Inicio > Libros > No ficción > Las decisiones más difíciles suelen ser las correctas

Las decisiones más difíciles suelen ser las correctas

Las decisiones más difíciles suelen ser las correctas

Felipe González es tan ineludible que su salto a la ficción solo aguardaba el momento exacto y el creador correcto. Sergio del Molino ha aceptado el reto y el riesgo. Y, adelantemos el veredicto, ha ganado la partida.

La vejez se aproxima hasta quienes vivimos la transición, aunque fuera desde la niñez. Personajes esenciales de nuestra vida son ya narrados desde las novelas, no desde los periódicos, porque ya han pasado suficientes años para que transiten del periodismo a la literatura, de la actualidad a una memoria que puede ser elaborada, recreada, incluso ficcionada. Porque Un tal González es literatura. Aunque se apoye en lo histórico, especula sobre los sentimientos y muestra emociones de los personajes, sobre todo del protagonista, imposibles de negar o confirmar. No hay deshonestidad en ello, lo deja claro desde el principio: ha escrito una novela.

"Como indica con acierto el título, es un tal González. No pertenece a la élite franquista, ni a la gauche divine republicana, porque su padre tenía una vaquería"

Felipe es un político tan poderoso, tan próximo a cierta mística laica (el autor se refiere a él como el chamán) que su presencia nunca ha dejado de causar la misma mezcla de admiración y miedo que le provoca a del Molino. Su magnetismo no es necesariamente positivo, pero sí subyugador. No lo ha tenido ningún otro político de la democracia española. Lo tenía, sin duda, un presidente tan discutible como JFK y también presidentes franceses como De Gaulle o Mitterrand. Hace años visité, por motivos que no vienen a cuenta, la casa de un político de UCD. No era consciente de su relevancia hasta que vi, en un estante de su biblioteca, una foto suya paseando por los jardines de la Moncloa con Felipe González. Fue esa compañía la que me hizo tomar conciencia de su relevancia. Su recorrido académico y su cercanía con el poder significaban menos que la confianza que mostraba Felipe González en esa foto. La fascinación por González no implica olvidar sus múltiples errores, su soberbia o sus peculiares técnicas de venta. Es una cuestión de empaque, de conciencia del poder y de su repercusión en el otro. Además, como indica con acierto el título, es un tal González. No pertenece a la élite franquista, ni a la gauche divine republicana, porque su padre tenía una vaquería. Un simple abogado laboralista que aparece, de repente, en el núcleo duro de un partido en declive, eclipsado por los comunistas y presidido por un anciano, para cambiarlo todo.

"La diferencia fundamental con Margaret Thatcher es que ella siempre negó la existencia de la clase obrera y Felipe González tuvo que dar la espalda a los suyos para cumplir con su deber"

En Un tal González aparecen dos personajes fundamentales. Por un lado el propio Sergio del Molino. Por otro, evidentemente, Felipe. Sergio del Molino —el narrador es el propio autor, no inventa a un personaje que le sustituya— quiere convencer al lector de su opinión pero, al mismo tiempo, la escritura implica un debate consigo mismo, con las contradicciones que supone su opinión sobre González. Por eso aparece lo más positivo y también lo más oscuro, en ocasiones tenebroso. Y es Del Molino, llevando de la mano al lector, quien oscila entre la admiración, la comprensión y una dolorosa crítica, en un ejercicio de empatía compartida muy poco frecuente. Del Molino se aleja del tópico, aunque con frecuencia los tópicos sean la síntesis de la verdad. Incluso consigue revelaciones, como la cotidianeidad de la mitificada bodeguilla. Era un lugar aburrido donde los invitados debían aguantar monólogos interminables de Felipe y no ese hogar de todas las conspiraciones que todos imaginamos.

Felipe queda como un héroe, como el hombre que toma las mejores decisiones para el país, aunque sean las más difíciles e impopulares. En ese aspecto se asemeja a Margaret Thatcher, extrañamente vinculados por Javier Marías en una escena memorable de Corazón tan blanco. Felipe se responsabilizó de un país roto por todos los costados, con una economía anquilosada por el proteccionismo, dos amenazas golpistas: la del ejército y la de ETA y por promesas que no podía mantener, como la salida de la OTAN. Y no le quedó más remedio que mantener el tipo. Un hombre que no puede afligirse porque el que se aflige se afloja, como decía su amigo y gurú Omar Torrijos, aquel peculiar dictador panameño. Eligió el camino más difícil: aquel que era mejor para el país, aunque supusiera el olvido de sus promesas. La diferencia fundamental con Margaret Thatcher es que ella siempre negó la existencia de la clase obrera y Felipe González tuvo que dar la espalda a los suyos para cumplir con su deber. Además es el único de todos los personajes que antepone el bien del país a su propio ego —aunque el suyo fuera tal vez el mayor de todos— y de los pocos que no incurre en venganzas personales, como sí hacen, al menos según la versión del libro, tantos aspirantes a reyes —o, mejor dicho, a virreyes— ensoberbecidos por su desapego.

"Uno de los mayores logros es la estructura. Es sin duda literaria porque nos muestra a los personajes, sobre todo al propio Felipe, en movimiento"

Un tal González es también, con claridad y desde las primeras páginas, una defensa de la generación de la transición. Sin duda cometieron errores pero gracias a sus fallos y logros podemos renegar de ellos. Y, por supuesto, no todos se les pueden achacar, porque España y su historia no comienzan con la muerte de Franco. Tuvieron que cargar con siglos de herencia, con generaciones de abusos y errores que situaron a España al borde de otra guerra civil. A este respecto es básica la reflexión del francés Jacques Julliard, que Sergio del Molino incorpora en la parte final: “…en la Judea romana la muerte de Jesús fue culpa de sacerdotes y otros cargos, pero la Biblia y la historia recuerdan que sucedió en tiempos de Poncio Pilatos. Aunque Pilatos se lavó las manos y no fue quien decidió ni se le puede acusar en rigor de nada, salvo de exceso de higienes, todo lo que sucedió bajo su mandato se le atribuye. Aunque las corruptelas tengan responsables concretos, la historia dirá que sucedieron en tiempos de Mitterrand y será su nombre y solo su nombre, el que se asocie con la infamia”.

El autor toma decisiones literarias que habría rechazado en teoría, sin embargo su éxito es evidente. Me refiero, por ejemplo, a una intensa implicación emocional. No es Un tal González un retrato objetivo, aunque sus raíces provengan del periodismo americano. Ni mucho menos. Es de una subjetividad casi radical. Es ese estilo más implicado, más emocional y vehemente, lo que le separa del otro gran narrador de nuestro pasado más reciente: Javier Cercas. También, lógicamente, le distingue. Uno de los mayores logros es la estructura. Es sin duda literaria porque nos muestra a los personajes, sobre todo al propio Felipe, en movimiento. Le contémplanos, en distintas situaciones claves o simbólicas de su gobierno, que se alternan en una progresión planificada con método y acierto. Vemos a Felipe convalidando la reconversión industrial o en aquella entrevista de Iñaki Gabilondo donde su papel en la creación del GAL quedó en entredicho. Vemos también a quienes le rodean, sea a Carmen Romero o a los periodistas que decidieron terminar con su gobierno (con notable colaboración suya). Les vemos, no nos informa de manera directa, aunque oriente con nitidez nuestra mirada hacia unas conclusiones. Es esa orientación tan nítida el mayor reparo que podría realizarse a Un tal González. Sin embargo el resultado tiene tal empuje narrativo que ni el más genuino de los cronistas pondría en duda sus criterios. Gracias a esa construcción mediante escenas, que sitúa al lector en el lugar de los hechos, sea la sala del consejo de ministros o la Rentería de los años negros de ETA, el lector puede sentir el cansancio, próximo a la depresión, de la última legislatura, llena de escándalos, o el conflicto y la determinación que le causaban decisiones tan difíciles como la reconversión industrial.

"Podría afirmarse que Un tal González es una reivindicación de la importancia de las decisiones por encima de las intenciones"

También acierta cuando escoge un narrador sumamente permeable, que cambia de la primera a la tercera, de una voz aséptica, casi periodística, a otra omnisciente, digna de Víctor Hugo. Y lo hace con flexibilidad y sin que chirríen tan complicados movimientos, porque la voz es la misma pero no lo es. Podría afirmarse que tal recurso es conocido desde A sangre fría, pero Sergio del Molino lo lleva a unos extremos de subjetividad poco frecuentados por los estadounidenses y sus herederos. Así, los movimientos del narrador son mucho mayores y la dificultad de que sean exitosos también se incrementa.

Podría afirmarse que Un tal González es una reivindicación de la importancia de las decisiones por encima de las intenciones, de los hechos y sus consecuencias, en un mundo, el actual, que valora demasiado las pretensiones, la altisonancia y las poses. A la democracia, dice González al principio del libro, no le importan la conciencia, la culpa ni la expiación de nadie. Tristes tiempos en los que hay que reivindicar lo obvio.

—————————————

Autor: Sergio del Molino. Título: Un tal González. Editorial: Alfaguara. Venta: Todostuslibros

4.2/5 (10 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios