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Más que mil palabras

Más que mil palabras

La reconciliación galesa

«La foto es mala, pero la historia que hay detrás es bien linda», me dice Daniel Mordzinski mientras esperamos en la terraza del Don Manuel a unos amigos comunes. Le pido que me la cuente y se remonta al tiempo en que los escritores V. S. Naipaul y Paul Theroux entablaron en Uganda una amistad que se materializaría en un enjundioso epistolario donde ambos iban compartiendo sus respectivas visiones del mundo colonial. El paso de los años y la distancia fueron debilitando —o viciando, o corrompiendo— una relación que parecía inquebrantable, pero el desencuentro definitivo llegó la mañana en que Theroux encontró, en una librería de lance parisina, un ejemplar de uno de sus libros que él mismo había regalado y dedicado a Naipaul. «Tiene que haber pasado algo», inquirió al librero, «seguramente Naipaul ha sufrido un robo, o alguien se llevó de su biblioteca este volumen, sin que él lo advirtiera, con la intención de revenderlo.» El librero, con cruel sinceridad, lo expulsó de la inocencia: «Señor Theroux, yo mismo le compré ese ejemplar al señor Naipaul por el equivalente a mil quinientos dólares.» Dolido en lo más profundo de su orgullo, Theroux se entregó a la escritura de La sombra de Naipaul, una biografía tan elegante como descarnada de aquél a quien había tenido por uno de sus cómplices más íntimos. Como se puede deducir, el vínculo que años atrás los había unido terminó saltando por los aires. Quince años más tarde, el Hay Festival de Gales invitó a V. S. Naipaul, condecorado ya con los galones del Nobel, para ofrecer una conferencia. Mordzinski, que nunca había conseguido fotografiar al autor —remiso, al parecer, a los retratos—, contó con la ayuda de Peter Florence, el fundador del evento, para que esta vez sí accediera a un posado. A la hora convenida, el fotógrafo se presentó en la Green Room de Hay-on-Wye, la pequeña sala dispuesta para que los escritores pasen los momentos previos a la salida a escena, y justo en el instante en que la silueta de Naipaul se dibujaba ante sus ojos observó que por una puerta lateral penetraba en la misma estancia Paul Theroux. Fue una sorpresa absoluta: no figuraba en el programa y nadie esperaba su presencia; teniendo en cuenta quién era el protagonista principal de la jornada, era previsible que saltaran chispas. Mordzinski se encontró sumido en un dilema casi irresoluble: quería inmortalizar a ambos, pero el asunto era espinoso, porque lo más probable era que, si pedía la foto a uno, el otro se enojase y viceversa. En cuestión de segundos, mientras su cabeza intentaba dar con la solución más adecuada a sus propósitos, escuchó su propia voz, como si fuera la de otro, decir: «Señores, me gustaría hacerles una foto juntos, ¿serían tan amables?» Todos los presentes en aquella sala, entre ellos el escritor Ian McEwan, enmudecieron y en silencio comenzaron a prepararse para el desastre que se avecinaba. Sin embargo, para sorpresa de todos, en cuanto aquellas palabras preñadas de inconsciencia resquebrajaron la tensión que se había adueñado de la atmósfera, Naipaul se arrojó sobre Theroux y ambos se fundieron en un fuerte apretón de manos del que salió esa instantánea que a Mordzinski no le parece ni mucho menos la mejor de su larga carrera, pero que da testimonio de un momento histórico. «Te he echado de menos», dice el retratista que se dijeron mutuamente los retratados. Que ésa fuera o no la conversación literal es lo de menos; lo importante es la imagen, porque —como ocurre siempre con las que toma Mordzinski— ella sola vale más que mil palabras.

El más insólito viaje

"Pocas obras han surgido a lo largo de la historia que influyesen tanto en el imaginario colectivo como la Divina comedia"

No sé cómo habrán ido las cosas en Italia, pero es seguro que en España las fatigas pandémicas y sus sucesivas resacas han acabado oscureciendo lo que probablemente hubiese podido ser una merecida celebración del viaje más insólito de la literatura universal. Dante Alighieri, que murió en Rávena el 14 de septiembre de 1321, había concluido unos días antes la escritura de su Commedia, ese relato alucinado y magistral del periplo que, junto al poeta Virgilio y su platónica Beatrice, había llevado a cabo en mitad del camino de su vida por los territorios del ultramundo, parcelados en función de la cartografía dictada por la ortodoxia católica. Pocas obras han surgido a lo largo de la historia que influyesen tanto en el imaginario colectivo —hasta las personas que no la han leído se encuentran sin ellas saberlo en posesión de referentes que provienen de los delirios dantescos— y no hay demasiadas que hayan propiciado exégesis que van desde lo puramente intelectual —los ensayos que Borges dedicó al texto son una de las maravillas del género— hasta lo deliciosamente pintoresco. Desde Penguin me envían una nueva edición que irrumpe ahora en las librerías con ocasión de la efeméride. Se presenta en tres tomos, uno por cada libro original, y viene traducida por Jorge Gimeno, que propone un trasvase en el que la fidelidad a las palabras primigenias se supedita a la búsqueda de una musicalidad que evoque el modo en que Dante rompió las convenciones lingüísticas de su tiempo para instaurar un nuevo código, con tanta lucidez que de su experimento proviene el italiano contemporáneo. Recuerda, en cierto modo, a las viejas traducciones que en el siglo XIX persiguieron el mismo empeño, pero filtradas por los avances filológicos que dotan a esta nueva versión de una solidez de la que carecieron no pocos de aquellos intentos. La osadía de Gimeno tendrá sus partidarios y sus detractores, como siempre ocurre en estos casos, pero no deja de ser una grata excusa para abordar, por quinta o sexta vez, la relectura de uno de los pilares intelectuales por excelencia de nuestra civilización.

Historia triste de las dos Marías

"A las tres hermanas las sacaban de sus camas, las desnudaban en plena calle y las llevaban al monte Pedroso, donde según se cuenta las torturaron y violaron"

Cae ante mis ojos una fotografía de la escultura que representa a las dos Marías en la entrada del compostelano parque de la Alameda y vuelve a mi memoria la triste historia que se agazapa tras su apariencia jovial y colorida. Es el relato de una tragedia que arranca con una paradoja, porque ninguna de las dos Marías se llamaba María —ni siquiera fueron en principio dos únicamente—, y cuyos detalles exigen remontarse a la alborotada década de mil novecientos treinta, cuando acababa de instaurarse la República y por las calles del viejo Santiago bullía el frenesí. En aquella época era habitual tropezarse por la parte antigua con tres hermanas de la familia Fandiño —Maruxa, Coralia y Sarita— que destacaban entre todas las demás mujeres por su frescura, su juventud y su belleza. Los republicanos las rebautizaron como Libertad, Igualdad y Fraternidad, mientras que los nostálgicos del viejo orden preferían referirse a ellas como Fe, Esperanza y Caridad. Debían de despertar tanta admiración entre los primeros como retintín entre los segundos, porque todos sabían que aquellas muchachas pertenecían a una estirpe comprometida: hijas de un zapatero y una costurera, formaban parte de una prole de once vástagos, tres de cuyos miembros varones se habían convertido pronto en miembros destacados de la CNT. Llegó la Guerra Civil y, con ella, el fin de todo. Los afines a los sublevados fueron a cazar a los tres hermanos anarquistas y consiguieron dar con uno, al que asesinaron sin miramientos. Los otros dos lograron darse a la fuga, y a partir de ahí llegó el tormento. Los falangistas comenzaron a visitar a horas intempestivas el hogar de los Fandiño, lo registraban de arriba abajo y destrozaban todo lo que podían. A las tres hermanas las sacaban de sus camas, las desnudaban en plena calle y las llevaban al monte Pedroso, donde según se cuenta las torturaron y violaron en repetidas ocasiones. Pronto pasaron a ser dos, porque Sarita se despidió del mundo antes de tiempo, en parte por su debilidad física y en parte por el infierno al que la sometieron. Finalmente, los acólitos de Franco apresaron a sus hermanos y la presión sobre la familia se aflojó, pero aun así Maruxa y Coralia tuvieron que aprender a sobrevivir, con poco más de veinte años, en una Compostela que fingía ignorarlas. Estaban tan significadas que nadie quería hacer encargos a su taller de costura, y la miseria, el hambre y la necesidad de buscar una salida las condujeron hacia una solución honrosa y quijotesca. Igual que el hidalgo cervantino, eligieron la locura. Después de la comida, en cuanto la campana Berenguela anunciaba con solemnidad levítica las dos en punto de la tarde, se dejaban ver por las callejuelas del casco viejo, siempre maquilladas como maniquíes y ataviadas con ropas de traza insólita y colores llamativos que atraían la atención de los viandantes y causaban el regocijo de los universitarios que caminaban de vuelta a sus colegios mayores para no perder el almuerzo. Con una vocación que hoy se antoja inocente, pero que constituía entonces la mayor subversión que se podían permitir unas desheredadas de la historia como ellas, se dedicaban a piropear a los hombres que se encontraban al paso, mejor cuanto más jóvenes, y éstos les seguían la corriente, de tal modo que, entre juegos y maledicencias, unas y otros coloreaban la grisura miserable del franquismo. Sus figuras delgadísimas y desdentadas, sus blusas y faldas de tonos estridentes y sus caras adornadas por el carmín y los polvos de arroz se convirtieron en un rasgo distintivo de aquella ciudad que vivía enclaustrada en una larga noche de piedra. Los vecinos empezaron a quererlas y poco a poco comenzaron a proporcionarles dineros y sustentos que paliaban en lo esencial su situación desgraciada. Cuentan que el tendero Tito Carro, cuyo establecimiento se abría en la Praza do Toural, les daba comida fingiendo que sólo las agasajaba con promociones de empresas alimenticias y se convirtió en su principal benefactor en los años en que las dos Marías abandonaban su domicilio en la Rúa do Medio, casi al pie de la Puerta del Camino, y enfilaban el meollo venerable de la capital jacobea para exhibirse bajo los soportales de la Rúa do Vilar, iniciando aquella peculiar fiesta en la que ellas oficiaban al mismo tiempo de objeto y sujeto. Dicen también que, cuando una tormenta echó abajo el techo de la casa ruinosa que habitaban, se abrió de inmediato una colecta ciudadana para socorrerlas que pronto obtuvo un gran éxito: se reunió, aproximadamente, un cuarto de millón de pesetas, que era lo que en aquellos años costaba un apartamento. La posteridad les brindó el homenaje que se les dedica en el parque de la Alameda, materializado en esa escultura que perfiló César Lombera, y también la sepultura en la que ambas reposan, desde 2014, en el cementerio de Boisaca, en el que fue el último gesto con que su ciudad tuvo a bien honrarlas. Maruxa, la mayor, murió en su hogar de siempre en 1980. Coralia se trasladó a vivir a La Coruña con otra hermana y exhaló su último suspiro allí, a orillas del Atlántico, en 1983. Nunca llevó bien aquello de alejarse de la sombra del apóstol. Parece ser que, en sus últimos días, no dejaba de preguntar por dónde caía el camino de vuelta a Compostela.

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