Venido al mundo un día como el de hoy, de hace ciento setenta y seis años, Guy de Maupassant fue un hombre alucinado porque, durante los cuarenta y dos inviernos que habría de prolongarse su existencia, vivió perseguido por ese otro que todos llevamos dentro. En su caso, ese álter ego que habita en nosotros lo subyugó hasta el punto de llevarle a uno de los más crueles suicidios de la Historia de la literatura. Y eso que la historia de las letras es pródiga en asesinos de sí mismos que decidieron poner fin a sus días con atrocidad sobresaliente. De nada sirvieron los cuentos que daba a la estampa en Gil Blas, a juicio de la Colette que vuelve la vista atrás en Gigi (1945), una de las publicaciones favoritas del gran París anterior a la Belle Époque. Tampoco fueron bastante los lujos, que, como a Julio Verne, le proporcionaron los éxitos en su trabajo. El “inquilino negro” —que fue a llamar Alberto Savinio, uno de los mejores biógrafos de Guy de Maupassant, al habitante que hubo en el escritor— agobió al mejor cuentista de esta edad de oro de la literatura francesa que fue el siglo XIX, hasta el punto de abocarle a una primera tentativa de suicidio mediante el romántico pistoletazo.
Abocado, pues, a la locura, llegado el inevitable momento de perder la razón, de bien poco le sirvió al cuentista el magisterio ejercido sobre él por Flaubert. Es más, incluso en las piezas que dan cuenta de esa mítica amistad se registran rastros de locura. A este respecto basta un mínimo apunte del asunto de El miedo, publicada en Le Figaro el 25 de julio de 1884. Junto a Flaubert y Maupassant, Iván Turgueniev —a quien el autor tuvo oportunidad de conocer en casa de Flaubert— es el tercer protagonista. El texto está enmarcado en una epidemia de cólera desatada en Tolón en 1844. Dos viajeros, que asisten a ella desde el vagón de un tren del que no se apean para no contagiarse, se cuentan relatos encaminados a demostrar cómo sólo se teme a lo desconocido. Así, el narrador —en este caso el mismo Maupassant— alude a una experiencia de Turgueniev. Hallándose el ruso de caza, mientras se baña en un río, cree ser sorprendido por una bestia fantástica, ante la que huye despavorido. Será un niño quien espante al temible monstruo, que no es más que una mujer asilvestrada, que se ha criado desde pequeña en el bosque.
A continuación, Maupassant propone una experiencia propia: el susto que le dio un carro, que él creía que avanzaba solo, cuando en realidad iba tirado por un pequeño descalzo. Todo son obsesiones, paranoias, manías capaces de conducir al drama a quienes las padecen, mediante procedimientos en los que se adivinan las artes que obra en él el “inquilino negro”. La gran amistad que el autor de La educación sentimental (1869) tuvo con la madre de Maupassant es el origen del magisterio que Flaubert ejerció sobre el cuentista. También hay que buscar en madame Maupassant algunas de las respuestas a las preguntas que nos sugiere el desequilibrio de su hijo. Resultado del cariño que no profesó ni a su marido —adúltero empedernido antes de que acabaran divorciándose— ni a su otro hijo, amó con obsesión a Guy y siempre quiso hacer de él un gran escritor. El futuro autor creció, pues, azuzado por las obsesiones.
Aunque afortunadamente eligió la carrera de las letras, no cogió la pluma por generación espontánea, como quien quiere ajustar las cuentas a la realidad mediante la literatura. Maupassant se hizo escritor en proyección de un deseo de su madre. Y tampoco hace falta ser el doctor Freud para advertir la forma en que las obsesiones de una madre respecto a sus hijos pueden dañar la razón de los retoños. Casi cabe asegurar que el complejo de Edipo cuenta entre los primeros que estudian psiquiatras y psicólogos.
Un procedimiento semejante al que nos permite deducir estas cuestiones sobre Maupassant y su madre nos explica otros asuntos del escritor en base al comportamiento de su padre. Indiscutiblemente, los devaneos extraconyugales del hombre que le trajo al mundo son el motivo de que Guy engendrara varios bastardos en sus amores furtivos, amores que no fueron más allá de un sentimiento enfermizo, porque el autor, de veras, sólo quiso a su madre. En cualquier caso, esto explica por qué la bastardía es uno de los temas recurrentes en Maupassant. Un parricida (1882), El huérfano (1883) o El olivar (1890) —siempre según los títulos que nos proponen las espléndidas selecciones de Maupassant compiladas por Esther Benítez para la entrañable colección “El libro de bolsillo” de Alianza Editorial— son sólo tres de los muchos ejemplos de la importancia que tienen los hijos extramatrimoniales en Maupassant.
Savinio nos habla con énfasis del origen aristocrático de la familia del maestro y de la conflagración franco-prusiana que le llevó al frente. No hay duda de que aquellas hostilidades fueron la inspiración de cuentos de guerra del calibre de “Mademoiselle Fifi” —aparecido en el número de Gil Blas fechado en el 23 de marzo de 1882—, origen a su vez de la hermosísima película homónima de Robert Wise estrenada en 1944, con las mismas que “Bola de sebo”, publicado en 1880, lo es de La diligencia (John Ford, 1939), aunque el guion de esta última —firmado por Dudley Nichols— se diga basado en una narración de Ernest Haycox —Stage to Lordsburg— aparecida en una revista estadounidense.
Pero centrémonos en la obsesión de Guy de Maupassant. El más cabal de los naturalistas —al no tener inquietudes sociales siempre se limitó a la reproducción exacta de las miserias humanas, sin llegar a caer nunca en ese maniqueísmo que tan a menudo registramos en Zola—, el autor de “Mademoiselle Fifi”, el otro gran cuentista junto a Poe que contempla la Historia de la literatura, fue también uno de sus grandes desequilibrados. De ahí que acabara sus días en un manicomio. Sin embargo, pocas veces se habla de ese papel determinante que la alienación jugó en su obra.
Diríase que, obedeciendo a un pacto subrepticio con la razón, los biógrafos de Maupassant evitan entrar en estas consideraciones. También los primeros hagiógrafos de Ernest Hemingway eludieron detenerse en el episodio final: el suicidio del novelista. Ambas omisiones son dos claras manifestaciones de un mismo prejuicio: aquel que vela por la preservación de la idea de que la literatura es un juego floral, siempre en comunión con lo que cuantos mojigatos pululan alrededor de ella estiman “bueno”, “debido” u “oportuno”.
Pero la creación literaria también es un intento de exorcizar asuntos terribles. Moleste a quien moleste, respecto al norteamericano hay que decir que, sabiéndose presa de una enfermedad terminal, decidió pegarse un tiro en la boca. En lo que al francés concierne, la misma enajenación mental que le llevó a la tumba inspiró sus mejores páginas. Carta de un loco (1885) nos plantea el caso más típico de desequilibrio: la duda ante el significado universalmente aceptado de todas las cosas. En sus páginas, dos y dos no tienen por qué ser cuatro. El amarillo puede ser el verde, y así sucesivamente… Los desvaríos dan lugar a un largo etcétera. Jugando asimismo con lo restringido que se halla el campo abarcado por nuestros sentidos, el autor vuelve a otra de sus constantes: la posesión de su protagonista por un ser invisible —ya vista en El Horla— y el pánico ante los espejos, donde entre su reflejo empiezan a aparecer seres imaginarios.
En Loco (1885) volvemos a detectar esa subversión de los valores establecidos, en la que Maupassant, amén de precursor, fue todo un maestro. La historia propuesta es la de un magistrado, que pasa por ser ejemplo de rectitud, mientras que comienza a sentir una irrefrenable atracción por el crimen. ¡Acabará matando a un niño y condenando por ello a un inocente! Nunca nos cansaremos de repetir, como según Luchino Visconti hacían los responsables del confinamiento de Luis II de Baviera a los vigilantes del singular monarca, que los locos son listos. Por lo tanto, también son perfectamente conscientes, en sus momentos de lucidez, del desequilibrio que les agobia. La fijación de nuestro autor con la locura —tal vez intentando sobreponerse a ella— viene a demostrarnos cómo su razón fue víctima de una alienación progresiva.
Y en contra de lo que pueda parecer en una primera apreciación, los locos son malditos antes que alucinados, porque tener en la cabeza varias existencias imaginadas como si sucedieran simultáneamente es una maldición antes que ninguna otra cosa.
La historia del maestro de la palabra exacta es conocida. Y en todos sus episodios, entre líneas, el lector lúcido puede detectar el rastro de la obsesión, la monomanía, la locura. Nacido ese cinco de agosto de 1850, en el seno de una aristocrática familia normanda, lo que debía haber sido una infancia feliz no llegó a serlo por culpa de las constantes discusiones en que, a causa de las continuas aventuras galantes del señor Maupassant, se enfrascaban sus padres. Él, un hombre violento y disoluto; ella, una neurótica. Aunque algunos biógrafos de nuestro escritor han querido apuntar que la ruptura de tan mal avenida unión fue amistosa, todo parece indicar otra cosa. Salvo error u omisión, no hay nada que demuestre que volvieron a verse. Por el contrario, de ese interés por los expósitos y los niños abandonados que Maupassant manifestó en tan elevado número de sus piezas, sí podemos deducir que se sentía abandonado por su padre. No parece muy lógico que un hombre que se olvida de sus hijos se trate con la mujer con quien los ha engendrado.
Conjeturas aparte, es un hecho comprobado que el desequilibrio del escritor —y de su hermano Hervé, quien también acabaría suicidándose— tuvo su origen en una enfermedad venérea contraída por su padre. En efecto, la neurosífilis paterna engendró al “inquilino negro”. Si bien es verdad que fue su madre quien le inculcó el interés por la literatura, la pasión con la que se dedicó a la educación de Guy —desentendiéndose casi por completo de su otro hijo— no debió de contribuir mucho a la salud mental de ninguno de los tres. Así que, cuando el joven Maupassant sale de su casa, ya es, irrevocablemente, un inadaptado abocado a la locura que acabará llevando al escritor a la clínica del doctor Blanche.
Aunque el desequilibrio que venía padeciendo desde niño, en sus primeras edades, no era apreciable para los desconocidos, Flaubert, mientras le guiaba en los misterios de la creación literaria, pudo dar buena cuenta de las frecuentes crisis que padecía su pupilo, incluso en los días en que era un joven sano y robusto, amigo de las actividades al aire libre.
Tras la publicación de su primera obra maestra, “Bola de sebo” —aparecido dentro del volumen colectivo Las veladas de Sedán, que pasa por ser una especie de manifiesto naturalista—, los éxitos literarios se suceden durante diez años. A un ritmo vertiginoso da a la estampa colecciones de cuentos como los reunidos bajo los títulos de La casa de Teiller (1881) y novelas como Una vida (1883) o Bel ami (1886). Precisamente es esta última —en la que se da cuenta del ascenso de un advenedizo en ese gran París referido merced a sus dotes como amante y a las corrupciones del periodismo— donde esa subversión de los valores establecidos, que late en buena parte de la producción de Maupassant, alcanza su máxima expresión.
Deslumbrado ante su talento, el gran París le reclama, pero el escritor muestra una aversión patológica ante las servidumbres de la fama. También es anómala su pasión por las mujeres. Tiene infinidad de amantes, sin llegar a querer de verdad a ninguna de ellas. Tampoco hace falta ser el doctor Freud para detectar aquí un paralelismo con las infidelidades de su padre. Mientras tanto, las migrañas casi constantes que sufre —léase las torturas a las que le somete el “inquilino negro”—, le hacen buscar alivio en el éter y en la morfina. La toxicomanía —otra monomanía al cabo— no hace sino potenciar aún más su desequilibrio.
Cuando el primero de los dos relatos titulados El Horla sale a la calle, Maupassant ya era presa de la inquietud y la melancolía que precedieron a su derrumbamiento. Su necesidad de soledad era claramente maníaca. Como sus alucinaciones, su obsesión por la enfermedad y los microbios; su desconfianza ante los editores, médicos y amigos… Ya al cuidado del doctor Blanche, el gran cuentista, uno de los grandes autores de la historia de la literatura, vistió una camisa de fuerza. Y así quedó escrito un momento estelar de la humanidad que se prolongó durante cuarenta y dos años.


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