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Me llaman Big, de Víctor Vegas

Me llaman Big, de Víctor Vegas
Me llaman Big (Huso Editorial), es una novela creada desde entramados que acontecen en distintas capas que plantean un desafío al lector. ¿Qué tienen en común ciudades como Londres, Berlín, San Salvador, Kigali, Pekín, Sarajevo, Bagdad…? ¿Que todas han sido víctimas de atentados, bombardeos, asedios o, en mayor o menor medida, algunas han sufrido los rigores de la guerra? Zbigniew Czajka, conocido como Big, también transita por estos lugares en conflicto con propósitos bien diferentes, como un mimo que lleva un poco de alegría a los niños que sobreviven bajo el fuego cruzado de conflictos bélicos.
Zenda publica las primeras páginas de esta novela creada por Víctor Vegas (Barquisimeto, Venezuela, 1967).
Bagdad, domingo 9 de julio de 2006
La onda expansiva de la explosión alcanzó de lleno al coche en el que se desplazaba. El vehículo despegó las cuatro ruedas del suelo y dio varias vueltas de campana antes de quedar volcado sobre el pavimento. En ese instante, que a él le pareció un lapso inabarcable, eterno, Zbigniew Czajka vio pasar frente a sus ojos la totalidad de su vida; la fecunda y generosa caravana de recuerdos que había acumulado en ochenta y dos años de existencia.
Las imágenes tenían la curiosa particularidad de reproducirse en su memoria en blanco y negro. Segmentadas y veloces. Abruptas y silentes. Como los fotogramas de aquellas viejas películas mudas que Pawel Rogozinski lo había llevado a ver a los pocos días de conocerse. Por entonces, Zbigniew Czajka era apenas un adolescente. Un hambriento y asustadizo adolescente que vagaba sin rumbo por las mal iluminadas calles de Londres.
Era el otoño de 1939. Semanas atrás los nazis habían invadido Polonia.
Pese a las tensiones que enrarecían el ambiente de los últimos días, a causa de la declaración de guerra a los alemanes que el gobierno británico había hecho pública casi inmediatamente después de la invasión, la vida cotidiana de la ciudad transitaba su cauce indetenible.
Contrariando las opiniones que había escuchado a lo largo de los años, de gente que se había visto envuelta en situaciones similares, sus recuerdos no los evocaba de forma lineal; las imágenes iban y venían de manera aleatoria entre su pasado reciente y aquel más lejano y remoto. Reminiscencias gratas y no tan gratas, a veces cargadas de un optimismo que no acababa de comprender y que no le era del todo familiar. Incluso contempló fogonazos de recuerdos ya por completo olvidados, que al fin, no con poco esfuerzo, tuvo que reconocer que también le pertenecían.
A pesar de una existencia al filo de la navaja, en constante provocación y desafío a la muerte, nunca antes se había visto involucrado en episodios en los cuales su integridad física hubiera estado verdaderamente comprometida. Su experiencia hasta el momento se había limitado al suspense, a la tensión, a la promesa o augurio de un peligro inminente que jamás había acabado haciéndose realidad. Tal vez en el fondo había corrido solo con suerte. Pero para bien o para mal, en nuestra andadura por este mundo, siempre existe la posibilidad de toparnos cara a cara con la primera vez.
O con la última.
No escuchó o ignoró de forma inconsciente los gritos del conductor y del otro pasajero que iba a su lado —su anfitrión iraquí— mientras el coche daba volteretas sobre el asfalto.
Estaba demasiado ensimismado para reparar en los otros.
De la totalidad de recuerdos que discurrían como relámpagos por su mente, los vividos junto a Pawel Rogozinski eran los que más disfrutaba. No importaba si se trataba de buenos o malos momentos, de esenciales o anodinos, porque ahora, en este preciso instante, cada momento que había pasado a la vera de su amigo contaba como el mejor.
Pawel, como él, era polaco. El destino había querido que sus caminos se cruzaran a más de mil cuatrocientos kilómetros de distancia de sus respectivos lugares de nacimiento, una fría madrugada, en una sucia callejuela de la ciudad de Londres. A partir de entonces, además de su salvador circunstancial, Pawel Rogozinski se había convertido en su tutor, maestro, benefactor, amigo y confidente.
Todo a la vez.
No era de extrañar que, en los últimos minutos que le restaban de vida, los recuerdos compartidos con su entrañable coterráneo acabaran por monopolizar sus pensamientos.

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Autor: Víctor Vegas. Título: Me llaman Big. Editorial: Huso. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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