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Villiers de l’Isle-Adam publica La Eva futura

Villiers de l’Isle-Adam publica La Eva futura

Sí que parece procedente estimar exitosas esas novelas decimonónicas que, publicadas previamente por entregas, conocieron con posterioridad una primera edición completa en libro. Lo lógico es pensar que, de no haber seducido a un considerable número de lectores en sus fascículos semanales, los promotores de la iniciativa la hubiesen suspendido. Sin embargo, en el caso de La Eva futura, de Auguste Villiers de l’Isle-Adam, esto es muy relativo. Tanto el folletín como la novela que compendiaba todos los fascículos, más que a la historia que contaba —la del desafortunado amor de Lord Ewald por Alicia Clary y sus consecuencias—, en una buena medida se debió al éxito de sus Cuentos crueles, una obra previa (1883), en la que, con una mordacidad entonces inusitada, ironizaba sobre las coquetas y la claque de los teatros, entre otros procedimientos para la creación de éxitos artificiales, y la manipulación de la opinión pública. Trufadas las crueldades con fantasmagorías como Vera —la historia de una muerta que aguarda tan inútilmente como podría hacerlo cualquier viva—, el éxito de los Cuentos crueles fue el que llevó a no pocos lectores de la revista parisina La Vie Moderne a interesarse por lo nuevo de Villiers de l’Isle-Adam: un serial aparecido entre el 18 de julio de 1885 y el 27 de marzo de 1886, bajo el título de La Eva futura.

Ya en la primavera, su primer editor, un tal M. de Brunhoff, lo llevó a la imprenta en París, de la que salió todo un volumen —un tochito de 379 páginas— de cubierta roja —ilustrada por Gorguet— y sin guillotinar. Es decir, los primeros lectores de la historia del desafortunado amor de Lord Ewald y el prodigioso ingenio que el Brujo de Menlo Park creó para su consuelo tuvieron que darse a ese ritual de lectura que era separar las páginas —encuadernadas en octava, ocho por cada pliego del papel original— mediante un golpe certero y seco con un abrecartas. Todo un placer para el biblioencandilado.

"El otro Edison, el Brujo de Menlo Park en la ficción de Villiers, deseoso de devolver el favor al Lord, decide dar la forma de Alicia a Hadaly, una autómata"

Hace en este verano ciento cuarenta años, los primeros “soñadores y burlones”, a quienes Villiers de l’Isle-Adam dedica la novela, tenían noticia del frustrado amor de Lord Ewald por la cantante Alicia Clary, toda una bella sin alma. Antiguo benefactor de Thomas Alva Edison, Ewald pone al corriente de su desdicha al Brujo de Menlo Park, que lo llama Villiers, en alusión a la residencia del inventor y en prueba de la fascinación que siente por el célebre creador de prodigios estadounidense, que nueve años antes, en 1877, había inventado su primer fonógrafo.

El otro Edison, el Brujo de Menlo Park en la ficción de Villiers, deseoso de devolver el favor al Lord, decide dar la forma de Alicia a Hadaly, una autómata en la que trabaja, que presuntamente tendrá todo lo que un hombre espera en una mujer. Para ello, graba la voz y retrata a la inspiradora del lord, pero le insufla la espiritualidad de mistress Anderson, una mujer fina y desgraciada, caída en el letargo del amor sumiso, por la desgracia que un devaneo ocasional de su marido llevó a su casa. Mujer elevada, tras el hundimiento de su hogar se quedó sumida en un trance del que sólo responde bajo el nombre de Sowana, y ese espíritu, abnegado tras su propio drama, es el que Edison introduce en la Andreida. Mrs. Anderson —Sowana en su trance— es un personaje subalterno en la trama. Ahora bien, pese a desempeñarse como una secundaria, jugará un papel determinante en esas páginas y proporcionará uno de sus principales argumentos a sus enemigos, que, en lo venidero, también ha de tenerlos el texto.

De momento, en el verano de 1886, quienes volvieron sobre Villiers de l’Isle-Adam por el interés despertado con sus Cuentos crueles —que ya en 1919 Ramón Gómez de la Serna habría de traducir al español por primera vez— no acabaron de ver satisfechas sus expectativas. Y es que La Eva futura es una de esas novelas que, voluntaria o involuntariamente, no se escriben para su tiempo: se escriben para la posteridad. Ciencia ficción simbólica, la figura de la “Andréide” —Andreida en las traducciones españolas— la mujer artificial, la muñeca fantástica creada por Edison en Menlo Park para que Lord Ewald encuentre en ella el amor, simboliza no solo el deseo humano de perfección y control sobre la vida, sino también un anhelo por una compañera idealizada y, de algún modo, inalcanzable. Para no pocas sensibilidades de nuestros días, La Eva futura es una ficción claramente misógina.

"Calculo que Andreida, el nombre común, genérico, con el que originalmente se designó al invento, es la feminización de androide"

Sí señor, en su fascinación por los prodigios de la ciencia y la técnica de su tiempo, el autor anticipa las maravillas del cine. Las primeras proyecciones de los Lumière, como es bien sabido, tuvieron lugar, en el catorce del parisino Boulevard des Capucines, en diciembre de 1895, nueve años después de aquel verano en que se leyó por primera vez La Eva futura, hoy un clásico de la ciencia ficción. Sorprenden las analogías que se registran entre este retrato de la fabricación de la mujer ideal y los procedimientos de esa manufactura de estrellas que habría de ser Hollywood durante una buena parte del siglo XX. Pero la gloria, una de las distintas glorias del folletín de Villiers de l’Isle-Adam que hoy celebramos, es el hallazgo de un nombre: Andreida.

Calculo que Andreida, el nombre común, genérico, con el que originalmente se designó al invento, es la feminización de “androide”. Y el momento estelar, amén del escritor decadente y pobre, fue del primero que leyó la nueva voz (Andreida), la que designa a la fabulosa autómata. Los lectores de Villiers de l’Isle-Adam supieron el nombre de la autómata prodigiosa incluso antes de que Karel Čapek hablase por vez primera de los robots, lo que no fue hasta 1921. Ya a finales de los años 70 del amado siglo XX, Isaac Asimov, en sus artículos y textos ensayísticos, popularizó el término “ginoide” para referirse a los androides femeninos. Ya en nuestro infausto tiempo, en que la lucha entre la inteligencia artificial y la inteligencia biológica es una de las constantes de la ciencia ficción contemporánea, hay autores que preconizan la libertad de los robots y otros asuntos por el estilo. Pero Villiers de l’Isle-Adam, en un verano como el nuestro, fue el primero en hablar de las androides femeninas.

Marqués —o conde, según el traductor—, como su rimbombante apellido nos indica, Auguste Villiers de l’Isle-Adam fue un noble. Pero un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia. Al parecer, incluso llegó a escribir sobre el suelo a falta de una mesa donde hacerlo. Conde decadente, como era menester entre los poetas simbolistas. Pobre como Villon, vagabundo como Verlaine, Charles Baudelaire y Stéphane Mallarmé fueron sus valedores. Y fue Baudelaire quien le descubrió a Edgar Allan Poe.

Ya en lo que a la posteridad se refiere, quién descubriría a Thea von Harbou La Eva futura. Lo que está claro es que la María de Metrópolis (Fritz Lang, 1929), desciende de ella. Y calculo también que ese “americanismo” que le reprochó la crítica pretérita era un prejuicio de la época que todavía perdura.

Sin embargo, coincido plenamente en el abuso de los términos científicos que también se ha reprochado a este texto, a menudo tan extravagantes que se antojan más próximos a la lírica que a la ciencia.

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