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Luz Gabás: “El mundo va más deprisa que la tradición que hemos recibido”

Luz Gabás: “El mundo va más deprisa que la tradición que hemos recibido”

En Aquilare, un pueblo abandonado de la España de los años sesenta, transcurre la más reciente entrega de ficción de Luz Gabás, El latido de la tierra (Planeta), un libro que podría ocurrir en cualquier lugar lejano, aquel que todavía se sostiene como un crespón en los recuerdos de quienes lo habitaron. Un territorio aún vivo en la memoria de alguien más: madres que sostuvieron casas y se convirtieron en fantasmas, hermanos que envejecieron callando y amigos al que el tiempo transformó en extraños.

Alira, una mujer lastrada por la herencia de un mundo en trance de desaparecer y que decide volver a la casa familiar, sirve a Luz Gabás para poner en marcha El latido de la tierra, una novela que es, al mismo tiempo, artefacto del pasado y revulsivo del presente, una oportunidad para descubrir un amor que exhuma otros. Palabra a palabra, Luz Gabás roe el músculo deshilachado del pasado hasta trazar una frontera propia. Se mueve cómoda Gabás en estos desiertos. Lo ha hecho antes y pretende confirmarlo una vez más.

Dice ella que ésta es una historia tan suya como de la generación de la que forma parte, una novela dedicada al mundo rural olvidado durante décadas, y que ella trae al presente tras hundir los dedos en el teclado de sí misma. Convencida de que era el momento de contar una historia realmente suya, Gabás vuelve con esta novela, la primera después de lo que llamó su trilogía emocional, un ciclo conformado por Palmeras en la nieve (2012), Regreso a tu piel (2014) y Como fuego en el hielo.

Alira, heredera de la mansión Elegía y de las tierras que su familia conserva desde hace décadas, tendrá que elegir entre preservar sus orígenes o adaptarse a los nuevos tiempos. Su vida atraviesa el desierto de las preguntas, una bruma que la examina a ella y a todo lo que la rodeó. Mientras busca cerrar un ciclo, el hallazgo repentino de un afecto representado en Damer, Alira descubre un crimen que se desvela de a poco ante el lector y que empuja a cada personaje a un combate individual y colectivo.

Investigar qué ha ocurrido, quién es el culpable, obligará a todos a mirar atrás. También a cuestionarse la naturaleza de la amistad y la fragilidad de todo cuanto parecía firme. Esther Vargas, una subinspectora de la Guardia Civil, jalona algunas de esas pesquisas. Mientras sepulta unas cosas, Alira descubrirá otras: lo inesperado, pero también las dudas sobre aquello que, se suponía, debía durar para siempre. ¿El pasado se hereda o tan solo se resiste a desaparecer? Esa es la pregunta de fondo que empuja esta novela.

Nacida en Monzón (1968), esta filóloga inglesa que opositó para dar clase a ingenieros lo dejó todo en 2007. Quería dedicarse a escribir. Así que se mudó al valle de Benasque. Tras ejercer como alcaldesa del PP en esa localidad, irrumpió con Palmeras en la nieve, un éxito de ventas que se nutría de la biografía familiar —su padre viajó a Guinea Ecuatorial en los años cincuenta— y a la que siguió Regreso a tu piel. Cerró el ciclo en Como fuego en el hielo, una novela ambientada en los pirineos durante el siglo XIX y en el que el viaje se alzó, una vez más, como territorio interior.

Luz Gabás vuelve sembrada en su territorio: la novela decimonónica al uso, esa lucha que enfrenta al individuo ante la sociedad de la que forma parte. En estas páginas, Luz Gabás no pretende nada más que el ejercicio de sus obcecaciones: la desembocadura de la voluntad y las circunstancias y, por qué no, ese poso de desencanto que deposita la vida a medida que pasan los años, y las certezas.

—Llamó «trilogía emocional» al ciclo de Palmeras en la nieve, Regreso a tu piel y Como fuego en el hielo. ¿Qué supone ahora esta novela?

"Después de escribir historias cercanas a mí, necesitaba escribir una que fuese completamente mía"

—Después de escribir historias cercanas a mí, necesitaba escribir una que fuese completamente mía. Dije: «Ahora me toca a mí. Quiero reflexionar sobre mi vida y sobre la vida de mi generación». Esta novela ocurre en un contexto muy concreto de la historia de España, que representa el fin del mundo rural. La mansión Elegía es el símbolo. En Planeta dicen que es la más sentida de todas mis historias.

—Aquilare, este pueblo expropiado y abandonado en los años 70, es un personaje que representa dos cosas: lo que se extingue y lo que resiste. ¿Cuál de las dos es realmente?

—Ambas, porque en parte se ha extinguido y en parte resiste. El mundo rural tal como fue ha desaparecido. Lo que hay ahora será otro nuevo, pero esa idea del lugar pequeño que conocemos de generación en generación ha cambiado, sobre todo, a partir de la revolución tecnológica. Primero fueron las carreteras y los coches que acortaron las distancias, pero la verdadera transformación vino con el auge de Internet. Los niños en los pueblos pueden estar con su móvil horas y horas. Ya nada será igual. Es distinto.

—Le interesa el romanticismo en su concepción decimonónica, la del individuo reafirmándose ante la sociedad. ¿Reincide?

"La editora me comentó que ésta es la más romántica de mis novelas"

—La editora me comentó que ésta es la más romántica de mis novelas. Aborda la tensión entre el individuo y la sociedad, también los límites autoimpuestos que cercan al individuo. El mundo va más deprisa que la tradición que hemos recibido. Nos tenemos que ajustar, y eso requiere un esfuerzo para no caer en la excesiva nostalgia, porque envejeces con la extinción de la ilusión. Por eso elegí este personaje, una mujer que está en un momento especial de su vida y ella se atreve a enfrentarse a los cambios. ¿Le producen miedo? Por supuesto, como a todos.

—¿Le obsesiona lo crepuscular?

—A mi edad, a los 51 años, mi percepción no es la misma que tenía a los veinte o los treinta. Con el paso del tiempo, aparece la certeza y la sensación de que es necesario pelear para que no se apodere de nosotros la melancolía.

—Le pasa a la protagonista y al resto. ¿Es esta una novela coral?

—Tenía que serlo, porque mi generación lo era. Recordamos y recuperamos nuestro pasado, pero es imposible reconstruirlo de nuevo. Por eso ésta era una novela coral.

—La mayoría de los escritores evita hacer este tipo de juicios, pero ¿hay una intencionalidad con esta novela de cara a su obra?

—Para mí sí que hay una visión de conjunto dentro de mi obra. Esta novela ha sido un punto de inflexión. Me permitió indagar más dentro de mí, no en la piel del otro. Además, la búsqueda que supone el policiaco me ha abierto una puerta. Me siento más libre para escribir otras cosas y creo que sé e intuyo qué voy a escribir. De hecho, tenía en marcha notas sobre otra novela y ésta pidió pista.

—Existe una desaparición en la trama —el policiaco siempre ofrece la oportunidad de la indagación—, y en este caso sus personajes se buscarán a sí mismos al tiempo que investigan.

"Quería aumentar la incertidumbre en el lector sobre su noción del futuro"

—Tenía clarísimo que quería una disrupción temporal de la narración. Hay muchas analepsis y prolepsis. Eso me ha agotado mentalmente. Quería reflejar la búsqueda policial y la búsqueda de los personajes, el viaje de la protagonista. Si yo pienso en mi pasado, me doy cuenta de que permanece continuamente en nuestro interior mientras vivimos. Soy la que soy ahora y la que fui en mi infancia, conservo recuerdos. Quería aumentar la incertidumbre en el lector sobre su noción del futuro.

—¿Por qué?

—Los personajes no saben qué va a pasar y el lector tampoco. Además, el policiaco es muy útil para reflejar los problemas sociales, justamente en la búsqueda.

—Hay un poso de desencanto en esta historia. ¿En usted también?

—Yo creo que sí: a mayor edad mayor desencanto. La pelea que tengo radica en el hecho de que no me quiero desencantar de la sociedad ni del mundo en el que vivo. Si ves la prensa, lo notas, en todo: la imagen se que se percibe es agresiva y deprimente. Yo me rebelo contra eso y me quiero rebelar contra eso. Es normal que haya algo de amargura, y eso lo he reflejado en la novela con Adrián y Dunia, que están juntos por la propia inercia.

—Cada pueblo vacío es una historia por contar, dice. ¿Qué la empujó a buscar esta historia en concreto?

—En mi caso fue cumplir 50 años. En ese momento revisas las decisiones. Yo, como Alira, reviso las que he hecho y lo que haré. Tomé la decisión de venirme a vivir aquí. Al replanteármela, descubrí que estaba conforme. Creo que, como Alira, tengo la capacidad de ajustarme a los cambios y de no lamentar las decisiones. Por eso creo que este es un libro muy positivo.

—¿Se escribe para…?

"Yo escribo para que el tiempo pase bien. Cuando escribo no me duele nada"

—Yo escribo para que el tiempo pase bien. Cuando escribo no me duele nada. Te metes tanto en la historia… Te aíslas y al mismo tiempo te encuentras.

—De filóloga a profesora, de alcaldesa del PP a escritora. No le tiene miedo al cambio. ¿En el fondo es usted una mujer del romanticismo en el siglo XXI?

—Yo creo que sí. No nací en la era equivocada, o la era se adelantó. Soy muy consciente, me gusta el romanticismo incluso en su estética. A veces me pregunto por qué esta necesidad de hacer tantas cosas. Ha de ser una necesidad de búsqueda, en mi familia siempre se ha buscado ir a mejor, no sólo económicamente. Esto es muy de mi casa de la montaña: un espíritu inquieto. Mi espíritu se calma en la naturaleza. Si estoy atacada me voy cerca de la tierra y me da sentido.

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