Desde los tristes sucesos de Ceuta, ha habido algunas tardes en las que el cuerpo me pedía volver a leer a Baroja o a Azorín; al hacerlo he tenido la extraña sensación de estar leyendo el periódico de mañana.
Aquella España finisecular descubrió de golpe que el gran edificio sobre el que se había sentado a contemplar el siglo no era más que un decorado de cartón piedra.
Aquel naufragio obligó a muchos escritores del momento a salir a los caminos y recorrer los pueblos, no por turismo, sino por necesidad médica: precisaban tocar tierra firme para comprobar si bajo el polvo quedaba algo real.
Esas tardes me acabo preguntando si no estaremos ante otro Cavite, quizá evitable aún, mientras todo el mundo alrededor actúa como si las aguas siguieran calmadas.
Siento que la catástrofe actual, siendo menos estruendosa, es más destructiva; se despliega como una marea silenciosa que solo se detecta cuando llegan a nuestros oídos el crujir sutil de una Europa que, en cuanto a España, ni está ni se la espera. Ese mosaico de mercaderes va a la suya, comparten una unión aduanera, sí; una moneda única y algunos flecos más, pero carece de una política exterior conjunta y de una defensa independiente y autónoma; dos circunstancias que nos dejan al margen del escenario político global.
Aquí cada uno va a lo suyo, mientras contempla —no sin cierta complejidad— cómo sus viejas alianzas se rompen sobre un tablero volátil donde los mapas vuelven a parecer frágiles.
Descabezada, la política de cabotaje española responde al desconcierto con ruido ideológico, mientras la fatal pleamar erosiona invisible e implacable, muy gradualmente, nuestras bases estructurales hasta provocar un colapso, que una buena mayoría de españoles no ve venir por haber dejado de leer.
La desventura tiene aspecto de vahído repentino, pasajero: no lo es. Estamos ante un proceso irreversible, inexorable: una sepsis progresiva que disuelve la voluntad de una nación que, a fuerza de demagogia, populismo e incultura —ahora los aprobados están garantizados en la escuela pública, aquella de la que los responsables de la debacle huyen como sombras al encender la luz y si alguien la reclama lo tildan de fascista— ha olvidado su historia.
Algunos llevamos ya un tiempo sintiendo el impacto; nos replegamos en la literatura en un rincón cómodo del entretenimiento y reflexionamos: si aquellos hombres del 98 se enfrentaron al vacío de un imperio que se apagaba entre discursos vacíos, a nosotros nos toca convivir con el exceso y la incertidumbre de la dictadura de lo políticamente correcto.
Vivimos en un tiempo donde las certezas colectivas, infundidas por políticos mediocres, fracturan las fronteras y las urnas, produciendo en algunos exactamente el mismo estupor que aquel desastre decimonónico: la sospecha de que las palabras han perdido masa muscular.
Aquel puñado de autores no pretendió fundar una escuela; simplemente compartieron una incomodidad. Se encerraron en la literatura con la paciencia de quien limpia una armadura abollada, ociosa ya para los siglos de los siglos, con sus libros entre las manos.
Estoy convencido de que hoy el ejercicio que nos corresponde a algunos quijotes de las letras no es tan distinto.
No se trata de ponerse solemnes ni de lanzar arengas partidistas, sino de recuperar esa misma sospecha: la intuición de que, bajo este presente acelerado y de equilibrios precarios, alguien tiene que avisar de que nos están segando la hierba bajo nuestros pies.
Al final, escribir hoy —como en 1898— sigue siendo un intento de buscar grietas en el muro para ver si, al otro lado, todavía hay alguien escuchando.


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