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Lepisma y el Dopelganger, o como se escriba

Lepisma y el Dopelganger, o como se escriba

Recuerdo la primera vez que escuché mi voz registrada en un cassette: debía ser 1986 y mis primos y yo habíamos grabado un falso noticiario de humor que, de tener que reseñarlo ahora, más de 30 años después, aseguraría que era más gracioso sobre el guion que posteriormente interpretado.

—¿Éste soy yo? —exclamé con una mezcla de repelús y vergüenza— esto debe estar mal, mi voz no es así, ¿a que no? ¿A que no? —insistí, como quien lanza un SOS desde el barco que empieza a hundirse —. ¿A que no?

—Sí, es tu voz, la que no lo parece es la mía, ¿a que no? ¿A que no? —no respondí, no quería usar esa voz que ahora me parecía tan ridícula y nasal aunque por lo visto sólo me lo parecía a mí.

Con la profusión actual de móviles, cámaras y demás, nos hemos acostumbrado a vernos y escucharnos desde fuera, así que no sé si los nativos digitales recordarán siquiera la primera vez que lo hicieron, pero para algunos de nosotros fue un shock. No supe hasta mucho después, hasta estar ingresado en el psiquiátrico de San Humbértigo, que si nuestra voz grabada nos resulta tan extraña es porque no es la nuestra, sino la de nuestro doppelgänger (sí, ahora he buscado en google para escribirlo correctamente, pero de todas formas voy a dejar el título como está).

—Todos tenemos nuestro doppelgänger, o sea, nuestro doble — quien me revelaba esto era Onán —Es a él a quien escuchas cuando grabas tu voz, y por eso a todos nos resulta tan extraña, pero no es ese el único momento en que se nos manifiesta. Cada vez que te sorprendes de alguno de tus actos y te preguntas: “¿Pero como pude haber hecho yo algo así?”, la respuesta es clara, porque no fuiste tú, sino él. ¿Nunca nadie te ha dicho que te vio en un determinado sitio a cierta hora cuando tú sabes fehacientemente que no es posible? Pues ahora ya sabes el porqué. Eso sí, sois como Spiderman y Peter Parker, como Clark Kent y Superman, nunca se os va a ver juntos, siempre va a huir de ti.

—Y si me he de fiar de las películas y novelas, ese doppelgänger es malvado, ¿no?

—En absoluto —me negó con esa férrea convicción en sus creencias y que había sido el principal motivo de su ingreso en el psiquiátrico —Paparruchas, la gente teme a lo que no conoce, y nada nos es más desconocido que nosotros mismos. Es más, —y ahí se ruborizó— mi objetivo va a ser encontrarme con mi doble, yo creo que, aun sin conocerlo, me he enamorado de él.

—Eso sí que es amor propio, Onán.

—Supongo que podríamos llamarlo así.

Ya hace más de un año que me dieron el alta de San Humbértigo y sé por el doctor Tovar que poco después se la dieron a Onán, y que lo primero que hizo fue viajar a la India a encontrarse a sí mismo: pero no en el plan en el que van esos pseudohippies tatuados con dedidades hindúes, —lo cual es como si un vecino de Calcuta se tatuara un San Pancracio— lo suyo no era una búsqueda espiritual, o por lo menos no del todo.

Todo esto viene a colación porque esta mañana Lepisma, a la que le había dado permiso para entrar en mi buzón y comerse la correspondencia, ya que últimamente sólo recibo facturas, me avisó de que también había una postal. La foto era una imagen del Taj Mahal que rezaba “Estuve en Agra y me acordé de ti”. En el reverso de la tarjeta, escrito con un bolígrafo que era obvio que estaba dando sus últimos estertores de tinta, y quizás ese era el motivo de que el texto fuera tan breve, pude leer “Al fin encontré lo que buscaba.” 

Por mi parte, yo no encontré lo que buscaba, que era esa caligrafía tan característica de mi amigo: ni el punto de la i era un círculo, ni la tilde apuntaba al lado contrario al que debería, ni las enes eran demasiado grandes en comparación con el resto de caracteres.

Era obvio que esa postal la había escrito Onán, y sin embargo, esa no era su letra.

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