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Montiel de Arnáiz: “Creo que hay una deuda en España con la literatura «de abogados»”

Montiel de Arnáiz: “Creo que hay una deuda en España con la literatura «de abogados»”

Barbudo, curvilíneo, generoso, con la lengua algo larga porque es un despiadado provocador. Montiel de Arnáiz (Cádiz, 1977) me recuerda a veces a Woody Allen cuando el genial cineasta neoyorquino soltó aquello de “Complicaciones es mi segundo apellido”. Este escritor y abogado con nombre de almirante de la Armada acaba de publicar su primera novela, A la velocidad de la noche, una historia muy canalla que podría haber firmado el mismo Montero Glez, donde hay frases que son verdaderos mazazos en el estómago. Esta historia jurídico-policial comienza con un caso chanchullero de base real que le sirve para hacernos pasar unas horas deliciosas. Porque Montiel de Arnáiz sabe de lo que escribe. De hecho, la literatura hay que vivirla a fondo para poder contarla después, si no se ve enseguida la impostura, las costuras del disfraz.

La entrevista se realizó el jueves 4 de octubre en la plaza de San Francisco de la capital gaditana, donde cada vez hay más terrazas y menos aceras, con el mercurio trepando por el capilar del cristal hasta alcanzar cumbres cercanas a los treinta y pico grados y más de un ochenta por ciento de humedad. A las cinco de la tarde. Atmósfera sofocante, ambiente pegajoso y la lengua tapizada de papel de lija como ambientación para hacer las fotos —tomadas también en la cercana librería Manuel de Falla de mi querido Juan Manuel Fernández, con aire acondicionado— y para dialogar sobre A la velocidad de la noche y sus otros dos libros publicados. Basados en hechos reales.

—Su primera novela es más o menos negra, el género de moda en España. Así será más fácil publicar, ¿no?

"Al conocer esta impresionante historia yo tomé una decisión arriesgada: abandoné por la mitad una novela policiaca que estaba escribiendo y comencé a preparar A la velocidad de la noche"

A la velocidad de la noche es una novela negra “sui generis”, con grandes dosis de thriller y guiños al esperpento más patrio. Cuando hace tres años descubro la historia real que es nudo gordiano de la novela —una negligencia policial que “convierte” un suicidio en asesinato— no se encontraba el noir tan de moda en España como ahora, así que es una suerte que precisamente se publique hoy día. Si haces buena literatura debería ser más sencillo publicar, aunque no lo tengo muy claro. Desconozco si es más fácil o no encontrar una editorial que publique novela negra. La editorial Apache Libros se puso en contacto conmigo a resultas de conocer algunos de mis trabajos y tras resultar finalista en el Premio de Relatos Domingos Santos 2017. Me solicitaron una novela de cara a valorarla, sin saber siquiera la temática, puesto que Apache Libros estaba especializada en ciencia ficción, terror, novela gráfica… Cuando tuvieron en su poder mi manuscrito optaron por crear una serie de novelas de temática noir que han llamado “Pluma Negra”, y de la cual A la velocidad de la noche ha sido su primera publicación.

—¿Cómo descubrió esa historia de la negligencia policial que convirtió un suicidio en asesinato?

—Fue una gran casualidad. Había acudido a presentar un libro al escritor Eduardo Formanti al hotel Playa Victoria de Cádiz y, al acabar el acto, mientras él firmaba ejemplares, yo accedí al patio de butacas. Allí me puse a conversar con un matrimonio; él era policía. Empezamos a hablar de experiencias profesionales, la suya como agente de la autoridad y la mía como abogado en ejercicio y mi relación con los cuerpos de seguridad del Estado. En un momento dado el agente de policía me comentó si conocía “la historia del ahorcado”, y le contesté que no. Al parecer era una especie de leyenda urbana policial famosa internamente. Le mostré interés en conocerla, así que me la relató.

—Cuente, cuente…

—Al parecer, con anterioridad a la época de la transición democrática, un coche patrulla haciendo la ronda había encontrado a un señor ahorcado de un árbol en los arrabales de una ciudad de la provincia de Cádiz. Los agentes lo comunicaron a la central pero era un día de mucho viento de levante y, además, su radio era antigua y rudimentaria. Sea como fuere, la respuesta llegó confusa y entrecortada y los agentes entendieron que debían trasladar el cuerpo sin vida del ahorcado a dependencias policiales. Así pues, descolgaron el cadáver de la rama del árbol, lo introdujeron en el coche y lo llevaron a la base. Lógicamente, cuando llegan allí, el jefe de turno se vuelve loco, diciéndoles que eran unos insensatos y que iban a ir a la cárcel: debían haber esperado a que llegara el juez de guardia con el médico forense para que aquél autorizara el levantamiento del cadáver. Los agentes se quedan perplejos y en un alarde de ingenio y desvergüenza deciden retornar al lugar de los hechos y volver a colgar el cadáver del árbol, por si nadie se daba cuenta. Y eso hicieron. Volvieron a meter el cuerpo inánime en el coche patrulla, acudieron a los arrabales de la ciudad y, con gran esfuerzo, colgaron nuevamente el cuerpo. Ya entonces avisaron al juzgado y esperaron a que llegara el juez. Las cosas sin embargo no salieron como pensaban. Cuando la comisión judicial llega al lugar, se ordena bajar el cadáver (nuevamente) y el forense lo examina superficialmente. Éste manifiesta al juez que aquello no había sido un suicidio. El cuello del autolítico presentaba dos marcas distintas de fricción de la soga utilizada para ahorcarse: estaban ante un asesinato. Los policías enmudecieron y no desvelaron lo que había sucedido realmente, así que el juez ordenó abrir un procedimiento de diligencias previas por delito de asesinato que quedó sin resolver durante décadas. Y hasta el día de hoy.

—De ahí esa cubierta tan pulp.

—Así es. Quisiera destacar el trabajo del portadista, Juan Alberto Hernández, de Huelva, que decidió hacer su magnífica portada como homenaje a la literatura más suciamente pulp, basándola además en un cuadro de un pintor clásico: un descendimiento de Jesucristo en la cruz. Juan Alberto ha planteado la escena central de la novela; el momento en que la policía descuelga por segunda vez el cadáver de Pinochet en presencia del juez de guardia y el médico forense. Estoy realmente orgulloso del trabajo del ilustrador con la portada, y le deseo la mayor de las suertes en sus próximos trabajos, que yo diría que irán encaminados al cómic.

—La realidad, casi siempre, supera a la ficción.

"Mi deseo era crear mi propio Macondo, una localidad similar a otras muchas que he conocido durante mi vida en el sur de España, pero especialmente característica, y que me permitiera liberarme de lugares comunes y crear sin cortapisas o miramientos"

—Al conocer esta impresionante historia yo tomé una decisión arriesgada: abandoné por la mitad una novela policiaca que estaba escribiendo y comencé a preparar A la velocidad de la noche, si bien, conforme iba escribiéndola, me daba cuenta de que la trama se quedaba corta. Me interesaba saber quiénes eran los actores de esta negligencia policial, los policías, el médico forense (al que llamé Formantis, en homenaje al escritor que motivó la novela con su presentación), el juez, el ahorcado… y pensé qué relevancia tendría el hecho de que se descubriera esta situación para la familia del suicida, a la que posiblemente tranquilizaría saber que el ahorcado se había quitado la vida y que no había sido asesinado. ¿Y si la hija del ahorcado fuera una peligrosa dirigente de una organización criminal? Así, el universo de la novela se presentó ante mí y no hice sino desbrozarlo, darle sentido y hacer literatura, es decir, mezclar hechos reales con otros ficticios.

—El título, A la velocidad de la noche, pertenece a un cuento de Juan Bonilla.

—De hecho, una de las citas que abren la novela es el párrafo de ese cuento de Bonilla, El terrorista pasivo, incluido en su maravilloso volumen El que apaga la luz, editado por Pre-Textos. Con este libro descubrí en el escritor jerezano a uno de los mejores autores españoles de relatos. Recuerdo que lo leí por las noches en la cama, después de unos agotadores días de trabajo, y aún así me resultó soberbio. Yo ya venía trabajando en la novela, que poseía otro título provisional, pero cuando di con esa frase tan enigmática de Bonilla todo pareció encajar al instante y decidí que A la velocidad de la noche era el título adecuado para mi obra, por su íntima relación con el espíritu de la misma. Me encantaría hacerle llegar mi novela a Juan Bonilla y que pudiera presentármela en algún sitio; curiosamente presentó su nueva novela en Sevilla el mismo día que yo la mía en Cádiz.

—Juega mucho con el título a lo largo de toda la novela.

—Sí, efectivamente. Mi intención es que el título forme parte del texto, que sea el resumen del espíritu de la obra, que la noche, rauda y ágil, sea un personaje más de la novela. Deseo que el lector que tome entre sus manos A la velocidad de la noche vaya cuadrando el sentido del título conforme avanza en su lectura y acabe por descubrir la importancia que el mismo tiene en los sucesos criminales que narro. Óscar Lobato, autor del maravilloso prólogo de la obra, lo ha apuntado con máximo acierto citando a Alejandra Pizarnik: la velocidad de la noche es parte de la trama, es un elemento intrínseco más de esta historia vertiginosa y violenta de corrupción, prostitución y violencia.

—No se dice en ningún momento dónde se desarrolla la acción, ¿por qué?

"Lo cierto es que esta novela tiene margen de continuación, y quise hacerla así. De hecho, aunque es conclusiva y puede leerse de manera autónoma, bien podría ser la primera parte de una trilogía noir"

—La acción se inicia en La Baraka, una población ficticia en la frontera entre Cádiz y Málaga, una zona de gran importancia económica: cerca de ella se encuentran Sotogrande y Marbella con sus clubes de la high society, y relativamente al lado están La Línea de la Concepción, San Roque y Gibraltar, nidos del narcotráfico, la prostitución y la evasión fiscal. Para mí, Baraka (suerte, en árabe) es un nombre simbólico desde mi adolescencia: lo descubrí gracias a un cómic que se publicó en Diario de Cádiz, con guión de Rafael Marín y dibujo de Carlos Pacheco. Años después, esta pareja de gaditanos trabajaría profesionalmente para Marvel Comics. Tan relevante ha sido la suerte en mi vida que siento la Baraka como algo propio hasta el punto de que fundé un equipo de baloncesto local con ese nombre, que lleva ya más de veinticinco años dando guerra. Mi deseo era crear mi propio Macondo, una localidad similar a otras muchas que he conocido durante mi vida en el sur de España, pero especialmente característica, y que me permitiera liberarme de lugares comunes y crear sin cortapisas o miramientos, más aún tratándose en la novela de graves hechos reales.

—Muchos personajes se quedan en un segundo plano, como con ganas de más. ¿Habrá continuación?

—Lo cierto es que hay personajes con una personalidad avasalladora en A la velocidad de la noche. La protagonista, Mercedes Lavaplata, es una mujer a la que la vida le da un vuelco en un corto período de tiempo. En apenas un año fallecen sus padres y se divorcia. Sin embargo es una persona fuerte y sabe sobreponerse a las adversidades que, en este libro, resultan realmente peligrosas. El papel de villano lo ejerce Rosalina Pinochet, que dirige una organización criminal que se dedica a la prostitución. Es implacable y su duelo con Lavaplata resulta realmente épico. Luego hay otros personajes con mucho poderío: Fran Toledo, un policía siempre en la frontera, o los tres componentes de un importante despacho de abogados, que son tan atractivos que parecen pedir a gritos que su historia siga. Lo cierto es que esta novela tiene margen de continuación, y quise hacerla así. De hecho, aunque es conclusiva y puede leerse de manera autónoma, bien podría ser la primera parte de una trilogía noir. La razón de ello, en cierto sentido, es esa cantidad de personajes de los que he hablado antes: seres humanos, falibles y egoístas, sensibles y tenebrosos.

—Usted trabaja como abogado, por lo que es testigo a diario de historias variopintas. ¿Hay muchas “batallitas de abogados” en esta novela?

—Por supuesto. Llevo casi veinte años de ejercicio profesional y en mi trayectoria he conocido infinidad de anécdotas del ámbito judicial, procesal, forense… y alguna la he narrado en A la velocidad de la noche. Eso sí, batallitas propias y ajenas. Algunas son realmente divertidas, otras tristes, la mayoría espectaculares. Creo que hay una deuda en España con respecto a la literatura “de abogados”, por así decirlo, con algún premio específico que se ha quedado en el limbo. Vi oportuno utilizar mi experiencia como abogado en ejercicio para crear personajes creíbles y extremadamente atractivos para el lector, ese despacho de tres letrados brillantes y al mismo tiempo peligrosos del que le he hablado anteriormente. Eso sí, a diferencia de lo escrito en otras obras de ficción literaria o televisiva, en mi novela se respeta el proceso legal español, no lo mezclo con el estadounidense o me invento actos judiciales inexistentes, como desgraciadamente se ve a diario. En A la velocidad de la noche nadie se acogerá a la quinta enmienda, salvo que yo haya querido destacar su ignorancia del derecho, claro.

—Hay mucha ironía.

—Es que la ironía forma parte de mi personalidad. Hace diez años que soy articulista de opinión en diferentes medios, actualmente en el legendario Diario de Cádiz, y en mis textos abundan esas armas tan en desuso que son el sarcasmo, el doble y triple sentido, la acidez, el cinismo y la ironía. Me parece que la ironía que desprenden los personajes de mi novela es una manera válida de adquirir complicidad con el lector, que cuando lea lo que escribes se le escape una sonrisita o, directamente, una gran carcajada, porque eso indica que su mente y la del escritor han conectado. Por esa razón, también, acudo a lugares comunes que no son sino sucesos conocidos por los dos: aludo a personalidades públicas (Pinochet), a políticos (Pablo Iglesias, Carmena) y jueces famosos (Baltasar Garzón), a escándalos nacionales… Es el modo que utilizo para otorgarle bocados de realidad a la trama criminal que narro al lector.

—También mucho baloncesto.

"Estoy seguro de que algún ofendidito nivel “pro” se enfadará mucho leyendo A la velocidad de la noche, lo que implicará dos cosas: que acerté al escribir aquello que le ofende y que jamás disfrutará de grandes provocadores de la literatura contemporánea"

—Sí, efectivamente. Se escribe muy poco de baloncesto, y eso que es uno de los deportes en los que más “élite” somos los españoles. Soy un gran aficionado al baloncesto, lo he practicado de joven, he sido entrenador por un breve espacio de tiempo, y continúo arrastrándome a la vejez en mi equipo de liga local (el C.B. Baraka) hasta que una lesión acabe de retirarme. En mi libro de relatos Bulerías nazis ya había un cuento que explicaba los pensamientos que asaltan la mente de un jugador de baloncesto en el salto entre dos inicial de su último partido. Es un deporte cuyos seguidores son verdaderos fanáticos y entendidos, y eso es así por su propio código ético: en el baloncesto se golpea y se pide perdón, se juega duro pero con nobleza, la calidad se premia tanto como el esfuerzo, y siempre cabe la opción de mejora. Del fútbol se habla a diario, se escribe a diario, pero el baloncesto debe dejar de ser ya el hermano pobre y yo pongo mi granito de arena. Además, el hecho de que uno de los personajes protagonistas, Cueto, sea tan aficionado al basket y a los Boston Celtics me permite contar historias de baloncesto callejero que son tan verídicas que asustan.

—Pretende “mover conciencias”. ¿Por qué?

—Porque soy un provocador y no rehúyo un debate ni un charco. De hecho, me encanta promoverlos, discutir en libertad, aprender de la experiencia ajena. Estoy harto de la inquisición que supone esa posverdad de lo políticamente correcto y esa figura ridícula que es la del “ofendidito”: alguien al que todo le duele o le insulta. Nos estamos convirtiendo en un país de delatores que van corriendo al profe en el recreo a chivarse del niño que no nos cae bien. Esto es consecuencia de nuestra dependencia de las redes sociales, de nuestro deseo de ser aceptados socialmente, de caer bien y tener muchos followers. Luego están los ofendidos selectivos: me ofende todo lo que haga el adversario, pero cuando es uno de los míos el que patina, me abandero en la libertad de expresión. Cuando escribo me planteo cuál es la personalidad de cada personaje, su manera de pensar: si hay un juez que es un sátiro machista, que abusa sexualmente de las mujeres a las que tiene que juzgar, se dice y ya está, porque al margen de narrar una historia más o menos morbosa estoy denunciando un comportamiento pernicioso. Estoy seguro de que algún ofendidito nivel “pro” se enfadará mucho leyendo A la velocidad de la noche, lo que implicará dos cosas: que acerté al escribir aquello que le ofende y que jamás disfrutará de grandes provocadores de la literatura contemporánea como Bukowski, Umbral, Palahniuk o Houellebecq.

—Casi todas las editoriales publican ahora novela negra. ¿Existe el peligro de que el lector se canse de tanta oferta, mucha de ella de baja calidad e incluso mal escritas?

—Imagino que es la moda, al igual que en el pasado lo estuvieron las novelas de fantasía épica, de vampiros, las históricas o las eróticas. Cuando una materia se sube a la cresta de la ola hay aficionados al género concreto que están de enhorabuena y, por otro lado, también están los escritores “oportunistas” que se arrojan con ahínco a la nueva veta de oro, intentando hacerse ricos en el Klondike. Respecto a la calidad, yo prefiero no entrar a valorar esta cuestión, más aún cuando hay novelas que personalmente me parecen infumables y que son éxito de ventas, llevadas a la televisión y al cine, que reciben premios… y otras que me parecen obras maestras y que pasan sin pena ni gloria por los estantes de las librerías de saldo. Eso sí, me gustaría pensar que el mercado expulsa a quien no atesora la calidad necesaria para permanecer en él, aunque es mentira: todo es oportunismo y marketing, en un alto grado.

—Su debut literario fue un libro de cuentos, Bulerías nazis, que incluye un extraordinario relato homónimo con base real.

"Con A la velocidad de la noche también hice una labor de documentación, posiblemente la más importante: releí Pedro Páramo, de Juan Rulfo"

—Efectivamente, gracias por considerarlo extraordinario. Es un relato que ha tenido cierto éxito y reconocimiento entre los lectores y algunos medios y estoy orgulloso de él y del resto de cuentos que componen Bulerías nazis. La historia que da nombre al libro me la contó el recientemente fallecido Lolo Picardo, que fuera gerente de la célebre Venta de Vargas de San Fernando, junto con otras historias de este histórico local en donde cantaron Caracol, Camarón de la Isla y, ya después, la Niña Pastori. Tras una batalla naval en plena Segunda Guerra Mundial, una embarcación de la Alemania nazi atraca en el puerto de Cádiz para ser reparada y un oficial de la Kriegsmarine, aficionado al flamenco, pertrecha una furgoneta con una docena de soldados nazis y acude a la Venta de Vargas, donde exige un espectáculo flamenco a puerta cerrada que acaba de una manera brutal e inaudita. Mi admirado Jesús Maeso de la Torre me confesó que le hubiera gustado convertir el relato en novela e, incluso, Montero Glez ha reconocido públicamente que se basó en él para El carmín y la sangre. Sinceramente creo que es una historia que sería ideal para desarrollar cinematográficamente e incluso me propusieron hacer un cortometraje, aunque la cosa no fructificó.

—¿Cómo es la labor documental de sus libros?

—Pues ardua. Lo cierto es que soy un bibliófilo empedernido y si puedo adquirir los volúmenes que voy a utilizar para documentar mis obras, lo hago. Para el relato Bulerías nazis realicé entrevistas y buceé en libros de la época y en páginas web especializadas en la Marina de guerra nazi y la influencia de la Bahía de Cádiz como punto estratégico geopolítico en el conflicto mundial armado. Mi segunda obra, Leyenda de juglares, la biografía de la exitosa banda de folk-rock Saurom, fue una tesis doctoral escrita de un modo novelesco. Estudié todas sus letras, escuché sus discos hasta la extenuación, realicé decenas de entrevistas de gran duración y leí entrevistas que incluso ellos desconocían que habían sido publicadas veinte años atrás. Con A la velocidad de la noche también hice una labor de documentación, posiblemente la más importante: releí Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Además, busqué localizaciones para los hechos que habían de acaecer en el desarrollo de la novela, investigué sobre la Audiencia Nacional, los cuerpos de seguridad del Estado, me entrevisté con agentes de policía que habían asistido a autopsias forenses… Debo decir que fue todo realmente divertido para mí, y creo que ese disfrute se puede percibir en la novela.

—¿Corrige mucho el manuscrito antes de enviarlo a la editorial?

—Me gusta citar a Borges (no sé si apócrifamente): “Publico por dejar de corregir”. Se da la circunstancia de que en muchas ocasiones escribo mis textos a mano y luego los traslado al ordenador, lo que provoca las primeras correcciones y cambios; luego, leo el texto en distintas ocasiones y, finalmente, lo imprimo en Times New Roman 12 y lo leo con calma, en papel, bolígrafo en mano. Es inevitable que se cuelen erratas (si no, ¿de qué vivirían los duendes?) pero intento minimizarlas al máximo. Aparte, sí quiero confesar que me involucro en el proceso corrector editorial; me gusta recibir las galeradas para volver a leer la obra completa —nuevamente en papel— por si aprecio alguna errata o contradicción en el texto. Es realmente importante hacer uso propio de la tres reglas del escritor: leer, escribir, corregir. Y así, una y otra vez.

—¿Alguna idea en la cabeza desde hace tiempo?

—Por supuesto, todo escritor lleva siempre una o más ideas bullendo en su mente. Imagino no ser el único que lee varios libros en paralelo, a la vez, y del mismo modo tampoco seré el único que escribe un relato al tiempo que trabaja en una novela o paraliza otra para acabar la nueva. Ejemplo claro de esto es A la velocidad de la noche, que hizo que dejara otra novela por la mitad al conocer la historia de la que le he hablado anteriormente, porque me quedé fascinado con ese ahorcamiento suicida. Actualmente estoy trabajando en un texto sobre el más importante asesino en serie español y planificando otro proyecto sobre un hecho histórico que se considera que fue el punto de inicio que acabaría llevando a la Guerra Civil Española. Mientras tenga ideas, todo irá bien.

—¿Quién es Montiel de Arnáiz?

—Es alguien que adora la literatura de calidad, que escribe con vocación de estilo aquello que le gusta, aunque eche sal en alguna herida. Es un provocador con firmes convicciones personales aunque siempre dispuesto a ayudar al que lo necesita. Alguien inquieto y muy activo que termina aquello que comienza; un poco showman, también. En definitiva, un escritor a quien deberías leer sí o sí.