Esta rúbrica es el subtítulo del último ensayo de Félix Ovejero: La invención del agravio (Alianza Editorial, 2026). Tras el índice, en dos páginas encaradas, hay una viñeta de humor gráfico y una cita del final de El reino de este mundo, de Alejo Carpentier. Ambas preparan al lector para la comprensión del libro. Apuntan, respectivamente, al Estado (falso problema, falsa solución) y a la Sociedad (“Montilla” somos todos, o casi).
-I-
El libro La razón en marcha (Alianza Editorial, 2023) recogía conversaciones entre Félix Ovejero y Julio Valdeón. En el capítulo XII, este interpelaba sobre el Estado de las autonomías y la defensa de nuestra Constitución como forma de zanjar el problema territorial de nuestros nacionalismos. La respuesta de Ovejero fue tan tajante y directa como consistente el argumento que la justificaba.
Para el profesor Ovejero Lucas, esa apología era cosa de papanatas que ignoran o desenfocan el problema, pues la Constitución pergeña un sistema de «perversos incentivos», cuya lógica acarrea «desintegración del Estado» y «degradación institucional». La dinámica de la política territorial, seguida durante años, ofrecía una muestra clara: continuo chantajeo competencial de los nacionalismos y una glorificación de lo diferente como criterio de lo mejor. Alentados por el éxito de su populista visión étnica de la idea de nación-pueblo, con sus reivindicaciones, llevaba a callejones sin salida y a dilemas irresolubles. Subían las apuestas en cada partida, cambiaban o no respetaban las reglas, retaban y amenazaban la existencia del Estado democrático y la estabilidad de España.
Según Ovejero, por tanto, nuestro marco constitucional no resolvía el problema territorial definido por los nacionalismos, sino que lo agravaba. Formaba parte del problema. En consecuencia, apelaba a «un radical cambio de perspectiva». Conclusión: «Al nacionalismo le va de maravilla. Al cabo, el nacionalismo vive de los problemas que inventa y a los que se presenta como solución. Es insaciable, por definición. El nacionalismo no es la solución sino el problema. Naturalmente, con ese guión, el llamado problema territorial no tiene ni puede tener solución. Va de suyo. No tiene solución sin romper con el marco mental».
Pues bien, desde entonces, Ovejero ha madurando esta perspectiva, renovado acentos y ampliado matices. La presenta como tesis central de La invención del agravio, donde la desarrolla, analiza, explica y fundamenta sistemáticamente. Recompone otras ideas nucleares para apuntalarla y ofrecer propuestas. Clarifica la naturaleza ideológica (fabuladora) de los nacionalismos, el origen y actualización de los mitos nacionalistas, los principios democráticos y las dimensiones institucionales afectadas. Fija la pertinencia de diferenciar entre derecha e izquierda, demarca la relación de compatibilidad/incompatibilidad de estas con el nacionalismo e introduce nuevas líneas en la argumentación (señalando falacias, aportando nuevos datos o hechos procedentes de estudios sociopolíticos, económicos, histórico-jurídicos, etc.)
-II-
A continuación, glosaré la recomposición de ideas antes aludida. Lo haré con dosis de interpretación y centrando la atención —lo digo con términos de Ganivet— en las «ideas redondas» del discurso de Ovejero que rebaten —con solvencia racional— las «ideas picudas» del relato ideológico del nacionalismo.
Primero. Junto a la perversidad de incentivos y las antinomias-equívocos constitucionales, el autor retoma la deriva identitaria de la izquierda mutada en izquierda nacionalista, ¡mayúscula disfonía antidemocrática y, por esto, reaccionaria! (La deriva reaccionaria de la izquierda, Página Indómita, 2018). Este corrimiento del rojo al rosa y del rosa al amarillo, por amor a la purpurada túnica, ha contribuido a la expansión extensiva-intensiva del nacionalismo. Sin esta deriva, ningún nacionalismo conservador, xenófobo, supremacista y racista hubiera hecho factible el potencial político del victimismo. Maquinaria partitocrática para inventar un conflicto y ocultar el verdadero. Consecuencia, destrucción del significado democrático de la división social (pluralismo) que es constitutiva de las sociedades ilustradas.
Por su lado, la derecha contribuye lo suyo. En la oposición o en el gobierno —central o autonómico— adopta la narrativa ideológica de esa izquierda. Sus tibios mentís y penosos titubeos, en momentos claves, facilitan la propagación y el asentamiento del imaginario nacionalista. Miopía ante operaciones de granujas y delincuentes secesionistas. Y ceguera al sostener que entre estos los hay con sentido de Estado.
Segundo. No estamos mejor, al contrario, peor y no solo el ánimo cívico. Raquitismo parlamentario. Presidencialismo egocrático. Vaciamiento del Estado. Desidia constitucional. Mecanismos de control al poder neutralizados. Derecho Penal favorable de autor. Singularidad jurídica ad hominem (anulación de delitos, aplicación de indultos y amnistía). ¿Algo más? Concesiones inconstitucionales, acuerdos bilaterales en material fiscal, incumplimientos de leyes y de sentencias, secuestros ideológicos de medios de comunicación, políticas lingüísticas excluyentes-discriminatorias en la educación y en el mundo laboral.
Y sin embargo, estamos mejor, sí, pero mejor para el valor de la moneda de cambio del nacionalismo. Los secesionistas, aprovechando el mal diseño institucional, aprenden a sacar rédito de un gobierno débil que, a cambio de mantenerse en el poder, desmonta del Estado democrático lo que sea preciso. Ahora saben cómo recoger las nueces sin mover el árbol a trompazos. Eso sí, muy tercos y reclutando mastuerzos fáciles de persuadir con “errores conceptuales” y “mundos posibles” de una lógica modal al servicio de la ideología.
Ahora les conviene señorear sin tribulaciones y consolidar la consecución de nuevas conquistas. El proyecto-proceso adelante: un origen, una historia, una nación, una lengua, un pueblo y, finalmente, un Estado. Compulsiva repetición: «Una vez es ninguna vez», decía el proverbio. Ahora imperativo categórico de la normalización. Y negando para sí el pluralismo que exigen al malvado Leviatán español. Ocupación privilegiada del espacio social, cultural, jurídico, económico, historiográfico, etc. En síntesis, según nomenclatura lefortiana, concentración del poder, la ley y el saber en un único polo. Lo opuesto a la democracia.
Tercero. Y para colmo, por un lado, deserción-desafección-complicidad incívica; y por otro, la rentable cerrazón militante en un ambiente irracionalmente polarizado. Decir «mitos nacionalistas» es decir “maniqueísmo”: el enemigo y el mal son los otros. ¿“España”? Significa nación falsa, dictadura ancestral e incurable, lengua de opresión, saqueo, aniquilación, causa de los males que sufre la nación auténtica. No cabe tregua contra España, contra el Enemigo, contra el Mal de males. Así que otro imperativo incondicional: recrear fronteras inmemoriales donde solo se hable la lengua inmemorial. Y si hay que hacer extranjeros a conciudadanos dentro de su propio territorio, pues se les hace. Especialistas en nepotismo nacional. Sustancialmente, redefinición antidemocrática del pueblo: sinécdoque totalitaria.
Nacionalismo como confluencia de religión (teodicea político-nacional), filosofia (ontología política) y ciencia tecnológica (ingeniería administrativa). Construcción de un objeto de culto (la Nación) para justificar la construcción de un templo (el Estado) donde meterlo. Doctrinal victimismo historicista: la invención imaginaria de un agravio edénico y primordial con su correspondiente macho cabrío emisario.
Sin ese relato integral, hecho cuerpo en la opinión pública y en la estructura institucional, el órdago del nacionalismo a la democracia española (comandado por tramposas oligarquías de turno) no tendría recorrido. Pero las cosas —¡de la cosa pública privativa!— están como están. De ahí que el deber democrático exija, por lo menos, deshacer la mentira que sostiene a los nacionalismos y que pone en crisis a la democracia española.
-III-
La pervivencia del falso problema. Resucitado ante lo más nimio, se hace valer como solución histórica de sí mismo. Para eso cuenta el nacionalismo con sus propios historiadores dedicados en fortalecer la raíz ideológica del seudoagravio. Arman una particular Historia oficial, una metaideología de academia: “supuesto saber” legitimador de la ideología política.
En realidad, según lo ha expresado Ovejero, se trata de «encapsulamientos epistémicos» y de «burbuja cognitiva» del nacionalismo en su cierre. Tema cuyas consecuencias Ovejero somete a análisis crítico en un apéndice específico de su ensayo: Mitomanía nacionalista respaldada académicamente. Escritura mercenaria de una Historia que inventa historias. Especie de gnosis (me atrevo a decir) amparada y pagada por el poder nacionalista. Retroacción ideológica de lo económico, lo político y lo simbólico. Operación de clausura historiográfica a tres bandas.
A esas huestes historiográficas Ovejero las describe de esta manera: «Convencidos militantes de su función patriótica». El «coraje moral» y la «resistencia al servilismo tribal» les son ajenos. Ejercen su labor empuñando un método científico inexistente, pero al que apelan cuando «cancelan —más bien conjuran— los debates». Abusan de la cláusula del «contrafáctico» para retorcer lo real y «establecer continuidades imposibles a lo largo de los siglos». Y del universo si fuesen astrólogos a sueldo, pero oficiando de astrónomos.
En fin son lo que son, y su función, la siente y la ejecutan como una misión. Procuran su oficio como miembros —permítaseme la licencia— del Colegio Nacionalista de Clio, donde custodian la prístina historia de la nación auténtica. Ambulan vigilantes por el reino de las esencias patrias. Dictan bandos de silencio contra quienes piensan y disienten; y, sobre todo, si lo expresan en la mala lengua de la malvada España.
-IV-
Acabando el libro, Ovejero reconoce que los nacionalistas «en eso están y van ganando». Y que en el panorama actual no hay buenas condiciones para resolver el problema. Ante esto, alguien podría preguntar qué le impulsa, pues, a escribir un libro sobre nacionalismo, además de los cinco ya publicados desde su primer Contra Cromagnon: Nacionalismo, ciudadanía, democracia (Montesinos, 2006). Veinte años de un proceso filosófico siguiendo este principio rector que enuncia a menudo: «La razón en marcha hasta donde la verdad lleve». Y donde le ha llevado, a día de hoy, está escrito en La invención del agravio.
En mi opinión, lo que empuja al autor a escribir el nuevo ensayo está expresado en la última frase de un último libro anterior a este: «La resignación —dice— no es un argumento moral» (Secesionismo y democracia, Página Indómita, mayo 2021). Y no lo es porque los nacionalismos son incompatibles con el ideal democrático: emancipación del ciudadano y del hombre que hay en él. Amén de que si se está convencido, contra la opinión oficial, de que hoy no estamos mejor, se hace irrechazable renovar la resistencia, acudir a la plaza pública y presentar con vigor una escritura refrescada: sin la isegoría de hoy no hay isonomía que valga mañana.
En la lucha por la democracia, bastantes veces se pierde, pero no hay virtud sin comparecencia. Ovejero lo sabe y lo enseña. Ni se engaña ni engaña al lector. No rehuye el debate, sino que lo propicia. Su criterio: el mejor argumento. Su ideal regulativo: los principios del socialismo democrático. Su marco filosófico: un singular triángulo de las Bermudas en cuyos vértices están los nombres de Aristóteles, Marx y Kant. Y ahí es donde libra la batalla naval contra las falsas soluciones de un falso problema. Por eso, en muy buena medida, La invención del agravio es continuación de aquel otro libro titulado Sobrevivir al naufragio. El sentido de la política (Página indómita, 2020).
CODA: EL CÓMO HACER
Los nacionalismos introducen una pulsión identitaria en lo político, como si un instinto. Degradan el deseo cívico democrático, hechizan la memoria, el entendimiento y la voluntad de la ciudadanía. Y lo que Ovejero plantea, de entrada, es que «se requieren respuestas políticas, esto es, intervenciones en el diseño de las reglas del juego para que funcionen incluso en ausencia de virtudes cívicas excepcionales. Sí, de nuevo, como siempre, Kant: instituciones incluso para un pueblo de demonios».
Ahora bien, el mecanicismo institucional que pudiese percibirse, pienso que en su propuesta queda corregido. El elemento institucional es el principal de la triple y coordinada intervención que Ovejero propone, pero no el Único. Habla de combatir la ideología (1), reconducir el emotivismo político (2) y lo dicho, resideñar las instituciones (3). El fondo lo aporta un concepto de nación política basado en los ideales del republicanismo democrático: unidad, libertad, igualdad y fraternidad. Ideal que llama al ejercicio de la ciudadanía, desde la responsabilidad racional, a través de la discusión y el debate. La dualidad sociedad-Estado no queda diluida.
Asimismo, pienso que para esa intervención se precisa poder político. Sin este y sin contar con apoyos de mayorías cualificadas, no podría implementarse. Llegar al poder democráticamente nunca es fácil, menos todavía si quien lo ostenta carece de miramientos para conservarlo. Y aún mucho menos si ese “quien” cuenta con socios (¡secesionistas!) que por pura conveniencia impiden la alternancia. Las rebeliones políticas están descartadas. Así que hay un duro y complicado trabajo de renovación democrática. De algún modo, incluye conformar alguna nueva alianza entre formaciones políticas (de indudable marchamo democrático) y movimientos sociales (con experiencia en activar la participación y la formación de la voluntad cívica). Alianza que ineludiblemente debería concretarse como alternativa político-electoral para conseguir presencia parlamentaria eficaz y eficiente.
Para conseguir esto estimo vital lo que Tocqueville llamó «arte democrático». Resulta forzoso para combatir las tendencias peligrosas dela democracia. Para recrear instituciones, leyes, saberes, conductas y virtudes «a fin de multiplicar hasta el infinito para los ciudadanos las oportunidades de actuar en conjunto y hacerles sentir todos los días que dependen los unos de los otros». Es decir, que se logre «interesarlos en el bien común», que se estimule su deseo de libertad como miembros de una nación justa de ciudadanos iguales. Una nación donde vincularse en lo común y no en ese “denominador común” (dixit Manent) de inventadas identidades y pertenencias tribales.
La obsesión disgregadora del nacionalismo pasa disimulada entre ficticias recomposiciones de la convivencia. Esta es sirve para culpabilizar a quien muestra oposición, para identificarlo con el fascismo español. Cuando en verdad, el genuino fascista es el nacionalismo con su lengua —y otros entes— como ideología. En este aspecto, y otros ya comentados, son muy valiosas y valientes las reflexiones teóricas y las propuestas de Félix Ovejero. Además, el libro contrasta, como contrapeso, con publicaciones que si bien expresan aversión al nacionalismo, al final reluce en ellas la pelusa del lenguaje nacionalista. Contra algo así advertía Adorno en su años: “No todos los que rechazan o dicen rechazar la jerga de la autenticidad están a salvo de contagiarse; entonces es cuando hay mayor motivo para temerla”.
De acuerdo con las tesis de Ovejero, considero que la renaciente y pastelera conllevancia —sea autonómica o de asimetría federalista— es más de lo mismo, falsa solución a un falso problema: carnaza para el siempre insatisfecho nacionalismo. O sea, sí, son parte del gran enredo. El problema de la invención nacionalista del agravio hace que el nacionalismo sea el problema al presentarse como solución. De ahí que para este caso nuestro no sirva algo que proponía Merleau Ponty en otro contexto. Precisamente por estar muy “embrujado” el asunto, sí importa —y mucho— “saber quién tiene razón y quién va por derecho”. No se trata de “quién puede medirse con el Gran Engañador, qué acción será lo bastante flexible, lo bastante dura para hacerle entrar en razón”. En este sentido, acabaré mi comentario con otra cita de Adorno, por lo demás, en línea de acertadas reservas y advertencias de Félix Ovejero:
“El fascista no se deja fácilmente persuadir. El hecho de que otro tome la palabra le parece ya como una interrupción desvergonzada. Es inaccesible a la razón porque sólo la ve en la capitulación del otro”.
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Autor: Félix Ovejero. Título: La invención del agravio. Editorial: Alianza. Venta: Todos tus libros.


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