quemando como pastillas garcilasos y góngoras y lo que haga falta."

Contra los que tergiversan, no agradecen, manipulan o repiten mil veces mentiras a la espera ilusa de que se conviertan en verdades, voy a utilizar un sencillo  procedimiento literario que aprendí en Quevedo, en lugar de rebatir y enumerar y contradecir, cosa aburrida para el que lee. El procedimiento es el siguiente: cuando Quevedo compró la casa de Góngora (su enemigo literario, como es sabido), en Madrid, y queriendo eliminar todo rastro de él, dice que “quemó como pastillas Garcilasos” para purificar.

Quiero concluir toda esta polémica quemando como pastillas garcilasos y góngoras y lo que haga falta. Pero por encima de todo quiero cerrarla con la opinión de Antonio Muñoz Molina, para mí (antes incluso de que me socorriera con sus palabras) el mejor representante actual del oficio de escribir y del trabajo de ser persona; opiniones muchas veces repetidas por él, incluso con variantes, en distintos medios.

Dice en entrevista para el documental El hombre que estaba allí:

“En este caso tenemos que hablar claro. En un caso como este, de un escritor que tiene su obra dispersa por periódicos olvidados, el trabajo filológico en el sentido más noble de la palabra, de amor por los textos, la recuperación de textos que ha hecho la profesora Cintas es una cosa… De muy pocas personas se puede decir “agrandó el mapa de la mejor literatura de su país”. De muy pocas personas. Yo recuerdo que cuando leí de verdad a Grossman, Vida y destino, he pensado: “Pero esto es como pensar que en el Himalaya había otra montaña en la que no nos habíamos fijado”. En el Himalaya de la gran novela están las cumbres: están La montaña mágica, El Quijote, Madame Bovary, En busca del tiempo perdido, y había otra cumbre que no habíamos visto, pero que estaba ahí. Es como si hubiera otra montaña más en los Andes, como si al lado del Aconcagua hubiera otro Aconcagua. Ese tipo de descubrimientos, ese ensanchar el espacio de la literatura, y no solo de la literatura sino del debate político y de la historia y del conocimiento histórico del país, es un trabajo único.

En nuestro país, como en todos los países sudamericanos, abunda mucho el elogio, la coba. La mayor parte de los elogios que se hacen son falsos y todo el mundo sabe que son inmerecidos o que son parcialmente inmerecidos, que son al mismo tiempo inmerecidos e insinceros. Una gran parte de los elogios que tú escuchas en un país como España son las dos cosas. Entonces, esta persona, esta profesora, Cintas, merece un elogio completamente indestructible. Eso no está sometido a discusión: ella, su trabajo, ha contribuido a ensanchar la literatura española y la conciencia política democrática española”.