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Las manos de mi padre

«Bueno, pues coges el sedal, así, entre el índice y el pulgar, ¿estamos?, y haces una coca, así, mira, ¿ves?, y ahora… el anzuelo, el rabillo», dice, y me enseña el rabillo de un anzuelo del ocho, ennegrecido, ya usado, «¿Ves?, y el rabillo, también entre el pulgar y el índice», dice, haciendo lo que dice, pero su vista no es la que fue y lo completa al segundo intento, «Me cagoen dios…», dice, pero para sí más que a mí o al anzuelo, lo adivino, en realidad, los resuellos constantes en que ha devenido su respiración y los aplausos enlatados y la música, de un concurso tal vez, que llegan desde la sala de estar disimulan la blasfemia, «A…hora, bueno, pues el rabillo lo pones encima de la unión de la coca, así», los dedos arracimados de mi padre, noráis herrumbrosos de un puerto hoy abandonado, apenas me permiten ver lo que está haciendo, pero no se lo digo, asiento, «El chicote lo pones aquí, en el gancho del anzuelo, así, ¿ves?, y ahora, con la otra mano, coges la vuelta y rodeas el anzuelo así», dice, pero lo dice con una dicción malograda que, sin embargo, ya no es el gangueo que traía el alcohol (mi padre apenas bebe ya, o al menos no como bebía cuando navegaba, aunque lo primero que hizo al jubilarse fue comprarse un barco pequeño, hasta ahí alcanza el mal del mar), sino la secuela de una operación en la que le extirparon parte de la lengua, un tumor a causa del tabaco, como también lo es la prótesis en la aorta, «y das cinco vueltas, ¿ves?, así, una… dos… tres…» pero las manos de mi padre, mientras me enseña una vez más a empatar anzuelos, no se limitan a obedecer, a llevar a cabo lo que dice, a sujetar el anzuelo y a dar vueltas al sedad, «cuatro…», porque las manos de mi padre no paran de hablar, no dejan de condensar los casi cuarenta años que pasó en alta mar, «y cinco, ¿ves?», dice, mostrándome el resultado, «Bueno, pues ahora… coges por aquí…», yo asiento y finjo que atiendo —cada vez que voy de visita, mi padre tiene que enseñarme a empatar anzuelos—, porque a lo que estoy atendiendo es a eso que las manos de mi padre evocan, cuentan, aunque, siguiendo una bien arraigada tradición familiar, lo hagan con silencios, silencios tajantes que, con el tiempo, he aprendido a descifrar, o, si no a descifrar, sí a interpretar (Plath: «¿Es el mar eso que oyes en mí?»).

Y, aun así, una tarde de diciembre, siete años atrás, cómo no, frente al mar, descubrí que no me bastaba con eso, que, a pesar de todo, todavía faltaba, como había faltado siempre en esa casa, la palabra, («Y ahora coges y tiras así, bien fuerte, fuer…te, así, ¿ves? Listo», y levanta y me tiende el anzuelo empatado, «¿Has visto?»), faltaban las palabras para narrarlo, para narrar lo que a él y a mí nos había hecho el mar.

Pero, así me lo hicieron ver las mudas confesiones de las manos de mi padre, sí disponía de otra cosa, de algo que, entendí por fin una de las muchas tardes en que mi padre se empeñó en enseñarme otra vez a empatar anzuelos, no podía no ser un mar, un mar que busqué conjurar, volverlo palabra por fin, ese mar indemostrable que hoy ya no existe; o mejor, que existe como otra cosa, como algo que ya no me pertenece, que, de una vez por todas, ya no nos pertenece a ninguno de los dos.

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Autor: Ce Santiago. Título: El mar indemostrable. Editorial: La Navaja Suiza. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

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