Se trata de una máquina que, al tatuar la sentencia en el cuerpo del condenado, debe causarle un dolor próximo a la epifanía. Una máquina monumental y perfecta, llamada a redimir al reo antes de abandonarlo en brazos de la amnesia y de la vida vegetal —vida sin aliento— que el Estado impone a sus culpables. Alojada en una remota isla de ultramar, la máquina queda bajo la custodia de un oficial que dispone y administra las ejecuciones mientras manifiesta públicamente su fe absoluta en el sistema. Las críticas y el escepticismo de un viajero accidental, espeluznado ante la anatomía de la máquina y la atrocidad de sus fines, empujan al oficial, en defensa de su credo, a liberar a uno de los condenados y ocupar su lugar. Convencido de que la máquina, además de justa, es una herramienta de liberación moral, y dispuesto a sentirla en su propia piel, comprueba que esta es falible y que sus desajustes retuercen la ejecución hasta convertirla en un acto inútilmente sangriento. Su muerte, lejos de ser epifánica, se vuelve lenta y grosera, repugnante por la terrenalidad del dolor. Una muerte en la que también muere la fe del oficial en la autoridad y en la tradición que la sustenta. Esta es la gran revelación del relato de Franz Kafka titulado En la colonia penitenciaria: las estructuras que empleamos para imponer el orden acaban convirtiéndose en aquello que nos domina. Orden, en el caso de Kafka; miedo, en el de Stig Dagerman: cuando el ser humano deja de contemplarlo desde fuera, descubre que él mismo es uno de sus prisioneros.
Es la gran perversión laberíntica que desautoriza al Estado. Sus mecanismos, sus decálogos cosméticos, su flujo de querencias hacia la brutalidad y el reduccionismo terminan siendo nada. Nada en un espacio en blanco donde inmolarse tampoco tiene sentido. La serpiente, novela publicada en 1945 y que Nórdica recupera en una bellísima edición, es más que un manifiesto antibelicista, más que una novela bélica trasladada al plano de la conciencia para corporeizar la sugestión y sus alrededores semánticos: La serpiente es una inmersión —a veces asimétrica, pero siempre magistral— en el miedo. Y cuando el miedo se convierte en digresión y simulacro, en tiempo de espera uniformado y grávido; cuando se agudiza en los márgenes del terror y reglamenta no solo la relación entre iguales, sino también sus reacciones más profundas, todo enfrentamiento con él resulta regresivo. La gran pregunta que se formuló Dagerman es, en sí misma, una respuesta: vencer al miedo sin servirse de él como excusa ni convertirse en su alimento físico y conceptual —en los escenarios más benignos o en medio del holocausto— es imposible. Solo existe una salida: como reconoce el propio autor sueco en el tramo final de la novela, decidir convivir con él y, en cierta medida, conocer sus detalles más íntimos y respetarlo. Así lo formula Scriver, alter ego del propio Dagerman:
«Para mí, como escritor, es del todo evidente que mi miedo tiene que ser más grande que el de todos los demás. Es evidente porque, a mi entender, el escritor debe ser un símbolo de todos los seres humanos del mundo que no se dejan arrastrar por la ambición de intentar ahogar su miedo. Y, del mismo modo que, por ejemplo, al trabajador se lo simboliza siempre con el que más duro trabaja —el minero o el dinamitero, no el granjero—, y a los reaccionarios con el capitalista armamentista, no con el contable suplente, el hombre angustiado ha de simbolizarse con aquel que ha llegado al fondo de su miedo, aquel que más sabe de él y que menos lo teme, porque está acostumbrado a convivir con él. Ese hombre es el escritor. ¿Acaso ser escritor no debería equivaler a estar en posesión de una angustia más grande que la de todos los demás en el mundo?»
El miedo puede ser sinónimo de ambición —Dagerman demuestra que el heroísmo también es regresivo— o de ruptura. Y la ruptura, siempre psicológica, ejemplifica la estructura desigual y, al mismo tiempo, sistemática de La serpiente. La novela, dividida formalmente en dos partes, despliega tres movimientos que funcionan con una suerte de autonomía argumental y quedan entrelazados por un núcleo, a veces simbólico y casi siempre explícito, en el que el miedo adquiere una forma discursiva que atraviesa a los personajes y horada sus movimientos. En el primero, un análisis casi lírico del terror íntimo y psicosexual, Irène es una joven que trabaja en los aledaños de un campamento militar. Atrapada en una relación de dependencia tóxica con Bill, un soldado carismático e imprevisible, vive consumida por el convencimiento de haber empujado a su propia madre desde un tren en marcha. Ambos emprenden una búsqueda febril y disociada del cadáver a lo largo del terraplén de las vías del ferrocarril, borrando cualquier límite empírico entre la vigilia y la pesadilla. En el segundo movimiento, Dagerman aborda el terror colectivo y el colapso institucional y sitúa la acción en las cuadras y los barracones de una instalación militar. Una serpiente que Bill había capturado en la primera parte se ha escapado en el interior de los dormitorios y nadie conoce su paradero. Los soldados caen víctimas de un insomnio crónico y yacen en sus literas, sometidos a una angustia insoportable que intentan encubrir desesperadamente ante sus superiores y compañeros. Es entonces cuando el orden y la jerarquía militares se desmoronan y la masculinidad bélica, construida sobre la obediencia y el ocultamiento de las emociones, revela su fragilidad. En el tercero y último, Scriver, un soldado con inclinaciones intelectuales que analiza desde el interior de la institución la tragedia de la condición humana, expone mediante un vívido monólogo su visión ontológica del miedo y de su naturaleza.
La figura de Stig Dagerman no puede entenderse sin el poder disruptivo de una novela como La serpiente, del mismo modo que esta no puede comprenderse sin el halo casi hagiográfico que rodea a su autor y sin el contexto bélico en el que fue escrita. El pensamiento de Dagerman, marcado por el abandono y por un despertar ideológico febril, arraiga en una conciencia de clase surgida a los once años, cuando se trasladó a Estocolmo para convivir con su padre. Este, jornalero y trabajador de la piedra, lo puso en contacto con las ideas libertarias. Sus inicios como editor cultural del diario Arbetaren, su matrimonio con Annemarie Götze —una refugiada alemana de apenas dieciocho años— y su relación con un amplio grupo de militantes y exiliados europeos le permitieron trascender el aislamiento geográfico de su país natal. Mientras Suecia asumía una pragmática neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial, Dagerman interiorizó y plasmó en su prolífica obra el trauma continental. Es autor de cuatro novelas de profundo calado existencial —La serpiente, La isla de los condenados, Niño quemado y Bodas penosas—, de una muy meritoria colección de cuentos titulada Los juegos de la noche, de varias obras de teatro y de un libro de crónicas periodísticas sobre la Alemania devastada tras el fin de la guerra, Otoño alemán. Todas estas obras fueron escritas entre 1945 y 1949. La serpiente fue, por tanto, una irrupción que lo catapultó al epicentro del fyrtiotalismo, la corriente de los «escritores de los años cuarenta». Las principales características del movimiento —la decidida experimentación formal, la sintaxis fragmentada y la aproximación obsesiva a cuestiones universales como el miedo inmanente, la alienación del sujeto moderno o el complejo de culpa del superviviente— están presentes en esta novela, escrita durante el servicio militar obligatorio de Dagerman y nacida como un pulso visceral, que dialoga en términos de intertextualidad con las vanguardias europeas y la generación perdida estadounidense. Emparentado tanto con Albert Camus y el existencialismo francoargelino como con el determinismo gótico de William Faulkner, Dagerman encuentra, no obstante, su mayor afinidad en el absurdo laberíntico de Franz Kafka y en un empleo del simbolismo que confunde la realidad física con la pesadilla psicológica.
En La serpiente, lejos de ser un simple personaje —en este caso, extraviado en un barracón militar—, el animal representa el centro de gravedad de las múltiples capas metafóricas de la novela. La serpiente es instinto primitivo, barbarie y terror, sospecha y catalizador de la verdad moral. La serpiente: palabra y movimiento, siseo y humedad, dolor anunciado entre las tablas del dormitorio o el verdor de la hierba. La serpiente como lenguaje empleado por Dagerman: una incomodidad física, una acumulación ondulante y expansiva de escenarios repletos de sudor, antipatías y fragilidad. Símbolo y metáfora; animal que brilla bajo el tiránico cordel del miedo; impulso vencedor en el que ovula la derrota más ridícula, más pasiva y beligerante, la serpiente es un espejo de aquella Suecia enfrentada a la inminencia y al pavor, al heroísmo y a la huida, y un ejemplo contemporáneo de cómo la negación del miedo es —o será— la antesala de la extinción.
—————————————
Autor: Stig Dagerman. Título: La serpiente. Traducción: Carmen Montes Cano. Editorial: Nórdica. Venta: Todos tus libros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: