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Lo que no puede pensar la carne

Lo que no puede pensar la carne

Un cuerpo fibrilado por sus propias pulsiones, del que nada sabemos salvo su segura descomposición. Un cuerpo de sangre y carne, de agua y carne, de silencios que se resumen en ser carne y en los que solo cabe la contemplación de lo otro. «Yo sigo el camino de todos en la tierra; esfuérzate, y sé hombre» (1 Reyes 2:2). Esas fueron algunas de las últimas palabras del rey David a su hijo Salomón, con las que, más allá de señalarle un destino común, la muerte, asumió que todo ser humano es y será siempre carne que piensa. A sus necesidades e imperativos se someten la intención y, en mayor medida, nuestros escrúpulos frente a la violencia. La carne mueve y define los espacios, sin importarle cuán devastadoras son las consecuencias de un gesto, de los roces comprometidos con el consumo masivo de dolor o de los verbos, difícilmente espontáneos, que implican una reinvención radical del día siguiente. La carne aspira a gobernarse en medio de la putrefacción, sin que el tiempo haya encontrado a día de hoy el modo de dosificar sus estímulos. Mientras la historia construye su causalismo como si de una estructura impermeable se tratara, la carne transita sus arrabales con la repetitiva vocación de quien se intuye espectador y víctima, sujeto y territorio mudo de sus acciones.

"Del abuso físico al abuso involuntario de la carne, pasando por la observación corporal de los dolores ajenos. Este es el itinerario de István"

«De hecho, mientras lo hacen —escribe David Szalay en una de las últimas escenas de su novela La carne—, las sensaciones son como de huida; hay olvido ahí y también algo satisfactorio parecido a la violencia; es como si le proporcionara algo que también le proporcionaría la violencia, algo físico y destructivo, algo que al parecer necesita». La violencia y la carne se hermanan por medio de códigos no siempre indirectos, un hermanamiento que obliga a la carne a contemplar los ejercicios que despliega la violencia, mientras esta se secunda a sí misma, mientras se reitera con formulaciones que endurecen el deseo. Esta es la dinámica de todo ser humano, dinámica que rompe las cautelas de la introspección y que avala ese libre albedrío accidental e inconsciente de los hechos. La pregunta obligada es cómo transponerlo al territorio narrativo sin debilitar esa evidencia áspera a la que parecen sobrarle las palabras. ¿Cómo describir la relación brutal entre violencia y carne sin caer en el ensimismamiento, en letanías reflexivas o en monólogos confesionales y exculpatorios que buscan avalar la tragedia y, en no pocas ocasiones, lo consiguen? La carne, novela del escritor David Szalay, publicada por la editorial Feltrinelli, es un ejemplo de lo que bien podríamos calificar de brutalismo literario. El brutalismo es una palabra mayestática que desprecia la ornamentación: cuando el autor se abraza a ella, por acción u omisión, la ornamentación cae descolgada por la fachada del planteamiento narrativo inicial y deja al descubierto la frialdad —quién sabe si también la certeza— con que este se abre a la vida colectiva y a la de sus personajes. La historia de István comienza a principios de los años noventa, en un pueblo de Hungría y en uno de los bloques de viviendas tan característicos de la época soviética. El colapso del régimen y esa suerte de vacío sociológico e institucional de los años posteriores obligan a un adolescente a ser testigo de su propio descubrimiento. En este caso, a raíz del abuso sexual continuado al que lo somete una mujer amiga de su madre y que desemboca en un acontecimiento trágico. Esta apertura a su propia fisicidad, por momentos hedionda e inevitable, marca el rumbo de una novela que empujará a su protagonista a la guerra de Irak, a los bajos fondos de Londres y a esos otros suburbios, esta vez privilegiados, del poder político y económico. Del abuso físico al abuso involuntario de la carne, pasando por la observación corporal de los dolores ajenos. Este es el itinerario de István y este el planteamiento rigurosamente aséptico con el que David Szalay deconstruye magistralmente los parámetros de la Bildungsroman o novela de aprendizaje. Lejos de conquistar el autoconocimiento, el protagonista de La carne participa de forma pasiva y flemática en los acontecimientos de su propia existencia, empujado por el deseo ajeno —rara vez por el propio—, por la economía global —siempre deseosa de nuestra corporeidad— y por el azar, que construye, pule y erradica el destino de sus actores con manifiesta autoridad e impudicia. Su posición latente, su visión transaccional del tiempo y la parquedad con que se niega a sí mismo el derecho a redimirse constituyen una radiografía sin palabras —y esto es importante— de cualquier contexto contemporáneo al que antes hubiésemos aplicado las reglas de la deslocalización.

"Este y no otro es el gran mérito de La carne: la inarticulación de la voz narrativa que se expande en los personajes y en un narrador que opera desde la exterioridad más estricta"

La trayectoria de David Szalay, desde la publicación de su primera novela, London and the South-East (2008), hasta La carne, que le valió el Premio Booker 2025, pasando por su también premiada All That Man Is (2016), ha sido y es ascendente. Quizá por la radicalidad metodológica con la que el autor británico de origen húngaro es capaz de secuenciar sus historias y que, además del elogio de una gran parte de la crítica, le ha valido un número no menos importante de detractores que no han entendido —y lo subrayo— su dosificación consciente del lenguaje y la búsqueda abolitiva de la interioridad. Este y no otro es el gran mérito de La carne: la inarticulación de la voz narrativa que se expande en los personajes y en un narrador que opera desde la exterioridad más estricta para anestesiar al lector y entregarlo a la vacuidad frenética y espesa de su protagonista. Si István es, y así lo asume, carne que piensa o se esfuerza por pensar, el lector se siente carne dentro de un antidiscurso que sortea las vaguedades del tiempo y prima lo no dicho como un segundo protagonista. Renunciar a la tropología puede ser un ejercicio arriesgado, a menos que su responsable maneje —y David Szalay lo hace de manera magistral— la sublimidad como un rasgo definitorio dentro del minimalismo narrativo y la sismicidad, en este caso biográfica, de los espacios en blanco. Lo que ocurre fuera de los nueve capítulos que componen La carne —y que el lector intuye con absoluta claridad— y el modo en que la violencia se deshace de sus rasgos más explícitos para marcar la anatomía traumática de István, siempre en un marco de globalización y de masculinidad vacía, hacen que la lectura sea frenética. Lectura de carne. Lectura violenta. Vivencia que acelera la pasividad del deseo y la incurabilidad de lo que nunca, por ser carne, pudimos evitar.

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Autor: David Szalay. Título: La carne. Traducción: Ce Santiago. Editorial: Feltrinelli. Venta: Todos tus libros.

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