Me escribió a través del chat de Facebook Antonio Huerga, editor, junto a Charo Fierro, de la veterana editorial madrileña Huerga & Fierro. Me comentaba en privado un estado de mi muro, en el que yo ironizaba sobre el buen hacer de los editores españoles, esos «jefes» de empresas a los que los aspirantes a escritores permitimos desplantes y ninguneos que no permitiríamos en una relación laboral tradicional, existiendo, además, una especie de pacto de silencio en este mundillo o aldeílla, en el que se considera de mal tono exponer sus malas prácticas empresariales, porque la «magia» del arte, al parecer, queda exenta de los protocolos más humildes de seriedad o de simple civismo. Lo que no quita, por supuesto, para que estos mismos editores que rompen continuamente su palabra y sus contratos se indignen en público por los desmanes de los políticos o de los grandes empresarios.
A finales de 2025, yo tenía una novela pendiente de salir al mercado en 2026 (aceptada por una editorial a mediados de 2024), y convine con Antonio que ya ajustaríamos los tiempos en el futuro.
Cuando en 2026 el editor de la novela, después de año y medio de posponer fechas, seguía pendiente de enviarme las galeradas del libro (juro que llegué a verlas en un ordenador de su despacho) y el contrato de edición la siguiente semana, y esa «semana» se empezó a convertir (una vez más) en meses, contacté con Antonio Huerga. Le expuse la situación y le pregunté si a él le venía bien sacarme el poemario del que habíamos hablado para la Feria del Libro de Madrid de 2026, a la que no acudía con un libro nuevo desde hacía cinco años. Me dijo que sí. Existen editores en España que te dicen que te van a mandar el contrato y las galeradas del libro, que ellos mismos han elegido para publicar, y lo hacen; lo confirmo. Debéis creerme.
Lo que no le había contado a Antonio Huerga es que le había enviado un poemario escrito en 2009, hace diecisiete años. El último poemario que escribí, cuando la poesía decidió abandonarme —porque ella elige e igualmente desecha a sus víctimas— y me centré en la prosa. Martín pescador disecado estuvo aceptado para su publicación en 2015 en Baile del Sol, editorial con la que fui por primera vez a la Feria del Libro de Madrid, en 2010, y que ya me había publicado, por entonces, dos novelas y otros dos poemarios. En el último momento, pregunté a los editores de Baile del Sol si podía cambiar la publicación de ese poemario por el libro de relatos Koundara, aceptado por otra editorial (especializada en relatos, en este caso) y que se acabó echando para atrás, retirando la palabra dada, porque «el libro es bueno, pero…», parafraseando a Mario Levrero. Y los editores de Baile del Sol, que para mí se encuentran en el lado correcto de la historia de la edición en España, no me pusieron inconveniente. Un año o dos después podía haberle pedido a Baile del Sol que me publicara el poemario, y sé que lo hubiera hecho, pero decidí no hacerlo, por desidia tal vez; o porque me daba igual, hace diez años, vender cincuenta ejemplares de un poemario o no venderlos; por lujo personal quizás, ya que consideraba que Martín pescador disecado era mi mejor poemario. Lo envié a algún premio, es cierto; alguno de esos premios en los que el texto no importa para ganarlo, creo que me explico. Esto ya lo parodié en mi novela Los insignes, publicada por la editorial Sloper. En cualquier caso, y en esencia, Martín pescador disecado estaba, para mí, retirado de la circulación, y mi «yo poeta» enterrado desde hacía años. Sin embargo, sí decidí enviarle este poemario a Antonio Huerga cuando me lo pidió y, básicamente, lo hice porque, hacía más de veinte años, yo había acudido a la Feria del Libro de Madrid, a la caseta de Huerga & Fierro para que Leopoldo María Panero, nuestro gran poeta maldito, me firmara alguno de sus poemarios, y allí estaban ya Charo y Antonio a bordo de la nave, suministrando a Leopoldo las Coca-Colas que tomaba como combustible. Y también había leído, publicado por ellos, una antología de poesía del chileno Jorge Teillier, uno de mis poetas favoritos, y Martín pescador disecado, como la poesía de Teillier, hablaba también de los rincones de la infancia. Así que este 2026 tendré el privilegio (o la condena) de ocupar figuradamente el puesto de Leopoldo María Panero en la caseta de Huerga & Fierro de la Feria del Libro de Madrid. Mis Coca-Colas, en cualquier caso, son Zero; los tiempos cambian.
Martín pescador disecado es un canto a los recuerdos de la infancia más remota, esos que no sabemos si son inventados o son reales, y un homenaje y una despedida al mundo de los abuelos. Dejo aquí dos de sus poemas:
***
TÚNELES
La luz no está bajo techo. Un túnel
sin puertas atraviesa la cocina, el salón,
une el patio con la calle. Lo recorro
para surgir ante el mosaico rojo y verde
de los geranios que brotan en las fachadas.
Aquí lucen los gritos exultantes de los jugadores
de cartas; recelosos de sus figuras, asestan
golpes definitivos sobre la mesa de camping.
Entre sus piernas busco la hipnosis de los ojos
del gato, y juntos absorbemos la música flamenca
de la radio, rajando un denso telón de chicharras.
También hay momentos extraños: un día
al vecino se le escapó el águila que guardaba
en la caseta de su patio, y fue a posarse
sobre el vasto eucalipto. Rabioso, el hombre
la invocaba a gritos vacilantes. Yo, mirando
hacia arriba, recordaba los ojos del águila
que había visto en la caseta: entre ellos
y los del gato percibía otro túnel sin puertas,
como una música que pudiese desgajar del aire.
*
LOS GAMOS
Atravesaban la linde negra de los pinos,
se materializaban desde la oscuridad del monte
e irrumpían frente a la primera fila de casas.
Como príncipes desnudos pero aún orgullos
aceptaban las cáscaras de fruta –melón, sandía–
desechadas por el bullir del verano furioso.
Las recogía en casa, las cáscaras,
y con el abuelo Pepe y mi padre aguardaba,
junto a otros vecinos, su aparición altiva.
Entre el olor de las arizónicas y el eucalipto
amortiguado por la noche, el golpear de las chicharras
y el firmamento nos abrumaban. Al fin, los veíamos
aparecer, majestuosa esencia de músculo invencible
que condescendía al favor de aceptar nuestras sobras.
Y se lo pregunté a mi padre, ante las ramas
pétreas de sus testas punteadas de estrellas
(el mismo tono de afirmación convencida
con que le había preguntado si los hombres
podían volar «con capa», y el «NO» fue un fervor
de absurda agua fría), le pregunté si los gamos
morían, la leve intuición de dejar de ser,
de acompañar a la tierra y a la nada,
la increíble disolución de lo firme y poderoso, y él
dijo que sí. Y con un entusiasmo estremecido,
seguro del privilegio, le pregunté si los hombres
morían y él dijo que también. Y los gamos
se retiraron, como cada noche, a su reino negro,
y nosotros caminamos hacia la casa, al vacío
nuevo de apagar la luz y adentrarse en el sueño.
***
Me sigo viendo en mis poemas. Sigo siendo yo en ellos.
Si a alguien le apetece acompañarme, estaré firmando mi poemario Martín pescador disecado en la caseta 284 de la Feria del Libro de Madrid el viernes 12 de junio, de 19:00 a 21:00 h.


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