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Una historia del terror atómico

Una historia del terror atómico

El que esto suscribe fue uno de los adolescentes a los que, a finales de la década de 1980, nos hicieron ver en clase El día después. Sí, ya saben, esa película donde explica lo que pasaría en caso de guerra termonuclear total en una ciudad cualquiera de los Estados Unidos. A la conclusión, el profesor dejó caer algo así como «esto puede suceder… en cualquier momento». Un compañero de clase dijo: «Pues, si veo caer la bomba, saldré corriendo hacia ella… quiero que me caiga aquí», señalándose la frente. Todos reímos. Nos reímos pero, en realidad, estábamos aterrorizados. Acojonados, más bien. No era para menos. Y en estos casos, mejor no pensar. Lo que tenga que pasar, pasará. Ya lo dijo Kubrick en su película ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú: Cómo aprendí a amar la bomba y a dejar de preocuparme. Pues eso.

El terror de esta película impresionó a mucha gente en todo el mundo en aquellos años, no solo a los alumnos de un instituto del Vallés Occidental, Barcelona. Entre ellos a un tal Ronald Reagan, por aquel entonces presidente de los Estados Unidos. El 12 de octubre de 1983, después de descansar y montar a caballo en Camp David, el presidente insertó en su reproductor de vídeo una película cuyo estreno estaba previsto para el mes siguiente: era El día después. El filme, explica Serhii Plokhy, en su libro La Era Nuclear, «causó una fuerte impresión a Reagan». «Kansas liquidada en una guerra nuclear con Rusia —anotó ese día en su diario—. Está hecho de un modo muy poderoso; vale todos los 7 millones de dólares invertidos. Es muy efectivo y me sumió en una profunda depresión».

La película llevó a Reagan a reflexionar acerca de sus políticas, y, en última instancia, a alcanzar un entendimiento con el demonio en persona, los rojos soviéticos.

Políticas del Terror

En La Era Nuclear (Desperta Ferro, 2026) el historiador ucraniano Serhii Plokhy nos narra la historia del terror nuclear. El miedo es el hilo conductor del relato. De cómo el miedo impulsó a las potencias a obtener el arma nuclear, primero, y más tarde a alcanzar un entendimiento con el enemigo y evitar el temido holocausto atómico.

"Pero es el miedo, subraya Plokhy, la motivación principal de los países para obtener armamento nuclear, y por tanto el hilo conductor de la obra"

El autor parte de una pregunta muy sencilla: ¿por qué las naciones aspiran a tener armas nucleares? ¿Por qué algunas renuncian? ¿Está justificado renunciar a ellas? Este debate, que en los primeros años de la post Guerra Fría habría parecido algo propio del pasado, a día de hoy tiene plena actualidad. La historia de la no proliferación nuclear da contexto a dos de los conflictos que asolan el mundo en 2026: la guerra entre EEUU, Israel e Irán, y la guerra ruso-ucraniana. Israel y EEUU fueron a la guerra, entre otros motivos, para impedir a Irán enriquecer uranio y obtener armamento atómico. Si Ucrania no hubiera renunciado a sus armas nucleares en 1994, es muy probable que Rusia no la hubiera invadido en 2022.

En su libro, Plokhy narra cómo los países del exclusivo —por ahora— club nuclear obtuvieron la bomba, y por qué. En el caso de Francia, fue una cuestión de prestigio: superar el trauma de la derrota de 1940, recuperar el estatus de gran potencia y, al igual que la China de Mao, «escapar a la hegemonía de las grandes potencias». En el caso británico, fue un arma antisoviética, pero también antiestadounidense, para que los EEUU les tratasen como a un igual, y no como a «las levas nativas, a las que se les deja portar armas ligeras, pero no artillería», como tuvo que explicarle un asesor científico al primer ministro Churchill.

Pero es el miedo, subraya Plokhy, la motivación principal de los países para obtener armamento nuclear, y por tanto el hilo conductor de la obra. Fue el miedo lo que les impulsó a obtener la bomba, y el terror a la hecatombe nuclear lo que les llevó a alcanzar una entente en los años setenta del siglo XX. En origen, la bomba atómica, nos dice el autor, fue «antialemana». El miedo a que los alemanes la obtuvieran primero fue lo que convenció al presidente Roosevelt para financiar la primera bomba atómica. El miedo a los occidentales llevó a Stalin a conseguir la bomba como fuera; el miedo a los soviéticos impulsó la bomba británica; el miedo a los occidentales (y más tarde a los rusos) impulsó la bomba de la China popular. Para Israel se trataba, y se trata, de compensar la abrumadora superioridad numérica de sus enemigos árabes, y garantizar la supervivencia de su nación.

"A la pregunta de si está justificada la renuncia a las armas atómicas, la invasión rusa de Ucrania, señala el autor, nos ha dado la respuesta: un rotundo NO"

Cuando estiman que necesitan la bomba para sobrevivir, los Estados, sean del tipo que sean, democráticos, medio democráticos o autoritarios, están dispuestos a cualquier sacrificio: construir la bomba atómica británica en plena posguerra requirió dedicar el 23 por ciento del presupuesto del Ministerio de Suministros. «Si la India construye la bomba, nosotros comeremos hierba u hojas, incluso pasaremos hambre, pero conseguiremos una bomba propia. No tenemos otra opción», dijo el premier pakistaní en 1965. Corea del Norte fabricó la bomba atómica mientras su población padecía una hambruna devastadora.

De igual modo, los Estados del club nuclear están dispuestos a casi todo por impedir acceder al arma nuclear a Estados que consideran una amenaza, como hemos visto los últimos años en Irán. Israel bombardeó la central nuclear iraquí de Osirak en 1981, Kennedy se planteó lanzar un ataque de comandos contra las instalaciones nucleares de la China comunista, y en abril de 1963 advirtió a Israel de que el apoyo de los Estados Unidos correría «un serio peligro» si no les permitían inspeccionar sus instalaciones nucleares, supuestamente dedicadas en exclusiva a los usos pacíficos de la energía nuclear.

A la pregunta de si está justificada la renuncia a las armas atómicas, la invasión rusa de Ucrania, señala el autor, nos ha dado la respuesta: un rotundo NO. Si Ucrania hubiera conservado su arsenal nuclear en 1994, es muy posible que Rusia no la hubiese invadido en febrero de 2022. De igual modo, el desenlace de la guerra contra el terrorismo dio una lección muy clara a los regímenes del llamado «Eje del Mal». Corea del Norte obtuvo la bomba, y la monarquía comunista de los Kim va camino de la cuarta generación en el poder; Saddam, Gadafi y Assad no la tenían, y el primero acabó en la horca, el segundo muerto a tiros y a palos, el tercero jugando a videojuegos en el exilio moscovita. La conclusión para todos los Estados, también para Irán, es evidente: quien tiene la bomba sobrevive. Quien no la tiene está a merced de los que sí la tienen.

Sustos nucleares

Si el sistema internacional pierde su equilibrio presente, advierte Plokhy, y se descontrolan las rivalidades globales y regionales, «muy pronto podríamos tener en el mundo no menos de cuarenta nuevos países dotados de armas nucleares». Con lo cual, «el peligro de un uso intencionado o accidental» de dichas armas, «se incrementará de forma drástica».

De hecho, pese a los esfuerzos por la no proliferación, la historia de la Guerra Fría está repleta de incidentes, en los que la pelota (o la ojiva nuclear, podríamos decir) pasó rozando el larguero, como nos explica Plokhy. Si el mundo se arma con bombas nucleares, tendremos una multiplicación de incidentes como los de la Guerra Fría. Como por ejemplo, el de la noche del 27 de octubre de 1962: en plena crisis de los misiles de Cuba, el capitán de un submarino soviético ordenó atacar a unos buques estadounidenses con un torpedo nuclear; solo la intervención de un oficial del submarino detuvo el lanzamiento. O el incidente Petrov del 26 de septiembre de 1983, en el que el satélite espía soviético detectó el lanzamiento de varios misiles desde Estados Unidos. El oficial de guardia en ese momento, el coronel Vasili Petrov, decidió no reportar el ataque, pues sabía lo mucho que fallaba el sistema satelital soviético. Luego se reveló que era una falsa alarma. El satélite había confundido unas nubes sobre Dakota del Norte con el lanzamiento de misiles.

"La post Guerra Fría tampoco estuvo exenta de sustos nucleares. En enero de 1995, con la Unión Soviética finiquitada, un radar ruso detectó el lanzamiento de un misil desde la costa noruega"

Además, los soviéticos no fueron los únicos que tuvieron alarmas nucleares durante la Guerra Fría. En 1979-80, durante la administración Carter, los estadounidenses tuvieron cuatro falsas alarmas. En 2020, el Archivo de Seguridad Nacional estadounidense desclasificó documentos sobre las falsas alarmas de 1979-80, en particular la de la madrugada del 3 de junio de 1980, cuando el fallo de un chip de 46 céntimos hizo aparecer en las pantallas de radar del Pentágono y del mando aéreo estratégico miles de misiles soviéticos que supuestamente volaban hacia los Estados Unidos. A las tres de la madrugada del 3 de junio de 1980, Brzezinski fue despertado por su asistente militar, el general William Odom, quien le comunicó que los soviéticos habían lanzado unos 250 misiles contra los Estados Unidos. Según el reporte desclasificado,

Cuando Odom volvió a llamar, este informó del lanzamiento de 2 200 misiles soviéticos. Era un ataque en masa. Un minuto antes del momento en que Brzezinski tenía pensado llamar al presidente, Odom volvió a telefonear para decirle que los otros sistemas de alerta no reportaban lanzamientos soviéticos. Solo, en plena noche, Brzezinski no despertó a su esposa, pues estimó que en menos de media hora estarían todos muertos. (…) Había sido una falsa alarma.

La post Guerra Fría tampoco estuvo exenta de sustos nucleares. En enero de 1995, con la Unión Soviética finiquitada, un radar ruso detectó el lanzamiento de un misil desde la costa noruega. La altitud y distancia parecía indicar un SLBM Trident II. Las fuerzas estratégicas rusas pasaron a estado de alerta máxima, y se entregó el maletín nuclear al ministro de defensa P. Grachev, al jefe de Estado Mayor General M. Kolsnikov, y al presidente Boris Yeltsin. El presidente ruso no creyó que fueran a atacarles, y no ocurrió nada. Es la única vez, que sepamos, en que se «abrió» el maletín nuclear durante una crisis. En realidad, el supuesto misil balístico era un cohete de investigación científica lanzado para estudiar las auroras boreales. El Ministerio de Exteriores noruego había comunicado el lanzamiento un mes antes pero, por razones que se desconocen, los oficiales del sistema ruso de alerta temprana no habían sido avisados.

¿Hacia un futuro de proliferación nuclear?

Con la proliferación de armas nucleares, por tanto, la posibilidad de que falle algo, o alguien se ponga nervioso y pulse el botón, aumentan de forma exponencial. El 10 de mayo de 2025, durante la «Guerra de las 88 horas», tuvimos un primer atisbo de este posible futuro. Ese día, India atacó con misiles la base de Nur Khan, nodo crucial de mando del armamento nuclear pakistaní. El ataque causó profunda conmoción entre los dirigentes pakistaníes: según se supo más tarde, estos tuvieron 45 segundos para decidir si los misiles indios que veían aproximarse cargaban ojivas nucleares. La región corrió un riesgo real de guerra nuclear, y el secretario de Estado de los EEUU se apresuró a llamar a ambas partes para que redujeran la tensión y acordasen un alto el fuego.

"En estos tiempos de política de la testosterona, donde la racionalidad brilla por su ausencia, corremos el riesgo de que la pesadilla de Kennedy se haga realidad, solo que corregida y aumentada"

Por otra parte, tampoco haría falta una guerra termonuclear total para diezmar la humanidad. Según un informe del Boletín de Científicos Atómicos publicado en 2022, bastaría un intercambio limitado de ojivas atómicas como el que podría haber sucedido en mayo de 2025 entre la India y Pakistán para emitir a la atmósfera una cantidad suficiente de partículas que provocarían un invierno nuclear de consecuencias catastróficas. La detonación de 100 armas de 15 kilotones cada una emitiría 5 millones de toneladas métricas de partículas a la atmósfera, matando de forma directa a 27 millones de personas, y a 260 al cabo de dos años a causa de la hambruna provocada por el invierno nuclear; 250 armas de la misma potencia provocarían 52 y 960 millones de muertes, respectivamente.

En 1960, el presidente J. F. Kennedy temía que, a la conclusión de la década, «diez, quince o veinte naciones» estuvieran en posesión del arma atómica. En estos tiempos de política de la testosterona, donde la racionalidad brilla por su ausencia, corremos el riesgo de que la pesadilla de Kennedy se haga realidad, solo que corregida y aumentada. El mundo no sucumbió durante la Guerra Fría gracias a los esfuerzos antiproliferación de los países del club nuclear, y gracias al miedo a la aniquilación nuclear. Este mismo miedo, concluye Plokhy, es el que nos debe llevar de regreso a la senda del desarme, a «salvar el mundo» una vez más.

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Autor: Serhii Plokhy. Título: La Era Nuclear. Traducción: Javier Romero Muñoz. Editorial: Desperta Ferro. Venta: Todos tus libros.

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basurillas
basurillas
5 horas hace

Como jugador de wargames de tablero o con figuras, no puedo más que envidiar uno de los oficios del traductor del libro comentado, como diseñador de juegos tácticos y de estrategia.
El miedo es efectivamente el culpable de la proliferación de países deseosos de pertenecer al exclusivo club nuclear. Pero, como indica en síntesis un maravilloso médico y conferenciante español especialista en autoayuda, el miedo en si no es malo, siempre y cuanto tu domines al miedo. El problema se plantea cuando pierdes el control y el miedo te domina a ti. Es entonces cuando la catástrofe (en este caso, conjeturo) podría ocurrir.
Como católico y como persona, lo que más me asombra es que los estadistas y líderes mundiales de ese club no tengan pánico del juicio divino y universal del Creador, el que sea, por poder causar el genocidio de un montón de millones de personas con una sola decisión, con seguridad equivocada, de la que ellos ya no podrían volver atrás. Ni siquiera con la posibilidad de volver a empezar desde cero tras miles de años después. Es abrumador el pecado de soberbia de los humanos.